martes, 8 de septiembre de 2026

Comprar los símbolos de la U y construir un nuevo club con tres estamentos: el modelo que puede cambiar para siempre al equipo del chuncho

  • La adquisición definitiva del nombre, el escudo y el chuncho debería ser el primer paso para diseñar un modelo de administración en que la Universidad de Chile (la casa de estudios), los socios y los accionistas puedan convivir bajo un mismo proyecto. 
  • Azul Azul puede administrar el fútbol profesional y generar rentabilidad para sus inversionistas, pero la identidad y la continuidad histórica de la U deberían quedar en una institución que esté por encima de cualquier concesionaria de turno.
  • Una nueva U para el siglo XXI: socios, universidad e inversionistas unidos por un objetivo común.


Universidad de Chile.

Hay una discusión que Universidad de Chile viene arrastrando desde hace demasiado tiempo. Hemos hablado de concesiones, de controladores, de directorios, de accionistas, de la Casa de Bello y de la necesidad de que el club tenga algún día una institucionalidad verdaderamente estable. Pero quizás estamos mirando el problema desde el lugar equivocado. La pregunta no debería ser solamente quién administra a la U, sino algo mucho más profundo: ¿quién representa institucionalmente a la U?

Porque una cosa es administrar el fútbol profesional y otra muy distinta es ser dueño y custodio de aquello que hace que ese equipo sea, precisamente, Universidad de Chile.

La identidad del club no puede depender eternamente de una sociedad administradora. Y tampoco parece razonable que los derechos sobre símbolos fundamentales permanezcan en una relación de dependencia que pueda transformarse periódicamente en un problema contractual.

Por eso, si algún día la U consigue comprar legítimamente los derechos patrimoniales transferibles sobre sus símbolos, esa operación debería ser aprovechada para algo mucho más grande. Debería ser el punto de partida de una nueva institucionalidad azul.


Azul Azul no es la U

Hay un principio que debería quedar grabado en piedra: Azul Azul no es la U.

Azul Azul es una sociedad que administra el fútbol profesional. Puede tener accionistas, un directorio, ejecutivos, inversionistas y un determinado controlador. Puede cambiar de propietarios. Puede modificar su estructura. Incluso algún día puede desaparecer o ser reemplazada por otro modelo. La U, en cambio, no desaparece.

La U existía antes de Azul Azul, antes de la concesión y antes de los actuales accionistas. Existirá después de ellos. Precisamente por eso resulta inconveniente que la propiedad de los elementos esenciales de la identidad azul quede vinculada a una administración empresarial determinada. El propio planteamiento de adquirir los símbolos apunta a que estos deberían quedar radicados en una estructura institucional independiente de la concesionaria. Y ahí aparece una oportunidad extraordinaria.


Crear el verdadero Club Universidad de Chile

La idea sería crear una entidad institucional denominada, por ejemplo, Club Universidad de Chile, cuya función principal sea representar la continuidad histórica, patrimonial e identitaria de la institución deportiva.

No sería una nueva Azul Azul. No sería una competencia para Azul Azul. Y tampoco tendría necesariamente que administrar directamente el plantel profesional.

Sería algo distinto: la institución que representa a la U por encima de la administración circunstancial del fútbol profesional. En ella podrían converger tres grandes estamentos:

  • 1. La Universidad de Chile, como institución madre y origen histórico del club.
  • 2. Los socios y la comunidad histórica del club, representados mediante una estructura como lo fue la antigua CORFUCH o una organización sucesora que agrupe efectivamente a los socios.
  • 3. Los accionistas e inversionistas vinculados al fútbol profesional, que aportan capital, gestión y capacidad empresarial, y que reciben dinero a cambio de su inversión.

Tres mundos distintos. Tres intereses legítimos. Una sola U.


Universidad, socios y accionistas

Aquí está, a mi juicio, la verdadera posibilidad de construir un modelo moderno. No se trata de expulsar a los inversionistas privados, porque son totalmente necesarios en el contexto de la alta competencia del siglo XXI. Tampoco se trata de entregarle nuevamente todo el poder a la universidad. Y mucho menos de imaginar que los socios pueden financiar por sí solos el fútbol profesional moderno. Cada estamento tiene algo que aportar desde lo suyo.

  • La Universidad posee una legitimidad histórica extraordinaria y una relación que jamás debería romperse.
  • Los socios representan la dimensión comunitaria del club, esa tradición según la cual la U no es solamente una empresa deportiva, sino también una institución perteneciente emocionalmente a generaciones de personas.
  • Los accionistas aportan algo igualmente indispensable: capital, inversión, profesionalización, capacidad empresarial y la posibilidad de obtener legítimos réditos económicos por el riesgo que asumen.

