lunes, 21 de septiembre de 2026

Pravoslavlevia, el depredador de enormes colmillos que recorrió la Rusia del Pérmico

Con apenas 1,4 metros de longitud, este gorgonópsido fue uno de los cazadores que dominaron los ecosistemas del Pérmico tardío. Su cráneo, provisto de grandes dientes caniniformes, revela a un animal construido para sujetar y desgarrar presas en un mundo que se acercaba a una de las mayores crisis biológicas de la historia.


Pravoslavlevia.

Mucho antes de que los dinosaurios aparecieran sobre la Tierra, otros depredadores ocupaban la cima de las cadenas alimentarias. Entre ellos se encontraban los gorgonópsidos, un grupo de terápsidos que desarrolló algunas de las características que, millones de años después, asociamos intuitivamente con los grandes mamíferos carnívoros.

En ese escenario vivió Pravoslavlevia, un género conocido por una única especie, Pravoslavlevia parva. Sus restos proceden del subcomplejo de Sokolki, en Rusia, y corresponden al Pérmico tardío, una época situada aproximadamente entre 260 y 252 millones de años atrás.

No era un gigante. Su longitud total rondaba los 1,4 metros y su cráneo alcanzaba unos 22 centímetros. Sin embargo, esas dimensiones no deben llevar a imaginarlo como un animal insignificante. Los gorgonópsidos estaban entre los depredadores más especializados de su tiempo y Pravoslavlevia formaba parte de esa historia evolutiva.


Un cráneo diseñado para la depredación

El elemento más revelador de estos animales era la cabeza. Los gorgonópsidos poseían cráneos relativamente largos y robustos, acompañados por dientes caniniformes que podían alcanzar un desarrollo considerable.

En Pravoslavlevia, el cráneo de unos 22 centímetros concentraba buena parte de las herramientas necesarias para una vida carnívora. Sus dientes permitían sujetar a las presas y producir heridas profundas, mientras que la estructura general de la cabeza estaba adaptada para una alimentación basada en carne.

Su aspecto debió ser muy diferente al de los mamíferos depredadores actuales, pero algunas de sus características anuncian tendencias que posteriormente serían importantes en la evolución de los sinápsidos. Los gorgonópsidos no eran mamíferos, aunque pertenecían a una rama evolutiva mucho más próxima a los mamíferos que a los reptiles modernos.


La vida en Sokolki

El paisaje donde habitó Pravoslavlevia pertenecía a un mundo muy distinto del actual. Durante el Pérmico tardío, grandes regiones de Europa oriental y Rusia estaban ocupadas por ecosistemas dominados por plantas que nada tenían que ver con los bosques modernos.

En esos ambientes convivían numerosos terápsidos y otros vertebrados terrestres. Había herbívoros de diferentes tamaños, pequeños animales insectívoros y carnívoros que competían por las presas disponibles.

Pravoslavlevia habría ocupado un lugar de depredador dentro de aquella compleja red ecológica. Su tamaño relativamente moderado probablemente le permitía explotar presas que no estaban al alcance de los mayores gorgonópsidos. No sabemos con certeza qué animales constituían su dieta habitual, pero su anatomía permite reconocerlo como un cazador especializado.

Es posible imaginarlo desplazándose entre la vegetación baja, utilizando su olfato y su visión para localizar animales más pequeños. Una vez cerca de su objetivo, sus colmillos habrían sido armas particularmente eficaces para inmovilizarlo.


Un nombre que cambió con el tiempo

La historia científica de Pravoslavlevia también resulta interesante. La especie fue descrita originalmente en 1927 por Pravoslavlev bajo el nombre Inostrancevia? parva. La incertidumbre reflejada en aquel nombre indicaba que su posición taxonómica no estaba completamente clara.

Décadas después, en 1953, Vjushkov estableció el género Pravoslavlevia y trasladó la especie a su denominación actual, Pravoslavlevia parva.

Posteriormente, el género fue situado dentro de los Gorgonopsia y, más específicamente, dentro de la familia Gorgonopsidae. La clasificación de los terápsidos ha experimentado numerosos cambios a medida que se han estudiado nuevos fósiles y se han revisado los ejemplares conocidos.

Como sucede con muchos animales prehistóricos, el nombre de Pravoslavlevia no representa simplemente una etiqueta. También resume décadas de trabajo paleontológico, comparación anatómica y reinterpretación de fósiles fragmentarios.


Un pequeño depredador entre grandes cazadores

La presencia de Pravoslavlevia permite recordar que los ecosistemas prehistóricos no estaban dominados exclusivamente por enormes depredadores. También existían cazadores de tamaño pequeño y mediano que ocupaban nichos diferentes.

Con aproximadamente 1,4 metros de longitud, Pravoslavlevia estaba lejos de alcanzar las dimensiones de algunos de los gorgonópsidos más grandes. Pero su cráneo revela que el tamaño corporal no era el único factor que determinaba la capacidad depredadora.

En un ambiente donde cada presa representaba una oportunidad y cada enfrentamiento podía resultar peligroso, disponer de unos dientes capaces de producir heridas profundas constituía una ventaja considerable. La selección natural había convertido a estos animales en cazadores eficientes mucho antes de que aparecieran los grandes carnívoros que dominarían los continentes durante la Era Mesozoica.


Antes del gran final

La historia de Pravoslavlevia transcurrió durante uno de los capítulos más dramáticos de la historia de la vida. El Pérmico terminó con la extinción masiva del Pérmico-Triásico, hace unos 252 millones de años, un acontecimiento que provocó una transformación profunda de los ecosistemas terrestres y marinos.

Los gorgonópsidos estuvieron entre los numerosos grupos que desaparecieron durante aquella crisis. Su extinción puso fin a una larga historia evolutiva de depredadores terápsidos que había comenzado mucho antes.

Después vendrían los ecosistemas del Triásico, con nuevos grupos de reptiles y terápsidos ocupando los espacios ecológicos que habían quedado vacíos. Con el tiempo, los dinosaurios se convertirían en protagonistas de los ecosistemas terrestres.

Pero antes de ellos hubo animales como Pravoslavlevia, que durante un breve capítulo de la historia geológica desempeñaron su propio papel.


Una sombra entre la vegetación

Imaginemos ahora el paisaje de la Rusia del Pérmico tardío. El aire es seco y el horizonte está cubierto por una vegetación extraña para nuestros ojos. No existen flores, no hay hierba formando extensas praderas y ningún sonido anuncia la llegada de los mamíferos que algún día poblarán estos continentes. Entre las plantas se mueven criaturas que pertenecen a un mundo completamente diferente.

En algún punto de aquella vegetación aparece Pravoslavlevia. No es enorme. Sus aproximadamente 1,4 metros de longitud le permiten avanzar con agilidad entre los obstáculos. Mantiene la cabeza baja y observa. El cráneo, de unos 22 centímetros, concentra la fuerza de sus mandíbulas y sus dientes sobresalen como herramientas hechas para una tarea concreta: capturar y matar.

Una pequeña presa se mueve entre las plantas. El gorgonópsido permanece inmóvil durante unos segundos. Después comienza a avanzar. Cada paso lo acerca un poco más. No necesita correr grandes distancias. Su estrategia depende de aproximarse lo suficiente y aprovechar el momento.

Cuando finalmente ataca, todo ocurre con rapidez. Las mandíbulas se cierran y los grandes dientes penetran en la carne. Durante unos instantes, aquel pequeño rincón del Pérmico se convierte en el escenario de una lucha por la supervivencia. Después, el silencio regresa.

Pravoslavlevia continúa su existencia. Quizá encuentre otra presa al día siguiente. Quizá tenga que competir con otro depredador. Quizá pase horas refugiado entre la vegetación mientras el calor transforma el paisaje.

No sabemos exactamente cómo era su comportamiento cotidiano. El registro fósil rara vez permite reconstruir esos detalles con absoluta seguridad. Pero sus huesos conservan algo esencial: la evidencia de un animal que vivió, cazó y sobrevivió en uno de los momentos más extremos de la historia de la Tierra.

Millones de años después, cuando aquel ecosistema desapareció y sus habitantes se convirtieron en fósiles enterrados bajo capas de sedimento, quedó apenas un rastro de su existencia. Ese rastro tiene un nombre: Pravoslavlevia parva. Y detrás de esos restos fragmentarios permanece la imagen de un pequeño cazador de colmillos, moviéndose silenciosamente por un mundo que estaba a punto de desaparecer.

Los colmillos de Sycosaurus, armas de un depredador de otro mundo

  • Sycosaurus, el depredador de colmillos largos que acechó en el Pérmico tardío.
  • Con un cuerpo que pudo superar los dos metros y un cráneo armado con grandes dientes caninos, Sycosaurus fue uno de los gorgonópsidos que recorrieron los ecosistemas del sur de África hace más de 250 millones de años, cuando el mundo del Pérmico se acercaba a una de sus mayores crisis.


Sycosaurus.

Mucho antes de que los dinosaurios dominaran los ecosistemas terrestres, otros animales ocupaban la cima de las cadenas alimentarias. Entre ellos estaban los gorgonópsidos, un grupo de terápsidos que desarrolló cuerpos ágiles, cráneos poderosos y grandes dientes caninos, características que anticipaban algunos rasgos de los mamíferos que aparecerían mucho después.

Entre estos depredadores se encontraba Sycosaurus, un género descrito por primera vez por el paleontólogo sudafricano Sidney H. Haughton en 1924. Sus fósiles proceden principalmente de los actuales territorios de Sudáfrica y Tanzania y corresponden al Pérmico tardío, concretamente al Wuchiapingiense.

