Nació en el siglo XIX prometiendo una sociedad sin clases y terminó dejando tras de sí una larga historia de concentración del poder, represión y fracaso económico. Sin embargo, en Chile el comunismo continúa teniendo presencia política e institucional y, más preocupante todavía, encuentra aliados dispuestos a actuar políticamente junto a él mientras intentan presentarse como algo distinto. La democracia no debe prohibirlo, pero tampoco tiene por qué tratarlo con ingenuidad.
| Comunismo. |
Hay ideas que pertenecen claramente a su tiempo. Surgieron para responder a problemas concretos de una época y, cuando la realidad demostró sus limitaciones, fueron reformuladas, abandonadas o relegadas a los libros de historia. El comunismo, en cambio, posee una extraordinaria capacidad de supervivencia política.
Nació en el siglo XIX, en plena revolución industrial, como una respuesta radical a la explotación y a las enormes desigualdades sociales de aquel período. Prometió emancipación, igualdad y una sociedad sin clases. Pero cuando esa promesa abandonó los libros y se convirtió en régimen político, la historia produjo resultados muy diferentes: concentración del poder, persecución de opositores, restricción de libertades y economías incapaces, en numerosos casos, de generar prosperidad sostenida.
Y, sin embargo, el comunismo continúa existiendo en Chile. El nefasto Partido Comunista participa de elecciones, ocupa cargos públicos, integra coaliciones y forma parte del debate institucional. Tiene, por supuesto, todo el derecho a hacerlo. Precisamente porque Chile es una democracia, nadie debería ser perseguido por sus ideas políticas.
Pero existe una diferencia fundamental entre tener derecho a defender una ideología y tener derecho a quedar exento de crítica. El comunismo chileno puede participar en democracia. Lo que no puede exigir es que la democracia suspenda su capacidad de juzgarlo. Y existe además una segunda cuestión que merece ser planteada sin eufemismos: ¿qué ocurre con quienes aseguran no ser comunistas, pero sistemáticamente votan junto al Partido Comunista, forman alianzas con él y terminan respaldando sus principales proyectos políticos? Ahí la discusión deja de ser puramente semántica.
El dinosaurio que sobrevivió al siglo XX
El siglo XX fue, en buena medida, el gran laboratorio histórico del comunismo. La Unión Soviética, los regímenes comunistas de Europa del Este, la China de Mao y Camboya bajo los Jemeres Rojos constituyen experiencias diferentes entre sí y no sería serio reducirlas a una sola explicación. Pero tampoco es intelectualmente honesto ignorar que numerosos experimentos comunistas terminaron asociados con autoritarismo, represión, persecución política y una extraordinaria concentración del poder.
La caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior desaparición de la Unión Soviética fueron mucho más que acontecimientos geopolíticos. Representaron también el derrumbe de una de las grandes certezas ideológicas del siglo XX: la creencia de que la planificación central y el monopolio político de un partido podían constituir el destino inevitable de las sociedades modernas. El mundo cambió. La economía mundial cambió. La tecnología cambió. Las sociedades cambiaron. Pero el comunismo, en algunos lugares, decidió quedarse.
Es allí donde aparece la imagen del dinosaurio ideológico: una doctrina nacida en un mundo que ya no existe, que sobrevivió a buena parte de las condiciones históricas que le dieron origen y que, pese a sus fracasos, continúa presentándose como una alternativa válida para organizar la sociedad. El problema no es que exista. El problema es que todavía pretenda convencernos.
Cuando el Estado se convierte en demasiado poder
Una de las principales objeciones al comunismo no es simplemente económica. Es política. El verdadero problema aparece cuando una doctrina deposita en el Estado una capacidad extraordinaria para intervenir simultáneamente en la economía, la propiedad, el trabajo y la vida social.
Un Estado fuerte no es necesariamente un Estado autoritario. Una democracia moderna necesita instituciones capaces de garantizar seguridad, justicia, infraestructura, educación, salud, protección social y cumplimiento de la ley. La cuestión fundamental es otra: ¿quién controla al Estado y cuáles son los límites de ese poder?
Friedrich Hayek advirtió precisamente sobre este problema: cuanto mayor sea la capacidad del poder político para determinar las condiciones económicas y sociales de los individuos, mayor será también el riesgo de que la libertad termine dependiendo de la voluntad de quienes controlan ese poder.
La democracia liberal funciona sobre un principio contrario: el Estado existe para servir a la persona, no para convertirla en dependiente de él. Por eso importan tanto la propiedad privada, la libertad de emprendimiento, la libertad de expresión, la separación de poderes, la alternancia política y la autonomía de los ciudadanos.