No hay que elegir entre socios e inversionistas. Hay que encontrar una fórmula en que ambos puedan existir, y que el club pueda ser el principal beneficiado. Ese debería ser uno de los grandes desafíos institucionales de la U del siglo XXI.


El inversionista tiene derecho a ganar dinero

Hay una cuestión que debemos enfrentar sin complejos. El fútbol profesional actual es una industria. Los inversionistas ponen dinero. Asumen riesgos. Financian operaciones. Participan en proyectos que pueden generar pérdidas o ganancias. Por lo tanto, es perfectamente legítimo que los accionistas obtengan réditos económicos.

El problema no está en que exista lucro. El problema aparece cuando la búsqueda de rentabilidad termina confundida con la propiedad de la identidad del club.

Un accionista debería poder ganar dinero administrando la actividad profesional de Universidad de Chile. Lo que no debería poder hacer es disponer libremente del nombre, el escudo o el chuncho como si fueran activos empresariales ordinarios.

Porque esos elementos pertenecen a una dimensión superior. Son la continuidad institucional de la U. Y los socios también deben tener participación

Al mismo tiempo, tampoco parece razonable construir una nueva institucionalidad donde los hinchas y socios solamente sean consumidores.

La U tiene una historia asociativa. Tiene generaciones de socios. Tiene personas que durante décadas han entendido que ser de la U no consiste únicamente en comprar una entrada o una camiseta. Por eso debería existir una fórmula para que los socios tengan participación institucional real. No necesariamente control absoluto. No necesariamente administración directa del fútbol. Pero sí representación, voz y mecanismos de decisión sobre aquellas materias que comprometan la identidad y la continuidad histórica del club.

El modelo podría establecer que determinados derechos fundamentales requieran mayorías reforzadas o la aprobación de representantes de los distintos estamentos. De esa manera, ningún grupo podría apropiarse completamente de la institución.


Un directorio con tres patas

Una posibilidad sería que el Club Universidad de Chile tuviera un órgano de gobierno con representación de los tres grandes estamentos. Una parte vinculada a la Universidad. Otra elegida o designada por los socios. Y otra vinculada a quienes realizan la inversión y participan del desarrollo económico del fútbol profesional.

No necesariamente en partes idénticas. Lo importante sería establecer contrapesos institucionales. Porque el objetivo no debería ser que un grupo venza a otro. El objetivo debería ser impedir que cualquiera de ellos pueda apropiarse de la U.

La universidad no podría disponer unilateralmente del futuro del club. Los socios tampoco. Los accionistas tampoco. Y Azul Azul tampoco. Todos tendrían participación en el proyecto, pero ninguno sería dueño absoluto de la identidad institucional.


¿Y qué ocurriría con Azul Azul?

Aquí la propuesta se vuelve especialmente interesante. Azul Azul podría continuar administrando el fútbol profesional bajo un esquema empresarial. Podría contratar jugadores. 

  • Negociar auspicios.
  • Vender derechos comerciales.
  • Administrar los ingresos.
  • Tomar decisiones deportivas.
  • Construir infraestructura.
  • Buscar rentabilidad.

Y competir internacionalmente.

Pero existiría una separación fundamental: Azul Azul administraría el fútbol profesional; pero el Club Universidad de Chile custodiaría la identidad institucional. La sociedad administradora utilizaría legítimamente los símbolos porque tendría una relación jurídica con la entidad propietaria. Así, si mañana cambia el controlador de Azul Azul, nada esencial cambia.

  • Si cambia el directorio, nada esencial cambia.
  • Si los actuales accionistas venden sus participaciones, nada esencial cambia.
  • Si algún día Azul Azul deja de administrar el fútbol profesional y aparece otra sociedad, nada esencial cambia.

La nueva administración simplemente celebraría el correspondiente vínculo con el Club Universidad de Chile. Los símbolos sobrevivirían a los administradores.


La compra de los símbolos sería el acto fundacional

Por eso la adquisición de los derechos del nombre, el escudo, el himno y los demás símbolos patrimoniales transferibles debería entenderse como algo mucho más importante que una operación comercial. Sería prácticamente un acto fundacional.

La U compraría legítimamente a la casa de estudios todo aquello que hoy necesita utilizar mediante una relación contractual. El texto base que acá expongo plantea precisamente que esa operación debería realizarse mediante auditoría jurídica, determinación de los derechos transferibles, tasación independiente, negociación y formalización rigurosa.

Pero después de comprar habría que dar el segundo paso: poner esos derechos en una estructura que no pueda ser capturada por una administración de turno, ni tampoco que vuelva a la propiedad de la casa de estudios. Esos símbolos serían del Club Universidad de Chile, y de nadie más. Ese es el punto central.

