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viernes, 28 de agosto de 2026

Fascismo y comunismo: dos ideologías nefastas unidas por el estatismo

Llamar “fascista” a cualquiera que defienda el orden, la propiedad privada, la seguridad o un Estado más pequeño no demuestra nada: revela, muchas veces, la incapacidad para discutir ideas con argumentos.


Fascismo y Socialismo.
Hay palabras que, de tanto utilizarlas como insulto, terminan perdiendo su verdadero significado. “Fascista” es probablemente una de las más abusadas del lenguaje político contemporáneo. En Chile, y particularmente en las redes sociales, basta con que alguien de derecha proponga reducir impuestos, disminuir ministerios, combatir con mayor firmeza la delincuencia, controlar la inmigración ilegal, defender la propiedad privada o reivindicar el orden público para que aparezca inevitablemente el ridículo calificativo de “facho”. El problema es que esa acusación no constituye un argumento. Es una etiqueta absurda, que pretende cerrar la discusión antes de comenzarla.

La historia, sin embargo, obliga a ser mucho más rigurosos. El fascismo fue una ideología política concreta, surgida en la Europa de entreguerras, profundamente antiliberal, antindividualista y contraria al pluralismo político. No fue simplemente “una derecha más dura”. Tampoco fue sinónimo de conservadurismo, patriotismo, defensa del orden o economía de mercado. Su concepción del Estado era, de hecho, radicalmente distinta de la tradición liberal: Mussolini llegó a resumirla en una fórmula inequívoca: “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”.


El Estado total: la característica que demasiados prefieren olvidar

Aquí aparece una cuestión fundamental que suele desaparecer cuando se utiliza el término fascismo como arma arrojadiza contra la derecha.

El fascismo no pretendía simplemente tener un Estado fuerte para garantizar la seguridad o hacer cumplir la ley. Pretendía subordinar la sociedad al Estado. La diferencia es enorme. Una cosa es sostener que el Estado debe ser firme frente al crimen, proteger las fronteras, garantizar la seguridad nacional y hacer respetar las leyes. Otra completamente distinta es considerar que el individuo, la sociedad civil, las organizaciones intermedias y la actividad económica deben quedar subordinados a los objetivos políticos definidos por el Estado.

El liberalismo clásico parte precisamente de la premisa contraria: el Estado es necesario, pero su poder debe tener límites. La propiedad privada, la libertad individual, la libertad económica y la autonomía de la sociedad constituyen ámbitos que el poder político no puede absorber a voluntad. John Locke, Alexis de Tocqueville, Friedrich Hayek y Milton Friedman pueden discrepar profundamente entre sí, pero ninguno sostuvo que la sociedad debiera quedar absorbida por el Estado.

Por eso existe una contradicción evidente en llamar “fascista” a alguien simplemente porque quiere menos Estado. Si una persona propone reducir burocracia, eliminar organismos innecesarios, bajar impuestos y ampliar el espacio de decisión de los individuos, podrá estar equivocada —y sus propuestas podrán ser discutidas—, pero resulta intelectualmente absurdo convertir automáticamente esas posiciones en fascismo.


Fascismo y comunismo: enemigos irreconciliables, pero con una raíz totalitaria común

Aquí conviene introducir una distinción que suele ser incómoda para los relatos políticos simplificados. El fascismo italiano y el comunismo marxista fueron enemigos feroces. Se enfrentaron política, ideológica y físicamente, y el fascismo construyó buena parte de su identidad en oposición al movimiento comunista. Pero sería un error interpretar ese enfrentamiento como prueba de que ambas doctrinas eran polos absolutamente opuestos en todos sus fundamentos.

Fascismo y comunismo chocaban porque ambos aspiraban a ejercer un poder político de carácter totalizante, aunque lo justificaban desde concepciones ideológicas diferentes. El fascismo lo hacía en nombre del Estado, la nación y una concepción orgánica de la comunidad nacional; el comunismo marxista lo hacía en nombre de la revolución, la lucha de clases, la dictadura del proletariado y la construcción de una sociedad sin estamentos sociales.

Su enemigo inmediato podía ser el mismo —el otro totalitarismo— precisamente porque ambos rechazaban el pluralismo liberal y la existencia de ámbitos de autonomía completamente independientes del poder político.

