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lunes, 31 de agosto de 2026

El neomarxismo: el lobo que aprendió a vestirse de oveja

La ultraizquierda cambió el lenguaje, abandonó buena parte de la estética revolucionaria y aprendió a moverse dentro de las instituciones democráticas. Pero para sus críticos, detrás de conceptos como emancipación, hegemonía, transformación cultural e igualdad sustantiva persiste una antigua aspiración: modificar profundamente las estructuras sobre las que se sostiene la sociedad liberal. En Chile, el Frente Amplio representa uno de los ejemplos más claros de esta nueva izquierda.

Neomarxismo.

Durante buena parte del siglo XX, reconocer al marxismo no era demasiado difícil. Tenía símbolos inconfundibles, una retórica abiertamente revolucionaria y una doctrina que hablaba de lucha de clases, revolución proletaria, abolición de la propiedad privada de los medios de producción y superación del capitalismo. Era un lobo que mostraba los colmillos. Pero los tiempos cambiaron. La caída del Muro de Berlín, el derrumbe de la Unión Soviética, el fracaso de las economías centralmente planificadas y la consolidación de las democracias liberales hicieron que aquella vieja retórica perdiera buena parte de su capacidad de seducción. El marxismo no desapareció completamente, pero algunas de sus corrientes entendieron que, para sobrevivir políticamente, debían cambiar de estrategia. El lobo aprendió entonces a vestirse de oveja.

Conviene ser precisos. El neomarxismo no es una doctrina única, homogénea ni perfectamente delimitada. Bajo esa denominación caben corrientes intelectuales muy diferentes y sería un error sostener que todo feminismo, ecologismo, progresismo o defensa de los derechos sociales constituye automáticamente una expresión neomarxista. La crítica desde la derecha debe ser más rigurosa que eso. Lo que resulta relevante es que determinadas corrientes de la izquierda contemporánea conservaron una manera de interpretar la sociedad heredada, en parte, del marxismo: identificar estructuras de poder, analizar relaciones de dominación y considerar que determinadas instituciones sociales, culturales y económicas deben ser profundamente transformadas.


Cuando el lobo dejó de mostrar los colmillos

El marxismo clásico colocó las relaciones económicas y la lucha de clases en el centro de su interpretación de la historia. Sin embargo, la revolución proletaria que debía terminar con el capitalismo nunca llegó a producirse en las democracias occidentales de la manera que Marx y algunos de sus seguidores habían previsto.

Fue entonces cuando algunos intelectuales marxistas comenzaron a ampliar el campo de batalla. Antonio Gramsci resulta fundamental para comprender este proceso. Su concepto de hegemonía puso énfasis en la manera en que una determinada concepción del mundo puede transformarse en sentido común y reproducirse a través de la sociedad civil. El poder, por tanto, no se encontraba exclusivamente en el Estado ni podía conquistarse únicamente mediante una revolución política. También había que disputar las ideas, la cultura, la educación y las instituciones.

La Escuela de Frankfurt profundizó posteriormente esta mirada. Autores como Max Horkheimer, Theodor Adorno y Herbert Marcuse desarrollaron una teoría crítica que amplió considerablemente el campo de análisis marxista, incorporando elementos de otras tradiciones intelectuales y concentrándose en fenómenos culturales, psicológicos y sociales.

La consecuencia política de este giro fue enorme: si el capitalismo no podía ser derrotado simplemente mediante una revolución económica, entonces podía ser necesario transformar previamente —o simultáneamente— la cultura que lo sostenía.

La escuela, la universidad, los medios de comunicación, el lenguaje, las organizaciones sociales y las instituciones comenzaron a adquirir una importancia mucho mayor. El viejo lobo había descubierto que no necesitaba entrar derribando la puerta.


La batalla por el lenguaje

Uno de los cambios más importantes fue precisamente el lenguaje. La vieja izquierda hablaba de burguesía y proletariado. Las nuevas corrientes comenzaron a hablar con mayor frecuencia de género, identidad, privilegio, discriminación, colonialismo, estructuras patriarcales, hegemonía, emancipación y deconstrucción.

Esto no significa que todos esos conceptos sean marxistas ni que toda persona que utilice alguno de ellos esté suscribiendo una doctrina neomarxista. El punto es otro: determinadas corrientes los integran dentro de una visión de la sociedad donde las relaciones humanas son interpretadas fundamentalmente a partir de relaciones de poder.

