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domingo, 5 de julio de 2026

La herencia laboral de Boric y Jara: cuando la ideología terminó encareciendo el empleo

Durante cuatro años, el gobierno de Gabriel Boric sostuvo que el trabajo debía ser "más digno". La promesa sonaba atractiva: jornadas más cortas, mejores salarios, mayores beneficios y nuevas regulaciones para proteger a los trabajadores. El problema fue que casi nunca se habló de la otra cara de la moneda: cuánto costaría contratar.

Desempleo.
Hoy, con la administración ya concluida, las cifras permiten hacer un balance menos ideológico y más objetivo. Chile enfrenta una tasa de desempleo de 9,4%, la más alta en cinco años, según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE). Además, el país acumula 37 meses consecutivos con una desocupación superior al 8%, mientras la informalidad laboral alcanza el 27% de los ocupados. Son números difíciles de compatibilizar con el discurso de que las reformas laborales fortalecerían el empleo.

Desde una mirada liberal y de derecha, el problema nunca fue mejorar las condiciones laborales. El problema fue creer que esas mejoras podían imponerse por decreto sin considerar la productividad, el crecimiento económico y la capacidad real de las empresas para absorber mayores costos.

La Ley de 40 Horas es probablemente el mejor ejemplo. Su objetivo de mejorar la calidad de vida de los trabajadores es legítimo. Sin embargo, reducir la jornada manteniendo las remuneraciones significa elevar el costo por hora trabajada. El propio Banco Central advirtió que el aumento de los costos laborales —asociado tanto a la reducción de jornada como al incremento del salario mínimo— ha incidido negativamente en la creación de empleo y contribuirá a mantener tasas de desempleo superiores a los promedios históricos.

A ello se sumó una política de incrementos acelerados del salario mínimo. Para las grandes empresas, el impacto pudo ser absorbido con mayor facilidad. Pero para miles de pequeñas y medianas empresas, especialmente en comercio, servicios y gastronomía, significó enfrentar un escenario mucho más complejo. Cuando contratar se vuelve más caro, muchas veces la decisión empresarial no es subir precios, sino simplemente contratar menos.

El resultado aparece reflejado en el mercado laboral. Mientras la fuerza de trabajo siguió creciendo, la creación de empleo formal perdió dinamismo y una parte importante de los nuevos trabajadores terminó incorporándose a la economía informal. No se trata únicamente de una percepción política; el propio INE muestra que la informalidad alcanza hoy al 27% de los ocupados.

Algo similar ocurrió con la reforma previsional. Independientemente del debate sobre pensiones, aumentar las cotizaciones con cargo al empleador implica elevar nuevamente el costo de contratar. En economías con bajo crecimiento y productividad estancada, esas decisiones rara vez son neutras.

Un capítulo aparte merece la Ley Karin. Nadie razonable puede oponerse a combatir el acoso laboral. El objetivo es compartido transversalmente. Sin embargo, toda regulación genera incentivos. Cuando los procedimientos administrativos y judiciales se vuelven más complejos y costosos, especialmente para pequeñas empresas sin departamentos jurídicos especializados, aparecen efectos secundarios que muchas veces el legislador no anticipa. Es legítimo discutir si el diseño de la ley incorporó suficientes resguardos para evitar cargas desproporcionadas sobre los empleadores, pero atribuir directamente las diferencias en empleo femenino exclusivamente a esa normativa requiere evidencia específica que hoy no existe.

Todo esto ocurrió, además, en un contexto de crecimiento económico extremadamente débil. El Banco Central redujo recientemente su proyección de expansión del PIB para 2026 a un rango de entre 1% y 1,75%, reflejando una economía que perdió dinamismo y cuya inversión continúa mostrando fragilidad.

En materia fiscal, el gobierno saliente dejó una deuda bruta equivalente al 41,7% del PIB, muy superior a los niveles que Chile exhibía hace poco más de una década. Aunque durante 2025 se estabilizó el crecimiento de la deuda, el margen de maniobra para futuras crisis es considerablemente menor que el que existía en el pasado.

Los defensores del gobierno argumentarán —con razón— que parte de las dificultades obedecieron al complejo escenario internacional, marcado por menor crecimiento global, altas tasas de interés y desaceleración de las principales economías. Ese factor existe y no debe ignorarse. Pero también es cierto que las políticas públicas pueden amortiguar o profundizar esos efectos. En Chile, la apuesta fue aumentar sistemáticamente los costos del empleo formal en un momento particularmente delicado para la inversión.