Eso explica una paradoja histórica que merece ser estudiada sin consignas: fascismo y comunismo podían ser enemigos mortales y, al mismo tiempo, compartir una profunda desconfianza hacia el liberalismo y una profunda concepción estatista de la organización social. Que se combatieran entre sí no significa que uno fuera liberal porque combatía al otro.

Naturalmente, esto no significa que fascismo y comunismo fueran idénticos. No lo fueron. Tenían fundamentos doctrinarios, objetivos, concepciones nacionales y estructuras políticas diferentes. El propio estudio histórico del fascismo exige evitar la simplificación de reducirlo a una variante del marxismo o a una simple versión de la derecha tradicional.

Pero tampoco corresponde cometer el error inverso: presentar al fascismo como la consecuencia natural de cualquier posición situada a la derecha del espectro político.


El fascismo no fue el Estado pequeño

Esta es quizás la contradicción más evidente de la acusación contemporánea al decirle "facho" a alguien de derecha. Si una persona propone disminuir el tamaño del Estado, reducir ministerios, bajar impuestos, desregular sectores económicos, fortalecer la propiedad privada y entregar mayor autonomía a las personas, resulta difícil comprender bajo qué criterio histórico eso constituiría fascismo.

El fascismo no soñaba con un Estado pequeño. Soñaba con un Estado total. Su corporativismo tampoco equivalía al libre mercado. Buscaba integrar y subordinar las fuerzas sociales y económicas dentro de una estructura política dirigida por el Estado. La iniciativa privada podía existir, pero no como un derecho absoluto capaz de limitar la voluntad política del régimen. La economía quedaba subordinada a los objetivos superiores definidos por el Estado y la nación.

Por eso es perfectamente posible que un régimen fascista haya mantenido empresas privadas y propiedad privada sin convertirse por ello en liberal. La pregunta fundamental no es simplemente quién posee una empresa, sino quién tiene la última palabra sobre la sociedad y la economía.

En el liberalismo, el poder político encuentra límites. En el fascismo, la sociedad queda subordinada a los fines políticos del Estado. Esa diferencia no es un detalle: es una frontera ideológica fundamental.


La derecha democrática no tiene que pedir perdón por defender el orden

Existe otra confusión particularmente dañina: asumir que toda defensa firme de la autoridad constituye autoritarismo. Una democracia necesita autoridad. Necesita policías capaces de combatir a los delincuentes, tribunales capaces de aplicar las leyes, fronteras controladas, instituciones que funcionen y un Estado capaz de garantizar la seguridad de sus ciudadanos.

Pedir que el Estado cumpla esas funciones no significa pedir un régimen totalitario. Del mismo modo, defender la familia, la propiedad privada, la libertad económica, la responsabilidad individual o una política migratoria estricta no convierte automáticamente a nadie en fascista. Son posiciones que pueden ser discutidas democráticamente y que existen dentro de distintas corrientes conservadoras, liberales y de centroderecha.

La verdadera diferencia está en otra parte: ¿se quiere un Estado fuerte en sus funciones esenciales o un Estado sin límites sobre la sociedad? El primero puede ser perfectamente democrático. El segundo es otra cosa.


La palabra “fascista” como sustituto de la discusión

La utilización indiscriminada de la palabra “fascista” termina produciendo un efecto paradójico: impide reconocer al fascismo cuando realmente aparece.

Si fascista significa simplemente “persona de derecha que defiende la seguridad”, “persona que quiere bajar impuestos” o “persona que está en contra de la inmigración ilegal”, entonces el concepto deja de describir una doctrina histórica y se transforma en un insulto político. Y cuando una palabra puede significar prácticamente cualquier cosa, termina sin significar nada.

Si alguien considera que bajar impuestos es un error, debe explicar por qué. Si cree que reducir ministerios perjudicará al Estado, debe demostrarlo. Si piensa que una política migratoria más estricta es injusta o ineficaz, debe argumentarlo. Si rechaza penas más duras para determinados delitos, corresponde explicar las razones jurídicas o criminológicas. Eso es democracia. Decir simplemente “fascista” no responde ninguna de esas preguntas.


