- Hay ideologías que evolucionaron con el paso del tiempo, corrigieron sus errores y aceptaron las lecciones de la historia. El comunismo chileno, en cambio, parece haber decidido convertirse en un fósil político: una reliquia del siglo XX que, contra todo pronóstico, continúa caminando por la política del siglo XXI.
- Ya paremos de normalizar el comunismo en Chile. Que en pleno siglo XXI todavía tengamos políticos comunistas, es una aberración a nivel mundial.
| Chile contra el comunismo. |
Hay algo profundamente anacrónico en la persistencia del comunismo en Chile. No porque sus militantes no tengan derecho a participar en política —lo tienen, y nadie debería discutir ese derecho dentro de una democracia—, sino porque resulta difícil comprender cómo una doctrina que quedó tan profundamente cuestionada por la experiencia histórica conserva todavía capacidad de convocatoria, influencia institucional y pretensiones de dirigir el destino de una sociedad moderna.
El comunismo es, en este sentido, una verdadera anomalía histórica. Es el gran fósil ideológico del siglo XX. Mientras otras corrientes políticas fueron modificando sus postulados frente a la evidencia, el Partido Comunista chileno ha mantenido una identidad doctrinaria que hunde sus raíces en una época marcada por la Guerra Fría, la Unión Soviética y la división del mundo en bloques.
La paradoja resulta evidente: el Muro de Berlín cayó en 1989; la Unión Soviética desapareció en 1991; los regímenes comunistas europeos se derrumbaron; millones de personas abandonaron aquellas sociedades; pero el comunismo político sobrevivió. Y no solamente sobrevivió: en Chile consiguió mantenerse como una fuerza electoral e institucional relevante. Esa persistencia merece ser explicada, pero también cuestionada.
El fracaso histórico que no puede ser borrado
El comunismo nació con una promesa poderosa: terminar con la explotación, eliminar las diferencias de clase y construir una sociedad basada en la igualdad. El problema no estuvo necesariamente en diagnosticar determinadas injusticias sociales. Muchas de ellas existían y algunas continúan existiendo.
El problema fue la solución. Cuando aquella utopía tuvo que transformarse en sistemas concretos de gobierno, el resultado fue repetidamente muy distinto de la sociedad libre y próspera prometida. La Unión Soviética, los regímenes de Europa del Este, la China de Mao y Camboya bajo los Jemeres Rojos dejaron experiencias asociadas a concentración del poder, represión política, persecución de opositores y graves costos humanos. Cada experiencia tuvo sus particularidades y sería intelectualmente pobre reducirlas todas a una sola explicación. Pero tampoco es serio fingir que el patrón histórico no existe.
Por eso el comunismo no puede exigir que la historia sea convenientemente olvidada cada vez que reaparece en una elección. Las ideas deben ser juzgadas también por sus consecuencias cuando dejan de ser consignas y se convierten en poder.
El verdadero problema: demasiado poder en pocas manos
La crítica fundamental al comunismo no consiste en sostener que todo Estado poderoso sea necesariamente totalitario. Chile necesita un Estado capaz de garantizar seguridad, justicia, infraestructura, educación, salud y protección social.
La diferencia está en los límites. Una sociedad libre necesita espacios de autonomía frente al poder político. Necesita propiedad privada, libertad de emprendimiento, libertad de expresión, separación de poderes, alternancia política y capacidad de cada ciudadano para construir su propio proyecto de vida. Cuando el Estado comienza a concentrar simultáneamente el poder político y económico, la libertad queda expuesta a quienes controlan ese Estado.
La advertencia de Friedrich Hayek conserva aquí toda su fuerza: mientras mayor sea la capacidad del poder político para decidir sobre la vida económica y social, mayor es también el riesgo de que la libertad termine dependiendo de la voluntad de quienes gobiernan. Y esa es precisamente una de las razones por las cuales el comunismo continúa siendo una doctrina que debe ser examinada con especial atención.
