miércoles, 19 de agosto de 2026

Boric y la democracia: la memoria incómoda del estallido

  • El expresidente Gabriel Boric vuelve a presentarse a sí mismo como un defensor de la democracia, pero su actuación durante la crisis de 2019 dejó una pregunta que sigue sin respuesta: ¿qué hizo cuando defender las instituciones significaba enfrentarse a la violencia política y callejera?
  • Cuando Boric tuvo que escoger entre defender la democracia o justificar el terrorismo, optó por lo segundo.

Gabriel Boric.

La política tiene memoria corta, pero los ciudadanos no necesariamente. Por eso resulta difícil escuchar a Gabriel Boric hablar hoy sobre la defensa de la democracia sin recordar su actuación durante la crisis de octubre de 2019, un período que la izquierda convirtió en símbolo político y que, desde otra perspectiva, puede ser descrito con mayor precisión como un estallido delictual, marcado por saqueos, incendios, destrucción de infraestructura pública y ataques contra Carabineros.

Boric era entonces diputado de la República. Tenía una responsabilidad institucional: podía representar a quienes protestaban, pero también podía exigir que las movilizaciones respetaran las reglas de una democracia. Sin embargo, su discurso y sus decisiones políticas terminaron otorgando legitimidad a un escenario de vandalismo, terrorismo y presión callejera que puso a las instituciones contra las cuerdas.

Y ahí está el problema de fondo. La democracia no se defiende solamente cuando el adversario político amenaza con un autoritarismo. También se defiende cuando la violencia proviene de quienes dicen actuar en nombre de causas sociales.


Cuando las calles reemplazaron a las instituciones

Durante aquellos meses Chile vivió una sucesión de hechos gravísimos: estaciones de Metro destruidas, supermercados saqueados, comercios incendiados, iglesias quemadas, barricadas, ataques contra cuarteles policiales y una violencia callejera que alteró profundamente la vida cotidiana de millones de personas. Nada de eso puede ser presentado como una simple expresión de descontento ciudadano.

Por supuesto que existían algunas demandas sociales legítimas. Una democracia saludable debe escuchar esas demandas. Pero una cosa es protestar y otra completamente diferente es incendiar, saquear, destruir y atacar físicamente a quienes tienen la obligación de mantener el orden público.

El problema es que casi toda la izquierda chilena terminó estableciendo una peligrosa frontera moral: la violencia era condenable dependiendo de quién la ejerciera. Y Boric, lejos de marcar una distancia inequívoca con ese fenómeno, optó por participar activamente en la salida política que terminó cristalizándose en el mal llamado Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución... que no sirvió para traer la paz, ni mucho menos.

El acuerdo fue una salida institucional, sí. Pero también fue el resultado de una enorme presión ejercida en un contexto de violencia callejera. Y esa circunstancia no puede simplemente desaparecer de la memoria histórica.


El dilema que Boric nunca ha enfrentado

No se trata de afirmar que Boric haya sido responsable de cada saqueo, incendio o ataque ocurrido durante el estallido. Esa acusación sería injusta y políticamente poco seria. La crítica es otra y mucho más concreta: cuando tuvo que establecer una línea nítida entre la protesta democrática y la violencia política, no lo hizo con la firmeza que cabía esperar de un representante de las instituciones republicanas. En momentos de crisis, las definiciones importan.

Defender la democracia significa respaldar el derecho a manifestarse, pero también defender el derecho de quienes quieren trabajar; proteger al comerciante cuyo negocio es destruido; respaldar al conductor cuyo vehículo es atacado; defender el Metro que utilizan diariamente los trabajadores; y apoyar a los funcionarios policiales que enfrentan situaciones de violencia.

No existe democracia si solamente se protegen los derechos de quienes protestan y se relativizan los derechos de quienes sufren las consecuencias de la violencia.


De la barricada política al discurso internacional

Lo paradójico es que Boric hoy reivindique con fuerza la defensa de la democracia en escenarios internacionales. Es perfectamente legítimo que un expresidente evolucione políticamente. Las personas pueden cambiar de opinión y reconocer sus errores. Lo que resulta mucho más difícil de aceptar es que esa evolución no vaya acompañada de una autocrítica equivalente.

Si Boric considera hoy que las democracias deben ser defendidas frente al populismo, el autoritarismo y la violencia política, entonces debería explicar también qué aprendió de 2019. Porque la democracia no puede convertirse en una palabra de exportación: una convicción que se proclama desde una tribuna internacional, pero que se relativiza cuando quienes desafían el orden democrático pertenecen al propio sector político.


La diferencia entre protestar y destruir

Chile necesita recuperar una distinción que durante el estallido delictual fue deliberadamente difuminada: protestar no es destruir; manifestarse no es saquear; reclamar no es incendiar; y disentir políticamente no es atacar a las instituciones.

Una democracia puede convivir con la protesta más dura y con la crítica más severa al gobierno de turno. Lo que no puede tolerar indefinidamente es que la violencia sea utilizada como mecanismo de negociación política.

El gran error de la izquierda chilena durante 2019 fue creer que podía convivir con esa violencia porque eventualmente terminaría beneficiándola políticamente. Pero cuando un sector político descubre que la presión callejera puede conseguir aquello que no logra obtener en las urnas, el incentivo es perverso: la calle comienza a reemplazar al voto. Y eso es precisamente lo que una democracia responsable debe impedir.


La deuda pendiente de la autocrítica

Boric no necesita renegar de todas sus convicciones políticas para hacer una autocrítica. Tampoco necesita desconocer las legítimas demandas sociales que existían en 2019. Necesita algo mucho más sencillo: reconocer que la violencia política nunca debió ser normalizada ni convertida en una herramienta legítima de presión contra un gobierno democráticamente elegido.

Porque si algo enseñó el estallido fue que las instituciones democráticas pueden ser mucho más frágiles de lo que parecen.

Por eso, antes de presentarse nuevamente como un paladín de la democracia, Boric debería responder una pregunta que continúa pendiente: cuando tuvo que escoger entre la defensa firme de las instituciones y la legitimación política de una calle dominada por la violencia, ¿de qué lado estuvo realmente?

La democracia chilena sobrevivió. Sobrevivieron el Congreso, los tribunales, las elecciones y finalmente las urnas. Pero sobrevivieron también gracias a que millones de chilenos siguieron creyendo en ellas. Y esa es la diferencia fundamental: la democracia no pertenece a quienes gritan más fuerte en la calle, sino a todos los ciudadanos, incluidos aquellos que nunca incendiaron una barricada y que simplemente querían vivir, trabajar y votar en paz.

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