Llamar “fascista” a cualquiera que defienda el orden, la propiedad privada, la seguridad o un Estado más pequeño no demuestra nada: revela, muchas veces, la incapacidad para discutir ideas con argumentos.
| Fascismo y Socialismo. |
La historia, sin embargo, obliga a ser mucho más rigurosos. El fascismo fue una ideología política concreta, surgida en la Europa de entreguerras, profundamente antiliberal, antindividualista y contraria al pluralismo político. No fue simplemente “una derecha más dura”. Tampoco fue sinónimo de conservadurismo, patriotismo, defensa del orden o economía de mercado. Su concepción del Estado era, de hecho, radicalmente distinta de la tradición liberal: Mussolini llegó a resumirla en una fórmula inequívoca: “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”.
El Estado total: la característica que demasiados prefieren olvidar
Aquí aparece una cuestión fundamental que suele desaparecer cuando se utiliza el término fascismo como arma arrojadiza contra la derecha.
El fascismo no pretendía simplemente tener un Estado fuerte para garantizar la seguridad o hacer cumplir la ley. Pretendía subordinar la sociedad al Estado. La diferencia es enorme. Una cosa es sostener que el Estado debe ser firme frente al crimen, proteger las fronteras, garantizar la seguridad nacional y hacer respetar las leyes. Otra completamente distinta es considerar que el individuo, la sociedad civil, las organizaciones intermedias y la actividad económica deben quedar subordinados a los objetivos políticos definidos por el Estado.
El liberalismo clásico parte precisamente de la premisa contraria: el Estado es necesario, pero su poder debe tener límites. La propiedad privada, la libertad individual, la libertad económica y la autonomía de la sociedad constituyen ámbitos que el poder político no puede absorber a voluntad. John Locke, Alexis de Tocqueville, Friedrich Hayek y Milton Friedman pueden discrepar profundamente entre sí, pero ninguno sostuvo que la sociedad debiera quedar absorbida por el Estado.
Por eso existe una contradicción evidente en llamar “fascista” a alguien simplemente porque quiere menos Estado. Si una persona propone reducir burocracia, eliminar organismos innecesarios, bajar impuestos y ampliar el espacio de decisión de los individuos, podrá estar equivocada —y sus propuestas podrán ser discutidas—, pero resulta intelectualmente absurdo convertir automáticamente esas posiciones en fascismo.
Fascismo y comunismo: enemigos irreconciliables, pero con una raíz totalitaria común
Aquí conviene introducir una distinción que suele ser incómoda para los relatos políticos simplificados. El fascismo italiano y el comunismo marxista fueron enemigos feroces. Se enfrentaron política, ideológica y físicamente, y el fascismo construyó buena parte de su identidad en oposición al movimiento comunista. Pero sería un error interpretar ese enfrentamiento como prueba de que ambas doctrinas eran polos absolutamente opuestos en todos sus fundamentos.
Fascismo y comunismo chocaban porque ambos aspiraban a ejercer un poder político de carácter totalizante, aunque lo justificaban desde concepciones ideológicas diferentes. El fascismo lo hacía en nombre del Estado, la nación y una concepción orgánica de la comunidad nacional; el comunismo marxista lo hacía en nombre de la revolución, la lucha de clases, la dictadura del proletariado y la construcción de una sociedad sin estamentos sociales.
Su enemigo inmediato podía ser el mismo —el otro totalitarismo— precisamente porque ambos rechazaban el pluralismo liberal y la existencia de ámbitos de autonomía completamente independientes del poder político.
Eso explica una paradoja histórica que merece ser estudiada sin consignas: fascismo y comunismo podían ser enemigos mortales y, al mismo tiempo, compartir una profunda desconfianza hacia el liberalismo y una profunda concepción estatista de la organización social. Que se combatieran entre sí no significa que uno fuera liberal porque combatía al otro.
Naturalmente, esto no significa que fascismo y comunismo fueran idénticos. No lo fueron. Tenían fundamentos doctrinarios, objetivos, concepciones nacionales y estructuras políticas diferentes. El propio estudio histórico del fascismo exige evitar la simplificación de reducirlo a una variante del marxismo o a una simple versión de la derecha tradicional.
Pero tampoco corresponde cometer el error inverso: presentar al fascismo como la consecuencia natural de cualquier posición situada a la derecha del espectro político.
El fascismo no fue el Estado pequeño
Esta es quizás la contradicción más evidente de la acusación contemporánea al decirle "facho" a alguien de derecha. Si una persona propone disminuir el tamaño del Estado, reducir ministerios, bajar impuestos, desregular sectores económicos, fortalecer la propiedad privada y entregar mayor autonomía a las personas, resulta difícil comprender bajo qué criterio histórico eso constituiría fascismo.