Su historia taxonómica ha experimentado algunos cambios. Haughton estableció inicialmente el género a partir de Sycosaurus laticeps, mientras que posteriormente se reconocieron otros ejemplares y especies. El género ha sido incluido dentro de la familia Gorgonopsidae, uno de los linajes de depredadores más característicos de los ecosistemas pérmicos.


Un cráneo diseñado para matar

El cráneo de Sycosaurus tenía dimensiones moderadas dentro de los gorgonópsidos. Dependiendo de la especie, podía medir entre 24 y 34 centímetros de longitud. Aunque estas cifras pueden parecer modestas, el cráneo pertenecía a un animal que podía alcanzar aproximadamente entre 1,2 y 2,5 metros de longitud corporal.

La dentición revela buena parte de su estrategia depredadora. Su fórmula dental se caracterizaba por cinco incisivos, un gran canino y cinco dientes posteriores en cada lado de la mandíbula. Como ocurría en otros gorgonópsidos, los caninos constituían uno de los elementos más llamativos de su anatomía.

Aquellos dientes no eran simples adornos. Su tamaño y posición estaban relacionados con la captura de presas. Sycosaurus probablemente utilizaba sus poderosos caninos para infligir heridas profundas y sujetar animales durante el ataque, aunque la mecánica exacta de su mordida y su comportamiento alimentario siguen siendo cuestiones que la paleontología continúa reconstruyendo a partir de los fósiles.


Las tierras del antiguo Gondwana

Los restos de Sycosaurus están asociados con la Zona de Ensamblaje de Cistecephalus, dentro del Grupo Beaufort, una sucesión de rocas especialmente importante para conocer los ecosistemas terrestres del Pérmico tardío en el sur de África.

Aquella región formaba parte de Gondwana, el gigantesco bloque continental que reunía buena parte de las tierras que hoy conocemos como Sudamérica, África, India, Australia y la Antártida, entre otras.

El paisaje era muy diferente al actual. No existían flores, praderas ni los grandes bosques modernos. La vegetación estaba dominada por plantas características del Paleozoico, mientras numerosos terápsidos y otros vertebrados recorrían las llanuras.

En ese mundo, Sycosaurus no estaba solo. Compartía los ecosistemas con una extraordinaria diversidad de animales, incluyendo otros terápsidos herbívoros y carnívoros. La competencia por alimento y territorio debió ser intensa, especialmente entre los grandes depredadores.


Tres especies y una historia todavía incompleta

La historia del género incluye varias especies propuestas a partir de fósiles encontrados en diferentes localidades. Entre ellas se encuentra S. laticeps, la especie tipo, conocida de Sudáfrica y asociada también con el nombre S. vanderhorsti en la historia taxonómica del género.

También se ha mencionado S. kingoriensis, procedente de Tanzania, y S. terror, igualmente identificado en ese país. Sin embargo, la clasificación de algunos ejemplares y especies ha experimentado modificaciones con el avance de las investigaciones.

Entre las especies reconocidas actualmente se encuentra Sycosaurus laticeps y Sycosaurus nowaki, esta última descrita por Broili y Schröder en 1936. Como sucede con muchos animales del registro fósil, la clasificación puede cambiar cuando nuevos ejemplares permiten comparar con mayor precisión las características anatómicas.


Un mundo que se acercaba al final

Sycosaurus vivió durante una etapa especialmente trascendental de la historia de la Tierra. El Pérmico estaba llegando a su fin y los ecosistemas terrestres atravesaban profundas transformaciones.

Todavía faltaban algunos millones de años para la extinción masiva del final del Pérmico, considerada la mayor crisis biológica conocida del registro geológico. Los ecosistemas que habían prosperado durante millones de años terminarían desapareciendo o transformándose radicalmente.

Los gorgonópsidos serían algunas de sus víctimas. Estos depredadores, extraordinariamente exitosos durante el Pérmico, desaparecerían completamente antes de que los dinosaurios comenzaran a expandirse.

Por eso, fósiles como los de Sycosaurus poseen un valor especial. No solamente permiten conocer a un depredador desaparecido, sino también reconstruir los últimos capítulos de un mundo que estaba a punto de desaparecer.


Una sombra entre las plantas del Pérmico

Sycosaurus.
Es fácil imaginar a Sycosaurus avanzando lentamente entre la vegetación baja de una llanura del antiguo Gondwana. El aire probablemente era cálido y cargado de humedad en algunos sectores, mientras el paisaje se extendía mucho más allá de lo que alcanzaría la vista de cualquier ser humano.

Su cuerpo, de hasta dos metros y medio, se desplazaba sobre cuatro extremidades. No tenía el aspecto de un dinosaurio ni tampoco era todavía un mamífero. Era otra cosa: un terápsido, perteneciente a una rama evolutiva que había tomado su propio camino cientos de millones de años antes de que aparecieran nuestros primeros ancestros mamíferos.

Entre la vegetación, cualquier movimiento podía llamar su atención. Sycosaurus levantaba la cabeza y permanecía inmóvil durante unos instantes. Sus sentidos debían desempeñar un papel fundamental para localizar a una posible presa. Entonces comenzaba el acercamiento.

No sabemos exactamente cómo cazaba ni cuánto tiempo dedicaba a perseguir a sus víctimas. El registro fósil rara vez conserva esas escenas. Pero su cráneo y sus grandes caninos cuentan una parte de la historia. Era un animal construido para capturar y desgarrar carne.

Quizás, después de una persecución breve, conseguía alcanzar a su presa. Sus mandíbulas se cerraban y los largos caninos penetraban en el cuerpo del animal. Después vendría el silencio nuevamente. El depredador se alimentaría mientras alrededor continuaba la vida del Pérmico, indiferente al drama ocurrido unos metros más allá. Y así debió transcurrir su existencia: cazando, desplazándose y sobreviviendo en un paisaje que parecía destinado a durar para siempre... pero no fue así.

Millones de años después, las rocas conservarían los restos de aquellos animales y permitirían reconstruir una pequeña parte de su historia. Sycosaurus desapareció junto con buena parte de los grandes depredadores de su época, pero sus huesos permanecieron enterrados durante más de 250 millones de años.

Hoy, un cráneo de poco más de treinta centímetros basta para devolvernos por un instante a aquel mundo perdido. Allí, entre las sombras de la vegetación de Gondwana, un gorgonópsido de colmillos largos recorría silenciosamente su territorio, sin saber que pertenecía a uno de los últimos capítulos de una era que estaba llegando a su fin.

Desastre humanitario en Palestina y Ucrania: El dolor de un civil inocente no tiene ideología

  • Ninguna ideología puede decidir qué civiles inocentes merecen nuestra compasión.
  • Una definición de principios frente a Gaza y Ucrania.


Imagen creada con IA.
Soy de derecha y no tengo ningún problema en decirlo. Creo en la libertad individual, la propiedad privada, la economía de mercado, el Estado de derecho, la seguridad, la democracia representativa y la defensa de Occidente. Pero precisamente porque creo en esos principios, considero que hay algo que no puedo aceptar: que la defensa de nuestros valores dependa de quién sea la víctima o de quién empuñe las armas.

Por eso mi posición frente a Gaza y Ucrania es clara. Condeno enérgicamente la violencia ejercida contra civiles inocentes en ambos conflictos. Condeno la devastación y las muertes de civiles inocentes en Gaza y condeno con la misma firmeza la invasión rusa de Ucrania y los ataques que han provocado la muerte y el sufrimiento de civiles inocentes en ciudades ucranianas.

Esto no significa desconocer que en una guerra existen combatientes y personas que participan directamente en las hostilidades. Un integrante de Hamás que participa en un ataque terrorista no puede ser presentado simplemente como un civil inocente, del mismo modo que un combatiente ruso o ucraniano no debe ser confundido automáticamente con la población civil. La protección que defiendo es la de quienes no participan directamente en las hostilidades.

Esa distinción es fundamental. Condenar la muerte de civiles palestinos no significa defender a los terroristas de Hamás. Condenar la invasión rusa no significa considerar inocente a todo ciudadano ruso ni aprobar cada decisión del Gobierno ucraniano. La defensa de los civiles inocentes no requiere convertirlos en símbolos políticos.


Gaza: condenar a Hamás no significa cerrar los ojos ante el sufrimiento civil

Hamás cometió ataques brutales y despiadados contra civiles israelíes y tomó rehenes el 7 de octubre de 2023. La propia documentación presentada ante la Corte Internacional de Justicia registra la condena al ataque contra civiles y la toma de rehenes por parte de los terroristas de Hamás y otros grupos armados palestinos. La Corte, además, manifestó su grave preocupación por los rehenes y exigió su liberación inmediata e incondicional. Nada de eso, sin embargo, me obliga a cerrar los ojos ante el sufrimiento de los palestinos que no participan en las hostilidades.

Las Naciones Unidas han documentado que Gaza continúa enfrentando una situación humanitaria crítica, con víctimas civiles, desplazamientos y una enorme destrucción de viviendas e infraestructura. Una evaluación satelital de UNOSAT citada por OCHA (Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios) estableció que, hasta junio de 2026, unas 201.290 estructuras —el 82% de todas las estructuras de Gaza— habían sufrido daños, incluyendo más de 134.000 destruidas. También se estimaron daños en aproximadamente 328.627 viviendas.

Es imposible observar esas cifras y responder que todo eso carece de importancia porque Hamás existe. No acepto esa lógica.

Hamás es responsable de sus propios crímenes y debe responder por ellos. Pero un niño palestino que no participa en las hostilidades no es Hamás. Una madre palestina que intenta proteger a sus hijos no es Hamás. Un anciano que pierde su vivienda no es Hamás.