Antes de llamar fascista a alguien, definamos el fascismo

  • No es fascista quien simplemente pide más seguridad.
  • No es fascista quien defiende el control de las fronteras.
  • No es fascista quien protege la propiedad privada.
  • No es fascista quien quiere bajar impuestos.
  • No es fascista quien pretende reducir la burocracia.
  • No es fascista quien defiende un Estado limitado.
  • No es fascista quien discrepa de la izquierda.
  • No es fascista quien sostiene posiciones conservadoras.

Todas esas ideas pueden ser criticadas. Todas pueden ser discutidas. Algunas pueden incluso ser equivocadas. Pero ninguna se convierte mágicamente en fascista por estar ubicada en la derecha.

Si alguien quiere demostrar que un movimiento es realmente fascista, tiene que hacer algo mucho más serio que lanzar un insulto: demostrar que ese movimiento abraza elementos fundamentales de esa tradición histórica, como el antiliberalismo, el rechazo del pluralismo, el autoritarismo y la subordinación de la sociedad a un poder político totalizante.

Porque una democracia adulta no puede funcionar sobre la base de etiquetas lanzadas como piedras. Y hay una última ironía que conviene recordar: quienes convierten “fascista” en sinónimo de “derechista” terminan haciendo precisamente lo que dicen combatir: reemplazan el análisis histórico por una consigna ridícula y sin fundamentos.

El fascismo fue una ideología específica. El comunismo fue otra. Ambas tuvieron diferencias profundas, pero también compartieron elementos totalitarios y una fuerte concepción estatista que las enfrentó con la tradición liberal. La derecha democrática y liberal, en cambio, parte de una premisa radicalmente distinta: el Estado existe para servir a la sociedad y proteger sus derechos, no para absorberla.

Por eso, antes de gritar “¡fascista!”, quizá convendría volver a una pregunta mucho más incómoda y mucho más democrática: ¿Qué parte exacta de esta propuesta es fascista?

Y si no existe una respuesta histórica, doctrinaria e institucionalmente demostrable, probablemente no estamos ante un análisis político. Estamos simplemente ante un insulto.

miércoles, 26 de agosto de 2026

El Fascismo era más cercano a la izquierda que a la derecha: “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”

Llamar “fascista” a cualquiera que defienda el orden, la propiedad privada, los impuestos bajos o un Estado más pequeño no es un argumento político: es una forma de evitar el debate. La historia del fascismo italiano muestra, precisamente, que se trató de una doctrina profundamente antiliberal, antindividualista y partidaria de subordinar la sociedad al Estado.


Mussolini y Allende (IA).

Hay palabras que alguna vez tuvieron un significado político preciso y que, a fuerza de ser utilizadas como insulto, terminaron perdiendo buena parte de su contenido, y que muchos la usan como algo diametralmente opuesto a lo que es en verdad. “Fascista” es probablemente el ejemplo más evidente.

En buena parte del debate político contemporáneo, especialmente en las redes sociales, basta con que alguien de derecha defienda la reducción del gasto público, la propiedad privada, la libertad económica, el endurecimiento de las penas contra los delincuentes, el control de la inmigración ilegal o la disminución del tamaño del Estado para que aparezca inmediatamente la ridícula acusación: “¡fascista!”.

La maniobra es intelectualmente cómoda. No es necesario demostrar que el adversario quiere abolir la democracia, destruir el pluralismo político, eliminar las libertades civiles o establecer un régimen totalitario. Basta con pegarle una etiqueta moralmente tóxica y dar por terminado el debate.

El problema es que, cuando se utiliza el concepto de fascismo para describir prácticamente cualquier posición de derecha, la palabra termina significando todo y, por lo mismo, nada. Y aquí conviene hacer algo que el debate contemporáneo parece haber olvidado: volver a la historia.


Antes de llamar “fascista” a alguien, habría que saber qué fue el fascismo

El fascismo histórico no fue simplemente “una derecha muy dura”. Tampoco fue sinónimo de conservadurismo, patriotismo, defensa del orden o capitalismo. Fue una ideología política específica, surgida en la Europa de entreguerras, que rechazó elementos fundamentales de la tradición liberal: el individualismo, el parlamentarismo, el pluralismo político y la concepción de la libertad como un ámbito de autonomía frente al poder estatal. La propia doctrina fascista proporciona una de las mejores pruebas.