No tendría mucho sentido gastar una enorme cantidad de dinero para comprar los símbolos y después dejarlos bajo el control absoluto de la misma sociedad que administra circunstancialmente el fútbol. La compra debería servir para separar definitivamente dos conceptos: la administración del negocio y la propiedad de la identidad.


Una suerte de "casa matriz" institucional de la U

El Club Universidad de Chile podría convertirse, conceptualmente, en una especie de casa matriz institucional de la identidad azul. No necesariamente una casa matriz empresarial tradicional. Más bien, una institución que concentre aquello que debe permanecer en el tiempo.

  • El nombre.
  • El escudo.
  • El chuncho.
  • Las marcas que correspondan.
  • El archivo histórico.
  • El patrimonio cultural del club.
  • La memoria institucional.
  • Los elementos fundamentales de la identidad.

Y, además, podría ser la encargada de promover el vínculo entre la U deportiva, sus socios y la Universidad.

Así se produciría algo que hoy parece difícil de conseguir: una institución donde todos puedan sentirse representados.


La Universidad seguiría siendo parte de la historia

Y esto es fundamental. Comprar los símbolos no significa romper con la Universidad de Chile. Todo lo contrario. La Casa de Bello seguiría siendo la cuna histórica de la institución. La relación podría incluso profundizarse. Podrían existir convenios de investigación aplicada al deporte, medicina deportiva, preparación física, psicología, formación de profesionales, becas, actividades culturales, archivos históricos y proyectos académicos.

La universidad podría recuperar un papel relevante en la vida institucional de la U sin necesidad de administrar el fútbol profesional. Eso permitiría superar una discusión que durante años ha parecido binaria: o la universidad controla el club pero sin aportar capital, o el club pierde su nombre y se independiza completamente de la universidad.

Existe una tercera alternativa. La universidad puede ser parte fundamental de la institucionalidad sin ser la administradora del fútbol profesional.

La ide acá es que la compra de los símbolos no tendría por qué significar un divorcio entre ambas instituciones, sino que podría abrir una relación más sana basada en cooperación y convenios.


Una U donde el hincha vuelva a tener voz

Y aquí aparece quizás la parte más emocionante de esta propuesta. Imaginar una U donde el hincha vuelva a tener una representación institucional no significa necesariamente regresar exactamente al modelo de administración del pasado.

La U del futuro necesita profesionalización.

  • Necesita capital.
  • Necesita inversión.
  • Necesita ejecutivos capaces.
  • Necesita competir en un mercado deportivo cada vez más sofisticado.

Pero también necesita algo que ninguna planilla contable puede producir: sentido de pertenencia.

Los socios podrían tener derechos concretos dentro del Club Universidad de Chile.

  • Podrían elegir representantes.
  • Participar en determinadas decisiones.
  • Recibir información institucional.
  • Participar en elecciones internas de aquellas materias que correspondan.

Y, especialmente, tener un papel en la defensa de los elementos esenciales de la identidad azul.

Eso permitiría recuperar una dimensión comunitaria que el fútbol moderno muchas veces ha ido perdiendo. Y los accionistas también tendrían certezas

Paradójicamente, este modelo también podría beneficiar a los inversionistas. Porque un sistema institucional estable genera seguridad. 

El inversionista sabría exactamente qué administra.

  • Sabría cuáles son sus derechos económicos.
  • Sabría cuáles son las reglas.
  • Sabría que puede obtener rentabilidad dentro del negocio profesional.

Pero también sabría que existe un patrimonio identitario protegido que no puede confundirse con la actividad empresarial cotidiana.

Eso reduce incertidumbres y permite separar claramente dos dimensiones que muchas veces terminan chocando: el negocio y la identidad. El negocio necesita flexibilidad. La identidad necesita permanencia. No deberían administrarse de la misma manera.


Los símbolos deben quedar blindados

Una vez que los derechos de los símbolos de la U sean adquiridos, habría que establecer mecanismos especialmente rigurosos para impedir una nueva enajenación irresponsable.

  • El nombre.
  • El escudo.
  • El chuncho.

Los elementos esenciales de la identidad.

No deberían poder venderse mañana para solucionar una crisis financiera, financiar una contratación, satisfacer a un controlador... o volver a la casa de estudios solo porque a algún rector le dio la gana.

La U podría establecer estatutariamente que cualquier decisión que afecte esos elementos requiera mayorías extraordinarias y la participación de los distintos estamentos. Así, los símbolos sobrevivirían a todos:

  • A los presidentes.
  • A los dirigentes.
  • A los entrenadores.
  • A los jugadores.
  • A los accionistas.
  • A los controladores.
  • A Azul Azul.