El dinosaurio que todavía cree tener razón
Quizás la imagen más adecuada para describir al comunismo contemporáneo sea la de un dinosaurio político. No porque sus militantes sean literalmente hombres del pasado, sino porque su matriz ideológica pertenece a un mundo que ya no existe.
El siglo XXI está marcado por sociedades abiertas, revolución tecnológica, globalización, economías de servicios, emprendimiento, innovación, inteligencia artificial y ciudadanos con niveles de información impensables para los fundadores del comunismo. Sin embargo, el comunismo continúa interpretando buena parte de la realidad mediante categorías nacidas en el siglo XIX: clases, explotación, lucha social y antagonismo entre grupos. El problema de las doctrinas que explican demasiado mediante una sola clave es que terminan viendo la realidad que necesitan ver.
Karl Popper advirtió precisamente contra las ideologías que pretenden descubrir leyes inevitables de la historia y utilizar ese supuesto conocimiento para justificar transformaciones radicales de la sociedad. En una democracia liberal, nadie posee el monopolio del futuro. Ningún partido es dueño de la historia. Ese principio debería ser una vacuna contra cualquier proyecto político que pretenda presentarse como inevitable.
La igualdad no puede ser un caballo de Troya
Aquí está una de las grandes fortalezas retóricas del comunismo: hablar en nombre de la igualdad.
¿Quién podría estar en contra de reducir la pobreza, ampliar oportunidades o combatir la exclusión?
El problema aparece cuando esas aspiraciones legítimas son utilizadas para justificar restricciones a la libertad. Una sociedad puede combatir la pobreza sin abolir la propiedad privada. Puede tener políticas sociales robustas sin convertir al Estado en propietario de prácticamente todo. Puede proteger al trabajador sin destruir el emprendimiento. Puede aumentar la movilidad social sin transformar la economía en una gigantesca oficina estatal.
La libertad y la igualdad son valores importantes, pero no son idénticos. Isaiah Berlin recordó que las sociedades deben convivir con valores que muchas veces entran en tensión: libertad, igualdad, seguridad, justicia y orden. Gobernar responsablemente significa administrar esas tensiones, no prometer una sociedad perfecta en la que todas desaparezcan.
El comunismo ofrece una respuesta aparentemente sencilla a problemas extraordinariamente complejos. Y precisamente ahí radica parte de su atractivo.
Chile no debe confundir pluralismo con ingenuidad
Una democracia madura no necesita prohibir el comunismo. Tampoco necesita pedir disculpas por criticarlo. Ambas cosas pueden coexistir perfectamente.
El Partido Comunista debe tener derecho a presentar candidatos, participar en elecciones, organizarse y defender sus ideas. Pero los ciudadanos tienen exactamente el mismo derecho a responder: consideramos esas ideas equivocadas, peligrosas o incompatibles con determinados principios de una sociedad libre. Eso no es persecución. Eso es democracia.
El verdadero pluralismo no exige fingir que todas las doctrinas son igualmente buenas. Exige que todas puedan ser sometidas al juicio ciudadano dentro de las reglas democráticas. Como señalo en estas frases, tolerar una idea no significa creer en ella; respetar el derecho de alguien a defender una doctrina no implica renunciar al derecho de combatirla intelectualmente.
La violencia tampoco puede ser romantizada
Chile cometió durante años otro error: confundir determinadas expresiones de violencia política con legítimas manifestaciones de descontento.
- Protestar es legítimo.
- Manifestarse es legítimo.
- Exigir cambios es legítimo.
- Criticar al gobierno es legítimo.
Pero incendiar, saquear, destruir infraestructura, amenazar personas o utilizar la coerción para conseguir objetivos políticos pertenece a otra categoría.
La democracia tiene una regla elemental: el adversario debe poder ser derrotado mediante argumentos y elecciones, no mediante violencia. Y esa regla debe aplicarse sin importar el color político del agresor. La violencia de izquierda no deja de ser violencia por invocar una causa social. La violencia de derecha tampoco deja de serlo por invocar la defensa del orden. El Estado de Derecho no puede tener dos varas.
