jueves, 3 de septiembre de 2026

Persistencia del comunismo en Chile: el último dinosaurio de la Guerra Fría

Existen ideologías que pertenecen a los libros de historia. El comunismo debería ser una de ellas. Nació en el siglo XIX, sobrevivió a buena parte del siglo XX y, pese al derrumbe de los grandes regímenes que alguna vez lo encarnaron, todavía camina por la política chilena del siglo XXI. Un verdadero fósil ideológico que se resiste a desaparecer.


Chile contra el comunismo.
Hay algo profundamente paradójico en la persistencia del comunismo en Chile. Mientras buena parte del mundo observó durante las últimas décadas del siglo XX el derrumbe de los experimentos que pretendían construir sociedades mediante la planificación central, el partido único y la concentración del poder, en nuestro país esta doctrina continúa teniendo representación parlamentaria, influencia política, presencia institucional y capacidad para participar en gobiernos y coaliciones.

No se trata de prohibirlo. Tampoco de perseguir a quienes adhieren a sus ideas. En una democracia liberal, el comunista tiene exactamente el mismo derecho que cualquier otro ciudadano a defender sus convicciones. Pero existe una diferencia elemental que algunos parecen olvidar: tener derecho a existir políticamente no significa tener derecho a quedar fuera del juicio de la historia. Y allí comienza el problema.


Una doctrina nacida en otro mundo

El comunismo nació como una respuesta utópica a las brutales condiciones sociales de la Revolución Industrial. Su diagnóstico sobre la explotación, la pobreza y las desigualdades de aquella época conectó con una aspiración humana perfectamente legítima: construir una sociedad más justa.

El problema apareció cuando aquella teoría abandonó los libros y comenzó a convertirse en sistema político. La historia del siglo XX dejó demasiados ejemplos de concentración del poder, persecución de opositores, restricción de libertades y economías incapaces de generar prosperidad sostenida. La Unión Soviética, los regímenes de Europa del Este, la China de Mao y la Camboya de los Jemeres Rojos fueron experiencias diferentes y no deben ser metidas irresponsablemente en un mismo saco. Pero tampoco resulta intelectualmente serio borrar las características autoritarias que marcaron a numerosos regímenes comunistas.

La caída del Muro de Berlín en 1989 fue mucho más que la caída de una frontera. Fue el símbolo de la derrota de una determinada concepción del mundo. El comunismo había prometido el futuro, y el futuro llegó sin él.


El lobo que aprendió a vestirse de oveja

La imagen del dinosaurio no es exagerada. El comunismo es una doctrina que nació en un mundo de fábricas humeantes, enormes masas proletarias, economías industriales en formación y sociedades radicalmente distintas de las actuales. Sin embargo, después de sobrevivir a dos guerras mundiales, al ascenso y caída de grandes potencias y al colapso de la Unión Soviética, todavía permanece instalado en el debate político. Es como si un animal prehistórico hubiera sobrevivido millones de años y apareciera caminando tranquilamente por las calles de Santiago.

Pero hay algo todavía más llamativo y siniestro: el dinosaurio no solamente sobrevivió; aprendió a adaptarse. Cuando el viejo discurso revolucionario perdió capacidad de seducción, parte de la izquierda comenzó a modificar su lenguaje y sus estrategias. El marxismo clásico colocaba en el centro la lucha de clases y las relaciones económicas. Nuevas corrientes comenzaron a poner el acento en la cultura, el lenguaje, la identidad, las relaciones de poder y las estructuras sociales.

El texto de base describe precisamente esta transformación mediante una metáfora poderosa: el “lobo” aprendió a vestirse de “oveja”.

  • Ya no siempre se habla de revolución proletaria. Se habla de emancipación.
  • Ya no siempre se habla de abolir el capitalismo. Se habla de transformar las estructuras.
  • Ya no siempre se habla de lucha de clases. Se habla de privilegios, hegemonía, dominación y deconstrucción.

El lenguaje cambió. La pregunta, desde una perspectiva de derecha, es cuánto de la antigua concepción del poder permanece detrás de ese nuevo vocabulario.


