Mientras en buena parte de América Latina el comunismo ha quedado reducido a una corriente marginal, Chile conserva un Partido Comunista con capacidad electoral, presencia institucional y vocación de poder. Pero precisamente por esa supervivencia, el anticomunismo también tiene en el país una fuerza excepcional.
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| Anticomunismo. |
Hay una paradoja que define buena parte de la política chilena contemporánea: Chile es uno de los países latinoamericanos donde el comunismo posee mayor presencia política y, al mismo tiempo, uno de los lugares donde esa misma palabra provoca mayores niveles de rechazo. No es una contradicción. Es, precisamente, el resultado de la historia.
Mientras en otros países de América Latina el nefasto comunismo terminó convertido en una corriente testimonial, absorbida por la socialdemocracia o confinada a pequeños grupos ideológicos, en Chile el Partido Comunista consiguió sobrevivir durante décadas como una organización política relevante, disciplinada y electoralmente competitiva. Ha tenido parlamentarios, ministros, alcaldes, dirigentes sindicales y, finalmente, una candidata presidencial que llegó a la segunda vuelta.
Pero esa fortaleza tiene un reverso: cada vez que el comunismo chileno se aproxima al poder, también despierta una reacción anticomunista particularmente intensa. Y allí está una de las características más singulares de Chile frente al resto de América Latina.
El comunismo chileno no desapareció
La primera diferencia con buena parte de América Latina es histórica. El comunismo chileno no es un fenómeno reciente ni una importación política del siglo XXI. Tiene una trayectoria de más de un siglo y logró construir una estructura partidaria extraordinariamente resistente. Incluso después de la caída del Muro de Berlín y del derrumbe de la Unión Soviética, el Partido Comunista de Chile no desapareció ni experimentó la transformación ideológica que sí vivieron numerosos partidos comunistas europeos. Siguió existiendo. Y no solamente existiendo: siguió disputando el poder dentro de la democracia.
Esa capacidad constituye una particularidad chilena. El comunismo dejó de ser solamente una doctrina revolucionaria para transformarse también en una maquinaria electoral, sindical, cultural y parlamentaria.
La llegada de militantes comunistas al gobierno de Gabriel Boric profundizó todavía más esa presencia. Y la elección presidencial de 2025 llevó esta característica hasta un punto inédito: Jeannette Jara, militante comunista y exministra de Boric, obtuvo el 26,85% en la primera vuelta y pasó al balotaje.
El resultado final fue contundente: José Antonio Kast obtuvo el 58,16% frente al 41,84% de Jara. Pero sería un error interpretar aquello simplemente como una victoria electoral de la derecha. Fue también una demostración de hasta dónde puede llegar la reacción contra la posibilidad de que el Partido Comunista conduzca el Estado chileno.
El caso chileno es distinto al de Argentina, Paraguay o El Salvador
Argentina, Paraguay y El Salvador poseen hoy importantes corrientes políticas de derecha y fuertes sectores sociales contrarios al socialismo. Argentina vive, probablemente, el fenómeno más radical de rechazo ideológico al socialismo, impulsado por el liberalismo libertario de Javier Milei. El Salvador posee una enorme reacción popular contra la izquierda tradicional, especialmente después del fracaso del FMLN y del ascenso de Nayib Bukele. Paraguay conserva, por razones históricas, una cultura política particularmente conservadora. Pero Chile presenta una particularidad adicional.
Aquí el comunismo no es simplemente un recuerdo del siglo XX. Está sentado en el Congreso, participa de gobiernos, administra municipios, influye en sindicatos y compite por la Presidencia de la República. Por eso el anticomunismo chileno tampoco es meramente histórico. Es contemporáneo. Es político. Y, sobre todo, es electoral.
La elección de 2025 constituye la mejor demostración. Jara no fue una candidata testimonial. Llegó a la segunda vuelta y consiguió más de cinco millones de votos. Pero tampoco logró convertirse en Presidenta. El país que había permitido que una militante comunista llegara a disputar La Moneda terminó entregándole el poder a un candidato de derecha por una diferencia superior a 16 puntos.
Chile abrió la puerta al comunismo electoral, pero también demostró que existe una enorme cantidad de chilenos dispuestos a cerrársela cuando perciben que esa alternativa puede llegar al poder.
La paradoja chilena: cuanto más fuerte es el comunismo, más fuerte puede ser su adversario
Hay una explicación histórica para esto. Chile experimentó el horroroso gobierno de la Unidad Popular entre 1970 y 1973, período en el que el Partido Comunista tuvo un papel central dentro de la coalición que llevó a Salvador Allende a la Presidencia. No se puede comprender la cultura política chilena sin comprender ese período.