La pregunta marxista clásica —quién posee, quién trabaja, quién domina y quién es dominado— adquiere así nuevas dimensiones. Ya no se limita exclusivamente a la economía. Se extiende hacia la cultura, el lenguaje, la familia, las relaciones entre hombres y mujeres, las identidades y otras estructuras sociales. Desde la perspectiva de la derecha, ahí reside precisamente la sofisticación del nuevo discurso.

El viejo marxista podía decir "hay que destruir el capitalismo". El nuevo lenguaje puede argumentar "hay que transformar las estructuras de poder". La diferencia no es meramente semántica. Puede representar una estrategia política completamente distinta para alcanzar transformaciones igualmente profundas. El lobo ya no necesita enseñar los dientes. Puede presentarse hablando de derechos, inclusión, igualdad y emancipación.


El Frente Amplio: un caso chileno

En Chile, el Frente Amplio constituye un caso particularmente interesante para analizar esta transformación de la izquierda.

El Frente Amplio no es el Partido Comunista. No tiene la misma historia, no posee la misma estructura doctrinaria y no utiliza la misma identidad política. Mientras el PC mantiene explícitamente una tradición comunista, el FA se define como socialista y ha construido una identidad política mucho más vinculada al feminismo, el ecologismo, la democracia, los derechos sociales y la transformación institucional. Pero justamente ahí está la cuestión.

Que una izquierda abandone determinada estética revolucionaria no significa necesariamente que haya abandonado su voluntad de transformar profundamente la sociedad. El propio Frente Amplio ha reivindicado públicamente su carácter socialista y ha planteado la construcción de una sociedad igualitaria y emancipada de determinadas formas de explotación y opresión. Por eso, desde una perspectiva liberal y conservadora, resulta perfectamente legítimo analizar qué entiende el FA por igualdad, emancipación, propiedad, mercado, Estado y transformación social.

No basta con observar que sus dirigentes participan en elecciones, ocupan cargos públicos y se someten formalmente a las reglas de la democracia. Eso es importante, por supuesto, pero no responde por sí solo a la pregunta fundamental: ¿qué modelo de sociedad aspira a construir una fuerza política una vez que obtiene el poder?

Porque democracia y socialismo no son conceptos necesariamente incompatibles en todos sus sentidos. Lo que corresponde discutir es qué tipo de socialismo se propone, cuánto poder se pretende entregar al Estado y cuáles serán los límites de esa intervención.


¿El Frente Amplio y el Partido Comunista son lo mismo?

No, pero se parecen. Ambas fuerzas han compartido un espacio político, gobiernos, coaliciones y numerosas posiciones legislativas. La diferencia entre ellas existe, pero la existencia de diferencias no significa necesariamente que sus proyectos de sociedad sean completamente antagónicos.

El Partido Comunista conserva una identidad marxista-leninista mucho más explícita y una tradición histórica propia. El Frente Amplio representa una izquierda más generacional, cultural e institucional, que ha sabido incorporar nuevas banderas a su discurso.

Podría decirse, desde una perspectiva crítica, que el PC conserva buena parte de los viejos colmillos mientras el FA aprendió a ocultarlos mejor, pero con una finalidad únicamente electoral.

Esto no significa que exista una identidad absoluta entre ambas organizaciones, pero se parecen bastante. Significa que la derecha debe prestar atención a sus zonas de convergencia: la crítica al capitalismo y al neoliberalismo, la expansión del papel del Estado, la redistribución del poder económico y político y la búsqueda de profundas transformaciones sociales. La pregunta interesante, por tanto, no es solamente cuánto se diferencian en sus discursos. Es hasta dónde coinciden en el destino que imaginan para Chile.


La izquierda que dice no ser comunista, pero que vota con el comunismo

Existe además una contradicción que la derecha no debería dejar pasar: hay sectores de la izquierda que se apresuran a declarar que no son comunistas, que reivindican su autonomía y que incluso marcan diferencias doctrinarias con el Partido Comunista, pero que, cuando llega la hora de las decisiones políticas concretas, terminan votando disciplinadamente junto al PC en una enorme cantidad de materias y proyectos. Es perfectamente legítimo que una fuerza política tenga acuerdos parlamentarios con otra; lo cuestionable es pretender que esas alianzas no dicen absolutamente nada sobre sus prioridades. 

Las identidades políticas también se revelan en las votaciones, no solamente en los discursos. Si una izquierda dice no compartir el proyecto comunista, pero sistemáticamente termina respaldándolo cuando están en juego las grandes reformas, el modelo económico, el papel del Estado o determinadas batallas culturales, tiene que explicar dónde están realmente sus diferencias. Porque no basta con decir "no somos comunistas" mientras, llegado el momento decisivo, se vota como si lo fueran. La ciudadanía tiene derecho a mirar los hechos y no solamente las etiquetas: si el lobo y la oveja terminan entrando juntos a la misma casa, es razonable preguntarse si realmente eran tan distintos como aseguraban.


