- Kast y el desafío de volver a poner a Chile en marcha.
- El Gobierno del Presidente José Antonio Kast enfrenta una tarea mucho mayor que la aprobación de una serie de reformas. Su verdadero desafío es cambiar el rumbo que Chile tomó durante la última década y demostrar que crecimiento, seguridad, autoridad y libertad pueden volver a formar parte de un mismo proyecto nacional.
| Gobierno de Kast. |
Chile necesitaba un cambio de rumbo. No porque todos los problemas del país pudieran atribuirse a un solo Gobierno, ni porque exista una fórmula mágica capaz de resolverlos de un día para otro, sino porque durante demasiados años se fue instalando una peligrosa normalidad en torno al bajo crecimiento, la burocracia, la inseguridad, el deterioro de la inversión y la expansión permanente de las obligaciones del Estado.
José Antonio Kast llegó a La Moneda con una promesa esencialmente distinta. Su proyecto no parte de la idea de que el Estado debe resolverlo todo, sino de que el Estado debe volver a cumplir bien aquello que le corresponde y, al mismo tiempo, permitir que las personas, las familias y las empresas puedan trabajar, invertir, emprender y progresar.
Ese cambio de enfoque explica buena parte de la resistencia que enfrenta su administración. También explica por qué resulta necesario evaluar al Gobierno no desde la caricatura ideológica, sino desde sus resultados.
El fin de la resignación
Durante años Chile pareció acostumbrarse a crecer poco. El país que alguna vez fue presentado como uno de los grandes ejemplos latinoamericanos de estabilidad, apertura económica y reducción de la pobreza comenzó a convivir con tasas de crecimiento mediocres, menor inversión y una productividad que dejó de avanzar al ritmo necesario.
Mientras tanto, la discusión política se desplazó progresivamente hacia cómo distribuir recursos cada vez más limitados. Se prometieron nuevos derechos, nuevos beneficios y nuevas obligaciones estatales, pero muchas veces sin responder una pregunta elemental: ¿quién genera los recursos necesarios para financiarlos? El Presidente Kast ha decidido invertir esa lógica.
La Ley de Reconstrucción Nacional y Desarrollo Económico y Social busca actuar precisamente sobre las condiciones que permiten que la economía vuelva a crecer. Rebaja gradualmente el impuesto corporativo, reduce trabas regulatorias, incentiva el empleo formal, busca atraer inversiones y establece una trayectoria de consolidación fiscal.
No se trata simplemente de favorecer a las empresas. Se trata de recuperar una economía donde invertir vuelva a tener sentido. Porque una empresa que invierte compra maquinaria, construye instalaciones, contrata trabajadores, demanda servicios y genera actividad para otras empresas. La inversión no es un fenómeno abstracto que ocurre en las estadísticas. Tiene consecuencias concretas en la vida de las personas.
Crecer no es una obsesión neoliberal
Una de las grandes anomalías del debate político chileno es que todavía sea necesario explicar por qué el crecimiento económico importa.
Crecer significa disponer de mayores oportunidades. Significa más empleos, mejores salarios potenciales, mayor recaudación y más recursos para financiar políticas sociales. Una economía estancada puede repartir durante algún tiempo lo que ya existe, pero difícilmente puede mejorar de manera permanente el bienestar de sus ciudadanos.
Por eso resulta especialmente relevante que las primeras estimaciones conocidas apunten a una recuperación del PIB tendencial hacia niveles cercanos al 2,7%-2,8% en 2027. La cifra definitiva deberá ser evaluada con las estimaciones oficiales correspondientes, pero la dirección es significativa.
El objetivo no debería ser conformarse con un 2,8%. Chile debe aspirar a más. Pero recuperar la capacidad de crecer por encima del mediocre ritmo de los últimos años sería ya un cambio fundamental. Significaría comenzar a reconstruir las bases de una economía dinámica.
Menos impuestos, más inversión
La reducción gradual del impuesto corporativo desde el 27% hasta el 23% constituye uno de los pilares de esta estrategia. La izquierda ha utilizado históricamente una respuesta sencilla frente a este tipo de medidas: decir que se trata de un beneficio para los empresarios. Pero esa explicación es vaga e insuficiente. El problema no es cuánto dinero queda en la caja de una empresa como concepto aislado. El verdadero asunto es qué incentivos existen para reinvertir, contratar, innovar y ampliar la capacidad productiva.
Si Chile quiere competir por capital con otras economías, debe ofrecer condiciones razonables. La inversión internacional puede elegir entre distintos países y una economía que combina impuestos elevados, burocracia excesiva, incertidumbre regulatoria y largos procesos de autorización termina perdiendo oportunidades.
