La ultraizquierda cambió el lenguaje, abandonó buena parte de la estética revolucionaria y aprendió a moverse dentro de las instituciones democráticas. Pero para sus críticos, detrás de conceptos como emancipación, hegemonía, transformación cultural e igualdad sustantiva persiste una antigua aspiración: modificar profundamente las estructuras sobre las que se sostiene la sociedad liberal. En Chile, el Frente Amplio representa uno de los ejemplos más claros de esta nueva izquierda.
| Neomarxismo. |
Durante buena parte del siglo XX, reconocer al marxismo no era demasiado difícil. Tenía símbolos inconfundibles, una retórica abiertamente revolucionaria y una doctrina que hablaba de lucha de clases, revolución proletaria, abolición de la propiedad privada de los medios de producción y superación del capitalismo. Era un lobo que mostraba los colmillos. Pero los tiempos cambiaron. La caída del Muro de Berlín, el derrumbe de la Unión Soviética, el fracaso de las economías centralmente planificadas y la consolidación de las democracias liberales hicieron que aquella vieja retórica perdiera buena parte de su capacidad de seducción. El marxismo no desapareció completamente, pero algunas de sus corrientes entendieron que, para sobrevivir políticamente, debían cambiar de estrategia. El lobo aprendió entonces a vestirse de oveja.
Conviene ser precisos. El neomarxismo no es una doctrina única, homogénea ni perfectamente delimitada. Bajo esa denominación caben corrientes intelectuales muy diferentes y sería un error sostener que todo feminismo, ecologismo, progresismo o defensa de los derechos sociales constituye automáticamente una expresión neomarxista. La crítica desde la derecha debe ser más rigurosa que eso. Lo que resulta relevante es que determinadas corrientes de la izquierda contemporánea conservaron una manera de interpretar la sociedad heredada, en parte, del marxismo: identificar estructuras de poder, analizar relaciones de dominación y considerar que determinadas instituciones sociales, culturales y económicas deben ser profundamente transformadas.
Cuando el lobo dejó de mostrar los colmillos
El marxismo clásico colocó las relaciones económicas y la lucha de clases en el centro de su interpretación de la historia. Sin embargo, la revolución proletaria que debía terminar con el capitalismo nunca llegó a producirse en las democracias occidentales de la manera que Marx y algunos de sus seguidores habían previsto.
Fue entonces cuando algunos intelectuales marxistas comenzaron a ampliar el campo de batalla. Antonio Gramsci resulta fundamental para comprender este proceso. Su concepto de hegemonía puso énfasis en la manera en que una determinada concepción del mundo puede transformarse en sentido común y reproducirse a través de la sociedad civil. El poder, por tanto, no se encontraba exclusivamente en el Estado ni podía conquistarse únicamente mediante una revolución política. También había que disputar las ideas, la cultura, la educación y las instituciones.
La Escuela de Frankfurt profundizó posteriormente esta mirada. Autores como Max Horkheimer, Theodor Adorno y Herbert Marcuse desarrollaron una teoría crítica que amplió considerablemente el campo de análisis marxista, incorporando elementos de otras tradiciones intelectuales y concentrándose en fenómenos culturales, psicológicos y sociales.
La consecuencia política de este giro fue enorme: si el capitalismo no podía ser derrotado simplemente mediante una revolución económica, entonces podía ser necesario transformar previamente —o simultáneamente— la cultura que lo sostenía.
La escuela, la universidad, los medios de comunicación, el lenguaje, las organizaciones sociales y las instituciones comenzaron a adquirir una importancia mucho mayor. El viejo lobo había descubierto que no necesitaba entrar derribando la puerta.
La batalla por el lenguaje
Uno de los cambios más importantes fue precisamente el lenguaje. La vieja izquierda hablaba de burguesía y proletariado. Las nuevas corrientes comenzaron a hablar con mayor frecuencia de género, identidad, privilegio, discriminación, colonialismo, estructuras patriarcales, hegemonía, emancipación y deconstrucción.