El desafío que enfrenta hoy el gobierno del Presidente José Antonio Kast consiste precisamente en revertir esa lógica. La recuperación del empleo no pasa únicamente por subsidios o programas públicos. Requiere volver a hacer atractivo invertir, reducir incertidumbres regulatorias, fortalecer la productividad y comprender una verdad básica de cualquier economía de mercado: los empleos sostenibles no los crea el Estado, sino las empresas cuando existen condiciones para crecer.

La principal lección que deja el ciclo Boric-Jara es que las buenas intenciones no bastan. Cuando las políticas públicas desconocen los incentivos económicos, las consecuencias terminan golpeando precisamente a quienes pretendían proteger: los trabajadores, los jóvenes que buscan su primer empleo y las pequeñas empresas que sostienen buena parte de la economía chilena.

La herencia Boric-Jara: El costo de encarecer el trabajo en Chile

Las 40 horas, la reforma previsional, el alza del sueldo mínimo y la Ley Karin dejaron un país con menos empleo, más informalidad y pymes asfixiadas. Kast recibe una economía con el freno puesto.


Desempleo y cesantía.
Chile llegó a 2026 con 37 meses de desempleo sobre el 8% y 9,4% de desocupación, el nivel más alto en cinco años. No es casualidad ni un fenómeno global. Es la factura que pagamos por un ciclo de políticas laborales impulsadas en tándem por Gabriel Boric y su entonces ministra del Trabajo, la comunista Jeannette Jara. Desde una mirada de derecha, lo que vendieron como “dignidad” se tradujo en encarecimiento del empleo, menor creación de puestos formales y miedo a contratar. 


Encarecer el trabajo: la receta para no contratar

El gobierno de Boric legisló tres golpes al costo laboral en menos de 4 años: reducción de jornada, alza del sueldo mínimo y aumento de cotización previsional con cargo al empleador.

La Ley 40 Horas, promulgada en abril de 2024, bajó la jornada de 45 a 44 horas de inmediato, con meta de 40 horas en 2028. Boric lo celebró como “un nuevo Chile más justo”. El Banco Central fue claro: esas medidas, junto al alza del salario mínimo, incidieron en una “debilidad en la creación de empleo”.

En paralelo, el sueldo mínimo saltó de $350.000 en marzo de 2022 a $500.000 en julio de 2023. El gobierno lo llamó “diálogo sin afectar el empleo”. La realidad: el desempleo completó 37 meses sobre 8% y promedió 8,6% en el periodo. Las pymes fueron las más golpeadas, con destrucción de 128.455 empleos asalariados formales en un año.


Ley Karin: el efecto no deseado en la contratación de mujeres jóvenes

A la trilogía económica se sumó la Ley Karin. Su objetivo era prevenir el acoso, pero en la práctica generó un desincentivo estructural. Muchas empresas, sobre todo pymes sin departamentos legales robustos, comenzaron a evitar contratar mujeres jóvenes para no exponerse a denuncias y costos judiciales. El resultado: el desempleo femenino llegó a 9,2% vs 8,1% en hombres. Se legisló con buena intención, se ejecutó con ideología, y se pagó con menos oportunidades.


Crecimiento anémico y herencia fiscal

Con costos laborales más altos y un Estado más caro, el crecimiento no despegó. Chile cerrará el ciclo Boric con un PIB promedio bajo el 2%, solo por sobre Bachelet II desde el retorno a la democracia. A eso suma una deuda bruta de 41,7% del PIB y un FEES en US$3.889 millones. Menos inversión, menos empleo formal, más informalidad: cerca de 2 millones de personas. 

El propio biministro de Economía, Daniel Mas, apuntó a “años de malas políticas públicas, bajo crecimiento y falta de prioridad por la creación de empleo”. Y reconoció que la reducción a 40 horas y el alza del mínimo “encarecieron los costos laborales y la posibilidad de generar o mantener los puestos de trabajo”. 


La pesada herencia del gobierno anterior

José Antonio Kast asume con una economía que heredó el dogmatismo de la dupla Boric-Jara: se legisló desde la consigna, no desde la realidad productiva. Se privilegió la redistribución antes que la generación de riqueza. El resultado está a la vista: desempleo alto, formalidad en caída, pymes destruyendo empleo y mujeres jóvenes pagando el pato de la Ley Karin.