Pero tampoco se puede comprender el Chile actual reduciendo toda la discusión política a 1973. Han pasado más de cinco décadas. La sociedad chilena cambió. Nacieron nuevas generaciones. Aparecieron nuevas preocupaciones. La economía se transformó. La democracia volvió. Sin embargo, el debate sobre el comunismo nunca desapareció completamente.
Y eso tiene una razón profunda: Chile tuvo la experiencia de intentar construir el socialismo desde las instituciones democráticas y posteriormente experimentó un régimen militar que surgió de esa crisis política. El resultado fue una memoria histórica extraordinariamente polarizada.
Para la izquierda, la experiencia de Allende representa un proyecto democrático interrumpido violentamente. Para la derecha, representa la advertencia histórica de lo que ocurre cuando un proyecto ideológico pretende transformar radicalmente las estructuras económicas, sociales e institucionales de una nación. Ambas memorias siguen coexistiendo, yesa disputa explica buena parte de la intensidad del anticomunismo chileno.
Popper y la advertencia contra las utopías políticas
El filósofo Karl Popper resulta especialmente útil para comprender este fenómeno.
Popper fue un crítico feroz del marxismo y del historicismo, pero su crítica no consistía simplemente en afirmar que Marx era un malvado. De hecho, Popper reconocía explícitamente la sinceridad de Marx y su preocupación por los sectores oprimidos. Su problema estaba en otra parte: en la pretensión de convertir una determinada interpretación de la historia en una verdad política capaz de justificar la transformación completa de la sociedad.
En La sociedad abierta y sus enemigos, Popper sostuvo que el marxismo científico había muerto como teoría y que lo que debía sobrevivir era su preocupación por la libertad y la responsabilidad humana. Esa distinción es fundamental.
El problema de fondo del anticomunismo democrático no debería ser odiar a quienes se consideran comunistas.
Debe ser rechazar la idea de que una doctrina posee una verdad histórica superior que autoriza a someter la libertad individual a un proyecto colectivo. Por eso la defensa de la democracia liberal no necesita convertirse en una caricatura del adversario.
Puede reconocer que detrás de muchas reivindicaciones socialistas existen preocupaciones legítimas por la pobreza, la desigualdad o la dignidad de las personas y, al mismo tiempo, rechazar las soluciones que destruyen la libertad económica, la propiedad privada, el pluralismo y los contrapesos institucionales.
Hayek: cuando el Estado pretende organizarlo todo
Friedrich Hayek planteó una crítica complementaria.
Para Hayek, el problema del socialismo no consistía únicamente en que el Estado administrara una parte demasiado grande de la economía. El problema era epistemológico y político: ninguna autoridad central puede disponer de todo el conocimiento disperso que utilizan millones de individuos para tomar decisiones económicas y sociales.
En Camino de servidumbre, Hayek advirtió sobre el peligro de sustituir el mecanismo descentralizado de la competencia por una dirección consciente de las fuerzas sociales. Su argumento no era que el Estado no tuviera ninguna función —de hecho, Hayek reconocía funciones importantes para el Estado—, sino que la planificación integral termina concentrando un poder extraordinario en la autoridad política. Ese punto conserva enorme actualidad.
Porque el debate moderno ya no consiste necesariamente en elegir entre capitalismo puro y comunismo clásico. La discusión real es mucho más sofisticada:
- ¿Cuánto poder debe tener el Estado sobre nuestras vidas?
- ¿Hasta dónde puede llegar la planificación?
- ¿Cuánto puede regular?
- ¿Cuánto puede confiscar
- ¿Cuánto puede decidir?
- ¿Y qué espacio queda para el individuo, la familia, la empresa, la sociedad civil y la propiedad privada?
Desde una perspectiva liberal-conservadora, allí comienza el verdadero anticomunismo del siglo XXI.
Chile aprendió a desconfiar del Estado omnipotente
Esta discusión adquiere particular importancia en Chile porque el país ha conocido las consecuencias de dos proyectos políticos completamente diferentes.
Primero, experimentó una transformación socialista radical durante la Unidad Popular. Después, vivió un régimen militar autoritario que, entre otras cosas, aplicó una profunda transformación económica e institucional.
La democracia posterior heredó ambas experiencias y construyó un modelo que, con todos sus defectos y desigualdades, produjo durante décadas crecimiento, reducción de la pobreza y una expansión considerable de las oportunidades materiales. Ese modelo comenzó a ser cuestionado con fuerza durante la década de 2010.
La reforma tributaria de 2014, el estallido social de 2019, los procesos constitucionales y el gobierno de Boric volvieron a colocar en el centro del debate cuestiones que parecían parcialmente superadas: propiedad, mercado, Estado, seguridad, orden público y el papel del socialismo. Y nuevamente apareció el Partido Comunista, pero no como pieza de museo: como protagonista.
El anticomunismo chileno tampoco es patrimonio exclusivo de la derecha
Aquí existe otro error frecuente. La izquierda suele presentar el anticomunismo como una expresión exclusiva de la derecha política. Históricamente, eso es falso.