La existencia de una organización terrorista no convierte automáticamente a toda la población que vive bajo su control en combatientes. Por eso condeno la violencia contra civiles inocentes en Gaza y exijo que el derecho internacional humanitario sea respetado.

La Corte Internacional de Justicia, por su parte, ha dictado medidas provisionales en el proceso iniciado por Sudáfrica contra Israel. Es importante ser preciso: esas medidas no constituyen una sentencia definitiva que haya establecido que Israel cometió genocidio. El proceso sobre el fondo es distinto. Pero la Corte sí determinó que existían derechos invocados bajo la Convención sobre Genocidio que eran plausibles y ordenó medidas provisionales destinadas a protegerlos. Para mí, eso basta para entender que el sufrimiento de la población civil palestina no puede ser ignorado.


Ucrania: Putin no tiene una justificación moral

Mi condena es igualmente categórica cuando miro hacia lo que ocurre en el Este de Europa. Rusia invadió Ucrania, violó el Memorandum de Budapest, y esa agresión ha provocado una enorme destrucción y un sufrimiento humano que continúa hasta hoy. No necesito convertir a Ucrania en un país perfecto ni considerar acertada cada decisión de sus gobiernos para defender algo elemental: Ucrania tiene derecho a existir como Estado soberano y sus civiles inocentes tienen derecho a vivir sin ser bombardeados.

Las cifras actuales de Naciones Unidas son estremecedoras. Durante agosto de 2026, la Misión de Derechos Humanos de la ONU verificó 372 civiles muertos y 2.349 heridos en Ucrania. Entre enero y agosto de 2026, contabilizó al menos 2.222 civiles muertos y 13.058 heridos. La ONU señaló además que los misiles y drones de largo alcance fueron la principal causa de víctimas civiles durante agosto y que muchas de esas víctimas se produjeron en centros urbanos alejados del frente. 

No son estadísticas abstractas. Detrás de cada número existe una persona que tenía una familia, una casa, un trabajo, una historia y proyectos para el futuro. Mariúpol, Járkiv, Jersón, Kyiv y tantas otras ciudades ucranianas han conocido el rostro concreto de una guerra que no debería existir. Por eso rechazo categóricamente la invasión rusa y rechazo también cualquier explicación geopolítica que pretenda convertir la agresión contra Ucrania en algo moralmente aceptable.


Millones de ucranianos obligados a abandonar sus hogares

Pero la tragedia ucraniana no se mide solamente en muertos y heridos. Millones de civiles inocentes han tenido que abandonar sus hogares y, en muchos casos, cruzar las fronteras de su propio país para salvar sus vidas.

Según ACNUR, al finalizar 2025 aproximadamente 5,9 millones de ucranianos se encontraban como refugiados fuera de Ucrania, mientras que otros 3,7 millones permanecían desplazados internamente. Son millones de personas que tuvieron que dejar atrás sus casas, sus trabajos, sus escuelas, sus barrios y, en muchos casos, a familiares y seres queridos.

Además, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), más de 14 millones de personas han sido obligadas a abandonar sus hogares desde el comienzo de la invasión rusa a gran escala de Ucrania, ya sea buscando seguridad dentro del propio país o cruzando sus fronteras. La cifra incluye a refugiados, desplazados internos y personas que posteriormente han regresado. Detrás de ese número hay millones de civiles que perdieron sus viviendas, comunidades y formas de vida como consecuencia de la guerra.

El desplazamiento forzado de población civil no es una consecuencia menor de una guerra. El derecho internacional humanitario protege a la población civil frente al desplazamiento arbitrario y otras formas de traslado forzoso. Cuando las personas son expulsadas de sus hogares por la violencia, las amenazas o las condiciones creadas deliberadamente por un conflicto armado, también estamos ante una grave afectación de sus derechos fundamentales.

Por eso, cuando hablo de los civiles inocentes de Ucrania, no me refiero solamente a quienes han muerto bajo un bombardeo. También hablo de la mujer que cruzó la frontera con sus hijos y una pequeña maleta; del anciano que tuvo que abandonar la casa donde vivió toda su vida; del niño huérfano que dejó atrás su escuela y su barrio; del trabajador que lo perdió todo y de los millones de personas que tuvieron que convertirse en refugiados o desplazados internos. Ellos también son víctimas de la guerra. Y cuando una persona inocente se ve obligada a abandonar su país porque una invasión destruye las condiciones básicas de seguridad de su comunidad, su tragedia no puede desaparecer de nuestro debate simplemente porque haya sobrevivido. Sobrevivir a una guerra también puede significar haberlo perdido casi todo.


No todos los muertos son combatientes y no todos los civiles son combatientes

Esta distinción debería ser elemental, pero muchas veces desaparece en las discusiones políticas. Un terrorista de Hamás que participa en un ataque contra civiles no es equivalente a un niño palestino que vive en Gaza.

  • Un soldado ruso que combate en Ucrania no es equivalente a una familia ucraniana que duerme en un departamento que es bombardeado.
  • Un civil israelí asesinado por Hamás no es equivalente a un integrante de Hamás que participa en un ataque.
  • Un civil ruso que muere durante un ataque de respuesta ucraniana tampoco puede ser considerado automáticamente un combatiente por su nacionalidad.

La condición de víctima civil no se determina por la bandera, la religión o la nacionalidad. Y precisamente por eso considero indispensable hablar de civiles inocentes, porque la palabra "civil" por sí sola no siempre describe la conducta concreta de una persona dentro de un conflicto armado.

Mi principio es defender a quienes no participan directamente en las hostilidades y exigir que quienes sí participan respondan por sus actos conforme al derecho.


No acepto una moral de bloques

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Lo que más me preocupa de la discusión política internacional es que demasiadas personas parecen necesitar escoger un bando antes de decidir qué tragedia merece su indignación.

  • Si Israel está involucrado, algunos parecen sentirse obligados a justificar cualquier acción israelí.
  • Si Rusia está involucrada, otros parecen buscar inmediatamente una explicación que termine relativizando la responsabilidad de Moscú.

No comparto ninguna de esas posiciones.

Puedo considerar a Israel un Estado legítimo y condenar la muerte de civiles palestinos inocentes. Puedo defender el derecho de Ucrania a resistir una invasión y, al mismo tiempo, sostener que los civiles rusos no deben ser objetivos deliberados. Puedo condenar a los terroristas de Hamás por sus ataques contra civiles y por la toma de rehenes y, al mismo tiempo, condenar la destrucción y muerte de civiles palestinos que no participan en las hostilidades. No necesito escoger una tragedia para reconocer la otra.


La derecha debe ser coherente

Si pretendo defender la libertad y la dignidad humana, no puedo hacerlo solamente cuando las víctimas pertenecen a un pueblo que simpatiza con mis posiciones políticas.

Una derecha democrática no debería necesitar negar el sufrimiento de los palestinos para defender a Israel. Tampoco debería necesitar relativizar la invasión rusa para cuestionar determinadas políticas de Estados Unidos o de la OTAN.

La defensa de Occidente no consiste en justificar cualquier cosa que haga un gobierno occidental o aliado. Y la crítica al poder estadounidense tampoco obliga a convertirse en apologista de Vladimir Putin.

No soy neutral entre la víctima civil inocente y quien deliberadamente la ataca. Pero tampoco voy a convertir a todos los habitantes de un territorio en culpables por los crímenes de una organización o de un gobierno. Ese es el límite moral que considero indispensable.


El mismo principio para Gaza y Ucrania

Gaza y Ucrania no son conflictos idénticos. Tienen historias, actores, causas y contextos completamente diferentes. No pretendo borrar esas diferencias ni fabricar una falsa equivalencia histórica. La equivalencia que defiendo es mucho más sencilla.

  • Un civil inocente muerto en Gaza merece la misma consideración humana que un civil inocente muerto en Ucrania.
  • Una familia palestina que pierde su hogar merece nuestra compasión.
  • Una familia ucraniana que pierde su hogar también.
  • Un niño palestino muerto por la guerra no vale menos que un niño ucraniano muerto por un misil.
  • Una madre que llora en Gaza no sufre menos que una madre que llora en Kyiv.
  • Un padre ucraniano que cruza una frontera con sus hijos para salvarlos no merece menos solidaridad que cualquier otra persona expulsada de su hogar por una guerra.

Ninguna ideología, ninguna bandera, ninguna religión y ninguna teoría geopolítica debería tener el poder de cambiar ese principio.

Mi posición, por tanto, no nace de una simpatía automática por un gobierno ni de una enemistad automática hacia otro. Nace de una convicción mucho más sencilla: la vida y los derechos de un civil inocente no pueden convertirse en una moneda de cambio ideológica.

  • Condeno a Hamás por sus ataques contra civiles.
  • Condeno la invasión rusa de Ucrania.
  • Condeno la violencia contra civiles inocentes en Gaza.
  • Condeno los ataques contra civiles inocentes en Ucrania.
  • Condeno también el desplazamiento forzado de civiles inocentes y la destrucción de las condiciones que les permiten permanecer en sus hogares.

Y condenaría exactamente lo mismo si mañana el nombre del agresor, la bandera o la geografía fueran diferentes. Porque si mis principios cambian dependiendo de quién dispara, entonces no son principios. Son simplemente preferencias políticas.

Lycaenops, el “rostro de lobo” que cazaba en el mundo perdido del Pérmico

Con apenas un metro de longitud, este gorgonópsido fue uno de los depredadores que anunciaron una nueva etapa en la evolución de los vertebrados terrestres. Su cráneo estrecho, sus poderosos caninos y, sobre todo, sus largas extremidades le permitían desplazarse de una manera sorprendentemente eficiente para un animal de su tiempo.


