Cambió el lenguaje, cambió la estrategia y abandonó, en muchos casos, la estética revolucionaria del siglo XX. Pero detrás de conceptos como emancipación, hegemonía, derechos sociales y transformación cultural permanece una vieja convicción: la sociedad capitalista debe ser superada y reemplazada por un nuevo orden social.
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| Lobo con piel de oveja. |
Durante buena parte del siglo XX, el marxismo fue relativamente fácil de identificar. Tenía símbolos reconocibles, una retórica explícitamente revolucionaria y una estructura doctrinaria que hablaba sin demasiados rodeos de lucha de clases, dictadura del proletariado, abolición de la propiedad privada de los medios de producción y superación del capitalismo. Después de las experiencias del estalinismo, del fracaso económico de las economías centralmente planificadas y de la caída del Muro de Berlín, ese discurso perdió buena parte de su capacidad de seducción. Pero la derrota política de una determinada forma de marxismo no significó necesariamente la desaparición de sus categorías intelectuales.
Es allí donde aparece aquello que suele denominarse neomarxismo: un conjunto heterogéneo de corrientes que revisaron el marxismo clásico y trasladaron buena parte de su atención desde la economía hacia la cultura, las instituciones, el lenguaje, la educación, los medios de comunicación y las relaciones de poder. La Escuela de Frankfurt es uno de sus antecedentes fundamentales. La Stanford Encyclopedia of Philosophy explica que sus principales representantes buscaron precisamente revisar y actualizar el marxismo, incorporando elementos de Freud, Weber y Nietzsche y extendiendo el análisis crítico hacia fenómenos psicológicos, sociales, culturales y políticos.
Por eso, desde una mirada conservadora y liberal, el neomarxismo puede ser entendido como el lobo con piel de oveja: ya no necesariamente se presenta con la hoz y el martillo ni habla de revolución proletaria en cada esquina, sino que puede expresarse mediante conceptos aparentemente mucho más moderados y atractivos: inclusión, feminismo, indigenismo, emancipación, deconstrucción, igualdad sustantiva, derechos sociales, transformación cultural o superación del neoliberalismo. El problema, desde esta perspectiva, no está en las palabras aisladas, sino en el proyecto de sociedad que puede encontrarse detrás de ellas.
Del marxismo económico a la batalla cultural
Karl Marx puso el conflicto entre clases y las relaciones económicas en el centro de su interpretación histórica. Pero algunos de sus continuadores llegaron a la conclusión de que el capitalismo occidental no estaba cayendo como habían previsto. La clase trabajadora no protagonizaba una revolución generalizada y, por el contrario, las instituciones liberales demostraban una considerable capacidad de adaptación. La respuesta de algunos intelectuales marxistas consistió en ampliar el campo de batalla.
Antonio Gramsci es fundamental para comprender este giro. Su concepto de hegemonía puso especial atención en la forma en que una determinada concepción del mundo puede convertirse en sentido común y reproducirse a través de la sociedad civil. En sus Cuadernos de la cárcel, Gramsci distinguió entre la dominación ejercida directamente por el Estado y aquella hegemonía que se desarrolla mediante instituciones y estructuras de la sociedad civil.
La consecuencia política es relevante: si la transformación revolucionaria no podía producirse simplemente tomando el Estado, había que disputar previamente —o simultáneamente— la cultura. La escuela, la universidad, los medios, las organizaciones sociales, el lenguaje y las instituciones pasaban a convertirse en espacios de disputa política.
La Escuela de Frankfurt profundizó otra dimensión de este proceso. Max Horkheimer, Theodor Adorno y Herbert Marcuse, entre otros, desarrollaron una crítica que ya no se limitaba a las relaciones económicas. La teoría crítica pretendía analizar y transformar las estructuras sociales consideradas opresivas, y su propósito explícito era emancipatorio.
Esto explica por qué el neomarxismo contemporáneo puede resultar mucho menos reconocible que el marxismo clásico. No necesariamente pretende convencer al ciudadano de que debe convertirse en revolucionario; pretende modificar las categorías con las que ese ciudadano interpreta la realidad.
El lenguaje como instrumento político
Aquí aparece una de las características más interesantes —y polémicas— de esta tradición. El viejo marxismo hablaba fundamentalmente de explotadores y explotados. Las nuevas corrientes comenzaron a multiplicar las categorías de dominación: género, identidad, cultura, sexualidad, colonialismo, discriminación, estructuras sociales y otras formas de poder.
No todas estas categorías son exclusivamente marxistas, ni toda política feminista, antirracista o progresista puede ser denominada neomarxista. Sería intelectualmente incorrecto meter todo dentro del mismo saco. Pero sí existe una continuidad metodológica en determinadas corrientes: la búsqueda de estructuras de poder detrás de relaciones sociales que anteriormente podían ser consideradas privadas, culturales o individuales.
En otras palabras, cambia el escenario, pero permanece una pregunta muy marxista: ¿quién domina, quién es dominado y qué estructuras permiten que esa relación se reproduzca?
Desde la perspectiva de la derecha, precisamente aquí reside la sofisticación del neomarxismo. Ya no necesita presentarse como una doctrina económica que pretende abolir inmediatamente el capitalismo. Puede convertirse en una teoría general de transformación social. El lobo aprendió que para entrar en la casa no necesitaba enseñar los colmillos: tiene que esconderlos, o disimularlos.