El anticomunismo latinoamericano ha tenido expresiones liberales, conservadoras, socialdemócratas, democratacristianas, cristianas y republicanas. Hay personas que rechazan el comunismo porque defienden la propiedad privada. Otras porque consideran que la libertad individual está por encima de cualquier proyecto colectivo. Otras porque rechazan el ateísmo de determinados movimientos revolucionarios. Otras porque recuerdan Cuba, Venezuela o Nicaragua. Y otras simplemente porque consideran que ningún partido debería concentrar suficiente poder como para transformar completamente la sociedad.
Por eso anticomunismo no debería equivaler automáticamente a ultraderecha. Un liberal clásico puede ser anticomunista. Un demócrata cristiano puede ser anticomunista. Un conservador puede ser anticomunista. Un socialdemócrata puede ser anticomunista. Incluso un socialista democrático puede ser profundamente anticomunista.
El punto común es otro: la convicción de que ningún proyecto político está por encima de la libertad humana y de las instituciones democráticas.
El factor Cuba, Venezuela y Nicaragua
Hay además una razón contemporánea que explica por qué el comunismo despierta rechazo en Chile. Ya no es necesario discutir exclusivamente sobre Marx, Lenin o la Unión Soviética. América Latina tiene ejemplos actuales.
- Cuba.
- Venezuela.
- Nicaragua.
Durante décadas, el debate podía presentarse como una discusión abstracta entre capitalismo y socialismo. Hoy resulta mucho más difícil hacerlo.
El ciudadano latinoamericano puede observar directamente qué ocurre cuando el poder político destruye progresivamente los contrapesos institucionales, concentra el poder económico y político, restringe la oposición y limita las libertades. Eso ha cambiado la conversación.
El comunismo ya no necesita ser imaginado, tiene ejemplos contemporáneos. Y Chile, por su posición geográfica, su historia política y su elevado nivel de politización, observa esos ejemplos con especial atención.
La paradoja final
Chile, entonces, ocupa un lugar excepcional dentro de América Latina. No es el país donde el comunismo sea necesariamente más popular. Tampoco es el país donde la derecha sea permanentemente hegemónica. Es algo más complejo: es uno de los pocos países donde el comunismo consiguió conservar suficiente fuerza como para disputar realmente el poder y, precisamente por eso, consiguió generar también una reacción anticomunista de enorme magnitud. Esa es la paradoja.
Argentina tiene a Milei. El Salvador tiene a Bukele. Paraguay conserva una tradición conservadora profundamente arraigada. Colombia sólo ha tenido un gobierno de izquierda dura (Petro). Perú posee una memoria especialmente traumática del terrorismo de inspiración marxista. Pero Chile tiene algo diferente: una confrontación histórica directa entre comunismo y anticomunismo que continúa proyectándose sobre la política del presente. La elección de 2025 lo volvió a demostrar.
Una militante comunista en Chile llegó a la segunda vuelta presidencial y obtuvo más de cinco millones de votos. Pero, al mismo tiempo, más de siete millones de chilenos votaron por Kast en el balotaje. No todos esos votos fueron necesariamente votos ideológicos contra el comunismo. Hubo votos por seguridad, inmigración, economía, orden, cansancio con el gobierno anterior y muchas otras razones. Pero sería ingenuo negar que la posibilidad de un gobierno encabezado por una militante del Partido Comunista movilizó también un poderoso voto de rechazo. Y allí está la gran lección.
El anticomunismo chileno no existe porque el comunismo sea débil. Existe, en buena medida, porque el comunismo chileno nunca desapareció. Y mientras siga siendo una fuerza política capaz de llegar a La Moneda, continuará provocando una pregunta fundamental en la sociedad chilena: ¿hasta dónde debe llegar el Estado y dónde comienza la libertad del individuo? La respuesta de una derecha democrática, liberal y conservadora debería ser inequívoca.
Como escribió Popper, una sociedad abierta debe estar permanentemente preparada para resistir la tiranía. Y como advirtió Hayek, la libertad política difícilmente puede separarse indefinidamente de la libertad económica cuando el poder estatal pretende dirigir la totalidad de la vida social.
El anticomunismo del siglo XXI, por tanto, no debería ser una nostalgia de la Guerra Fría. Debe ser una defensa contemporánea de la libertad, de la propiedad, del pluralismo, de la democracia y de la dignidad de la persona frente a cualquier ideología que pretenda subordinar al individuo a una utopía colectiva.
Y quizás precisamente por eso Chile seguirá siendo uno de los grandes campos de batalla ideológica de América Latina: porque aquí el comunismo todavía tiene fuerza suficiente para disputar el poder, pero también existe una sociedad que, cada vez que percibe que ese proyecto puede cruzar las puertas de La Moneda, demuestra que su rechazo puede ser igualmente poderoso.

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