Lycaenops angusticepts.

Hace unos 260 millones de años, mucho antes de que aparecieran los primeros dinosaurios, un pequeño depredador recorría los territorios del sur de Pangea. No era un mamífero, aunque algunas de sus características podían hacer pensar en uno. Tampoco era un reptil en el sentido tradicional. Lycaenops pertenecía a los gorgonópsidos, un grupo de terápsidos que ocupó un lugar importante entre los grandes depredadores terrestres del Pérmico.

Su nombre, que significa “cara de lobo”, resulta especialmente apropiado. Su cráneo era alargado y estrecho, y sus mandíbulas estaban armadas con grandes dientes caninos que sobresalían de manera evidente. La combinación de ese rostro afilado y un cuerpo relativamente ligero debió darle una apariencia formidable para cualquier pequeño vertebrado que se cruzara en su camino.

Lycaenops medía alrededor de un metro de longitud y podía superar los 15 kilogramos de peso. No era uno de los gigantes de su ecosistema, pero su anatomía estaba perfectamente adaptada para desempeñar el papel de cazador.


Un cuerpo construido para perseguir

Uno de los aspectos más interesantes de Lycaenops se encontraba lejos de su cabeza. Sus extremidades eran largas y relativamente delgadas, y estaban colocadas de una manera mucho más vertical que las de muchos sinápsidos más primitivos. Esta disposición resulta fundamental para comprender su estilo de vida.

Los primeros amniotas y algunos antiguos sinápsidos, como los pelicosaurios, tenían las extremidades extendidas hacia los lados. En cambio, Lycaenops podía mantener sus patas más cerca del cuerpo, una configuración que recuerda a la locomoción de los mamíferos actuales.

Aquella transformación tenía consecuencias enormes. Una postura más erguida permitía mejorar la eficiencia de la locomoción y, potencialmente, desarrollar una carrera más rápida y sostenida. En un mundo donde escapar podía significar la diferencia entre vivir y morir, la velocidad representaba una ventaja extraordinaria.

Lycaenops no necesitaba ser el animal más grande del paisaje. Bastaba con que pudiera acercarse rápidamente a una presa y utilizar sus dientes antes de que esta tuviera oportunidad de escapar.


Los colmillos del “rostro de lobo”

La característica más evidente de Lycaenops era su dentición. Sus largos caninos eran adecuados para provocar heridas profundas y desgarrar tejidos. El animal podía utilizarlos para sujetar y cortar carne, una adaptación particularmente útil para un depredador que necesitaba abatir presas relativamente pequeñas.

Probablemente su dieta estuvo compuesta principalmente por pequeños vertebrados. Entre ellos pudieron encontrarse reptiles y dicinodontes, estos últimos pertenecientes a otro importante linaje de terápsidos herbívoros.

El tamaño de sus posibles presas también ayuda a comprender la estrategia de Lycaenops. No necesitaba enfrentarse constantemente a enormes animales. Un depredador ligero podía concentrarse en individuos pequeños, jóvenes, heridos o vulnerables, utilizando su velocidad para reducir la distancia y sus caninos para completar el ataque. En ese sentido, su anatomía parece representar una combinación eficaz de movilidad y armamento.


Una criatura en un mundo que todavía no conocía a los dinosaurios

Imaginar a Lycaenops obliga a abandonar una imagen demasiado centrada en los dinosaurios cuando pensamos en la prehistoria.

Durante el Pérmico, los dinosaurios todavía no existían. Los ecosistemas terrestres estaban dominados por una extraordinaria diversidad de sinápsidos, reptiles y otros vertebrados que habían evolucionado durante millones de años. Lycaenops formaba parte de ese mundo. 

Vivió aproximadamente entre hace 270,6 y 251 millones de años, durante las últimas etapas del Pérmico. Aquella era terminó con la mayor extinción masiva conocida de la historia de la vida, un acontecimiento que transformó profundamente los ecosistemas terrestres y marinos.

Los gorgonópsidos desaparecieron durante aquella crisis. Con ellos se extinguió una de las líneas de depredadores más características del Pérmico. Pero antes de desaparecer, animales como Lycaenops representaron una etapa fundamental en la historia evolutiva de los sinápsidos.


La historia de un nombre y de una clasificación cambiante

La especie tipo del género, Lycaenops ornatus, fue descrita en 1925 por el célebre paleontólogo sudafricano Robert Broom.

Como ocurre con muchos fósiles estudiados durante décadas, la historia taxonómica del género ha sido compleja. Diversas especies que en algún momento fueron incluidas en Lycaenops posteriormente fueron trasladadas a otros géneros.

Es el caso de Lycaenops kingwilli, originalmente denominada Tigricephalus kingwilli y actualmente situada en Aelurognathus. Algo similar ocurrió con Lycaenops tenuirostris, que originalmente fue llamada Tangagorgon tenuirostris y actualmente se considera perteneciente a Cyonosaurus.

También hubo especies que recorrieron el camino inverso. Lycaenops microdon y Lycaenops sollasi fueron incorporadas al género después de haber sido clasificadas anteriormente dentro de Aelurognathus. Lycaenops minor, por su parte, es considerada actualmente un sinónimo de L. sollasi.

Estos cambios no representan simplemente discusiones de nombres. La clasificación paleontológica cambia a medida que aparecen nuevos fósiles, se reestudian ejemplares antiguos y se comprenden mejor las relaciones evolutivas entre los animales. Cada hueso puede modificar una parte de la historia.


Un paso hacia la locomoción de los mamíferos

Lycaenops ornatus.
Quizá uno de los mayores intereses de Lycaenops no se encuentre solamente en sus dientes, sino en la manera en que utilizaba sus patas.

Su locomoción muestra una tendencia evolutiva particularmente importante dentro de los terápsidos. Las extremidades situadas más cerca de la línea corporal podían favorecer una marcha más eficiente que la característica postura extendida de muchos vertebrados terrestres antiguos.

Eso no significa que Lycaenops fuera un mamífero primitivo. No lo era. Los gorgonópsidos pertenecían a una rama diferente dentro de los terápsidos y terminarían extinguiéndose.

Pero su anatomía muestra que algunas de las transformaciones que posteriormente serían características de los mamíferos ya estaban apareciendo, de manera independiente o dentro de tendencias evolutivas más amplias, mucho antes de que los primeros mamíferos dominaran los ecosistemas.

Lycaenops pertenece, por tanto, a una historia evolutiva mucho más antigua que la de cualquier perro, lobo o felino. Su semejanza superficial con un cánido es consecuencia de la evolución de un cuerpo depredador eficiente, no de una relación directa con los lobos modernos.


Una carrera bajo el cielo del Pérmico

El paisaje está seco y áspero. No existe ninguna huella humana, ningún sonido familiar, ninguna señal de un mundo que todavía tardará cientos de millones de años en aparecer. El aire pertenece a otra época y la tierra está ocupada por criaturas que parecen surgidas de un sueño extraño.

Entre la vegetación avanza un pequeño grupo de animales. Algunos se alimentan, otros permanecen atentos. En cualquier momento, la tranquilidad puede romperse. Entonces aparece Lycaenops.

Su cuerpo se mueve bajo y ligero. Las largas extremidades se adelantan con rapidez y cada zancada acerca al depredador a su objetivo. No tiene el tamaño de los grandes cazadores que dominarán otros períodos de la historia de la Tierra. No lo necesita. Su verdadera ventaja está en la movilidad. La cabeza estrecha permanece orientada hacia adelante. En las mandíbulas se asoman los caninos.

Un pequeño vertebrado se ha separado del resto. Durante unos instantes no ocurre nada. Después, Lycaenops acelera. La persecución es breve. El depredador no necesita una batalla prolongada. Sus patas, colocadas de manera más eficiente bajo el cuerpo, lo han llevado rápidamente hasta la presa. Una última carrera, un movimiento brusco de la cabeza y los dientes encuentran su objetivo.

Durante millones de años, escenas parecidas pudieron repetirse en los ecosistemas pérmicos. Lycaenops no sabía que su linaje estaba destinado a desaparecer. Tampoco podía imaginar que, mucho después de que sus huesos quedaran enterrados, otro animal encontraría sus restos y trataría de reconstruir su existencia a partir de unos pocos fragmentos de roca.

Para él solo existía aquel instante: el suelo bajo sus patas, el movimiento de una presa delante de sus ojos y el instinto que lo impulsaba a perseguirla. Al caer la tarde, aquel extraño paisaje del Pérmico volvía a recuperar su silencio. Lycaenops podía detenerse, levantar la cabeza y permanecer inmóvil durante unos segundos, atento a cualquier movimiento. A su alrededor se extendía un mundo que ya no existe. Y, sin embargo, algo de aquel animal permanece. Permanece en sus huesos, en la forma de sus extremidades, en sus dientes y en el largo cráneo que dio origen a su nombre. Permanece en la evidencia de que mucho antes de los grandes mamíferos, la evolución ya estaba experimentando con cuerpos ágiles, depredadores veloces y nuevas formas de desplazarse por tierra.

Durante unos millones de años, el “rostro de lobo” fue parte de la vida cotidiana de un planeta todavía joven. Después llegó la extinción y su mundo desapareció. Pero una criatura de apenas un metro de longitud dejó una huella mucho mayor que su tamaño. En Lycaenops puede contemplarse uno de aquellos momentos silenciosos en los que la evolución cambia lentamente el rostro de la vida: un depredador pequeño, veloz y armado con colmillos que recorrió la Tierra mucho antes de que nosotros pudiéramos siquiera imaginarla.