El Frente Amplio y la nueva izquierda chilena
El caso chileno resulta particularmente ilustrativo. El Frente Amplio no se define a sí mismo como una fuerza liberal, conservadora ni socialdemócrata. Su propia declaración de principios lo define expresamente como socialista y plantea como horizonte una sociedad igualitaria y emancipadora, al mismo tiempo que reivindica la superación de formas de explotación y opresión.
Esto no significa que Frente Amplio y Partido Comunista sean jurídicamente o históricamente la misma organización. No lo son. El PC posee una tradición propia, una historia centenaria y una identidad marxista-leninista mucho más explícita. El Frente Amplio, en cambio, proviene de una izquierda generacionalmente distinta y utiliza un lenguaje democrático, feminista, ecologista, institucional y de derechos sociales.
Pero precisamente allí está el punto político que la derecha debería observar con atención: la diferencia de lenguaje no necesariamente implica una diferencia equivalente en el horizonte ideológico.
El propio Frente Amplio sostiene oficialmente que es socialista, que busca redistribuir el poder político y económico y que aspira a construir una sociedad emancipada de formas de explotación y sometimiento. En su Congreso Ideológico de 2026 volvió a presentar su proyecto como un "proyecto socialista" frente a la derecha.
Por eso resulta perfectamente legítimo preguntarse hasta qué punto las diferencias entre el FA y el PC son diferencias de fondo y hasta qué punto son diferencias de estrategia, lenguaje, generación y estilo político.
¿El Frente Amplio es lo mismo que el Partido Comunista?
La respuesta rigurosa es: no literalmente, pero sí existe una proximidad ideológica y política mucho mayor de la que suele admitir la izquierda moderada.
El PC chileno mantiene una identidad comunista explícita y una tradición doctrinaria propia. El Frente Amplio, en cambio, se presenta como socialista, democrático, feminista, ecologista, latinoamericanista e internacionalista. Pero ambas fuerzas convergen en una crítica profunda al capitalismo y al llamado neoliberalismo, defienden un papel mucho más amplio del Estado en la economía y los derechos sociales y han formado parte del mismo espacio político durante los últimos años.
En el Parlamento, además, la coincidencia política puede observarse concretamente en determinadas votaciones. Por ejemplo, en abril de 2026, frente a una resolución que acusaba al Frente Amplio y al Partido Comunista de haber avalado acciones destinadas a desestabilizar al gobierno de Sebastián Piñera durante la crisis del estallido delictual del 2019, diputados del FA y del PC aparecen votando en bloque en contra de dicha resolución.
Esto, naturalmente, no demuestra que FA y PC voten igual en absolutamente todos los proyectos. En un Parlamento real existen matices, diferencias tácticas y votaciones cruzadas. Pero sí permite sostener que existe una convergencia política considerable. La diferencia entre ambas fuerzas está muchas veces menos en el destino declarado que en el camino escogido para llegar a él.
Y esa diferencia no es menor. El comunismo tradicional conserva una estética y un vocabulario que generan rechazo en amplios sectores de la sociedad chilena. El Frente Amplio, en cambio, ha logrado presentar buena parte de las mismas aspiraciones transformadoras mediante un lenguaje más contemporáneo, institucional y culturalmente aceptable. Ahí está precisamente su mayor eficacia política.
El problema no son las palabras, sino el proyecto
La derecha comete un error cuando reduce el debate al insulto o a la caricatura. Decir simplemente que todo lo que proviene de la izquierda es "comunismo" termina debilitando el argumento. El análisis serio exige distinguir. Pero distinguir no significa ser ingenuo.
El Frente Amplio puede ser democrático en sus algunos de sus procedimientos, participar en elecciones y aceptar formalmente las instituciones republicanas —de hecho, eso forma parte explícita de sus principios— y, al mismo tiempo, sostener una concepción socialista de la sociedad y una profunda crítica del capitalismo.
La pregunta que corresponde hacerse desde la derecha no es, por tanto, si sus dirigentes usan hoy la palabra "revolución" con la frecuencia con que la utilizaban los comunistas de otras generaciones. La pregunta es mucho más profunda: ¿qué modelo de sociedad quieren construir? ¿Qué papel asignan al Estado? ¿Qué entienden por propiedad privada? ¿Cómo conciben el mercado? ¿Qué lugar ocupa la libertad individual frente a la igualdad? ¿Hasta dónde pretenden transformar las instituciones y la cultura?
Porque las ideologías no se definen únicamente por las palabras que utilizan, sino también por las estructuras que pretenden transformar.
La verdadera batalla
La gran lección de Gramsci y de la teoría crítica es que una transformación política duradera no depende únicamente de conquistar un gobierno. Depende también de conquistar ideas, categorías, instituciones y sentido común. Y esa debería ser una advertencia para la derecha chilena.
Si la izquierda abandona temporalmente el viejo lenguaje revolucionario, pero conserva la convicción de que el capitalismo es un sistema esencialmente injusto, de que las estructuras sociales deben ser radicalmente transformadas y de que el Estado debe adquirir un papel crecientemente decisivo en la organización de la vida social, entonces la derecha no puede limitarse a combatir determinadas consignas. Debe disputar la concepción del ser humano, de la libertad, de la propiedad, de la familia, del Estado y de la sociedad que está detrás de esas consignas.
Porque el debate político del siglo XXI ya no se libra solamente entre comunistas y anticomunistas. Se libra también entre quienes creen que la libertad individual, la propiedad privada, el pluralismo, la democracia liberal, la economía de mercado y el Estado limitado constituyen condiciones fundamentales de una sociedad libre, y quienes creen que esas instituciones son apenas una etapa histórica susceptible de ser reemplazada por una sociedad más igualitaria y profundamente transformada.

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