El comunismo no necesita ser prohibido: necesita ser discutido

Aquí la derecha democrática debería tener una posición clara. No hay que prohibir el comunismo. Hay que derrotarlo intelectualmente.

Una democracia que necesita proscribir una ideología porque teme que los ciudadanos puedan creer en ella demuestra una confianza muy pequeña en sus propios principios.

El Partido Comunista tiene derecho a existir mientras respete las reglas democráticas. Pero los ciudadanos tienen exactamente el mismo derecho a cuestionar sus ideas, revisar su historia y discutir sus propuestas.

La libertad que permite defender el comunismo es la misma libertad que permite combatirlo con argumentos. Y una democracia madura no le teme a ese debate. Al contrario: lo necesita.


El verdadero problema es el poder

La crítica al comunismo tampoco debería reducirse a una discusión sobre eficiencia económica. Existe una cuestión todavía más importante: el poder.

¿Qué ocurre cuando el Estado concentra una cantidad extraordinaria de atribuciones sobre la economía, la propiedad, el trabajo y la vida social?

La democracia liberal parte de una sospecha saludable: ningún gobernante, partido o grupo político debe disponer de un poder ilimitado.

Friedrich Hayek advirtió precisamente sobre los riesgos que aparecen cuando la autoridad política adquiere una capacidad cada vez mayor para determinar las condiciones económicas y sociales de los individuos. La libertad comienza a depender entonces de quienes administran el poder.

Por eso la propiedad privada no es únicamente un concepto económico. También constituye un espacio de autonomía frente al Estado. Lo mismo ocurre con la libertad de emprendimiento, la libertad de expresión, la separación de poderes y la alternancia política. Una persona libre no solamente tiene derecho a votar. También tiene derecho a construir su propia vida sin necesitar permanentemente el permiso del Estado.


La igualdad no necesita destruir la libertad

Uno de los errores más grandes que podría cometer la derecha sería negar que la desigualdad y la pobreza son problemas reales. Lo son.

Nadie debería aceptar una sociedad donde el origen familiar determine completamente el futuro de una persona. Pero reconocer ese problema no obliga a aceptar la receta comunista. Chile puede combatir la pobreza sin eliminar la propiedad privada. Puede fortalecer la protección social sin convertir al Estado en dueño de todo. Puede ampliar las oportunidades sin destruir el emprendimiento. Puede buscar mayor igualdad sin sacrificar la libertad individual. La verdadera discusión no es igualdad o libertad. Es cómo conseguir mayor igualdad de oportunidades sin entregar un poder desmesurado al Estado. Porque una sociedad que sacrifica la libertad en nombre de una supuesta igualdad perfecta puede terminar descubriendo demasiado tarde que perdió ambas.


¿Y qué ocurre con quienes son de izquierda y dicen no ser comunistas? 

Aquí aparece uno de los debates más incómodos de la política chilena. Existen fuerzas de izquierda que marcan diferencias doctrinarias con el Partido Comunista y que aseguran no compartir su identidad política. Esa diferencia existe y sería absurdo negarla. El propio material de base distingue al Frente Amplio del PC en historia, identidad y tradición doctrinaria.

Pero la política no se construye solamente con etiquetas. También se construye con alianzas. Con pactos. Con votos. Con gobiernos. Con decisiones concretas. En otras palabras: "Dime como votas, y te diré quién eres".

Cuando una fuerza política que se define como distinta del comunismo termina formando coaliciones con él, gobernando junto a él o respaldando sistemáticamente determinadas iniciativas impulsadas por el Partido Comunista, resulta legítimo preguntar dónde están las fronteras reales entre ambos proyectos. Eso no significa afirmar que todo militante o votante que coincida con un comunista sea totalmente comunista. Sería una simplificación absurda. Pero tampoco resulta razonable exigir que la ciudadanía ignore las alianzas políticas. Si alguien no tiene problemas en votar sistemáticamente junto con los comunistas, es porque es cómplice de esta persistencia anómala del comunismo en Chile.

Los pactos también hablan. Los votos también hablan. Las decisiones también hablan. Acá lo que planteo es esta diferencia entre una coincidencia circunstancial y una asociación política permanente.