Chile no necesita más leyes que encarezcan contratar. Necesita certezas, inversión y un Estado que entienda que el empleo no se decreta, se crea. Esa es la tarea que deja el gobierno anterior, y es el punto de partida del que viene.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

EL DEBATE QUE DESNUDÓ LAS DIFERENCIAS: POR QUÉ KAST MOSTRÓ TEMPLE Y JARA MOSTRÓ RIESGO

 

Una mañana que aclaró lo esencial: el rumbo que Chile puede tomar entre libertad o control ideológico de la extrema izquierda.

J.A. Kast.

En el debate convocado por ARCHI, José Antonio Kast enfrentó una ofensiva personal y programática de parte de la ultraizquierdista Jeannette Jara que, lejos de debilitarlo, evidenció las profundas tensiones entre un proyecto de libertad económica y seguridad pública, y otro marcado por la lógica absolutista del Partido Comunista y sus grupúsculos satélites.

El resultado del encuentro de esta mañana fue un contraste nítido: mientras Kast defendió ideas y equipos, Jara recurrió a ataques que expusieron la rigidez y peligrosidad del comunismo para el futuro de Chile.


Un debate áspero… y revelador

El encuentro entre José Antonio Kast y Jeannette Jara en el campus oriente de la Universidad Católica prometía tensión, pero superó todas las expectativas. Desde el primer minuto, la candidata del Partido Comunista buscó un debate frontal, cargado de descalificaciones, interrupciones y ataques personales hacia el fundador del Partido Republicano. Más que contrastar propuestas, Jara optó por la estrategia del acorralamiento, en un tono prepotente que terminó volviéndose repetitivo, agresivo y, finalmente, contraproducente.

Kast, aunque por momentos se mostró cauteloso, respondió con firmeza cuando correspondía. Y lo más importante: dejó claro que se puede enfrentar la política del ataque permanente sin caer en el estilo confrontacional de la ultraizquierda, que hoy tiene a Chile desgastado y dividido.


El estilo Jara: cuando el comunismo muestra su verdadero rostro

El iracundo desempeño de Jeannette Jara no sorprendió a quienes conocen la tradición del PC: confrontación por sobre el debate, consignas sobre propuestas, sospecha moral permanente sobre el adversario. Lo de hoy fue una muestra de libro de cómo reaccionan los comunistas cuando van por debajo en las encuestas.

Desde acusar de colusión a asesores hasta repetir una y otra vez frases preparadas aludiendo a la época de la Guerra Fría, pasando por interrupciones constantes que incluso motivaron el llamado al orden de un periodista moderadora, Jara pareció más interesada en dinamitar al contrincante que en explicar qué tipo de país quiere construir.

La dureza verbal de la candidata comunista, la negación de matices y la permanente insinuación de que quien piensa distinto carece de ética constituyen exactamente el tipo de cultura política que ha erosionado la convivencia en Chile.

Y no es casual: esa es la matriz ideológica del Partido Comunista, y es lo que muchos temen que pueda llegar a La Moneda si triunfa la candidata oficialista.


Kast y el caso Quiroz: firmeza sin complejos

El momento más tenso del debate se produjo cuando Jara apuntó a Jorge Quiroz, asesor económico de Kast. Sin embargo, el republicano no titubeó: defendió a su equipo con claridad, sin caer en el juego del escándalo fácil que buscada su enajenada adversaria.

Jara insistió una y otra vez, atribuyendo responsabilidades inexistentes y repitiendo acusaciones que llevan años aclaradas por la justicia. Kast mantuvo el foco: no se puede gobernar Chile si uno se deja arrastrar por operaciones políticas.

Ese respaldo, lejos de debilitarlo, mostró a un candidato dispuesto a liderar con convicción, evitando la tentación populista de entregar cabezas para calmar a un adversario que tampoco tiene contemplado calmarse. Un contraste evidente con la cultura del PC, donde la denuncia moral se utiliza como arma cotidiana y como estrategia dialéctica.


Seguridad, orden y coherencia: lo que Kast sí ofreció

Aunque Jara intentó arrinconarlo, Kast expuso sin dramatismos su visión: un Chile donde la ley se cumple, donde las instituciones funcionan sin presiones políticas y donde la economía puede crecer sin el lastre de la desconfianza ideológica.

Temas como la inmigración ilegal, la seguridad y la responsabilidad fiscal volvieron a mostrar que Kast posee un relato coherente, respaldado por equipos técnicos sólidos, mucho más que los que posee su adversaria de extrema izquierda. Puede gustar o no, pero el de Kast es un proyecto nítido, que apunta hacia el progreso del país.