Porque todos ellos pasan. La U queda.


Una alianza y no una guerra

Este modelo también permitiría terminar con una guerra que muchas veces ha consumido demasiadas energías.

  • Universidad contra el club.
  • Socios contra empresarios.
  • Hinchas contra accionistas.
  • Hinchas contra hinchas.
  • Azul Azul contra la casa de estudios.

No. La propuesta debería ser exactamente la contraria: Universidad + socios + inversionistas.

Cada uno aportando aquello que mejor puede aportar.

  • La Universidad aporta su historia, su legitimidad y su capacidad académica. Reciben reconocimiento.
  • Los socios aportan comunidad, tradición y participación. Reciben el gozo de ser partes de la U.
  • Los inversionistas aportan capital, gestión y desarrollo empresarial. Reciben ganancias monetarias.
  • Azul Azul —mientras sea la administradora— aporta la estructura profesional necesaria para competir. Recibe recaudación monetaria y además reconocimiento.

Todos diferentes. Todos con intereses legítimos. Pero todos trabajando para una misma institución.

La U no necesita un dueño absoluto Quizás esa sea la conclusión más importante. La U no necesita reemplazar un dueño por otro. No necesita pasar de una dependencia universitaria a una dependencia empresarial. Tampoco necesita que los socios pretendan administrar cada decisión del fútbol profesional. Lo que necesita es una arquitectura institucional que distribuya adecuadamente el poder. Que nadie pueda decir "la U es mía". Porque la U no es de una persona. 

  • No es de un controlador.
  • No es de un directorio.
  • No es de un presidente.
  • No es siquiera exclusivamente de quienes hoy poseen acciones.

La U es una institución histórica que debe tener una estructura capaz de sobrevivir a todos ellos. El modelo podría comenzar con una gran operación. La hoja de ruta podría ser relativamente clara.

  • Primero, determinar jurídicamente qué derechos sobre los símbolos pueden ser transferidos.
  • Segundo, realizar una tasación independiente.
  • Tercero, negociar con la Universidad de Chile un precio justo.
  • Cuarto, constituir la entidad institucional que representará al Club Universidad de Chile.
  • Quinto, transferir a esa entidad los derechos adquiridos.
  • Sexto, establecer una gobernanza donde Universidad, socios e inversionistas tengan representación.
  • Séptimo, blindar los símbolos mediante estatutos y mecanismos de decisión reforzados.
  • Octavo, establecer la relación jurídica entre esa entidad y Azul Azul o quien administre en el futuro el fútbol profesional.

El chuncho.
Y noveno, construir una relación permanente de cooperación entre la U deportiva y la Casa de Bello. No sería una revolución improvisada. Sería una evolución institucional.


La U del futuro

Me gusta imaginar una Universidad de Chile donde un niño pueda entrar al estadio y saber que detrás de esa camiseta existe una institución que no depende de quién sea el dueño de una sociedad anónima. Una U donde los inversionistas puedan ganar dinero legítimamente. Donde los socios puedan participar. Donde la Universidad de Chile pueda seguir siendo reconocida como la madre histórica del club. Donde Azul Azul —o quien corresponda en el futuro— pueda administrar profesionalmente el fútbol. Y donde el nombre, el escudo y el chuncho pertenezcan definitivamente a una estructura que represente a la U y no a una administración determinada, ni tampoco a la casa de estudios que esté ajena del financiamiento del club.

Eso sería mucho más que comprar una marca. Sería construir institucionalidad de verdad. Porque quizás la verdadera independencia de Universidad de Chile no consista solamente en tener un estadio propio, un gran centro deportivo o un plantel competitivo. También consiste en que su identidad tenga un hogar jurídico propio. 

  • Un hogar donde puedan convivir universidad, socios e inversionistas.
  • Un hogar que no dependa de una concesionaria.
  • Un hogar que no pueda ser vendido mañana.
  • Un hogar que sobreviva a todos nosotros.

Ese hogar podría llamarse Club Universidad de Chile, y que tendría para sí los símbolos principales del club: la insignia, el nombre y el himno.

Así, la idea sería que algún día logramos ver al chuncho protegido dentro de esa institución, con la Universidad de Chile (casa de estudios) sentada en una mesa, los socios en otra y los inversionistas en otra, todos mirando hacia el mismo lugar, quizás habremos entendido finalmente algo que durante demasiado tiempo hemos olvidado: la U no necesita que uno de sus estamentos gane sobre los otros. Necesita que todos entiendan que, por encima de sus legítimos intereses particulares, existe algo mucho más grande. Existe la U, y la U debe durar para siempre.

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