Esto no significa que todos esos conceptos sean marxistas ni que toda persona que utilice alguno de ellos esté suscribiendo una doctrina neomarxista. El punto es otro: determinadas corrientes los integran dentro de una visión de la sociedad donde las relaciones humanas son interpretadas fundamentalmente a partir de relaciones de poder.
La pregunta marxista clásica —quién posee, quién trabaja, quién domina y quién es dominado— adquiere así nuevas dimensiones. Ya no se limita exclusivamente a la economía. Se extiende hacia la cultura, el lenguaje, la familia, las relaciones entre hombres y mujeres, las identidades y otras estructuras sociales. Desde la perspectiva de la derecha, ahí reside precisamente la sofisticación del nuevo discurso.
El viejo marxista podía decir "hay que destruir el capitalismo". El nuevo lenguaje puede argumentar "hay que transformar las estructuras de poder". La diferencia no es meramente semántica. Puede representar una estrategia política completamente distinta para alcanzar transformaciones igualmente profundas. El lobo ya no necesita enseñar los dientes. Puede presentarse hablando de derechos, inclusión, igualdad y emancipación.
El Frente Amplio: un caso chileno
En Chile, el Frente Amplio constituye un caso particularmente interesante para analizar esta transformación de la izquierda.
El Frente Amplio no es el Partido Comunista. No tiene la misma historia, no posee la misma estructura doctrinaria y no utiliza la misma identidad política. Mientras el PC mantiene explícitamente una tradición comunista, el FA se define como socialista y ha construido una identidad política mucho más vinculada al feminismo, el ecologismo, la democracia, los derechos sociales y la transformación institucional. Pero justamente ahí está la cuestión.
Que una izquierda abandone determinada estética revolucionaria no significa necesariamente que haya abandonado su voluntad de transformar profundamente la sociedad. El propio Frente Amplio ha reivindicado públicamente su carácter socialista y ha planteado la construcción de una sociedad igualitaria y emancipada de determinadas formas de explotación y opresión. Por eso, desde una perspectiva liberal y conservadora, resulta perfectamente legítimo analizar qué entiende el FA por igualdad, emancipación, propiedad, mercado, Estado y transformación social.
No basta con observar que sus dirigentes participan en elecciones, ocupan cargos públicos y se someten formalmente a las reglas de la democracia. Eso es importante, por supuesto, pero no responde por sí solo a la pregunta fundamental: ¿qué modelo de sociedad aspira a construir una fuerza política una vez que obtiene el poder?
Porque democracia y socialismo no son conceptos necesariamente incompatibles en todos sus sentidos. Lo que corresponde discutir es qué tipo de socialismo se propone, cuánto poder se pretende entregar al Estado y cuáles serán los límites de esa intervención.
¿El Frente Amplio y el Partido Comunista son lo mismo?
No, pero se parecen. Ambas fuerzas han compartido un espacio político, gobiernos, coaliciones y numerosas posiciones legislativas. La diferencia entre ellas existe, pero la existencia de diferencias no significa necesariamente que sus proyectos de sociedad sean completamente antagónicos.
El Partido Comunista conserva una identidad marxista-leninista mucho más explícita y una tradición histórica propia. El Frente Amplio representa una izquierda más generacional, cultural e institucional, que ha sabido incorporar nuevas banderas a su discurso.
Podría decirse, desde una perspectiva crítica, que el PC conserva buena parte de los viejos colmillos mientras el FA aprendió a ocultarlos mejor, pero con una finalidad únicamente electoral.
Esto no significa que exista una identidad absoluta entre ambas organizaciones, pero se parecen bastante. Significa que la derecha debe prestar atención a sus zonas de convergencia: la crítica al capitalismo y al neoliberalismo, la expansión del papel del Estado, la redistribución del poder económico y político y la búsqueda de profundas transformaciones sociales. La pregunta interesante, por tanto, no es solamente cuánto se diferencian en sus discursos. Es hasta dónde coinciden en el destino que imaginan para Chile.