La batalla que el dinosaurio entendió

Aquí aparece quizá la mayor enseñanza que la derecha debería extraer de la transformación del marxismo.

La batalla política no se libra solamente en La Moneda. Tampoco exclusivamente en el Congreso. Se libra en las ideas. Antonio Gramsci entendió que el poder no consistía únicamente en controlar el Estado, sino también en disputar la cultura, las instituciones y aquello que una sociedad considera sentido común. El texto sobre el neomarxismo utiliza justamente esa idea para explicar la transformación de determinadas corrientes de izquierda.

La derecha cometió durante demasiado tiempo el error de creer que ganar una elección era suficiente. No lo es.

  • Se puede ganar el gobierno y perder la batalla cultural.
  • Se puede administrar bien el Estado y permitir que otros definan qué significa libertad.
  • Se puede defender el crecimiento y permitir que otros monopolicen el discurso sobre justicia social.
  • Se puede defender la propiedad privada y no explicar por qué ella también protege la autonomía individual.

Una derecha democrática tiene que aprender a defender sus ideas sin complejos, pero también sin caricaturas.


No se trata de perseguir al comunista

Esta distinción es fundamental. Una cosa es rechazar una ideología. Otra muy diferente es despreciar a las personas que creen en ella. La discusión democrática debe estar dirigida contra las ideas, las propuestas y los proyectos políticos. No contra la dignidad de quienes piensan distinto.

Por eso una derecha verdaderamente liberal no necesita censurar libros, perseguir adversarios ni transformar al comunista en un enemigo personal. Necesita algo mucho más difícil: demostrar que la libertad funciona mejor. Demostrar que la propiedad privada genera autonomía. Que el emprendimiento crea oportunidades. Que el crecimiento económico permite financiar políticas sociales. Que la seguridad es indispensable para que exista libertad. Que la igualdad ante la ley es superior a cualquier sistema que pretenda clasificar permanentemente a las personas según categorías de poder. Y que el Estado debe ser suficientemente fuerte para cumplir sus funciones, pero suficientemente limitado para no convertirse en dueño de la vida de los ciudadanos.


El verdadero fósil político

Dile NO al comunismo.
Quizá esa sea la gran paradoja del comunismo chileno. El siglo que le dio origen ya desapareció. El mundo que permitió su nacimiento ya no existe. La Unión Soviética desapareció. El Muro de Berlín cayó. Las economías planificadas demostraron enormes limitaciones. Las democracias liberales sobrevivieron. La tecnología transformó radicalmente la economía y las relaciones sociales. Y, sin embargo, el viejo dinosaurio sigue caminando, al menos en nuestro país.

Pero la democracia no necesita exterminarlo. Necesita iluminarlo. Ponerlo frente a la historia. Preguntarle qué aprendió de sus derrotas. Preguntarle qué piensa de la propiedad privada. Preguntarle cuáles son los límites que reconoce al poder estatal. Preguntarle qué entiende por libertad. Preguntarle qué relación debe existir entre democracia y socialismo. Y, sobre todo, preguntarle por qué una doctrina nacida hace casi dos siglos todavía debería ser presentada como una respuesta moderna a los problemas del siglo XXI. 

Al comunista no hay que perseguirlo ni censurarlo: hay que vencerlo en las ideas y humillarlo en las urnas. Porque una ideología no merece sobrevivir simplemente porque logró sobrevivir. Merece sobrevivir si todavía puede demostrar que sus ideas funcionan. Y ahí está el desafío.

El comunismo puede seguir existiendo. Puede competir. Puede convencer. Puede presentarse a elecciones. Pero también debe aceptar ser juzgado por sus ideas, por su historia y por sus resultados. La democracia no debe sacarlo de circulación por decreto. Debe hacer algo mucho más contundente: ponerlo frente al espejo de la historia y dejar que los ciudadanos decidan.

Quizá entonces descubramos que aquel enorme dinosaurio rojo que parecía destinado a dominar el futuro no era, finalmente, el futuro. Era solamente un fósil que todavía no se había dado cuenta de que estaba viviendo en el presente.

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