Una persona verdaderamente libre no solamente tiene derecho a votar. También tiene derecho a construir un proyecto de vida que no dependa permanentemente de la autorización del gobernante.
Karl Popper contra los dueños del futuro
Hay otro problema todavía más profundo: la pretensión de algunas ideologías de haber descubierto las leyes inevitables de la historia. Karl Popper dedicó buena parte de su pensamiento a cuestionar precisamente esa concepción. Ningún partido puede saber con certeza cuál será el destino de la humanidad. Ningún grupo posee una fórmula científica que permita determinar quién representa el futuro y quién constituye un obstáculo para alcanzarlo.
La democracia liberal parte de una premisa mucho más humilde y, precisamente por eso, mucho más prudente: nadie posee la verdad política definitiva.
- Los gobiernos pueden equivocarse.
- Los partidos pueden equivocarse.
- Las mayorías pueden equivocarse.
- Los ciudadanos pueden cambiar de opinión.
Por eso el poder debe ser limitado, temporal y reversible. El problema comienza cuando una ideología considera que sus objetivos son tan superiores que cualquier sacrificio presente puede justificarse en nombre de un supuesto futuro mejor. Entonces el adversario deja de ser adversario. Se transforma en enemigo. Y cuando el adversario político es convertido en enemigo histórico, el pluralismo empieza a parecer un obstáculo.
La igualdad no necesita matar la libertad
Hay que reconocerle al comunismo algo que explica buena parte de su atractivo histórico: supo apropiarse de una aspiración profundamente humana. La igualdad. Nadie debería defender una sociedad en la cual el nacimiento determine para siempre el destino de una persona. La pobreza, la exclusión y la falta de oportunidades son problemas reales que una sociedad civilizada debe enfrentar. Pero una cosa es combatir la pobreza y otra muy distinta es pretender eliminar las diferencias mediante la coerción estatal.
Isaiah Berlin recordó que las sociedades humanas conviven con valores que no siempre pueden maximizarse simultáneamente: libertad, igualdad, seguridad, justicia y orden. Gobernar consiste precisamente en administrar esas tensiones, no en prometer una sociedad perfecta en la que todas las contradicciones desaparezcan.
Chile puede combatir la pobreza sin abolir la propiedad privada. Puede fortalecer sus políticas sociales sin destruir el emprendimiento. Puede aumentar las oportunidades sin convertir al Estado en propietario de prácticamente todo. Puede buscar mayor igualdad sin convertir la libertad individual en la moneda de cambio. La igualdad es un objetivo legítimo. La libertad también. Una no necesita destruir a la otra.
El problema de las izquierdas que dicen no ser comunistas
Aquí es donde el debate chileno merece una dosis adicional de honestidad. Durante años, distintos sectores de izquierda han buscado marcar distancia discursiva respecto del comunismo. No se definen como comunistas, reivindican una identidad propia y sostienen que sus proyectos políticos son diferentes. Pero una ideología política no se define solamente por la etiqueta que sus partidarios utilizan para describirse. También se define por sus alianzas, sus decisiones y sus votos.
Si una fuerza política asegura no ser comunista, pero no tiene inconvenientes en formar coaliciones con el Partido Comunista; si vota sistemáticamente en bloque con sus parlamentarios; si respalda sus principales iniciativas; si comparte plataformas electorales y gobiernos con ellos; y si, ante las grandes controversias políticas, termina alineándose una y otra vez con el PC, entonces resulta perfectamente legítimo preguntar cuál es, en los hechos, la distancia ideológica que afirma existir.
No basta con decir "yo no soy comunista". La política se juzga también por lo que se hace.
- Una cosa es tener diferencias puntuales con el Partido Comunista y otra muy distinta es convertirlo en un socio político permanente.
- Una cosa es coincidir ocasionalmente en una votación y otra es votar sistemáticamente en bloque.
- Una cosa es dialogar con un adversario y otra es construir junto a él un proyecto de poder.
Y aquí aparece una contradicción que la izquierda chilena no puede pretender que nadie señale: si el comunismo es tan distinto, tan peligroso o tan incompatible con sus propios principios como algunos aseguran, ¿por qué entonces resulta aceptable asociarse políticamente con él cuando están en juego elecciones, gobiernos o mayorías parlamentarias?
La pregunta es incómoda, pero legítima. Porque si el comunismo es solamente una izquierda más, entonces deberían explicar por qué necesitan negar constantemente que lo son. Y si realmente existe una diferencia sustancial, entonces deberían explicar por qué esa diferencia desaparece cuando llega la hora de votar.
