martes, 8 de septiembre de 2026

La amenaza silenciosa: adoctrinamiento político en nuestros colegios

  • 1970-1990: la historia de Chile bajo la lupa del adoctrinamiento.
  • El adoctrinamiento escolar: la fábrica de los comunistas del mañana.

Adoctrinamiento político.

Hay una amenaza política que suele pasar inadvertida porque no aparece en las encuestas, no ocupa necesariamente las primeras páginas de los diarios y no se manifiesta en las calles. Se instala silenciosamente en un lugar mucho más importante: las aulas donde se forman las nuevas generaciones de chilenos.

Si en los colegios la historia reciente de Chile comienza a enseñarse desde una determinada interpretación ideológica, presentando a unos como víctimas absolutas, a otros como culpables absolutos y omitiendo deliberadamente hechos, antecedentes o perspectivas incómodas, ya no estamos simplemente ante una clase de Historia. Estamos frente a algo mucho más grave: la utilización de la educación como instrumento de formación política.

Y esto adquiere especial relevancia cuando hablamos del período comprendido entre 1970 y 1990, uno de los capítulos más traumáticos, complejos y decisivos de nuestra historia contemporánea. El gobierno de Salvador Allende, la profunda crisis económica y política que precedió al golpe de Estado de 1973, la intervención militar, las violaciones de los derechos humanos, la persecución política, la transformación económica, la oposición al régimen, el terrorismo, la crisis de los años ochenta y la transición democrática forman parte de una historia demasiado compleja como para ser reducida a una caricatura ideológica.


Enseñar historia no significa fabricar militantes

Una democracia sana necesita que sus estudiantes conozcan los hechos y aprendan a analizarlos. No necesita que salgan de las aulas pensando exactamente lo mismo que sus profesores.

El problema aparece cuando determinadas interpretaciones políticas son presentadas como verdades indiscutibles y otras son descalificadas de antemano. Cuando se seleccionan convenientemente determinados acontecimientos, se silencian otros y se utiliza un lenguaje cargado políticamente, el alumno deja de ser tratado como una persona capaz de elaborar su propio juicio.

La escuela debe enseñar a pensar, no decirle al estudiante qué debe pensar. Y esto debería ser un principio transversal, independientemente de quién gobierne. Si mañana un profesor de derecha utilizara una sala de clases para convertir a sus alumnos en militantes de su sector, también sería inaceptable. La educación pública y privada tiene una responsabilidad demasiado grande como para transformarse en una fábrica de adhesiones políticas.


1970-1990: una historia que no admite simplificaciones

La historia reciente chilena debe ser enseñada completa. Eso significa estudiar el deterioro institucional y la polarización política durante el gobierno de la Unidad Popular, las tensiones sociales y económicas de aquellos años, la crisis constitucional, el pronunciamiento militar del 11 de septiembre de 1973 y posteriormente el régimen militar.

Pero también significa estudiar las violaciones sistemáticas de los derechos humanos cometidas durante el régimen militar del general Augusto Pinochet, sus víctimas y las responsabilidades políticas de los implicados. Significa analizar asimismo el terrorismo político del del MIR y el FPMR, la violencia de grupos armados de extrema izquierda, la crisis económica y el desabastecimiento durante el gobierno de Salvador Allende, el contexto internacional de la Guerra Fría, las transformaciones económicas impulsadas durante los años 80s, la crisis económica de 1982, las protestas vandálicas, el plebiscito de 1988 y el retorno a la democracia. Todo debe estar sobre la mesa.

Porque si un estudiante solamente conoce una parte de la historia, no está siendo educado para comprenderla: está siendo preparado para aceptar una interpretación previamente construida.


El peligro de convertir al profesor en autoridad ideológica

Un profesor tiene una enorme influencia sobre sus alumnos. Esa influencia puede utilizarse para despertar curiosidad intelectual, enseñarles a contrastar fuentes y estimular el pensamiento crítico. Pero también puede utilizarse para imponer una determinada visión política. Ahí está el límite que no deberíamos permitir que se cruce.

El alumno tiene derecho a preguntar. Tiene derecho a discrepar. Tiene derecho incluso a llegar a una conclusión políticamente incómoda para su profesor. Y el profesor tiene la obligación de respetar esa autonomía intelectual.

Una sociedad libre no puede tener miedo de que un adolescente conozca distintas interpretaciones de su historia. Al contrario: una democracia segura de sí misma debe confiar en que sus ciudadanos pueden conocer los hechos, discutirlos y sacar sus propias conclusiones.


La formación de los comunistas del mañana

Desde una perspectiva de la derecha que yo defiendo, aquí existe un desafío político que no puede ser ignorado. La ultraizquierda entiende perfectamente que las grandes batallas culturales no siempre se ganan en el Congreso ni en las elecciones. También se disputan en las universidades, en los medios, en la cultura y, especialmente, en la educación. Por eso sería ingenuo pensar que la batalla por las ideas termina cuando termina una elección.

Pero hay que hacer una precisión fundamental: no todos los profesores de izquierda adoctrinan, ni todos los jóvenes que estudian una determinada interpretación histórica terminan siendo comunistas. Generalizar de esa manera sería injusto y, además, intelectualmente contraproducente.

El verdadero problema aparece cuando cualquier corriente política —y particularmente una corriente totalitaria como el comunismo— intenta utilizar el sistema educativo para formar adhesiones políticas desde edades tempranas. Ahí sí estamos frente a un asunto de extrema gravedad.

Porque un país puede cambiar un gobierno en cuatro años. Puede cambiar un Parlamento en una elección. Incluso puede modificar sus políticas económicas en pocos meses. Pero cambiar las ideas profundamente arraigadas de una generación puede tomar décadas.


La mayor amenaza es perder la batalla intelectual

Por eso, desde la derecha, la respuesta no puede consistir simplemente en denunciar el adoctrinamiento. Hay que disputar las ideas.

Hay que defender una enseñanza histórica rigurosa, basada en documentos, testimonios, investigaciones académicas y fuentes diversas. Hay que exigir que los estudiantes conozcan los crímenes de las dictaduras comunistas del siglo XX con la misma claridad con que conocen los crímenes cometidos por las dictaduras de otros signos ideológicos. Y, sobre todo, hay que defender una idea elemental: ningún profesor, partido político ni corriente ideológica tiene derecho a apropiarse de la conciencia de un niño.

La extrema izquierda puede intentar formar a los comunistas del mañana. La respuesta de una sociedad libre no debe ser formar anticomunistas desde las aulas. Debe ser formar ciudadanos libres. Ciudadanos que conozcan su historia completa. Que sepan distinguir hechos de opiniones. Que puedan escuchar argumentos contrarios sin sentirse amenazados. Que conozcan los horrores del totalitarismo, pero que también comprendan por qué una democracia liberal, con sus defectos y contradicciones, merece ser defendida.

Porque la verdadera amenaza para Chile no es que un joven termine pensando distinto a nosotros. La verdadera amenaza es que una generación entera deje de pensar por sí misma.

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