Benito Mussolini resumió en 1927 su concepción del Estado con una fórmula extraordinariamente explícita: “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. En el mismo contexto definía al régimen corporativo como un Estado que controlaba las fuerzas políticas, morales y económicas de la sociedad.

Con el Fascismo no estamos ante una defensa del “Estado pequeño”. Estamos ante la subordinación de la sociedad al Estado. 

La investigación histórica contemporánea sigue reconociendo el carácter profundamente antiliberal del fascismo, aunque también advierte —correctamente— que su relación con el liberalismo económico fue más compleja de lo que algunas simplificaciones permiten afirmar. Esa precisión es importante, porque la realidad histórica siempre es más compleja que una consigna.


Mussolini no ocultaba su oposición al liberalismo

Hay una evidencia particularmente difícil de discutir: Mussolini declaró expresamente que el fascismo era contrario al liberalismo tanto en política como en economía.

En La doctrina del fascismo, publicada en 1932 y vinculada también al pensamiento del filósofo Giovanni Gentile, se afirma que el fascismo estaba “en absoluta oposición” a las doctrinas liberales tanto en el ámbito político como en el económico. El fascismo rechazaba además la concepción liberal que situaba al individuo como realidad anterior y autónoma respecto del Estado. Esto no significa que la economía fascista fuera idéntica a la soviética. Sería igualmente incorrecto.

El fascismo italiano permitió la propiedad privada y utilizó algunas empresas privadas. Incluso dirigentes fascistas como Alfredo Rocco defendieron en determinados contextos la iniciativa económica privada. Pero ahí aparece una diferencia fundamental: para el fascismo, la libertad económica no era un derecho individual absoluto, sino un instrumento subordinado a los fines del Estado y de la nación.

Rocco lo explicó con claridad: el fascismo podía aceptar la libertad económica como método cuando resultaba útil para los fines sociales definidos políticamente, pero no como un principio superior que limitara al Estado. Esa diferencia es gigantesca.


El corporativismo: ni libre mercado ni socialismo marxista

Uno de los errores más habituales consiste en imaginar que sólo existen dos posibilidades: capitalismo liberal o socialismo marxista. El fascismo intentó construir una tercera fórmula.

El corporativismo buscaba organizar la economía mediante corporaciones y estructuras en las que trabajadores, empresarios y otros sectores quedaban integrados dentro de un sistema político dirigido por el Estado. La autonomía de los distintos grupos sociales quedaba subordinada a los objetivos nacionales definidos por el régimen. Por eso resulta más preciso decir que el fascismo fue antiliberal y corporativista, antes que simplemente etiquetarlo como “socialista” o “capitalista”.

El historiador Roger Griffin y otros estudiosos del fascismo han mostrado precisamente la necesidad de estudiar esta corriente como una ideología propia, con elementos tomados de diferentes tradiciones políticas.

También Zeev Sternhell estudió el fascismo como una síntesis ideológica que rompía con las categorías tradicionales de izquierda y derecha. Renzo De Felice, uno de los grandes historiadores del fascismo italiano, insistió igualmente en su carácter particular y en la necesidad de no reducirlo a una simple variante del conservadurismo tradicional. Por eso la afirmación seria no es “el fascismo era exactamente igual al comunismo”. No lo era.

La afirmación históricamente defendible es otra: el fascismo rechazó el liberalismo clásico y buscó subordinar al individuo, la economía y las organizaciones sociales a una concepción política superior del Estado y de la nación.


El fascismo tampoco fue una derecha liberal

Aquí está el punto que la muletilla “facho” pretende borrar. Una persona que propone bajar impuestos, reducir ministerios, disminuir regulaciones, fortalecer la propiedad privada, ampliar la libertad contractual y entregar mayor espacio a la iniciativa privada no está defendiendo, por definición, una doctrina fascista. Está defendiendo ideas que se encuentran mucho más cerca de la tradición liberal clásica.