El mundo de Clelandina, cuando los gorgonopsios dominaban la Tierra

  • Clelandina, el depredador de colmillos que acechó en los paisajes del Pérmico.
  • Mucho antes de que los dinosaurios dominaran la Tierra, los gorgonopsios ocuparon el lugar de grandes depredadores en los ecosistemas del Pérmico. Entre ellos estuvo Clelandina, un terápsido de aspecto formidable que forma parte de una de las ramas más fascinantes de la evolución de los sinápsidos.

Clelandina.


Hace unos 250 millones de años, el mundo atravesaba una de las etapas más extraordinarias y dramáticas de su historia. El período Pérmico llegaba a su fin y los continentes se encontraban reunidos en la gigantesca Pangea. En las tierras australes, extensas regiones estaban ocupadas por ecosistemas muy diferentes de los actuales, poblados por terápsidos, dicinodontes, pareiasaurios y numerosos reptiles.

En aquellos ambientes vivía Clelandina, un género extinto perteneciente a los Gorgonopsia, un grupo de sinápsidos depredadores que precedió a los mamíferos y que llegó a desarrollar algunas de las adaptaciones carnívoras más impresionantes de su tiempo.

El género fue establecido en 1948 por el paleontólogo sudafricano Robert Broom, una figura fundamental en el estudio de los terápsidos africanos. Hasta ahora se reconocen cuatro especies dentro de Clelandina: C. majora, C. maximus, C. rubidgei y C. scheepersi.

Su historia evolutiva está ligada principalmente a los ricos depósitos fósiles del sur de África, una región que durante el Pérmico conservó algunos de los testimonios más importantes sobre la vida que existió antes de la gran extinción del final del período.


Un gorgonopsio entre los grandes depredadores del Pérmico

Los gorgonopsios fueron sinápsidos especializados en la depredación. Aunque no eran mamíferos, pertenecían a una línea evolutiva que se encontraba mucho más cerca de nuestros propios antepasados que los dinosaurios.

Su anatomía revela una transición importante en la historia de los vertebrados terrestres. Poseían extremidades relativamente erguidas en comparación con muchos reptiles contemporáneos, cráneos especializados para la alimentación carnívora y dientes que podían incluir grandes caninos.

En Clelandina, como en otros miembros del grupo, el cráneo constituye una de las principales evidencias para comprender su modo de vida. La presencia de dientes especializados habría permitido sujetar y desgarrar carne, una característica especialmente importante para un depredador que necesitaba enfrentarse a presas potencialmente voluminosas y resistentes.

El nombre Gorgonopsia alude precisamente a las Gorgonas de la mitología griega, una denominación apropiada para animales cuya apariencia debió resultar extraordinariamente intimidante.


La anatomía de un depredador

Clelandina pertenece al gran linaje de los Therapsida, dentro de Synapsida. Esta clasificación resulta particularmente interesante porque los terápsidos constituyen el grupo del que surgirían, mucho después, los mamíferos.

La evolución de estos animales no siguió una línea recta hacia los mamíferos modernos. Los gorgonopsios representan una de las numerosas ramas que prosperaron durante el Pérmico y que posteriormente desaparecieron.

En ese sentido, Clelandina no debe imaginarse como un "mamífero primitivo", sino como un miembro de una radiación evolutiva propia, adaptada a las condiciones ambientales de su época.

Su cuerpo estaba diseñado para la vida terrestre y para la captura de presas. La combinación entre una cabeza poderosa, dentición carnívora y una estructura corporal adecuada para desplazarse por tierra firme hacía de estos animales depredadores importantes dentro de sus comunidades.


Una época dominada por los terápsidos

El Pérmico fue mucho más que el período inmediatamente anterior a los dinosaurios. Fue una época en la que los sinápsidos experimentaron una enorme diversificación.

Los paisajes estaban habitados por animales que hoy parecen pertenecer a otro planeta. Grandes herbívoros como los dicinodontes compartían los ecosistemas con pareiasaurios y otros terápsidos, mientras diversos depredadores ocupaban los niveles superiores de las cadenas alimentarias. En ese escenario, los gorgonopsios desempeñaron un papel fundamental.

No todos tenían las mismas dimensiones ni utilizaban exactamente las mismas estrategias de caza. Algunos fueron relativamente pequeños, mientras otros alcanzaron tamaños considerables. Esta diversidad indica que los ecosistemas pérmicos poseían redes alimentarias complejas, con distintos depredadores aprovechando diferentes tipos de presas. Clelandina formaba parte de ese mundo desaparecido.


El legado de Robert Broom

La historia de Clelandina también está vinculada a Robert Broom, uno de los grandes paleontólogos del siglo XX.

Broom dedicó buena parte de su carrera al estudio de los fósiles sudafricanos y realizó contribuciones fundamentales al conocimiento de los terápsidos y de los primeros homininos. En una época en la que la paleontología de vertebrados estaba construyendo muchas de sus grandes clasificaciones, sus investigaciones ayudaron a revelar la extraordinaria diversidad de los animales que habían vivido en África durante el Paleozoico tardío y el Mesozoico temprano.

Que Clelandina fuera reconocido como género en 1948 demuestra también cuánto ha dependido nuestro conocimiento del Pérmico del trabajo paciente de generaciones de paleontólogos, muchas veces a partir de fragmentos de huesos encontrados en lugares donde, durante cientos de millones de años, no existió absolutamente nada que recordara la presencia de aquellos animales.


Un mundo al borde del desastre

Clelandina pertenece a una historia evolutiva que terminaría abruptamente. Al final del Pérmico ocurrió la mayor extinción masiva conocida en la historia de la Tierra. La crisis eliminó una proporción enorme de las especies marinas y terrestres y transformó profundamente los ecosistemas del planeta.

Los gorgonopsios desaparecieron durante aquella transición. Después de ellos vendrían nuevas comunidades dominadas progresivamente por otros grupos de terápsidos y, posteriormente, por los dinosaurios. Millones de años después, los mamíferos heredarían una Tierra completamente diferente.

La desaparición de Clelandina no significó, sin embargo, el final de la historia evolutiva de los sinápsidos. Su linaje formaba parte de una historia mucho más extensa que, después de numerosas ramas extinguidas, terminaría incluyendo a los mamíferos.


Una sombra entre la vegetación pérmica

Imaginar a Clelandina con vida significa retroceder hasta una Tierra que apenas conserva semejanzas con la nuestra.

El aire, los paisajes y la vegetación eran diferentes. No existían flores ni hierba formando las extensas praderas que conocemos hoy. En su lugar crecían plantas propias de los ecosistemas pérmicos, mientras enormes herbívoros recorrían el terreno en busca de alimento.

Entre esa vegetación se desplazaba un depredador. No necesitaba perseguir a su presa durante largas distancias. Su supervivencia dependía de algo mucho más antiguo: detectar movimiento, acercarse sin ser descubierto y esperar el momento adecuado. Su cabeza permanecía atenta mientras el resto del cuerpo avanzaba con cautela por un paisaje dominado por plantas primitivas, polvo y temperaturas que podían ser extremas.

A cierta distancia, un grupo de herbívoros se movía lentamente. Eran animales robustos, acostumbrados a vivir en aquel mundo y suficientemente poderosos para representar un peligro si eran sorprendidos de frente. Clelandina observaba.

Durante unos instantes, el paisaje permanecía inmóvil. Después comenzaba el movimiento. El depredador avanzaba entre la vegetación, aprovechando cualquier irregularidad del terreno. Sus dientes no eran adornos. Eran herramientas evolutivas perfeccionadas durante millones de años, destinadas a sujetar una presa y convertirla en alimento. 

Quizás la cacería terminaba con éxito. Quizás la presa escapaba. No lo sabemos. Los fósiles no conservan el sonido de aquella persecución, ni el polvo levantado por los animales, ni el instante en que un depredador encontraba finalmente su alimento. Apenas quedan huesos, dientes y fragmentos de un mundo que desapareció hace cientos de millones de años. Pero esos restos son suficientes para reconstruir una pequeña parte de la historia.

Clelandina caminó sobre una Tierra que jamás conoceremos directamente. Vivió cuando los sinápsidos comenzaban a conquistar los ecosistemas terrestres y cuando todavía faltaban millones de años para que los primeros dinosaurios aparecieran.

Fue uno de los depredadores de aquella antigua Pangea, una criatura nacida en un mundo que terminaría desapareciendo bajo una de las mayores catástrofes de la historia del planeta. Y aunque su existencia terminó hace muchísimo tiempo, cada fragmento de su cráneo encontrado entre las rocas vuelve a abrir, por un instante, una ventana hacia aquel paisaje perdido. Detrás de esos huesos ya no vemos simplemente un fósil: podemos imaginar al animal vivo, avanzando silenciosamente entre la vegetación del Pérmico, buscando alimento mientras, sin saberlo, recorría los últimos capítulos de un mundo que estaba a punto de desaparecer.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Fracasa candidatura de Bachelet a la ONU: Boric y la misma Bachelet son los dos grandes culpables

El rotundo fracaso de Michelle Bachelet en la carrera por la Secretaría General de la ONU abrió una disputa política en Chile. Desde la izquierda se ha intentado responsabilizar principalmente al Presidente José Antonio Kast por retirar el respaldo chileno. Sin embargo, los antecedentes muestran una historia bastante más compleja: una candidatura anunciada por Gabriel Boric sin suficiente construcción transversal, una postulante cuyo pasado político podía generar resistencias internacionales y un proceso diplomático en el que el apoyo chileno terminó siendo insuficiente para revertir un escenario adverso.


