Reducir a Universidad de Chile a una ideología política es una forma de empobrecer una identidad que nació mucho antes que cualquier consigna partidista. La U no necesita un color político para ser grande: necesita seguir siendo plural, libre y profundamente azul.
| Chuncho. |
Hay discusiones futboleras que cansan. No porque sean apasionadas —eso es parte de la gracia de ser hincha—, sino porque pretenden convertir una camiseta en algo que jamás fue.
Una de ellas es esa insistencia casi obsesiva de ciertos personajes termocéfalos en afirmar que la U es de izquierda. Se repite en redes sociales, en algunas tribunas, en determinados grupos organizados y, ocasionalmente, incluso desde sectores que hablan en nombre de la historia del club. Se repite tanto que algunos terminaron creyendo que se trata de una verdad histórica. No lo es... y nunca lo será.
Universidad de Chile jamás nació como un proyecto político. No fue fundada para representar a la izquierda, ni a la derecha, ni a ningún partido. No es una organización ideológica. Su origen y su tradición están vinculados a una institución que hizo del laicismo y el pluralismo parte esencial de su identidad. Y aquí está lo verdaderamente importante: el pluralismo no significa que todos tengan que pensar igual. Significa precisamente lo contrario.
Por eso, intentar convertir a la U en patrimonio exclusivo de una determinada corriente política no es defender al club. Es apropiarse de él.
¿Qué clase de pluralismo excluye al que piensa distinto?
Hay una contradicción que resulta imposible ignorar. Quienes aseguran que la Universidad de Chile es naturalmente de izquierda van en contra del pluralismo que históricamente ha acompañado a la institución. Porque ambas cosas no pueden sostenerse simultáneamente.
Si la U fuera realmente patrimonio de una ideología, ¿qué lugar tendría el hincha de derecha? ¿Y el de centro? ¿Y aquel que no vota por nadie? ¿Qué hacemos con el trabajador que nunca ha militado en un partido? ¿Con el empresario que lleva cuarenta años siguiendo al León? ¿Con el estudiante que no tiene ninguna identificación política? ¿Con el creyente o con el agnóstico? ¿Les vamos a decir que son menos azules? Por supuesto que no.
¿De qué clase de pluralismo estaríamos hablando si en la U solamente se pudiese ser hincha con ideas de izquierda? De ninguno. Eso sería cualquier cosa, menos el pluralismo que es uno de los dos principios fundamentales de esta institución deportiva.
La U nunca ha exigido una declaración de principios políticos para permitirle a alguien emocionarse con un gol. Nadie ha tenido que demostrar sus ideas antes de ponerse una camiseta azul. Y esa es precisamente una de las cosas más hermosas de este club. La camiseta iguala.
Cuando el equipo entra a la cancha, las diferencias quedan afuera. El abogado se abraza con el obrero. El estudiante grita junto al jubilado. El empresario sufre el partido al lado del trabajador. El católico comparte la angustia del minuto 90 con el agnóstico. Y todos son de la U.
La barra es parte de la U, pero la U es muchísimo más grande que su barra
Este punto también necesita ser dicho con claridad. Existen grupos organizados dentro de la hinchada que tienen determinadas posiciones políticas. Algunos exhiben símbolos, banderas o consignas vinculadas a la izquierda. Esa realidad existe y negarla sería absurdo.
Pero una cosa es reconocer esa expresión y otra completamente distinta es transformarla en la identidad oficial de Universidad de Chile. Los piños no son el club.
Son una parte de su hinchada. Una parte importante, visible y muchas veces fundamental para generar ambiente en el estadio, pero no representan automáticamente a todos los azules.
La Universidad de Chile también está en la casa de aquel hincha que nunca ha ido al Estadio Nacional. Está en quien escucha el partido por radio. En quien vive en Arica, en Puerto Montt o en Punta Arenas. En quien guarda una camiseta antigua en el closet. En el niño que acaba de descubrir que sus colores son el azul y el rojo. Millones de personas forman parte de esta historia. Y la inmensa mayoría jamás ha necesitado una bandera política para demostrar que ama a la U.
La historia demuestra que los clubes políticamente definidos son la excepción
En el fútbol mundial existen clubes cuyas hinchadas desarrollaron identidades políticas muy marcadas. El Livorno italiano es probablemente uno de los ejemplos más conocidos, con una histórica vinculación de sectores de su hinchada con el comunismo. El FC St. Pauli, en Alemania, desarrolló también una cultura futbolística estrechamente asociada al antifascismo y a la izquierda alternativa. Precisamente por eso son reconocidos como casos particulares. Universidad de Chile no pertenece a esa categoría... afortunadamente.
La U nunca ha sido el brazo deportivo de un partido político. Nunca ha condicionado la pertenencia a sus colores a una determinada doctrina. Nunca necesitó una ideología para construir una identidad propia. Y sería un enorme error comenzar a hacerlo ahora.