La izquierda que dice no ser comunista, pero que vota con el comunismo
Existe además una contradicción que la derecha no debería dejar pasar: hay sectores de la izquierda que se apresuran a declarar que no son comunistas, que reivindican su autonomía y que incluso marcan diferencias doctrinarias con el Partido Comunista, pero que, cuando llega la hora de las decisiones políticas concretas, terminan votando disciplinadamente junto al PC en una enorme cantidad de materias y proyectos. Es perfectamente legítimo que una fuerza política tenga acuerdos parlamentarios con otra; lo cuestionable es pretender que esas alianzas no dicen absolutamente nada sobre sus prioridades.
Las identidades políticas también se revelan en las votaciones, no solamente en los discursos. Si una izquierda dice no compartir el proyecto comunista, pero sistemáticamente termina respaldándolo cuando están en juego las grandes reformas, el modelo económico, el papel del Estado o determinadas batallas culturales, tiene que explicar dónde están realmente sus diferencias. Porque no basta con decir "no somos comunistas" mientras, llegado el momento decisivo, se vota como si lo fueran. La ciudadanía tiene derecho a mirar los hechos y no solamente las etiquetas: si el lobo y la oveja terminan entrando juntos a la misma casa, es razonable preguntarse si realmente eran tan distintos como aseguraban.
La derecha frente al neomarxismo
Para confrontar a estas nuevas ideologías de izquierda y ultraizquierda hay que preguntar qué concepto de libertad existe detrás de cada propuesta. Qué papel se asigna al Estado. Qué espacio queda para la propiedad privada. Qué importancia se concede al mercado. Qué límites tiene el poder político. Qué entiende una determinada izquierda por igualdad. Y, sobre todo, qué instituciones pretende modificar y con qué propósito.
Las ideologías no se definen solamente por las palabras que utilizan. Se definen también por el mundo que quieren construir. La verdadera batalla está en las ideas. Una de las grandes enseñanzas de lo mostrado por Gramsci fue precisamente que el poder no consiste únicamente en controlar el Estado. También implica disputar la cultura, las ideas y aquello que una sociedad considera sentido común. La derecha debería comprenderlo.
No basta con ganar elecciones si se pierde la batalla cultural. No basta con administrar correctamente el Estado si se permite que otras corrientes definan qué significa libertad, qué significa igualdad, qué significa justicia y qué instituciones son consideradas legítimas.
Una sociedad libre necesita defender conscientemente los principios que la sostienen: la dignidad de la persona, la libertad individual, la responsabilidad personal, la propiedad privada, el pluralismo, la libertad de expresión, la igualdad ante la ley, la separación de poderes y una sociedad civil fuerte e independiente del Estado.
Por eso, la discusión sobre el neomarxismo no debería reducirse a caricaturas ni a teorías conspirativas. Debe ser una discusión sobre ideas. El lobo con piel de oveja es una metáfora útil precisamente porque obliga a mirar más allá de las apariencias. No todo el que viste de oveja es un lobo, pero tampoco todo lobo necesita seguir mostrando los colmillos.
El desafío para la derecha chilena consiste en mirar debajo de la piel. Preguntar qué hay detrás de las palabras. Examinar qué modelo de sociedad se propone. Y defender, sin complejos pero también sin caricaturas, las ideas que considera fundamentales para preservar una sociedad libre.
Porque quizá la gran transformación del marxismo contemporáneo no fue aprender a esconder sus ideas, sino aprender que para cambiar una sociedad primero hay que cambiar la manera en que esa sociedad piensa sobre sí misma. Y en esa batalla, el verdadero campo de disputa no está solamente en La Moneda ni en el Congreso. Está en las ideas.
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