John Locke había situado la propiedad y los derechos individuales como límites al poder político. Friedrich Hayek sostuvo que una sociedad libre necesita restringir la capacidad de las autoridades para imponer una planificación central sobre la vida económica. Milton Friedman defendió la libertad económica como componente esencial de una sociedad libre y mostró la estrecha relación existente entre libertad económica y libertad política. Ninguno de esos autores propuso “todo dentro del Estado”. Precisamente lo contrario.

En Hayek, la sociedad libre se caracteriza por la existencia de múltiples centros de decisión que no dependen de una autoridad central. En Friedman, el mercado permite que millones de personas coordinen sus decisiones sin que una autoridad política tenga que decidir qué debe producir cada individuo. En la tradición liberal clásica, el Estado es necesario, pero no es el dueño de la sociedad. Eso marca una frontera conceptual enorme respecto del fascismo.

Pero hay que ser intelectualmente honestos: fascismo y liberalismo económico tuvieron algunas zonas de contacto. Aquí es donde una crítica seria a la muletilla “fascista” debe diferenciarse de una simple defensa partidista.

No sería correcto afirmar que toda política económica aplicada por Mussolini fue estatización pura ni que el fascismo italiano rechazó siempre y en todo lugar la iniciativa privada.

La historiografía reciente ha mostrado que existieron sectores del fascismo vinculados al liberalismo económico y que durante determinados períodos se aplicaron algunas políticas favorables a la empresa privada y a la disciplina fiscal. El propio régimen mantuvo la propiedad privada.

Por eso reducir la cuestión a “fascismo = Estado dueño de todo” sería demasiado simple. Pero esa complejidad no salva la acusación de que la derecha liberal sea fascista. Porque la cuestión decisiva no es si un régimen fascista podía permitir una empresa privada. La cuestión es quién tenía la última palabra.

En el liberalismo, la propiedad y la libertad económica constituyen ámbitos protegidos frente al poder político. En el fascismo, la economía quedaba integrada dentro de los objetivos políticos del Estado. La diferencia entre ambas concepciones es precisamente la diferencia entre la autonomía de la sociedad frente al poder y la subordinación de la sociedad al poder.


El Estado limitado es precisamente lo contrario del Estado total

Hay una ironía particularmente evidente en el debate chileno. Algunas de las personas que califican de “fascista” a quien propone reducir ministerios, eliminar burocracia, disminuir impuestos o entregar más decisiones a las personas parecen desconocer que una de las características centrales del liberalismo político es precisamente la preocupación por limitar el poder estatal.

El principio de un Estado limitado no significa ausencia de Estado. Significa que el Estado tiene funciones fundamentales —seguridad, justicia, defensa, infraestructura, protección de derechos, entre otras—, pero que su poder no es ilimitado.

John Stuart Mill, Alexis de Tocqueville, Hayek y Friedman, desde perspectivas muy diferentes entre sí, compartieron una preocupación fundamental: el poder político puede convertirse en una amenaza para la libertad cuando no encuentra límites institucionales y sociales suficientes. El fascismo caminó en la dirección contraria a todo eso.

El Estado fascista no quería simplemente administrar mejor. Quería transformar la sociedad. Quería producir una comunidad política integral, disciplinada y subordinada a una concepción determinada de la nación. La diferencia es evidente.


¿Y qué hacemos con la palabra “facho”?

Hay una razón todavía más importante para abandonar su utilización indiscriminada. Porque llamar fascista a todo aquel que está a la derecha termina haciendo imposible identificar al verdadero fascismo.

Si “fascista” significa simplemente “persona de derecha que no me gusta”, entonces deja de servir para describir a una ideología histórica caracterizada por el ultranacionalismo, el autoritarismo, el antiliberalismo, el rechazo del pluralismo democrático y la subordinación del individuo a una concepción orgánica de la nación y del Estado.

La banalización del concepto termina siendo contraproducente incluso para quienes realmente quieren combatir el fascismo. Una sociedad democrática necesita palabras precisas. 

  • No es fascista quien pide más seguridad.
  • No es fascista quien quiere fronteras controladas.
  • No es fascista quien defiende la propiedad privada.
  • No es fascista quien quiere bajar impuestos.
  • No es fascista quien quiere reducir el tamaño del Estado.
  • No es fascista quien discrepa de la izquierda.
  • No es fascista quien defiende posiciones conservadoras sobre la familia, la cultura o la sociedad.