El fascismo no soñaba con un Estado pequeño. Soñaba con un Estado total. Su corporativismo tampoco equivalía al libre mercado. Buscaba integrar y subordinar las fuerzas sociales y económicas dentro de una estructura política dirigida por el Estado. La iniciativa privada podía existir, pero no como un derecho absoluto capaz de limitar la voluntad política del régimen. La economía quedaba subordinada a los objetivos superiores definidos por el Estado y la nación.
Por eso es perfectamente posible que un régimen fascista haya mantenido empresas privadas y propiedad privada sin convertirse por ello en liberal. La pregunta fundamental no es simplemente quién posee una empresa, sino quién tiene la última palabra sobre la sociedad y la economía.
En el liberalismo, el poder político encuentra límites. En el fascismo, la sociedad queda subordinada a los fines políticos del Estado. Esa diferencia no es un detalle: es una frontera ideológica fundamental.
La derecha democrática no tiene que pedir perdón por defender el orden
Existe otra confusión particularmente dañina: asumir que toda defensa firme de la autoridad constituye autoritarismo. Una democracia necesita autoridad. Necesita policías capaces de combatir a los delincuentes, tribunales capaces de aplicar las leyes, fronteras controladas, instituciones que funcionen y un Estado capaz de garantizar la seguridad de sus ciudadanos.
Pedir que el Estado cumpla esas funciones no significa pedir un régimen totalitario. Del mismo modo, defender la familia, la propiedad privada, la libertad económica, la responsabilidad individual o una política migratoria estricta no convierte automáticamente a nadie en fascista. Son posiciones que pueden ser discutidas democráticamente y que existen dentro de distintas corrientes conservadoras, liberales y de centroderecha.
La verdadera diferencia está en otra parte: ¿se quiere un Estado fuerte en sus funciones esenciales o un Estado sin límites sobre la sociedad? El primero puede ser perfectamente democrático. El segundo es otra cosa.
La palabra “fascista” como sustituto de la discusión
La utilización indiscriminada de la palabra “fascista” termina produciendo un efecto paradójico: impide reconocer al fascismo cuando realmente aparece.
Si fascista significa simplemente “persona de derecha que defiende la seguridad”, “persona que quiere bajar impuestos” o “persona que está en contra de la inmigración ilegal”, entonces el concepto deja de describir una doctrina histórica y se transforma en un insulto político. Y cuando una palabra puede significar prácticamente cualquier cosa, termina sin significar nada.
Si alguien considera que bajar impuestos es un error, debe explicar por qué. Si cree que reducir ministerios perjudicará al Estado, debe demostrarlo. Si piensa que una política migratoria más estricta es injusta o ineficaz, debe argumentarlo. Si rechaza penas más duras para determinados delitos, corresponde explicar las razones jurídicas o criminológicas. Eso es democracia. Decir simplemente “fascista” no responde ninguna de esas preguntas.
Antes de llamar fascista a alguien, definamos el fascismo
- No es fascista quien simplemente pide más seguridad.
- No es fascista quien defiende el control de las fronteras.
- No es fascista quien protege la propiedad privada.
- No es fascista quien quiere bajar impuestos.
- No es fascista quien pretende reducir la burocracia.
- No es fascista quien defiende un Estado limitado.
- No es fascista quien discrepa de la izquierda.
- No es fascista quien sostiene posiciones conservadoras.
Todas esas ideas pueden ser criticadas. Todas pueden ser discutidas. Algunas pueden incluso ser equivocadas. Pero ninguna se convierte mágicamente en fascista por estar ubicada en la derecha.
Si alguien quiere demostrar que un movimiento es realmente fascista, tiene que hacer algo mucho más serio que lanzar un insulto: demostrar que ese movimiento abraza elementos fundamentales de esa tradición histórica, como el antiliberalismo, el rechazo del pluralismo, el autoritarismo y la subordinación de la sociedad a un poder político totalizante.
Porque una democracia adulta no puede funcionar sobre la base de etiquetas lanzadas como piedras. Y hay una última ironía que conviene recordar: quienes convierten “fascista” en sinónimo de “derechista” terminan haciendo precisamente lo que dicen combatir: reemplazan el análisis histórico por una consigna ridícula y sin fundamentos.
El fascismo fue una ideología específica. El comunismo fue otra. Ambas tuvieron diferencias profundas, pero también compartieron elementos totalitarios y una fuerte concepción estatista que las enfrentó con la tradición liberal. La derecha democrática y liberal, en cambio, parte de una premisa radicalmente distinta: el Estado existe para servir a la sociedad y proteger sus derechos, no para absorberla.
Por eso, antes de gritar “¡fascista!”, quizá convendría volver a una pregunta mucho más incómoda y mucho más democrática: ¿Qué parte exacta de esta propuesta es fascista?
Y si no existe una respuesta histórica, doctrinaria e institucionalmente demostrable, probablemente no estamos ante un análisis político. Estamos simplemente ante un insulto.