La derecha frente al neomarxismo

Para confrontar a estas nuevas ideologías de izquierda y ultraizquierda hay que preguntar qué concepto de libertad existe detrás de cada propuesta. Qué papel se asigna al Estado. Qué espacio queda para la propiedad privada. Qué importancia se concede al mercado. Qué límites tiene el poder político. Qué entiende una determinada izquierda por igualdad. Y, sobre todo, qué instituciones pretende modificar y con qué propósito.

Las ideologías no se definen solamente por las palabras que utilizan. Se definen también por el mundo que quieren construir. La verdadera batalla está en las ideas. Una de las grandes enseñanzas de lo mostrado por Gramsci fue precisamente que el poder no consiste únicamente en controlar el Estado. También implica disputar la cultura, las ideas y aquello que una sociedad considera sentido común. La derecha debería comprenderlo.

No basta con ganar elecciones si se pierde la batalla cultural. No basta con administrar correctamente el Estado si se permite que otras corrientes definan qué significa libertad, qué significa igualdad, qué significa justicia y qué instituciones son consideradas legítimas.

Una sociedad libre necesita defender conscientemente los principios que la sostienen: la dignidad de la persona, la libertad individual, la responsabilidad personal, la propiedad privada, el pluralismo, la libertad de expresión, la igualdad ante la ley, la separación de poderes y una sociedad civil fuerte e independiente del Estado.

Por eso, la discusión sobre el neomarxismo no debería reducirse a caricaturas ni a teorías conspirativas. Debe ser una discusión sobre ideas. El lobo con piel de oveja es una metáfora útil precisamente porque obliga a mirar más allá de las apariencias. No todo el que viste de oveja es un lobo, pero tampoco todo lobo necesita seguir mostrando los colmillos.

El desafío para la derecha chilena consiste en mirar debajo de la piel. Preguntar qué hay detrás de las palabras. Examinar qué modelo de sociedad se propone. Y defender, sin complejos pero también sin caricaturas, las ideas que considera fundamentales para preservar una sociedad libre.

Porque quizá la gran transformación del marxismo contemporáneo no fue aprender a esconder sus ideas, sino aprender que para cambiar una sociedad primero hay que cambiar la manera en que esa sociedad piensa sobre sí misma. Y en esa batalla, el verdadero campo de disputa no está solamente en La Moneda ni en el Congreso. Está en las ideas.

martes, 11 de agosto de 2026

El neomarxismo: la ideología del lobo con piel de oveja

 Cambió el lenguaje, cambió la estrategia y abandonó, en muchos casos, la estética revolucionaria del siglo XX. Pero detrás de conceptos como emancipación, hegemonía, derechos sociales y transformación cultural permanece una vieja convicción: la sociedad capitalista debe ser superada y reemplazada por un nuevo orden social.


Lobo con piel de oveja.

Durante buena parte del siglo XX, el marxismo fue relativamente fácil de identificar. Tenía símbolos reconocibles, una retórica explícitamente revolucionaria y una estructura doctrinaria que hablaba sin demasiados rodeos de lucha de clases, dictadura del proletariado, abolición de la propiedad privada de los medios de producción y superación del capitalismo. Después de las experiencias del estalinismo, del fracaso económico de las economías centralmente planificadas y de la caída del Muro de Berlín, ese discurso perdió buena parte de su capacidad de seducción. Pero la derrota política de una determinada forma de marxismo no significó necesariamente la desaparición de sus categorías intelectuales.

Es allí donde aparece aquello que suele denominarse neomarxismo: un conjunto heterogéneo de corrientes que revisaron el marxismo clásico y trasladaron buena parte de su atención desde la economía hacia la cultura, las instituciones, el lenguaje, la educación, los medios de comunicación y las relaciones de poder. La Escuela de Frankfurt es uno de sus antecedentes fundamentales. La Stanford Encyclopedia of Philosophy explica que sus principales representantes buscaron precisamente revisar y actualizar el marxismo, incorporando elementos de Freud, Weber y Nietzsche y extendiendo el análisis crítico hacia fenómenos psicológicos, sociales, culturales y políticos.

Por eso, desde una mirada conservadora y liberal, el neomarxismo puede ser entendido como el lobo con piel de oveja: ya no necesariamente se presenta con la hoz y el martillo ni habla de revolución proletaria en cada esquina, sino que puede expresarse mediante conceptos aparentemente mucho más moderados y atractivos: inclusión, feminismo, indigenismo, emancipación, deconstrucción, igualdad sustantiva, derechos sociales, transformación cultural o superación del neoliberalismo. El problema, desde esta perspectiva, no está en las palabras aisladas, sino en el proyecto de sociedad que puede encontrarse detrás de ellas.