Jara, en cambio, evita definiciones. Cuando se le pregunta por el Gobierno de Boric, se deslinda y se diluye; cuando se le consulta por el PC, habla ridículamente de “centroizquierda”; cuando se le consulta por el horroroso estallido delictual del 2019, trivializa la situación. Esa ambigüedad genera dudas profundas en un momento donde Chile exige certezas.


El riesgo Jara: un país ideologizado y sin rumbo

Más allá del tono del debate, lo que preocupa es el proyecto que Jara representa:

  • Un Estado cada vez más interventor.
  • Una relación tensa con el sector privado.
  • Una insistencia en dividir entre “los buenos” y “los coludidos”.
  • Una lectura del país basada en la sospecha permanente.

El comunismo chileno no es un adorno ideológico: es una amenaza para el país basada en un programa concreto, con mirada estatista y confrontacional. Lo que Jara exhibió hoy es apenas una muestra de esa forma de gobernar: inflexible, agresiva, incapaz de reconocer límites o autocriticarse.

Y Chile ya ha vivido experimentos ideológicos ultrones que terminaron mal, como lo fue el espantoso desgobierno de Salvador Allende. El país no está en condiciones de repetirlos.


Un debate que clarificó lo esencial

El país eligió ver dos estilos: liderazgo sereno o confrontación ideológica.

Kast salió del debate con la imagen de un candidato dispuesto a defender ideas, equipos y principios, sin caer en la trampa del ataque sistemático y de la verborrea fácil para el aplausómetro de la barra brava, como sí lo hizo su adversaria. Jara, en cambio, exhibió una disposición al choque que revela más de lo que oculta: la impronta del siniestro Partido Comunista, su rigidez doctrinaria y su disposición a dividir al país en nombre de una supuesta pureza ética, que en realidad no es tal.

Si algo dejó claro este debate es que Chile enfrenta una decisión trascendental: un camino de libertad, orden y crecimiento, o un salto hacia un proyecto ideológico marxista y fracasado que ya ha demostrado en otros países que conduce al estancamiento y al conflicto.

Hoy, Kast representó la primera opción. Y Jara, lamentablemente, confirmó la segunda.

lunes, 17 de noviembre de 2025

El voto cansado encontró dueño: Kast crece y la comunista Jara se estanca

La primera vuelta dejó claro que Chile no quiere continuidad. Kast avanza con fuerza en el sur y el centro, mientras Jeannette Jara solo sobrevive gracias al voto metropolitano y al arrastre del oficialismo. La segunda vuelta será un plebiscito entre un proyecto agotado y otro que promete orden, libertad y crecimiento.

José Antonio Kast.
Hay elecciones que ordenan el mapa político, y otras que lo desnivelan por completo. La de este domingo hizo ambas cosas. Con más de 13 millones de chilenos votando —la primera elección con inscripción automática y voto obligatorio— el país mostró un cuadro nítido de cansancio frente al oficialismo y, al mismo tiempo, un repunte sólido de una derecha que, tras años de dispersión, empieza a reencontrar su eje en torno a José Antonio Kast.

Aunque Jeannette Jara terminó en primer lugar con un 26,7%, la cifra dice poco frente al trasfondo: ganó donde el gobierno siempre ha ganado —la Región Metropolitana, Valparaíso y algunos bastiones del Frente Amplio— pero fracasó rotundamente en construir un liderazgo nacional. Kast, con un 24% de los votos, se impuso en siete regiones y consolidó sus bastiones en el centro-sur, especialmente en La Araucanía, donde arrasó con un 32,6%. En otras palabras, donde se juega la gobernabilidad real del país, Kast ganó.

La debilidad estructural de Jara

El oficialismo izquierdista puede intentar inflar la idea de un triunfo “territorial”, pero los números no acompañan. Jara ganó en cinco regiones, sí, pero la sumatoria total de los votos parece no alcanzarle para ilusionarse. La Región de Aysén —donde dio la sorpresa— tiene menos de 70 mil votantes, lo cual es una muestra de lo relativo de su victoria electoral. Y en el norte, donde se suponía que debía recuperar terreno perdido, quedó relegada a segundos lugares que no alcanzan para sostener la campaña en segunda vuelta.