La política tributaria debe entender que el capital productivo necesita incentivos, pero también que esos incentivos deben traducirse en actividad económica. El Presidente Kast apuesta precisamente por eso.
La batalla contra la permisología
Hay otro enemigo silencioso del crecimiento chileno: la burocracia. Durante demasiado tiempo se ha considerado normal que grandes proyectos de inversión permanezcan años esperando permisos, autorizaciones o pronunciamientos de distintas instituciones. Un Estado moderno no puede funcionar así.
Proteger el medioambiente, establecer estándares sanitarios y fiscalizar las inversiones es indispensable. Pero proteger el medioambiente no significa paralizar indefinidamente un proyecto. Regular no significa impedir.
La reducción de la permisología propuesta por el Gobierno apunta a recuperar algo que también tiene valor económico: el tiempo. Un proyecto que demora cinco años adicionales en comenzar a operar pierde competitividad. Y Chile pierde empleos, impuestos, proveedores y crecimiento.
La certeza jurídica tampoco significa ausencia de regulación. Significa saber cuáles son las reglas y tener la seguridad de que serán aplicadas de manera razonable, transparente y previsible.
Seguridad para recuperar la libertad
Pero el cambio de rumbo de Kast no se limita a la economía. Existe otra condición indispensable para que un país funcione: la seguridad. Durante demasiado tiempo, parte del debate nacional estuvo dominado por una falsa dicotomía según la cual fortalecer la autoridad del Estado equivaldría necesariamente a restringir las libertades. Es justamente al revés.
Una persona amenazada por un delincuente no es más libre porque el Estado se abstenga de intervenir. Un comerciante extorsionado por una banda criminal no disfruta de mayor libertad porque las autoridades sean débiles. Una familia que teme salir de noche de su casa no vive en una sociedad más libre porque existan menos controles policiales.
La libertad necesita seguridad. Por eso es legítimo que el Gobierno quiera recuperar territorios, fortalecer las policías, combatir el crimen organizado y perseguir a quienes utilizan la violencia para imponer sus propias reglas.
La autoridad democrática no es autoritarismo. Un Estado democrático fuerte es aquel que utiliza sus facultades dentro de la Constitución y las leyes para proteger a quienes cumplen las reglas frente a quienes decidieron quebrantarlas.
Protestar sí, destruir no
También existe un asunto político que el Presidente Kast ha decidido enfrentar sin demasiadas ambigüedades. Manifestarse es un derecho. Criticar al Gobierno es un derecho. Marchar, organizarse políticamente y exigir la renuncia de un Presidente son derechos inherentes a una democracia.
Pero incendiar, saquear, destruir infraestructura, atacar policías o utilizar la violencia para imponer objetivos políticos es otra cosa. No puede existir una democracia donde la violencia sea condenada dependiendo de quién la ejerza.
Si la violencia proviene de la extrema derecha, debe ser condenada. Si proviene de la extrema izquierda, también. Ese principio no debería ser controversial. Una democracia seria no puede romantizar la violencia política ni convertirla en una categoría especial cuando sus protagonistas utilizan determinadas banderas ideológicas.
La disciplina fiscal también es una forma de responsabilidad social
Otro elemento que merece reconocimiento es la decisión de combinar la agenda procrecimiento con disciplina fiscal. La derecha no debería limitarse a repetir que hay que bajar impuestos. Una política económica responsable también exige controlar el gasto, eliminar programas ineficientes, reducir duplicidades y cuidar las cuentas públicas.
El Gobierno ha planteado una trayectoria de reducción del déficit estructural hacia 2030 y mantener un ancla de deuda del 45% del PIB. La señal es importante.
El Estado no puede prometer indefinidamente más de lo que la economía puede financiar. Una deuda creciente no desaparece. Termina siendo pagada por los contribuyentes presentes o futuros. La responsabilidad fiscal no es enemiga de las políticas sociales. Es precisamente una de sus condiciones de supervivencia.
Un Estado que administra bien sus recursos puede ayudar durante mucho tiempo. Uno que gasta irresponsablemente termina obligado a recortar cuando menos puede hacerlo.
El cobre no puede salvarnos para siempre
Chile tiene además una ventaja extraordinaria: el precio del cobre. El metal rojo atraviesa un escenario favorable impulsado, entre otros factores, por la electrificación, las redes energéticas, los centros de datos y la expansión de tecnologías asociadas a la inteligencia artificial. Pero sería un error creer que el cobre resolverá por sí solo nuestros problemas.