La responsabilidad política también se mide por las alianzas
No se trata de afirmar que toda persona que vote junto a un comunista se convierte automáticamente en comunista. Eso sería intelectualmente absurdo. En un Parlamento democrático es completamente normal que partidos diferentes coincidan en determinadas materias.
El problema aparece cuando la coincidencia deja de ser circunstancial y se transforma en una asociación política permanente.
- Cuando partidos que dicen defender un modelo distinto terminan formando parte del mismo bloque electoral.
- Cuando quienes se presentan como moderados gobiernan con comunistas.
- Cuando quienes aseguran defender la democracia liberal relativizan las diferencias fundamentales con una doctrina que históricamente ha tenido una relación problemática con ella.
- Cuando la conveniencia electoral termina pesando más que las supuestas fronteras ideológicas.
En política, las alianzas también comunican. Los votos también comunican. Los pactos también comunican. Y los ciudadanos tienen derecho a sacar sus propias conclusiones.
No corresponde atribuir automáticamente a cada aliado las responsabilidades históricas de todas las experiencias comunistas del mundo. Pero tampoco corresponde exigir que los ciudadanos ignoren las consecuencias políticas de determinadas alianzas.
Si alguien decide caminar junto al comunismo, debe aceptar que la sociedad examine hacia dónde conduce ese camino.
La violencia no tiene ideología justificatoria
Otro principio que Chile debe recuperar es todavía más elemental: la violencia política nunca se vuelve legítima simplemente porque quien la utiliza invoque una causa que considera justa.
- Manifestarse es legítimo.
- Protestar es legítimo.
- Criticar al gobierno es legítimo.
- Exigir reformas es legítimo.
Pero incendiar iglesias, saquear negocios, destruir infraestructura, amenazar personas o utilizar la violencia para imponer objetivos políticos pertenece a una categoría completamente diferente. El Estado de Derecho no puede funcionar con doble estándar.
- La violencia de derecha es violencia.
- La violencia de izquierda es violencia.
- La violencia cometida en nombre de una causa supuestamente justa sigue siendo violencia.
No toda protesta es violencia y no todo manifestante es delincuente. Pero tampoco toda violencia puede ser rebautizada como "descontento social". Una democracia permite derrotar al adversario mediante elecciones. Lo que no puede aceptar es que quien pierde el debate pretenda sustituir el voto por la coerción.
La falsa moderación también puede ser un problema
Chile tampoco necesita una política basada en la falsa idea de que moderación significa repartir automáticamente las culpas. No todos los conflictos tienen dos lados moralmente equivalentes. No todas las posiciones merecen exactamente la misma valoración. Y no todos los principios pueden ser negociados.
- Podemos discutir cuánto debe gastar el Estado.
- Podemos discutir los impuestos.
- Podemos discutir el tamaño de la administración pública.
- Podemos discutir las políticas sociales.
- Podemos discutir la regulación económica.
Pero hay cuestiones mucho más fundamentales: el Estado de Derecho, la libertad de expresión, la propiedad privada, la alternancia democrática y el rechazo absoluto de la violencia política. Como señala el material de base, existen asuntos sobre los cuales se puede negociar y principios que existen precisamente para impedir que todo sea negociable. La democracia necesita diálogo. Pero también necesita convicciones.
Una derecha democrática no debe pedir perdón por defender la libertad
La respuesta al comunismo tampoco puede consistir en reemplazar un extremismo por otro. Una derecha democrática no necesita perseguir comunistas.
- No necesita censurar libros.
- No necesita prohibir opiniones.
- No necesita transformar al adversario político en enemigo.
Necesita algo mucho más difícil: demostrar que sus propias ideas funcionan.
- Defender la propiedad privada no significa ser indiferente frente a la pobreza.
- Defender el crecimiento económico no significa abandonar a quienes tienen menos.
- Defender la seguridad no significa despreciar los derechos humanos.
- Defender el emprendimiento no significa negar la necesidad de políticas sociales.
La fortaleza de una derecha democrática está justamente en demostrar que es posible combinar libertad económica con responsabilidad social, autoridad con Estado de Derecho y seguridad con respeto a la dignidad humana. La mejor respuesta al comunismo no es una derecha autoritaria. Es una democracia liberal que funciona.
Diez razones para desconfiar del comunismo
- Porque concentra demasiado poder en el Estado. La autonomía individual se vuelve vulnerable cuando el poder político controla demasiadas dimensiones de la vida económica y social.