Incluso la historia del estadio merece menos consignas y más rigor
Esta discusión también aparece cuando se habla del eterno sueño azul: el estadio propio. Durante años se instaló una versión según la cual Universidad de Chile habría perdido la oportunidad de construir su estadio en los terrenos de San Luis de Las Condes, actualmente vinculados al Parque Araucano, debido exclusivamente a las circunstancias políticas posteriores al golpe militar.
Pero esa explicación deja fuera un dato fundamental: esos terrenos no pertenecían al Club Deportivo Universidad de Chile. Eran propiedad de la Universidad de Chile como institución académica. La diferencia no es menor.
El club no perdió un terreno que jurídicamente fuera suyo y sobre el cual pudiera decidir libremente construir un estadio. De hecho, la Universidad de Chile recibió desde 1965 las extensas 355 hectáreas de La Granja que hoy conforman el Campus Antumapu, y durante décadas tampoco se concretó allí un estadio para el fútbol profesional. La historia, por tanto, es bastante más compleja que una consigna política.
Y cuando se trata de reconstruir el pasado de la U, deberíamos preferir siempre los hechos antes que los relatos convenientes.
Lampa: el terreno que sí fue de la U
Si existe un episodio que merece especial atención en esta historia, es el proyecto de Lampa durante la presidencia de René Orozco. Allí sí estamos hablando de un patrimonio que perteneció directamente al Club Deportivo Universidad de Chile.
Fueron alrededor de 127 hectáreas adquiridas por el club para desarrollar una gran ciudad deportiva, con la posibilidad de incorporar un estadio. Por primera vez aparecía un terreno que no pertenecía a la universidad, ni al Estado, ni a otra institución: era de la U. La posterior quiebra de la Corfuch (Corporación de Fútbol Universidad de Chile) terminó con ese patrimonio.
Por eso, si queremos hablar seriamente de las oportunidades que Universidad de Chile tuvo para construir una casa propia, Lampa ocupa un lugar fundamental. No necesitamos transformar cada episodio de nuestra historia en una batalla ideológica. Necesitamos conocerla.
El estadio que viene no puede ser de una ideología: tiene que ser de la U
Hoy tenemos una oportunidad distinta. La Universidad de Chile necesita mirar hacia adelante. El sueño de un estadio propio lleva décadas esperando y no puede seguir atrapado en discusiones políticas sobre quién tiene la culpa de lo ocurrido hace medio siglo.
El fútbol chileno necesita infraestructura. La U necesita una casa. Y Santiago necesita proyectos capaces de combinar deporte, inversión, áreas verdes, servicios, conectividad y desarrollo urbano. Eso requiere pactos profundos: acuerdos políticos, empresariales, municipales y comunitarios.
Requiere inversión privada, mecanismos como los naming rights, una planificación urbana responsable y, sobre todo, la voluntad de entender que un estadio moderno no es simplemente una cancha con graderías: puede convertirse en un polo de desarrollo para todo un sector. Y para conseguirlo no necesitamos que todos pensemos igual. Necesitamos precisamente lo contrario: que personas distintas sean capaces de ponerse de acuerdo.
El día que la U necesite carnet político, habrá dejado de ser la U
| Universidad de Chile. |
La U es del niño que se pone por primera vez la camiseta azul, del abuelo que lleva medio siglo acompañando al equipo, del estudiante que sueña con ser profesional, del trabajador que ahorra para ir al estadio, de la familia que se reúne frente al televisor, del hincha que vive lejos de Santiago y aun así siente que el Nacional es su casa. Es del que estuvo en los años malos. Del que lloró descensos. Del que celebró campeonatos. Del que todavía recuerda una noche inolvidable en el Nacional. Del que sufrió. Del que volvió. Del que nunca se fue.
La U no necesita ser de izquierda para ser rebelde. No necesita ser de derecha para defender su libertad. No necesita pertenecer a ningún partido para tener una identidad poderosa. Su identidad está en otra parte. Está en el escudo. En el chuncho. En el azul profundo de su camiseta. En el rugido emocionante de una tribuna. En esa inexplicable sensación que aparece cuando el equipo sale a la cancha y, durante noventa minutos, todo lo demás deja de importar.
Por eso hay que decirlo sin miedo y sin complejos: Universidad de Chile no es de izquierda. Tampoco es de derecha. Universidad de Chile es de todos sus hinchas. Y mientras siga siendo así, seguirá siendo mucho más grande que cualquier ideología.
Porque el día en que alguien necesite demostrar que piensa de determinada manera para ser considerado un verdadero hincha de la U, ese día habremos perdido algo mucho más importante que una discusión política. Habremos perdido el sentido de pertenencia que hizo grande a este club. Y eso sí que sería una verdadera traición a la camiseta.
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