Chile ya ha tenido ciclos extraordinarios de precios de las materias primas. La verdadera pregunta siempre ha sido qué hacemos cuando los precios son altos. La oportunidad que enfrenta Kast consiste en aprovechar un escenario externo favorable para fortalecer las cuentas públicas y, simultáneamente, generar condiciones para que la economía sea capaz de crecer incluso cuando el cobre vuelva a niveles normales. El objetivo debe ser transformar una ventaja coyuntural en crecimiento estructural.
El desafío del empleo
Todo este proyecto tiene finalmente un punto de llegada: el empleo. No existe política económica exitosa si no termina mejorando las oportunidades de las personas.
El Gobierno recibió un mercado laboral debilitado, con un desempleo persistentemente elevado y cientos de miles de personas buscando trabajo. Por eso son relevantes los incentivos a la contratación formal incluidos en la agenda económica.
Un empleo formal no es solamente un sueldo a fin de mes. Es cotización previsional, experiencia, capacitación, estabilidad y la posibilidad de construir un proyecto de vida. La política laboral debería tener siempre ese horizonte.
No basta con proteger al trabajador que ya tiene empleo. También hay que pensar en quien está afuera y necesita desesperadamente una oportunidad para entrar.
Kast todavía debe demostrar resultados
Ser favorable al Presidente Kast no significa sostener que todo lo que haga será perfecto. Todo Gobierno democrático merece ser fiscalizado. Sus proyectos deben discutirse en el Congreso, sus cifras deben ser examinadas y sus errores deben ser señalados.
Kast deberá demostrar que la reducción de impuestos genera efectivamente más inversión. Deberá demostrar que la reducción de la permisología acelera proyectos sin deteriorar los estándares ambientales. Deberá demostrar que la disciplina fiscal es sostenible y que las medidas de seguridad consiguen disminuir efectivamente la delincuencia.
Esa evaluación debe hacerse con datos. Y precisamente por eso resulta injusto intentar descalificar al Gobierno antes de que pueda demostrar sus resultados.
Una oposición democrática puede decir que Kast está equivocado. Puede rechazar sus proyectos. Puede proponer alternativas. Puede denunciar errores. Lo que no debería hacer es considerar ilegítimo que un Presidente elegido democráticamente intente ejecutar el programa por el cual fue elegido.
El verdadero cambio de ciclo
| Presidente Kast. |
El Estado debe ser fuerte allí donde tiene que ser fuerte: seguridad, justicia, defensa de la institucionalidad y protección de los ciudadanos. Pero debe ser mucho más cuidadoso cuando pretende reemplazar la iniciativa de las personas y las empresas. Esa diferencia filosófica explica buena parte del conflicto político.
El Presidente Kast está intentando recuperar conceptos que durante años fueron tratados casi como malas palabras: autoridad, mérito, inversión, propiedad, responsabilidad, crecimiento, orden y libertad. Ninguno de ellos pertenece exclusivamente a la derecha. Son principios fundamentales de una sociedad democrática y próspera.
Chile necesita volver a confiar en sí mismo
El desafío del Presidente Kast es enorme porque no consiste solamente en aprobar leyes. Consiste en cambiar expectativas.
Un país que durante mucho tiempo escucha que no puede crecer termina acostumbrándose al estancamiento. Una sociedad que se acostumbra a la delincuencia comienza a modificar sus hábitos para convivir con ella. Un empresario que espera años por un permiso deja de invertir. Un joven que no encuentra empleo pierde oportunidades antes incluso de comenzar su vida laboral. Por eso reconstruir Chile significa también recuperar confianza.
Confianza en que invertir nuevamente puede valer la pena. Confianza en que trabajar permite progresar. Confianza en que el Estado puede proteger. Confianza en que las reglas serán respetadas. Confianza en que la responsabilidad fiscal importa. Confianza, finalmente, en que Chile puede volver a aspirar a algo más que administrar su propio estancamiento.
José Antonio Kast todavía tiene mucho camino por recorrer. Pero si consigue convertir su agenda económica en inversión, su política de seguridad en mayor tranquilidad y su discurso de responsabilidad fiscal en cuentas públicas sostenibles, habrá logrado algo bastante más importante que aprobar un conjunto de reformas. Habrá comenzado a cerrar un ciclo.
Chile no necesita volver al pasado. Necesita recuperar aquello que alguna vez permitió mirar el futuro con optimismo: crecimiento, seguridad, estabilidad, trabajo y libertad. Y esa es, en último término, la batalla política que enfrenta el Gobierno de Kast. No simplemente gobernar durante cuatro años, sino demostrar que Chile todavía puede volver a ponerse en marcha.