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El 24 de septiembre de 2025, Gabriel Boric confirmó públicamente ante Naciones Unidas que Chile impulsaría a Michelle Bachelet para la Secretaría General. El problema político apareció inmediatamente. La candidatura no había sido previamente socializada con la oposición, con los candidatos presidenciales que tenía el país en ese momento, ni tampoco con las comisiones parlamentarias de Relaciones Exteriores. Según reportó La Tercera, dirigentes opositores señalaron que tampoco fueron consultados los principales candidatos presidenciales de entonces. El único adelanto formal a parlamentarios se produjo pocas horas antes del anuncio público. Aquello no era un detalle menor.

Una candidatura para dirigir Naciones Unidas (ONU) no es una designación administrativa ni una decisión que corresponda exclusivamente al gobierno de turno. El secretario general de la ONU es escogido mediante un procedimiento en el que interviene primero el Consejo de Seguridad y posteriormente la Asamblea General. Los cinco miembros permanentes del Consejo —Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido— poseen poder de veto. Por eso, una candidatura de esta magnitud requiere tiempo, diplomacia, negociación y, sobre todo, continuidad de Estado.

Boric, sin embargo, decidió comprometer el nombre de una expresidenta socialista cuando su propio mandato estaba próximo a terminar. El 2 de febrero de 2026, apenas poco más de un mes antes del cambio de mando, Chile formalizó junto con Brasil y México la candidatura de Bachelet. La pregunta política era inevitable: ¿qué ocurriría si el próximo gobierno no compartía esa decisión? La respuesta terminó siendo más que predecible.


El gobierno de Kast retiró el respaldo, pero no inventó el problema

El 11 de marzo de 2026 asumió José Antonio Kast y su administración decidió retirar el apoyo oficial chileno a Bachelet. Esa decisión fue utilizada posteriormente por sectores de izquierda para explicar prácticamente todo el fracaso de la candidatura. Pero reducir la historia a esa decisión resulta insuficiente.

Brasil y México mantuvieron su respaldo. A pesar de ello, Bachelet no consiguió transformar esos apoyos en una base suficiente dentro del Consejo de Seguridad. El 18 de septiembre, en la tercera consulta informal del organismo, obtuvo apenas un voto de apoyo, tres posiciones neutrales y once votos de desaliento, quedando penúltima entre ocho candidatos. Al día siguiente, el 19 de septiembre, anunció su retiro.

Es decir, incluso con el respaldo de dos de las principales potencias diplomáticas de América Latina, el problema era mucho más profundo que la posición adoptada por La Moneda. El propio desempeño de la candidatura lo demuestra. Bachelet finalmente reconoció el 3 de septiembre que sabía que probablemente no llegaría a convertirse en secretaria general. Por lo tanto, atribuir toda la derrota a Kast no explica los números de la votación ni la evolución de la candidatura.


El pasado político de Bachelet también tenía un costo internacional

Existe otro elemento que no puede ser ignorado en un análisis serio. Michelle Bachelet llegó a esta carrera con una extensa trayectoria internacional, incluyendo su paso por ONU Mujeres y como Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Pero también llegó con un historial político que podía generar cuestionamientos entre gobiernos con posiciones muy diferentes a las de la izquierda latinoamericana.

En marzo de 2013, tras la muerte del controversial Hugo Chávez, Bachelet declaró que el mandatario venezolano había sido “un gran amigo” y “un gran colega” durante sus cuatro años como Presidenta.

En marzo de 2014, durante la crisis venezolana, sostuvo que no consideraba apropiadas las acciones violentas destinadas a desestabilizar a un gobierno democráticamente elegido y anunció que su futuro gobierno ofrecería apoyo al gobierno y al pueblo venezolanos para buscar una salida democrática, en un claro apoyo al polémico Nicolás Maduro.

En julio de 2017, mientras Venezuela atravesaba una de las etapas más graves de su crisis política bajo el gobierno de Nicolás Maduro, Michelle Bachelet fue consultada directamente sobre si consideraba que ese país seguía siendo una democracia. Su respuesta fue especialmente cautelosa, casi cómplice: señaló que la condición democrática de Venezuela “depende”, y recordó que Maduro había llegado al poder mediante una elección. Al mismo tiempo, Bachelet introdujo un matiz importante al afirmar que el solo hecho de ganar una elección no bastaba para definir a un país como democrático. Sus palabras fueron pronunciadas en un momento particularmente delicado: ese año Venezuela vivía protestas masivas, una fuerte confrontación entre el gobierno y la oposición y cuestionamientos internacionales a las instituciones venezolanas. 

Por ello, aunque Bachelet no afirmó que el régimen de Nicolás Maduro fuera inequívocamente democrático, su negativa a dar una respuesta categórica y su énfasis inicial en el origen electoral del gobierno fueron interpretados como una posición timorata, pero demasiado complaciente frente al sanguinario régimen chavista. Con el paso del tiempo, esta declaración quedó incorporada al debate sobre su propia trayectoria internacional y sobre la distancia entre sus posiciones políticas anteriores y su posterior labor como Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

También mantuvo relaciones institucionales con el régimen cubano. En enero de 2018 realizó una visita oficial a Cuba y sostuvo una reunión privada con Raúl Castro. Pero en el caso de Fidel Castro resulta más compleja su postura. Bachelet mantuvo una relación política de adhesión con el dictador izquierdista. 

Y ni hablar de la admiración que alguna vez expresó Michelle Bachelet sobre la despiadada dictadura de Erich Honecker, de cuando ella misma vivió en la Alemania Oriental, en tiempos de Guerra Fría. Incluso Bachelet llegó a tener cierto grado de amistad con Margot Honecker, viuda y ministra del polémico jerarca alemán. 

En una elección donde participan Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido, además de otros diez miembros del Consejo de Seguridad, esos antecedentes forman parte del contexto político de una candidatura. No permiten afirmar que determinado país votó contra Bachelet por una declaración específica. Pero tampoco resulta razonable fingir que su trayectoria internacional era políticamente neutra. Por esto que culpar de este punto al Presidente Kast es ridículo y absurdo.


Venezuela y los derechos humanos: una contradicción difícil de ignorar

Aquí aparece una cuestión particularmente delicada. Bachelet posteriormente ejerció como Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos entre 2018 y 2022. Desde ese cargo, su oficina documentó graves violaciones de derechos humanos en Venezuela. En septiembre de 2018, por ejemplo, el discurso preparado para su primera intervención ante el Consejo de Derechos Humanos incluía referencias explícitas a las violaciones registradas en Venezuela y Nicaragua.

Ese cambio de posición o, al menos, de énfasis institucional permite una lectura más matizada de su trayectoria. No obstante, sus declaraciones anteriores respecto de Chávez y Maduro forman parte de su historial político imborrable y podían ser utilizadas por sus adversarios diplomáticos para cuestionar la consistencia de su candidatura.

Una persona puede evolucionar políticamente. Eso ocurre constantemente. Pero cuando se aspira a encabezar Naciones Unidas, el pasado político de un candidato deja de ser un asunto doméstico.


Y entonces aparece el caso Grossman

La discusión sobre la candidatura de Bachelet tiene además un antecedente que la izquierda chilena debería recordar. El 28 de julio de 2022, durante el gobierno de Gabriel Boric, Cancillería informó al destacado jurista Claudio Grossman que Chile no respaldaría su candidatura para integrar la Corte Internacional de Justicia de La Haya.

Grossman no era un desconocido. Era un profesional con importantes antecedentes en Derecho Internacional. Había sido agente de Chile ante la Corte Internacional de Justicia en los casos relacionados con Perú y Bolivia y contaba con una extensa trayectoria académica y diplomática. En 2021, además, había sido reelegido en primera mayoría general como integrante de la Comisión de Derecho Internacional de Naciones Unidas para el período 2023-2027. 

La decisión de Boric provocó críticas transversales. El excanciller Heraldo Muñoz sostuvo que Chile había perdido una oportunidad importante para tener nuevamente un juez en La Haya, mientras que otros exministros de Relaciones Exteriores también cuestionaron la determinación.

La explicación oficial de La Moneda fue que una candidatura a la Corte Internacional de Justicia requería planificación anticipada, recursos y una estrategia diplomática, y que el gobierno había priorizado la candidatura chilena al Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Boric, por su parte, defendió públicamente la decisión.

Por eso existe una evidente discusión de coherencia política. Cuando Boric decidió no respaldar a un jurista chileno de reconocida trayectoria internacional para un tribunal fundamental del sistema de Naciones Unidas, el argumento de que Chile debía necesariamente respaldar a todos sus compatriotas que aspiraran a cargos internacionales no parecía aplicarse.

Cuando posteriormente decidió comprometer al Estado chileno con la candidatura de Bachelet a la Secretaría General de Naciones Unidas, la lógica fue distinta, y la izquierda chilena no actuó igual que cuando Boric le retiró el apoyo a Grossman.

No existe una obligación jurídica de apoyar a todos los candidatos chilenos. Eso sería absurdo. Pero sí existe una discusión legítima sobre los criterios con los que un gobierno selecciona qué candidaturas considera prioritarias y cuáles descarta.


El verdadero problema fue convertir una decisión de gobierno en una supuesta política de Estado

La mayor debilidad de la candidatura Bachelet estuvo probablemente en su origen político.

Boric anunció la candidatura cuando aún gobernaba, pero sabía que dejaría La Moneda el 11 de marzo de 2026. Por lo tanto, necesitaba construir desde el comienzo un acuerdo político mucho más amplio. No lo hizo de manera suficiente.

