lunes, 17 de agosto de 2026

El pelambre chileno: la mala costumbre de hablar de los demás cuando no están presentes

En Chile, pelar no es simplemente contar un chisme. Es una costumbre social profundamente arraigada, capaz de disfrazarse de humor, preocupación, análisis o incluso preocupación genuina. Tenemos categorías, técnicas y hasta una especie de código no escrito para hacerlo. El problema es que, aunque muchas veces se presenta como algo inocente, el pelambre puede convertirse rápidamente en maledicencia, prejuicio y destrucción de reputaciones.


Sociedad.

En Chile, pelar parece ser casi un deporte social. Puede ocurrir en la oficina durante la pausa del café, en la universidad después de una prueba, en una reunión familiar, en un asado o, por supuesto, en ese territorio donde la prudencia suele desaparecer: el grupo de WhatsApp.

Pero pelar no es exactamente lo mismo que contar un chisme o transmitir un rumor. El pelambre tiene un componente adicional: implica interpretar, juzgar y muchas veces exagerar aquello que otra persona hizo, dijo o dejó de hacer. Se construye una historia a partir de hechos, percepciones y, demasiadas veces, pura imaginación.

Es cierto que la psicología social ha estudiado el fenómeno de hablar sobre terceros y ha planteado que estas conversaciones pueden cumplir funciones como reforzar vínculos, liberar tensiones o establecer normas sobre lo que un grupo considera aceptable. Sin embargo, que una conducta tenga una explicación social no significa que sea una buena conducta.

De hecho, el problema del pelambre está precisamente ahí: hemos aprendido a normalizar una forma de hablar de los demás que probablemente no tendríamos el mismo valor de expresar frente a ellos. Y aunque no todos los pelambres tienen la misma gravedad, existen al menos seis formas bastante reconocibles de esta costumbre.


1. El pelambre especulativo: cuando la imaginación completa los espacios en blanco

Es el clásico “yo creo que…”, “¿y si…?” o “a mí me tinca que…”.

Nadie vio realmente lo que ocurrió, nadie tiene información comprobable y, sin embargo, todos tienen una teoría. Se interpreta una mirada, una ausencia, un mensaje que no fue respondido, un cambio de conducta o cualquier pequeño detalle para construir una explicación.

Muchas veces comienza como una simple curiosidad y termina convirtiéndose en una historia que, después de pasar por varias personas, adquiere categoría de verdad.

Ejemplo clásico:

“¿Viste que la Javiera llegó sin anillo? Yo creo que terminó con el pololo. Oye, pero no sé, capaz que lo haya perdido. Aunque igual se veía rara el otro día en la junta…”

"Yo creo que esta cabra se tira al profesor, por algo ella no sabe nada pero siempre le ponen buenas notas.

El problema de este pelambre es que puede parecer inocente precisamente porque utiliza el lenguaje de la duda. “Yo creo”, “capaz que”, “no sé”. Pero detrás de esas palabras se puede estar construyendo una versión de la vida de otra persona sin tener la menor certeza.

La explicación psicológica es sencilla: frente a la falta de información, las personas tendemos a buscar explicaciones. El problema aparece cuando confundimos una hipótesis con un hecho.


2. El pelambre del “pero”: la empanada envenenada

Este es uno de los más reconocibles y, probablemente, uno de los más hipócritas. Comienza con un elogio para crear una apariencia de equilibrio y, después de una breve pausa, aparece el inevitable “pero”.

Ejemplo:

“La Cami es seca para trabajar, es demasiado seca. Pero es tan desordenada para su vida personal que me da ansiedad. Y su casa… mejor ni te cuento. Pero es buena cabra, sí.”

"Esta chica es hermosa de cara y tiene buen cuerpo, pero siempre huele mal".

La estructura es perfecta: primero se demuestra que uno no está hablando con mala intención; después se lanza el golpe.

Es una forma de pelambre particularmente cómoda porque permite criticar mientras se mantiene una apariencia de imparcialidad. “Yo la encuentro buena, pero…” es casi un salvoconducto moral para decir cualquier cosa.

En el fondo, busca validación social: quien habla quiere dejar claro que no es una persona malintencionada, aunque inmediatamente después entregue una larga lista de defectos ajenos.

El problema es que el elogio inicial no elimina el veneno posterior. Un “pero” no convierte una maledicencia en una opinión objetiva.


3. El pelambre destructivo: cuando ya no hay excusas

Aquí desaparece el matiz. No hay “pero”, no hay duda, no hay preocupación fingida ni intento de equilibrio. Es simplemente un ataque.

Ejemplo:

“El jefe nuevo es un chanta. No cacha nada, llegó por pituto, trata mal a todos y encima se cree la muerte. No le dura ni tres meses. Siempre ha sido así de sinvergüenza.”

Este es probablemente el tipo de pelambre más dañino porque su objetivo ya no es conversar sobre una situación, sino desprestigiar a una persona.

Puede aparecer por rabia, resentimiento, competencia, frustración o envidia. Y muchas veces cumple una función psicológica bastante poco noble: intentar elevar la propia posición reduciendo al otro.

