jueves, 30 de julio de 2026

La ONU frente a la guerra en Ucrania: cuatro años de discursos, cero capacidad para detener al agresor

La invasión rusa ha dejado cientos de miles de víctimas entre muertos y heridos, millones de desplazados y una devastación que marcará a Ucrania por generaciones. Mientras tanto, la Organización de las Naciones Unidas ha demostrado las profundas limitaciones de un sistema internacional que condena, debate y vota resoluciones, pero es incapaz de impedir que una potencia con derecho a veto continúe una guerra de agresión durante más de cuatro años.


ONU
Si existe una guerra que desnuda todas las debilidades de la ONU, es precisamente la invasión rusa contra Ucrania. Desde febrero de 2022, la organización ha aprobado resoluciones, emitido declaraciones, organizado sesiones extraordinarias, enviado relatores, impulsado investigaciones y distribuido ayuda humanitaria. Todo ello puede tener valor diplomático o simbólico. Pero la pregunta esencial sigue siendo la misma: ¿qué logró realmente para detener la guerra? La respuesta resulta incómoda. Absolutamente nada en lo que respecta a frenar la agresión militar.

Mientras diplomáticos pronunciaban discursos en Nueva York, Rusia continuó bombardeando ciudades, destruyendo infraestructura crítica y ocupando territorio ucraniano. La maquinaria bélica del Kremlin nunca se detuvo porque ninguna resolución de la Asamblea General tiene fuerza vinculante, y porque el Consejo de Seguridad quedó paralizado por el veto de uno de sus propios miembros permanentes: el propio agresor.


Una organización atrapada por su propio diseño

La guerra en Ucrania puso en evidencia una contradicción difícil de justificar. La institución creada para preservar la paz mundial carece de herramientas eficaces cuando quien rompe esa paz es precisamente una de las potencias con mayor poder dentro de la organización.

Resulta difícil explicar a las víctimas ucranianas que el principal organismo encargado de mantener la seguridad internacional no puede adoptar medidas coercitivas porque el Estado responsable de la invasión posee la facultad de bloquear cualquier decisión que lo perjudique. Ese diseño institucional puede haber respondido a la realidad geopolítica de 1945. Ochenta años después, se ha convertido en uno de los mayores obstáculos para la credibilidad de la ONU.

Es cierto que la Asamblea General ha condenado reiteradamente la invasión, ha rechazado las anexiones ilegales y ha reafirmado la soberanía de Ucrania. También es cierto que diversos organismos de Naciones Unidas han documentado presuntos crímenes de guerra y prestado ayuda humanitaria a millones de personas. Pero ninguna de esas acciones modificó el comportamiento del Kremlin.

Las condenas diplomáticas no detuvieron los misiles. Los informes no evitaron nuevas masacres. Las declaraciones solemnes no impidieron que millones de ucranianos siguieran viviendo bajo las alarmas antiaéreas. Cuando una institución produce abundancia de documentos, pero escasez de resultados concretos, la crítica a su eficacia deja de ser ideológica para transformarse en una constatación política.


La burocracia que reemplazó a la eficacia

Desde una perspectiva de derecha con la que me identifico, el problema no radica en la existencia de un organismo multilateral. El problema aparece cuando la burocracia termina sustituyendo la capacidad de acción.

La ONU continúa expandiendo estructuras administrativas, multiplicando oficinas y celebrando interminables reuniones diplomáticas, mientras los conflictos más graves del planeta evidencian su incapacidad para cumplir el propósito que justificó su creación.

No basta con emitir comunicados cuando una nación soberana lleva más de cuatro años resistiendo una invasión militar. No basta con condenar si el agresor no enfrenta consecuencias derivadas de los mecanismos propios del sistema de seguridad colectiva.


La paz necesita instituciones que funcionen

Ucrania.
La invasión rusa contra Ucrania será recordada por la valentía del pueblo ucraniano, pero también por haber expuesto una de las mayores crisis de credibilidad del sistema internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial.

La ONU sigue siendo un espacio útil para el diálogo, la coordinación humanitaria y la cooperación entre Estados. Sin embargo, la guerra demostró que, frente a una potencia con derecho a veto, su capacidad para preservar la paz es extraordinariamente limitada.

Quizás el mayor fracaso no sea que la ONU haya condenado poco, porque ha condenado reiteradamente la invasión. Su verdadero fracaso consiste en que, pese a todas esas condenas, la guerra continúa. Después de más de cuatro años, Ucrania sigue resistiendo prácticamente por la determinación de su pueblo y el apoyo de sus aliados, no porque el principal organismo internacional encargado de garantizar la paz haya logrado detener al agresor.

Una organización internacional debe medirse por sus resultados, no por la cantidad de resoluciones que aprueba ni por el número de discursos que pronuncia. Y bajo ese criterio, la guerra de Ucrania constituye una de las demostraciones más contundentes de que la ONU necesita una reforma profunda si pretende recuperar la eficacia y la autoridad que inspiraron su fundación.

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