Imagen creada con IA.
El gobierno de Boric pudo haber buscado un acuerdo con los partidos de oposición, con los entonces candidatos presidenciales y con las comisiones parlamentarias correspondientes. Pudo haber construido una estrategia que permitiera que, independientemente del resultado de la elección presidencial, Chile mantuviera su respaldo. No ocurrió así. Y esa falta de transversalidad terminó convirtiéndose en una vulnerabilidad.

El 2 de febrero de 2026, Boric presentó formalmente a Bachelet junto a Brasil y México. Poco más de un mes después, Chile tenía un nuevo Presidente y una nueva política exterior. Una candidatura que pretendía proyectarse hacia 2027 nació políticamente asociada al gobierno que terminaba en 2026. Ese fue un error de diseño político.


Kast fue parte del desenlace, pero provocó el fracaso

La decisión de Kast de retirar el respaldo chileno puede ser discutida políticamente. Sus críticos tienen derecho a considerar que Chile debió mantener el apoyo a una expresidenta del país.

Pero otra cosa muy distinta es afirmar que Kast fue responsable del fracaso de la candidatura. Los hechos disponibles no permiten sostener esa conclusión como explicación suficiente. Bachelet contaba con el respaldo de Brasil y México. Sin embargo, en la tercera consulta del Consejo de Seguridad obtuvo sólo un voto favorable y once desfavorables. Ese resultado indica que la candidatura tenía problemas mucho antes de que pudiera atribuirse todo al retiro del respaldo chileno.

Además, el proceso de selección de secretario general no depende exclusivamente del país de origen del candidato. La decisión pasa por un Consejo de Seguridad donde cinco potencias poseen derecho de veto y donde los intereses geopolíticos son determinantes.

De hecho, reportes internacionales señalaron posibles obstáculos relacionados con Estados Unidos y China, incluyendo diferencias respecto de la trayectoria de Bachelet y de su trabajo previo en materia de derechos humanos. En otras palabras, la candidatura no cayó exclusivamente en Santiago. Cayó también en Nueva York.


Una derrota que deja una lección política

Michelle Bachelet terminó retirando su candidatura el 19 de septiembre de 2026, después de una campaña que pretendía convertirla en la primera mujer y en la segunda persona latinoamericana en dirigir Naciones Unidas. Su derrota no puede explicarse mediante una sola causa.

Hubo una decisión inicial de Boric que careció de la transversalidad necesaria. Hubo un cambio de gobierno que modificó el respaldo oficial chileno. Hubo un historial político de Bachelet que podía generar resistencias en determinados gobiernos. Hubo una competencia internacional con otros candidatos latinoamericanos y de otras regiones. Y, finalmente, hubo una señal inequívoca del Consejo de Seguridad: once de sus quince integrantes expresaron desaliento en la tercera consulta informal. Ese último dato es particularmente difícil de esquivar.

La política chilena puede seguir discutiendo quién tiene mayor responsabilidad. La izquierda puede responsabilizar a Kast y la derecha puede responsabilizar a Boric. Pero la diplomacia internacional funciona con votos, alianzas y vetos, no con consignas partidarias. Y los votos que recibió Bachelet fueron insuficientes.

La lección para Chile es más amplia que el nombre de una expresidenta. Las grandes candidaturas internacionales necesitan preparación, continuidad, diplomacia profesional y acuerdos políticos que sobrevivan a los cambios de gobierno.

Boric apostó por Bachelet cuando su gobierno estaba a semanas de terminar: eso es ser irresponsable. Kast decidió posteriormente no continuar la apuesta de Bachelet, que finalmente quedó fuera de carrera.

Tratar de transformar todo ese proceso en la simple historia de un Presidente que “no apoyó a una política chilena” es demasiado cómodo, e intelectualmente flojo. La historia completa es bastante más incómoda: una candidatura internacional de largo alcance fue lanzada por un gobierno saliente sin suficiente consenso interno, terminó dependiendo de apoyos extranjeros que no alcanzaron y llegó a su desenlace con una votación internacional que mostró, de manera contundente, la magnitud de sus dificultades.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Entre el dolor y la esperanza: AB III, la obra más introspectiva de Alter Bridge

Publicado en 2010, el tercer álbum de estudio de los estadounidenses Alter Bridge encontró a Myles Kennedy, Mark Tremonti, Brian Marshall y Scott Phillips internándose en un territorio más oscuro, progresivo e introspectivo. AB III es un disco construido alrededor de la duda, la pérdida, la soledad y la búsqueda de esperanza cuando las certezas comienzan a desaparecer.

Alter Bridge.

Hay momentos en la vida en que las respuestas dejan de llegar. Las convicciones que alguna vez parecieron inamovibles empiezan a resquebrajarse y, de pronto, uno se encuentra frente a preguntas que nadie puede responder. Es precisamente en ese territorio incierto donde comienza el viaje de AB III.

Una atmósfera inquietante abre el camino. Las guitarras comienzan a crecer lentamente y la voz de Myles Kennedy emerge desde las sombras. Alter Bridge no parece estar intentando simplemente presentar un conjunto de canciones. Desde los primeros minutos se percibe la intención de contar una historia, de construir un recorrido emocional alrededor de un personaje que intenta encontrar su lugar en un mundo dominado por el vacío y las dudas.

Publicado el 8 de octubre de 2010, AB III fue el tercer álbum de estudio de Alter Bridge y una de las obras más ambiciosas de la banda estadounidense. Producido por Michael "Elvis" Baskette, el disco llevó el sonido del grupo hacia terrenos más dinámicos, pesados y progresivos, mientras sus letras abordaban cuestiones mucho más sombrías. El resultado fue un álbum que no teme mirar hacia el abismo. Pero tampoco deja de buscar una salida.


Un álbum construido en medio de la incertidumbre

Las canciones de AB III fueron escritas entre 2008 y 2009. La banda entró posteriormente en un proceso de grabación que, pese a disponer de un período relativamente breve para registrar y mezclar el material, estuvo marcado por un cuidadoso trabajo de arreglos.

Myles Kennedy explicó que el grupo tuvo aproximadamente seis semanas para grabar y mezclar la música antes de comenzar a trabajar con Michael Baskette. A pesar de ese período limitado, el vocalista consideró que el material había sido trabajado cuidadosamente, conservando al mismo tiempo cierta espontaneidad. Aquella combinación terminó siendo importante para el carácter del álbum.

Las canciones tienen estructura y planificación, pero también una energía que parece surgir naturalmente. Alter Bridge no intenta esconder la fuerza de sus instrumentos detrás de una producción excesivamente pulida. Las guitarras respiran, la batería golpea con contundencia y el bajo de Brian Marshall funciona como una presencia permanente bajo las composiciones.

Scott Phillips mantiene el pulso de unas canciones que pueden pasar de momentos contenidos a auténticas explosiones de intensidad. Y en el centro de todo está la sociedad creativa entre Kennedy y Mark Tremonti.


Mark Tremonti y Myles Kennedy llevan a Alter Bridge hacia otro territorio

Tremonti vuelve a demostrar en AB III por qué su nombre se ha convertido en uno de los más reconocibles de la guitarra dentro del rock pesado contemporáneo.

Sus riffs son contundentes, pero el guitarrista también se preocupa por las melodías y por la construcción de atmósferas. Hay pasajes en los que la guitarra parece representar la angustia del protagonista y otros en los que se transforma en una especie de desahogo.

Kennedy, mientras tanto, asumió un papel más destacado como guitarrista. El vocalista participó más activamente en las guitarras principales y exploró una faceta instrumental que no había tenido tanta presencia anteriormente. Su voz, naturalmente, continúa siendo uno de los grandes elementos distintivos de Alter Bridge, capaz de moverse entre la vulnerabilidad y la potencia sin perder su identidad.

Incluso Tremonti adquiere mayor protagonismo vocal. En "Words Darker Than Their Wings", ambos músicos comparten las voces y consiguen uno de los momentos más particulares del álbum. La canción sirve como cierre y resume buena parte del conflicto que atraviesa todo el trabajo.


Un concepto nacido de la duda

La dimensión conceptual de AB III es fundamental para entenderlo. Alter Bridge presentó el álbum como la historia de un personaje desesperado por encontrar su lugar en un mundo saturado de vacío y dudas. Pero ese personaje también representa algo mucho más universal. Representa a la persona que comienza a cuestionarse aquello que alguna vez consideró una verdad absoluta.

El álbum aborda la crisis de las certezas, pero no desde una postura puramente nihilista. La desesperación convive constantemente con la esperanza y la perseverancia. Esa tensión es probablemente la columna vertebral de AB III. No se trata de un disco que diga que todo está perdido. Es un disco sobre lo que ocurre cuando uno teme que todo esté perdido. La diferencia es enorme.


"Slip to the Void": el comienzo del descenso

"Slip to the Void" abre el álbum como si una puerta se estuviera abriendo lentamente hacia un lugar desconocido. La introducción crea una atmósfera casi inquietante antes de que la banda entre con toda su fuerza. Las guitarras de Tremonti y Kennedy construyen un paisaje sonoro pesado, mientras Kennedy interpreta la canción con una intensidad que deja claro que el viaje recién comienza.

El vacío del título no es solamente un lugar. Es también un estado mental. La sensación de caer, de perder el control, de no saber qué existe al final del descenso está presente en toda la composición.

Es una manera perfecta de entrar al universo de AB III.


"Isolation": el grito de quien quedó solo

Después llega "Isolation", uno de los grandes himnos del álbum. Publicado como primer sencillo, se convirtió en el lanzamiento más exitoso de Alter Bridge hasta ese momento. La canción tiene todos los elementos necesarios para funcionar en un escenario: un riff poderoso, una melodía reconocible y un estribillo diseñado para ser cantado a pleno pulmón.