Jara es Boric. No sólo en el discurso, sino en el proyecto político, en el repertorio de excusas, en la falta de autocrítica y en ese silencio incómodo cuando se trata de defender a Carabineros o enfrentar al crimen organizado. Intentó despegarse del desgaste del gobierno, pero al final el peso del fracaso económico, su discreta labor como ministra, la inseguridad disparada y la cesantía descontrolada terminaron arrastrándola.

El fenómeno Parisi y el voto huérfano del norte

El tercer lugar de Franco Parisi, con un 19,7%, fue la gran sorpresa y el gran problema del oficialismo. El norte completo —de Arica a Atacama— se le entregó a un outsider que viene repitiendo una tendencia desde 2021. Ahí donde Kast había ganado hace cuatro años, hoy Parisi arrasó. No es un voto ideológico; es un voto cansado, desconfiado, abandonado. Y Kast tiene más opciones de capturarlo que Jara... o al menos en teoría.

En Arica, Tarapacá, Antofagasta y Atacama, Jara aparece segunda, sí, pero muy lejos de consolidar algo parecido a un liderazgo regional. Kast, en cambio, tiene una oportunidad real si logra reagrupar las preferencias de Matthei, Kaiser y parte del electorado antipolítica que Parisi despertó.

La derecha ordena la casa

El gesto de Evelyn Matthei —rápido, contundente, sin dobleces— despejó cualquier duda: la oposición entendió que esta elección no es sobre matices, sino sobre modelos de país. Lo mismo hizo Johannes Kaiser. Y la frase de Kast lo resume de manera impecable: “Lo que hoy quedó claro es que la oposición derrotó a un gobierno fracasado que le hizo daño a nuestra patria”.

No es retórica. Es un diagnóstico compartido por la mayoría silenciosa que observa cómo Chile se estancó, cómo la violencia se volvió cotidiana y cómo la economía se apagó bajo un gobierno ideologizado y sin rumbo.

El desafío decisivo

Para Kast, el camino es claro: fortalecer el centro del país y disputar el norte. Matthei le entrega más de 800 mil votos desde la RM. Kaiser, más de 220 mil desde Valparaíso. Parisi, casi 300 mil desde Biobío. Pero el norte será su examen final. Si logra mostrar gobernabilidad, modernidad y firmeza —las tres cosas que Jara no puede ofrecer sin contradecir al gobierno que representa— la elección puede despejarse mucho antes del 14 de diciembre.

Kast ya instaló la idea de que esta no es una elección presidencial, sino un plebiscito entre dos modelos. Uno que defiende la continuidad del estancamiento. Y otro que promete recuperar el orden, el mérito y la esperanza.

En un país que lleva seis años atrapado entre la improvisación, la violencia y el declive económico, su mensaje empieza a calar: Chile sí despertó, pero despertó hacia la derecha.

lunes, 15 de septiembre de 2025

El verdadero desafío de la derecha: unidad frente al comunismo nefasto

El principal objetivo para esta elección presidencial debe ser evitar que gane la candidata ultraizquierdista, Jeannette Jara.


Viva Chile.
En la antesala de las elecciones presidenciales de 2025, la centroderecha y la derecha en Chile enfrentan un dilema estratégico que puede marcar el futuro político del país. La discusión entre partidarios de José Antonio Kast, Evelyn Matthei y Johannes Kaiser es legítima: cada cual representa matices distintos de un mismo mundo ideológico, o al menos uno un tanto parecido; todos ellos con visiones sobre economía, orden público y valores que enriquecen el debate. Sin embargo, la política no se juega sólo en el plano de las preferencias personales, sino en la capacidad de identificar y enfrentar las amenazas más grandes que se ciernen sobre la República.

Y hoy, esa amenaza no proviene de las diferencias internas en las derechas, sino de la candidatura de Jeannette Jara y del Partido Comunista, que se ha convertido en el verdadero eje articulador del oficialismo ultraizquierdista. El comunismo no es una anécdota ni un actor secundario en Chile: ha demostrado una enorme habilidad para capturar el resentimiento social y transformarlo en apoyo político, instalando su agenda polarizada en el gobierno de Gabriel Boric y condicionando políticas públicas de largo alcance, desde la nociva reforma previsional hasta la debilitación del orden institucional.

La derecha tiene que evitar luchas fratricidas

Si la derecha se enfrasca en peleas intestinas, el escenario queda servido para que el PC logre consolidar una candidatura que, aunque disfrazada de moderación, representa un proyecto de estatismo asfixiante, intervencionismo económico y erosión de las libertades individuales. Ese es el verdadero punto de quiebre que debe preocuparnos.