Todas esas ideas pueden ser discutidas, criticadas e incluso rechazadas por muchos sectores políticos. Pero discutirlas exige argumentos.


El verdadero problema es la pereza intelectual de la izquierda

El uso compulsivo de “fascista” tiene, en realidad, un efecto político bastante pobre: permite reemplazar la refutación por la descalificación.

  • Si alguien propone reducir impuestos, hay que explicar por qué eso sería fiscalmente irresponsable.
  • Si propone reducir ministerios, hay que demostrar por qué esos ministerios son indispensables.
  • Si defiende mayor control fronterizo, hay que discutir sus consecuencias económicas, jurídicas y humanitarias.
  • Si propone penas más severas, corresponde debatir su eficacia criminológica.

Eso es política. Decir “¡fascista!” no responde ninguna de esas preguntas. Es simplemente una manera de no responder. Y la paradoja histórica es formidable: el fascismo real fue una doctrina profundamente hostil al liberalismo político y al individualismo que buena parte de la izquierda utiliza como blanco para atacar a la derecha liberal contemporánea.

Eso no convierte automáticamente a la izquierda en fascista. Sería cometer exactamente el mismo error conceptual al revés. Pero sí demuestra algo elemental: las etiquetas ideológicas no pueden reemplazar el análisis histórico.


Una democracia adulta no se fundamenta en epítetos infundados

La democracia funciona porque reconoce que el adversario político no necesariamente es un enemigo de la sociedad.

Una persona puede ser liberal, conservadora, socialdemócrata, socialista, demócrata cristiana o libertaria y seguir compartiendo con las demás reglas básicas de convivencia democrática. El problema comienza cuando una corriente política se convence de que sus adversarios no son simplemente personas equivocadas, sino encarnaciones del mal absoluto. Ahí desaparece el debate.

Por eso la próxima vez que alguien diga “fascista” porque un ciudadano pidió menos Estado, sería razonable hacer una pregunta muy sencilla: ¿Qué parte de esa propuesta es fascista exactamente?

  • ¿La reducción de impuestos?
  • ¿La propiedad privada?
  • ¿La libertad económica?
  • ¿La reducción de la burocracia?
  • ¿El fortalecimiento del orden público?
  • ¿La defensa de la democracia representativa?

Si la respuesta es afirmativa, entonces el problema no está en la propuesta. Está en la definición de fascismo. Y si quienes utilizan la palabra quieren demostrar que una determinada persona o movimiento es realmente fascista, deberán hacer algo bastante más difícil que lanzar un insulto: demostrarlo con hechos, ideas, instituciones y conductas que correspondan históricamente a esa categoría.

Porque en política, como en cualquier disciplina intelectual seria, las palabras importan. Y cuando “fascista” se transforma en el comodín que se utiliza contra cualquiera que esté a la derecha, deja de ser una categoría histórica y se convierte simplemente en un insulto. Eso podrá servir como un comodín para para salir al paso en una discusión en redes sociales. Pero no sirve para entender la historia tal como ocurrió.

La ideología fascista era estatista... igual que la izquierda

En el debate público chileno y occidental hay un insulto que se ha vuelto costumbre. Cada vez que la derecha o el centro-derecha defiende la libertad económica, la propiedad privada, la reducción del tamaño del Estado o el orden público, aparece el comodín: "¡fachos!", "¡fascistas!" por parte de gente de izquierda o de ultraizquierda. Es un recurso retórico cómodo (y absurdo), porque no obliga a debatir ideas. Basta con etiquetar al adversario como el mal absoluto para no tener que responderle. El problema es que esa etiqueta no solo es intelectualmente perezosa, es históricamente falsa. Y lo es según la definición del propio creador del fascismo.

Mussolini y Allende (IA).
Benito Mussolini, fundador del movimiento fascista, fue explícito en la doctrina. En su discurso ante la Cámara de Diputados el 26 de mayo de 1927 y luego recogido en la doctrina oficial del fascismo, resumió su filosofía política en una frase que no deja lugar a dudas: "Tutto nello Stato, nulla fuori dallo Stato, nulla contro lo Stato", es decir "Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado".