- Porque su historia registra demasiadas experiencias autoritarias. La Unión Soviética, Europa del Este, la China de Mao y Camboya constituyen antecedentes históricos que no pueden ser ignorados.
- Porque ha demostrado dificultades para conciliar igualdad y libertad. La igualdad material no puede utilizarse como argumento para eliminar derechos fundamentales.
- Porque mantiene una relación problemática con la propiedad privada. La propiedad no es solamente un mecanismo económico; también constituye un espacio de autonomía frente al poder político.
- Porque la planificación central enfrenta enormes dificultades. Coordinar millones de decisiones económicas desde una estructura estatal centralizada presenta problemas que el mercado resuelve mediante información dispersa y decisiones descentralizadas.
- Porque las utopías políticas pueden terminar justificando abusos. Cuando una ideología cree conocer el destino de la historia, puede llegar a considerar sacrificios presentes como necesarios para alcanzar un supuesto futuro mejor.
- Porque existe el peligro de transformar al adversario en enemigo histórico. Una democracia necesita adversarios políticos, no enemigos que deban ser eliminados.
- Porque la violencia nunca puede ser una herramienta legítima de transformación política. Las diferencias deben resolverse mediante instituciones, debate y elecciones.
- Porque la libertad exige límites al poder. Separación de poderes, alternancia, libertad de expresión, propiedad, emprendimiento y pluralismo son defensas esenciales de una sociedad libre.
- Porque la historia debe importar. No se trata de responsabilizar personalmente a cada comunista chileno por los crímenes cometidos por otros regímenes. Se trata de aprender de la experiencia histórica antes de volver a confiar ciegamente en recetas que ya demostraron sus peligros.
Chile no necesita prohibir al comunismo
Y aquí está la paradoja que algunos parecen no comprender. Prohibir al comunismo sería una mala respuesta. Si una democracia necesita censurar una ideología para derrotarla, demuestra debilidad. Una sociedad libre debe confiar suficientemente en sus propios principios como para permitir que las ideas compitan y sean sometidas al juicio ciudadano.
El Partido Comunista tiene derecho a existir políticamente mientras respete las reglas democráticas. Pero los ciudadanos tienen exactamente el mismo derecho a cuestionarlo. La libertad que permite defender el comunismo también permite combatirlo intelectualmente. No hay contradicción alguna. De hecho, esa es precisamente la esencia del pluralismo.
La verdadera derrota de una ideología
La historia demuestra que las democracias no están garantizadas para siempre. Pueden deteriorarse cuando se normaliza la violencia, cuando se relativizan las instituciones, cuando se pretende capturar el Estado, cuando el adversario se convierte en enemigo o cuando un movimiento político cree tener una misión histórica que lo coloca por encima de las reglas. Por eso la defensa de la democracia no puede reducirse a votar cada cuatro años.
- Necesita memoria histórica.
- Necesita ciudadanos informados.
- Necesita instituciones fuertes.
- Y necesita convicciones.
Hay una regla sencilla que debería ser intransable: quien pierde una elección pierde el gobierno, pero no pierde sus derechos; quien gana una elección gana el gobierno, pero no obtiene el derecho a hacer cualquier cosa. Esa regla vale para la izquierda y también para la derecha.
El comunismo puede seguir caminando por el escenario político chileno, pero no debería hacerlo envuelto en una suerte de inmunidad histórica. Sus ideas deben ser examinadas, sus propuestas discutidas y sus antecedentes recordados. Y quienes deciden asociarse políticamente con él tampoco deberían sorprenderse cuando los ciudadanos les pregunten por qué.
- No se trata de odiar al comunista. Se trata de cuestionar al comunismo.
- No se trata de perseguir personas. Se trata de confrontar ideas.
- No se trata de censurar. Se trata de argumentar.
- No se trata de prohibir. Se trata de convencer.
Porque al final, la mayor derrota que puede sufrir una ideología en una democracia no ocurre cuando el Estado la proscribe. Ocurre cuando los ciudadanos dejan de creer en ella. Y quizá esa sea la gran paradoja de este viejo dinosaurio ideológico: después de sobrevivir al derrumbe del mundo que lo vio nacer, todavía continúa caminando por el Chile del siglo XXI.
La respuesta de una sociedad libre no debe ser sacar al dinosaurio de circulación por decreto. Debe ser mucho más contundente: ponerlo frente a la historia, frente a la evidencia, frente a sus aliados y, finalmente, frente a los ciudadanos, y dejar que las urnas decidan
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Deje acá su comentario, el cual será revisado antes de aceptarse su publiación.
Muchas gracias por visitar este blog. Me alegra que le guste el contenido que acá se publica.