La historia política de Chile enseña que la izquierda se une cuando huele poder. El Frente Amplio y el Partido Socialista pueden pelear en privado, pero cuando se trata de enfrentar a la derecha, cierran filas sin titubear: el pragmatismo es uno de sus pilares fundamentales. La derecha, en cambio, suele caer en la trampa de la fragmentación: la disputa de egos, la obsesión por encuestas semanales, el cálculo mezquino de quién lidera en tal o cual región. Todo eso alimenta la derrota.

El 2025 no puede repetirse el escenario del 2021, donde la dispersión y la tardía convergencia abrieron las puertas de La Moneda al inepto de Gabriel Boric. La elección que viene no se trata sólo de “quién de los nuestros” llega al balotaje, sino de si seremos capaces de impedir que el comunismo gobierne Chile desde la presidencia.

Por eso, más que mirar con recelo las diferencias entre Kast, Matthei o Kaiser, la prioridad debe ser forjar una coalición disciplinada, capaz de transmitir certezas, de recuperar la bandera del crecimiento económico y del orden, y de advertir sin complejos sobre lo que significa entregar el país a quienes no creen en el mérito ni en la libertad. Y si no logramos actuar como una coalición, por lo menos tratemos de evitar el tan dañino "fuego amigo", que tanto perjuicio le ha generado a la derecha y a la centroderecha.

La derecha tiene un solo enemigo real: el comunismo. Todo lo demás son discusiones de camarín. Si no somos capaces de entenderlo, lo pagaremos caro como nación. Y en ese sentido, no podemos perdernos: Chile está primero.

jueves, 11 de septiembre de 2025

Chile y el comunismo: una triste excepción a nivel mundial

Jeannette Jara, el insólito caso de un “dinosaurio ideológico” en plena carrera presidencial.


No al comunismo.
En la mayoría de las democracias consolidadas del mundo, la política ha evolucionado hacia el pragmatismo, alejándose totalmente de ideologías añejas del siglo pasado. La izquierda, incluso en sus expresiones internacionales más duras, se ha visto obligada a renunciar a dogmas arcaicos y adaptarse a las lógicas de la libertad económica, el pluralismo y la responsabilidad fiscal. Por eso, resulta casi inverosímil que en Chile —un país que se dice moderno y democrático— todavía tengamos entre los potenciales candidatos presidenciales a figuras como Jeannette Jara, militante del Partido Comunista.

Jeannette Jara, una aberración a nivel mundial

Que una persona con carné comunista aspire a la primera magistratura no es un dato menor. En Europa del Este, el comunismo quedó relegado al basurero de la historia tras la caída del Muro de Berlín. En Latinoamérica, salvo excepciones como Cuba, Nicaragua o Venezuela, nadie se atreve a levantar sin vergüenza la bandera de un ideario responsable de la miseria de millones de personas a lo largo del siglo XX. En Chile, en cambio, todavía se blanquea y se normaliza. Y un dato no menor: Chile debe ser el único país del mundo donde la prensa militante le dice "centroizquierda" a los comunistas... en todo el resto del orbe, algo así sería inaudito.

El comunismo es, en esencia, un “dinosaurio ideológico”: un fósil político que sobrevive sólo en los márgenes más dogmáticos y en los libros de historia, no en los debates modernos sobre cómo los países deben crecer, generar empleo o integrarse al resto del mundo. Pero en nuestro Chile, esa corriente obsoleta logra abrirse paso en cargos ministeriales y ahora incluso en la disputa presidencial. Somos una oveja negra a nivel global.

Chile se aferra a una ideología que en el mundo se extingue

Más allá de simpatías o rechazos personales hacia Jara, lo grave es el símbolo: Chile sigue mirando por el espejo retrovisor, aferrado a ideologías que en el resto del planeta se extinguen. Mientras otros países discuten sobre inteligencia artificial, energías limpias o cómo enfrentar la competencia global, nosotros seguimos entrampados en discusiones propias del siglo XX, lideradas por quienes se sienten herederos de una utopía retorcida y fracasada.

Si queremos una democracia moderna, madura y conectada con los desafíos reales de los ciudadanos, debemos dejar de normalizar la presencia de estos “dinosaurios ideológicos” en la primera línea política. Porque si algo nos enseña la historia, es que los fósiles no gobiernan, sólo estancan... y los comunistas no sólo estancan: también destruyen.