Esa es la esencia del fascismo: estatismo total. No hay ámbito de la vida humana - económico, cultural, educativo, empresarial - que escape al control del Estado. 

Ahora preguntémonos: ¿Qué hay más diametralmente opuesto a esa idea que el ideario de la derecha liberal y el neoliberalismo económico? La derecha moderna, desde Hayek y Milton Friedman hasta hoy, se funda precisamente en lo contrario:

1. Principio de subsidiariedad y Estado limitado. Mientras el fascismo es la absorción de la sociedad por el Estado, la derecha defiende que el Estado debe ser limitado, que la sociedad civil, la familia, la empresa y el individuo son anteriores y superiores al Estado.

2. Economía de mercado vs. Corporativismo estatal. El fascismo implantó un sistema corporativista. La Carta del Lavoro de 1927 estableció que la organización económica debía ser dirigida por el Estado, con control de precios, salarios y producción. Mussolini mismo escribió en La Dottrina del Fascismo (1932, coescrita con el filósofo Giovanni Gentile): "El fascismo es decididamente contrario a las doctrinas del liberalismo, tanto en la esfera política como en la económica". Y agregaba: "El fascismo niega que el bien común pueda ser alcanzado por la invisible mano del liberalismo".

Eso es una declaración de guerra al liberalismo económico. El neoliberalismo cree en la mano invisible; el fascismo cree en la mano visible y todopoderosa del Estado.

3. Propiedad privada: ¿real o nominal? Bajo el fascismo la propiedad se mantenía formalmente, pero el Estado decidía qué producir, cuánto y a qué precio. El economista Ludwig von Mises lo explicó en Omnipotent Government (1944): el fascismo es socialismo con apariencia de capitalismo. Es lo que hoy llamaríamos capitalismo de compadrazgo estatal, no libre mercado.

Por eso historiadores serios como Zeev Sternhell, autor de Ni derecha ni izquierda: la ideología fascista en Francia, y Renzo De Felice, el mayor biógrafo de Mussolini, coinciden en que el fascismo intentó ser una tercera vía. No era ni la derecha clásica conservadora ni la izquierda marxista, sino un movimiento sincrético, revolucionario y antiliberal.

De hecho, el origen del Fascismo es socialista. Mussolini fue director del periódico socialista Avanti!, dirigente del Partido Socialista Italiano y toda su formación fue marxista. Se alejó del socialismo internacionalista no para abrazar el liberalismo, sino para crear un socialismo nacionalista y estatista. De ahí viene el nombre: fasci di combattimento, sindicatos de lucha.


Más de izquierda que de derecha

Si tuviéramos que ubicar al fascismo en el eje económico, que es el eje central de la política moderna, está objetivamente bastante más cerca de la izquierda que de la derecha. Comparten el núcleo filosófico: el colectivismo sobre el individualismo, el Estado como motor y fin de la sociedad, la desconfianza profunda en el mercado y la libertad individual como principio ordenador.

La derecha que defiende el libre mercado, la apertura comercial, la autonomía del Banco Central, la baja de impuestos y la reducción de ministerios está proponiendo exactamente lo opuesto a "todo dentro del Estado". Llamar fascista a quien quiere menos Estado es un oxímoron perfecto.

La izquierda debería tener más cuidado. Cuando banaliza la palabra fascismo para insultar a quien quiere bajar impuestos, no solo miente históricamente, sino que blanquea el verdadero fascismo, que fue y sigue siendo una ideología de Estado gigante, todo-poderoso y aplastante del individuo.


Fuentes principales:

  • Mussolini, B. y Gentile, G. (1932). La dottrina del fascismo. Enciclopedia Italiana.
  • Mussolini, B. (1927). Discurso del 26 de mayo ante la Cámara de Diputados.
  • Carta del Lavoro (1927). Gran Consejo del Fascismo.
  • De Felice, R. (1965-1997). Biografía de Mussolini, 6 volúmenes.
  • Sternhell, Z. (1983). Ni droite ni gauche. L'idéologie fasciste en France.
  • Von Mises, L. (1944). Omnipotent Government: The Rise of the Total State and Total War.
  • Hayek, F. (1944). Camino de servidumbre, Cap. 12: "Las raíces socialistas del nazismo".