Del marxismo económico a la batalla cultural

Karl Marx puso el conflicto entre clases y las relaciones económicas en el centro de su interpretación histórica. Pero algunos de sus continuadores llegaron a la conclusión de que el capitalismo occidental no estaba cayendo como habían previsto. La clase trabajadora no protagonizaba una revolución generalizada y, por el contrario, las instituciones liberales demostraban una considerable capacidad de adaptación. La respuesta de algunos intelectuales marxistas consistió en ampliar el campo de batalla.

Antonio Gramsci es fundamental para comprender este giro. Su concepto de hegemonía puso especial atención en la forma en que una determinada concepción del mundo puede convertirse en sentido común y reproducirse a través de la sociedad civil. En sus Cuadernos de la cárcel, Gramsci distinguió entre la dominación ejercida directamente por el Estado y aquella hegemonía que se desarrolla mediante instituciones y estructuras de la sociedad civil.

La consecuencia política es relevante: si la transformación revolucionaria no podía producirse simplemente tomando el Estado, había que disputar previamente —o simultáneamente— la cultura. La escuela, la universidad, los medios, las organizaciones sociales, el lenguaje y las instituciones pasaban a convertirse en espacios de disputa política.

La Escuela de Frankfurt profundizó otra dimensión de este proceso. Max Horkheimer, Theodor Adorno y Herbert Marcuse, entre otros, desarrollaron una crítica que ya no se limitaba a las relaciones económicas. La teoría crítica pretendía analizar y transformar las estructuras sociales consideradas opresivas, y su propósito explícito era emancipatorio.

Esto explica por qué el neomarxismo contemporáneo puede resultar mucho menos reconocible que el marxismo clásico. No necesariamente pretende convencer al ciudadano de que debe convertirse en revolucionario; pretende modificar las categorías con las que ese ciudadano interpreta la realidad.


El lenguaje como instrumento político

Aquí aparece una de las características más interesantes —y polémicas— de esta tradición. El viejo marxismo hablaba fundamentalmente de explotadores y explotados. Las nuevas corrientes comenzaron a multiplicar las categorías de dominación: género, identidad, cultura, sexualidad, colonialismo, discriminación, estructuras sociales y otras formas de poder.

No todas estas categorías son exclusivamente marxistas, ni toda política feminista, antirracista o progresista puede ser denominada neomarxista. Sería intelectualmente incorrecto meter todo dentro del mismo saco. Pero sí existe una continuidad metodológica en determinadas corrientes: la búsqueda de estructuras de poder detrás de relaciones sociales que anteriormente podían ser consideradas privadas, culturales o individuales.

En otras palabras, cambia el escenario, pero permanece una pregunta muy marxista: ¿quién domina, quién es dominado y qué estructuras permiten que esa relación se reproduzca?

Desde la perspectiva de la derecha, precisamente aquí reside la sofisticación del neomarxismo. Ya no necesita presentarse como una doctrina económica que pretende abolir inmediatamente el capitalismo. Puede convertirse en una teoría general de transformación social. El lobo aprendió que para entrar en la casa no necesitaba enseñar los colmillos: tiene que esconderlos, o disimularlos.


El Frente Amplio y la nueva izquierda chilena

El caso chileno resulta particularmente ilustrativo. El Frente Amplio no se define a sí mismo como una fuerza liberal, conservadora ni socialdemócrata. Su propia declaración de principios lo define expresamente como socialista y plantea como horizonte una sociedad igualitaria y emancipadora, al mismo tiempo que reivindica la superación de formas de explotación y opresión.

Esto no significa que Frente Amplio y Partido Comunista sean jurídicamente o históricamente la misma organización. No lo son. El PC posee una tradición propia, una historia centenaria y una identidad marxista-leninista mucho más explícita. El Frente Amplio, en cambio, proviene de una izquierda generacionalmente distinta y utiliza un lenguaje democrático, feminista, ecologista, institucional y de derechos sociales.

Pero precisamente allí está el punto político que la derecha debería observar con atención: la diferencia de lenguaje no necesariamente implica una diferencia equivalente en el horizonte ideológico.

El propio Frente Amplio sostiene oficialmente que es socialista, que busca redistribuir el poder político y económico y que aspira a construir una sociedad emancipada de formas de explotación y sometimiento. En su Congreso Ideológico de 2026 volvió a presentar su proyecto como un "proyecto socialista" frente a la derecha.