El problema es que este tipo de conversación puede destruir confianzas, contaminar ambientes laborales, dividir grupos de amigos y terminar dañando seriamente la reputación de alguien.

Es también el punto en que el pelambre deja de parecer una simple costumbre social y comienza a acercarse peligrosamente a la maledicencia y al bullying.


4. El pelambre de acción: juzgar lo que hizo el otro

Este aparece especialmente en el trabajo y en la universidad. Aquí no necesariamente se critica a la persona por cómo es, sino por algo que hizo: una tarea mal ejecutada, una decisión absurda, una presentación deficiente, un error o una conducta que el grupo considera inaceptable.

Ejemplo:

“¿Viste lo que entregó el Juan? El informe estaba pésimo, con puros copy-paste y datos malos. ¿Y así lo ascendieron? Increíble. Lo que hizo en la presentación de ayer fue una falta de respeto, llegó sin ensayar nada.”

En la universidad:

“Esa cabra copió en la prueba. Quedó con un 7, pero todos sabemos cómo.”

Este tipo de pelambre puede tener una diferencia importante respecto de los anteriores: es legítimo cuestionar una acción concreta cuando existen antecedentes para hacerlo.

El problema aparece cuando la crítica a una conducta termina convirtiéndose en una condena permanente de la persona. Un error no necesariamente define a alguien. Una mala presentación no convierte a una persona en incompetente para siempre. Criticar una conducta puede ser necesario. Pelar a la persona por esa conducta es otra cosa.


5. El pelambre comparativo: competir sin decir que estamos compitiendo

Es uno de los pelambres más sutiles porque rara vez parece un ataque directo. Aquí no se critica explícitamente al otro. Simplemente se lo coloca al lado de uno mismo para demostrar quién está mejor.

“Mi hija sacó 650 en la PAES estudiando sola. La hija de la Marisol tuvo que pagar preuniversitario y profe particular y sacó 620. Pero bueno, cada uno con lo suyo.”

La frase final es fundamental.

“Cada uno con lo suyo.”

Después de haber establecido cuidadosamente quién ganó y quién perdió.

En el trabajo ocurre algo parecido:

“En mi pega anterior teníamos tres días de home office. Acá ni cagando te dan uno. Se nota la diferencia de empresa.”

La comparación puede convertirse en una forma elegante de presumir, desacreditar o establecer superioridad. Detrás suele existir una necesidad de validación: demostrar que nuestra situación, nuestros hijos, nuestro trabajo, nuestras decisiones o nuestros logros son mejores que los de los demás. Y quizás por eso es uno de los pelambres más difíciles de reconocer: muchas veces quien lo practica ni siquiera admite que está pelando. Dice que simplemente está comparando.


6. El pelambre nostálgico: “antes todo era mejor”

Este tiene un protagonista colectivo: la generación anterior. No necesariamente se apunta a una persona concreta. Se critica a “los jóvenes”, “la sociedad de ahora”, “la gente de hoy” o “cómo están las cosas”.

Ejemplo:

“Antes los cabros chicos respetaban. Uno saludaba a los mayores y pedía permiso. Ahora los cabros de 15 andan con el celular en la mesa y ni te pescan. La juventud está perdida.”

O, en el trabajo:

“En mi tiempo uno se quedaba hasta tarde si había que sacar la pega. Ahora a las seis en punto se van todos. No hay compromiso.”

La nostalgia puede ser comprensible, pero también puede transformarse en una forma de descalificar sistemáticamente a quienes viven de manera diferente. Existe una explicación bastante conocida: tendemos a recordar selectivamente aquello que valoramos del pasado y a olvidar sus problemas. El resultado es una versión idealizada de nuestra propia época. El pasado no era necesariamente mejor. Simplemente era nuestro pasado. 


El problema no es hablar de los demás: es lo que hacemos con lo que decimos

Sociedad.
El pelambre forma parte de la cultura conversacional chilena. Negarlo sería absurdo. Todos hemos participado alguna vez en una conversación de este tipo y probablemente todos hemos escuchado frases como “te voy a contar algo, pero no le digas a nadie”.

Pero reconocer que una conducta es habitual no significa justificarla. El verdadero problema comienza cuando convertimos la vida ajena en material de entretenimiento, cuando repetimos información que no podemos comprobar, cuando exageramos los errores de otros o cuando utilizamos la conversación para destruir la reputación de alguien que no está presente para defenderse.

Hay una diferencia enorme entre analizar una situación y ensañarse con una persona; entre criticar una conducta y destruir una reputación; entre compartir una información relevante y alimentar un rumor. Y esa diferencia debería importarnos.


Una regla bastante sencilla

Quizás la mejor forma de medir un pelambre sea hacerse una pregunta antes de participar: ¿Se lo diría exactamente igual si esta persona estuviera sentada frente a mí? Si la respuesta es no, probablemente convenga pensarlo dos veces.

Porque detrás del humor, la curiosidad y la conversación aparentemente inocente puede existir algo bastante menos simpático: una costumbre que hemos normalizado y que, muchas veces, consiste simplemente en hablar de otros cuando no pueden escucharnos ni defenderse.

Pelar puede ser una tradición social chilena. Pero que sea tradicional no significa que tengamos que seguir celebrándola.

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