La idea de un organismo multilateral sigue siendo loable y necesaria en un mundo globalizado e interdependiente. El problema es que la ONU dejó de ser una instancia de diálogo efectivo y se convirtió en una chacra política: una agencia de empleos VIP para políticos cesantes, dirigentes reciclados y burócratas blindados de toda responsabilidad.
Un ideal noble que se extravió en los pasillos
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| Sede de la ONU. |
Sin embargo, entre la idea original y su funcionamiento actual se abrió un abismo. La ONU se transformó en una estructura paquidérmica, pesada, autorreferente y políticamente capturada. Lo que fue concebido como un noble foro de acuerdos políticos mundiales se convirtió en una máquina de declaraciones vacías y cargos bien remunerados para los mismos "apitutados" de siempre.
La chacra global: cuando el multilateralismo se volvió un negocio
Hoy la ONU parece menos preocupada de resolver los problemas reales del mundo que de administrarse a sí misma. Sus organismos funcionan como feudos ideológicos y sus altos cargos como premios de consuelo para políticos electoralmente derrotados sus países de origen. Ex presidentes, ex ministros y ex diplomáticos llegan a Nueva York o Ginebra no por mérito técnico, sino por equilibrio político y para perpetuarse en cargos de poder.
Así, la institución global por excelencia se volvió una especie de seguro de cesantía para la elite política mundial: sueldos millonarios, inmunidad diplomática y discursos moralistas desde oficinas climatizadas. Mientras tanto, los conflictos se multiplican, las migraciones se desbordan y los derechos humanos de millones de inocentes se relativizan según la conveniencia del bloque dominante.
Derechos humanos selectivos y silencios incómodos
Uno de los síntomas más graves de esta decadencia es la hipocresía. La ONU denuncia con fuerza a ciertos gobiernos, pero guarda un silencio sospechoso frente a otros, como el autócrata sanguinario de Vladimir Putin. Dictaduras con asiento en el Consejo de Derechos Humanos dictan cátedra sobre libertades. Regímenes que persiguen opositores votan resoluciones sobre democracia.
El resultado es una pérdida de autoridad moral. Cuando todos hablan, pero nadie paga costos; cuando todos condenan, pero nadie actúa, el lenguaje se vacía. La ONU se parece cada vez más a un club de declaraciones que no incomodan a nadie poderoso.
El multilateralismo no es el problema, la burocracia sí
Desde una mirada de derecha responsable, no se trata de destruir la ONU, sino de devolverle sentido. El multilateralismo no es incompatible con la soberanía nacional. Lo que sí es incompatible con la democracia es una organización que no rinde cuentas, que gasta sin control y que se aleja de la realidad de los ciudadanos.
La ONU debería ser un espacio técnico, austero y eficaz. No un escenario para discursos ideológicos ni una pasarela para carreras políticas tan eternas como poco eficaces. Su legitimidad no proviene de su historia, sino de su utilidad presente.
La gran pregunta es si la ONU puede reformarse o si está condenada a su propia inercia. Mientras siga funcionando como una chacra global, perderá relevancia frente a acuerdos bilaterales, alianzas regionales y decisiones tomadas fuera de sus muros.
El mundo necesita diálogo, sí. Pero también necesita instituciones que no se corrompan en su propia comodidad. Una ONU capturada por burócratas y políticos cesantes no representa a la humanidad: se representa a sí misma. Y ese es, quizás, su mayor fracaso.

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