Por eso resulta perfectamente legítimo preguntarse hasta qué punto las diferencias entre el FA y el PC son diferencias de fondo y hasta qué punto son diferencias de estrategia, lenguaje, generación y estilo político.


¿El Frente Amplio es lo mismo que el Partido Comunista?

La respuesta rigurosa es: no literalmente, pero sí existe una proximidad ideológica y política mucho mayor de la que suele admitir la izquierda moderada.

El PC chileno mantiene una identidad comunista explícita y una tradición doctrinaria propia. El Frente Amplio, en cambio, se presenta como socialista, democrático, feminista, ecologista, latinoamericanista e internacionalista. Pero ambas fuerzas convergen en una crítica profunda al capitalismo y al llamado neoliberalismo, defienden un papel mucho más amplio del Estado en la economía y los derechos sociales y han formado parte del mismo espacio político durante los últimos años.

En el Parlamento, además, la coincidencia política puede observarse concretamente en determinadas votaciones. Por ejemplo, en abril de 2026, frente a una resolución que acusaba al Frente Amplio y al Partido Comunista de haber avalado acciones destinadas a desestabilizar al gobierno de Sebastián Piñera durante la crisis del estallido delictual del 2019, diputados del FA y del PC aparecen votando en bloque en contra de dicha resolución.

Esto, naturalmente, no demuestra que FA y PC voten igual en absolutamente todos los proyectos. En un Parlamento real existen matices, diferencias tácticas y votaciones cruzadas. Pero sí permite sostener que existe una convergencia política considerable. La diferencia entre ambas fuerzas está muchas veces menos en el destino declarado que en el camino escogido para llegar a él.

Y esa diferencia no es menor. El comunismo tradicional conserva una estética y un vocabulario que generan rechazo en amplios sectores de la sociedad chilena. El Frente Amplio, en cambio, ha logrado presentar buena parte de las mismas aspiraciones transformadoras mediante un lenguaje más contemporáneo, institucional y culturalmente aceptable. Ahí está precisamente su mayor eficacia política.


El problema no son las palabras, sino el proyecto

La derecha comete un error cuando reduce el debate al insulto o a la caricatura. Decir simplemente que todo lo que proviene de la izquierda es "comunismo" termina debilitando el argumento. El análisis serio exige distinguir. Pero distinguir no significa ser ingenuo.

El Frente Amplio puede ser democrático en sus algunos de sus procedimientos, participar en elecciones y aceptar formalmente las instituciones republicanas —de hecho, eso forma parte explícita de sus principios— y, al mismo tiempo, sostener una concepción socialista de la sociedad y una profunda crítica del capitalismo.

La pregunta que corresponde hacerse desde la derecha no es, por tanto, si sus dirigentes usan hoy la palabra "revolución" con la frecuencia con que la utilizaban los comunistas de otras generaciones. La pregunta es mucho más profunda: ¿qué modelo de sociedad quieren construir? ¿Qué papel asignan al Estado? ¿Qué entienden por propiedad privada? ¿Cómo conciben el mercado? ¿Qué lugar ocupa la libertad individual frente a la igualdad? ¿Hasta dónde pretenden transformar las instituciones y la cultura?

Porque las ideologías no se definen únicamente por las palabras que utilizan, sino también por las estructuras que pretenden transformar.


La verdadera batalla

La gran lección de Gramsci y de la teoría crítica es que una transformación política duradera no depende únicamente de conquistar un gobierno. Depende también de conquistar ideas, categorías, instituciones y sentido común. Y esa debería ser una advertencia para la derecha chilena.

Si la izquierda abandona temporalmente el viejo lenguaje revolucionario, pero conserva la convicción de que el capitalismo es un sistema esencialmente injusto, de que las estructuras sociales deben ser radicalmente transformadas y de que el Estado debe adquirir un papel crecientemente decisivo en la organización de la vida social, entonces la derecha no puede limitarse a combatir determinadas consignas. Debe disputar la concepción del ser humano, de la libertad, de la propiedad, de la familia, del Estado y de la sociedad que está detrás de esas consignas.

Porque el debate político del siglo XXI ya no se libra solamente entre comunistas y anticomunistas. Se libra también entre quienes creen que la libertad individual, la propiedad privada, el pluralismo, la democracia liberal, la economía de mercado y el Estado limitado constituyen condiciones fundamentales de una sociedad libre, y quienes creen que esas instituciones son apenas una etapa histórica susceptible de ser reemplazada por una sociedad más igualitaria y profundamente transformada.