El problema no es que el dinosaurio político exista
Aquí llegamos al punto central. El problema no es que el comunismo exista. El problema es que todavía pretenda convencernos. Esa diferencia es fundamental.
- No se trata de perseguir comunistas. Se trata de disputarles el terreno intelectual.
- No se trata de censurar sus discursos. Se trata de responderlos.
- No se trata de prohibir sus organizaciones. Se trata de derrotarlas democráticamente.
- No se trata de borrar su historia. Se trata de recordarla.
- No se trata de odiar al comunista. Se trata de advertir que su ideología es peligrosa.
Una derecha democrática debe demostrar que puede ofrecer seguridad sin autoritarismo, crecimiento sin indiferencia social, propiedad privada sin abusos, libertad económica con responsabilidad y políticas sociales sin destruir la autonomía individual. La mejor respuesta al comunismo no es una policía política. Es una sociedad libre que funciona.
La derecha no tiene por qué pedir perdón por defender la libertad
Durante demasiado tiempo algunos sectores de la derecha han confundido moderación con silencio. No hay ninguna razón para hacerlo.
| Dile NO al comunismo. |
La fortaleza de la democracia liberal está precisamente en que no necesita eliminar al adversario para sobrevivir. Puede permitirle hablar y, al mismo tiempo, responderle. Puede permitirle competir y, al mismo tiempo, intentar derrotarlo en las urnas. Puede reconocer sus derechos y, simultáneamente, cuestionar sus ideas. Eso es infinitamente más poderoso que la censura.
El comunismo chileno puede seguir existiendo. Puede seguir obteniendo votos. Puede seguir ocupando cargos públicos. Puede seguir participando en coaliciones. Pero nada de eso obliga a considerarlo moderno. Una doctrina no rejuvenece simplemente porque sus representantes utilicen redes sociales, hablen de nuevas tecnologías o participen en gobiernos democráticos.
La pregunta verdaderamente importante sigue siendo otra: ¿qué concepción del ser humano, de la libertad, de la propiedad y del poder existe detrás de esa doctrina? Ahí está el verdadero debate. Porque una ideología puede cambiar su lenguaje sin cambiar necesariamente su esencia. Y Chile no debería tener miedo de formular esa pregunta.
La mejor manera de extinguir un dinosaurio
Hay una ironía histórica en todo esto. El comunismo sobrevivió al siglo XX porque aprendió a vivir dentro de las democracias que durante décadas cuestionó. Pero esa misma democracia que le permite existir también le impone una condición inevitable: someterse al juicio ciudadano. Ese es el terreno donde debe librarse la batalla.
- Con argumentos sólidos.
- Con evidencia concreta.
- Con memoria histórica.
- Con resultados electorales.
- Con instituciones que funcionen.
- Con elecciones libres.
El comunismo no debe ser prohibido. Debe ser derrotado democráticamente. Y si realmente es un fósil político, si realmente pertenece a una época superada, entonces no debería ser necesario destruirlo. Bastará con que la sociedad deje de creer en él. Los dinosaurios desaparecieron porque cambiaron las condiciones del mundo. Las ideologías también pueden desaparecer cuando dejan de responder convincentemente a las necesidades de las sociedades que pretenden gobernar.
Por eso la tarea de una derecha democrática no consiste en perseguir al viejo dinosaurio comunista. Consiste en demostrar que, frente a él, existe algo mucho mejor: una sociedad libre, próspera, segura, pluralista y capaz de ofrecer igualdad de oportunidades sin sacrificar la libertad. Ese sería el verdadero triunfo.
- No la censura.
- No la proscripción.
- No la persecución.
La derrota intelectual, política y electoral de una ideología que la historia ya sometió a juicio.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Deje acá su comentario, el cual será revisado antes de aceptarse su publiación.
Muchas gracias por visitar este blog. Me alegra que le guste el contenido que acá se publica.