Pero detrás de esa potencia existe una emoción mucho más dolorosa. La soledad. "Isolation" expresa la sensación de estar apartado del mundo, de querer romper con aquello que provoca sufrimiento y de buscar una salida.

Es una canción enorme en términos musicales, pero profundamente humana en su contenido. Y quizás por eso consiguió conectar con tanta gente.


Los fantasmas del pasado

"Ghost of Days Gone By" introduce otra de las obsesiones del álbum: los recuerdos. El pasado puede desaparecer físicamente, pero no necesariamente abandona nuestra mente. Hay momentos que continúan viviendo dentro de nosotros, incluso cuando quisiéramos dejarlos atrás. La canción captura esa sensación con una mezcla de melancolía y fuerza.

Kennedy canta como alguien que observa su propia historia desde cierta distancia, mientras las guitarras proporcionan una atmósfera que parece moverse entre la nostalgia y el dolor. Es uno de los momentos en que AB III demuestra que no necesita recurrir constantemente a la máxima intensidad para transmitir emociones. A veces basta con recordar.


Cuando se pierde la esperanza

El título "All Hope Is Gone" podría parecer una declaración definitiva. Sin embargo, dentro del contexto del álbum, la frase adquiere una dimensión diferente. La desesperanza está presente, pero Alter Bridge continúa escribiendo canciones. Continúa buscando respuestas. Continúa avanzando. Y ahí está una de las contradicciones más interesantes de AB III: incluso cuando sus letras hablan de perderlo todo, la música sigue avanzando con enorme determinación. Es como si las propias canciones se negaran a aceptar que realmente no existe ninguna salida.

Uno de los momentos más conmovedores del disco llega con "Wonderful Life". La canción cuenta la historia de un hombre que pierde a la mujer que ama después de su muerte. A partir de ese momento, debe aprender a continuar viviendo con una ausencia que ya no puede solucionar. Es una canción sobre el duelo, pero también sobre el recuerdo. La voz de Kennedy adquiere aquí una fragilidad especial. No necesita gritar. No necesita que la guitarra domine la composición. La emoción está en la historia.

La muerte deja un espacio vacío, pero también deja todos los momentos compartidos. Y la vida del protagonista debe continuar a pesar de que una parte fundamental de ella ya no está. Es probablemente una de las canciones más humanas de todo AB III.


El peso de las guitarras

Musicalmente, el disco se caracteriza por una mayor complejidad. Las composiciones son más dinámicas y presentan estructuras que permiten cambios de intensidad mucho más marcados. Las guitarras pueden pasar de riffs pesados a pasajes melódicos y solos elaborados, mientras la sección rítmica proporciona una base sólida.

Por ese motivo, distintos críticos relacionaron el álbum con el metal progresivo. Sin embargo, Alter Bridge nunca abandona completamente sus raíces. El corazón del grupo continúa siendo el rock. Lo que cambia es la amplitud del paisaje. Hay más espacio para la experimentación, más atención a los arreglos y una voluntad evidente de hacer que cada canción tenga su propia personalidad.

En "Show Me a Sign", la pregunta que atraviesa el álbum se vuelve todavía más evidente. El protagonista necesita una señal. Necesita alguna confirmación que le permita continuar. Es una situación profundamente humana. Cuando no sabemos qué camino tomar, buscamos algo que nos diga que todavía vale la pena seguir avanzando.

La canción se mueve entre la súplica y la determinación. Y nuevamente aparece la contradicción esencial de AB III: la persona que está completamente desesperada todavía está buscando. Mientras exista búsqueda, existe una posibilidad.


"Breathe Again": volver a respirar

El concepto del disco encuentra otro de sus momentos fundamentales en "Breathe Again". Después de haber atravesado el dolor, aparece la posibilidad de comenzar nuevamente. No significa que las heridas hayan desaparecido. Significa que todavía existe vida después de ellas.

La canción representa ese instante en que una persona consigue recuperar el aire después de haber pasado demasiado tiempo bajo el agua. No es una victoria grandilocuente. Es algo mucho más íntimo. Respirar. Seguir. Continuar.

El título de "Life Must Go On" podría resumir todo el espíritu del álbum. La vida debe continuar. No porque el dolor sea insignificante, ni porque las pérdidas puedan olvidarse fácilmente, sino porque incluso después de los momentos más difíciles todavía queda un día siguiente.

La canción funciona como una especie de declaración de resistencia. Y cuando se escucha dentro del contexto completo de AB III, adquiere todavía más fuerza. Después de todas las dudas, de los fantasmas y de las pérdidas, todavía hay que caminar.


"Words Darker Than Their Wings": el cierre

El viaje termina con "Words Darker Than Their Wings", una de las canciones más interesantes del álbum. La participación vocal de Mark Tremonti junto a Myles Kennedy le otorga una dimensión especial. Las dos voces se encuentran en una canción que parece condensar las inquietudes espirituales y emocionales que recorren el disco.

El título ya transmite una idea poderosa: existen palabras capaces de expresar una oscuridad que resulta difícil de mostrar de cualquier otra manera. Pero la canción no suena como una rendición. El álbum termina sin entregar respuestas definitivas. Y eso es precisamente lo que hace que AB III resulte tan humano.


Un disco que exigía ser escuchado con atención

La recepción crítica fue mayoritariamente positiva. Artistdirect le otorgó la máxima calificación y lo definió como una de las grandes grabaciones de rock de 2010. Reflections of Darkness le concedió 9 sobre 10, mientras que otras publicaciones destacaron la evolución musical, la calidad de las guitarras y la ambición compositiva.

MusicRadar lo señaló entre los mejores álbumes de guitarra del año. También hubo críticas menos entusiastas. Type 3 Media consideró que, pese al esfuerzo de la banda, podía no cumplir completamente con las expectativas generadas por sus trabajos anteriores.

Esa diversidad de opiniones también revela algo importante. AB III no es un disco construido para ser consumido rápidamente. Su carácter conceptual, sus letras y sus estructuras requieren tiempo. Algunas canciones pueden conquistar inmediatamente, mientras otras adquieren verdadero significado después de varias escuchas. Y quizás esa sea una de las razones por las que ha conseguido permanecer.


El éxito de AB III

Comercialmente, el álbum representó un importante avance para Alter Bridge. En su primer día de lanzamiento alcanzó el número uno en la categoría de álbumes de rock de iTunes Alemania y llegó al cuarto puesto general de la plataforma en ese país.

  • En Australia alcanzó el segundo puesto entre los álbumes de rock.

  • En Reino Unido llegó al número nueve de la lista general de álbumes y al primer lugar de la categoría rock.

  • En Estados Unidos alcanzó el primer lugar entre los álbumes de rock de iTunes y el segundo puesto general.
Posteriormente llegó al número 17 del Billboard 200. El éxito de "Isolation" contribuyó decisivamente a ampliar la audiencia del grupo y consolidó a Alter Bridge como una de las bandas importantes del rock pesado de aquella época.


Alter Bridge frente al abismo
AB III.

Hay discos que se recuerdan por sus canciones. Otros se recuerdan por la época en que fueron publicados. AB III pertenece a una categoría distinta.

Se recuerda por la sensación que deja. Escucharlo es entrar en un lugar donde las certezas han desaparecido. Allí están el miedo, la soledad, el duelo, la rabia y las preguntas espirituales. Pero también existe algo que impide que todo se hunda definitivamente. La esperanza. No una esperanza ingenua. No una esperanza sencilla. Una esperanza cansada, golpeada y llena de dudas. La esperanza de quien ha pasado por el dolor y aun así decide levantarse. 

Quizás por eso el álbum sigue teniendo una fuerza tan particular. Porque Alter Bridge no intentó esconder la oscuridad. La enfrentó. La convirtió en riffs, melodías, gritos y silencios. Y al final de ese recorrido, cuando todo parece haber sido dicho, queda una certeza sencilla: algunas heridas permanecen, algunas preguntas nunca encuentran respuesta y algunas pérdidas nos acompañan para siempre.

Pero la vida sigue. Y mientras siga, siempre existe la posibilidad de volver a respirar.


AB III — Alter Bridge

  • Año: 2010
  • Lanzamiento: 8 de octubre de 2010
  • Productor: Michael "Elvis" Baskette
  • Sello: Roadrunner Records / Alter Bridge Recordings en asociación con Capitol Records para Estados Unidos
  • Géneros: Hard rock, rock pesado, metal progresivo

Listado de canciones
  • Slip to the Void
  • Isolation
  • Ghost of Days Gone By
  • All Hope Is Gone
  • Still Remains
  • Make It Right
  • Wonderful Life
  • I Know It Hurts
  • Show Me a Sign
  • Fallout
  • Breathe Again
  • Coeur D'Alene
  • Life Must Go On
  • Words Darker Than Their Wings
Bonus tracks:
  • Zero
  • Home
  • Never Born to Follow

Calificación del disco: 9/10

AB III representa uno de los trabajos más ambiciosos e introspectivos de Alter Bridge. La combinación de guitarras poderosas, composiciones progresivas y letras marcadas por la duda, la pérdida y la perseverancia convierte al álbum en una obra particularmente profunda dentro del catálogo del grupo.

Discografía de Alter Bridge
  • One Day Remains — 2004
  • Blackbird — 2007
  • AB III — 2010
  • Fortress — 2013
  • The Last Hero — 2016
  • Walk the Sky — 2019
  • Pawns & Kings — 2022

Miembros de Alter Bridge
  • Myles Kennedy — voz principal, guitarra rítmica
  • Mark Tremonti — guitarra principal, coros
  • Brian Marshall — bajo
  • Scott Phillips — batería