viernes, 4 de septiembre de 2026

Allendismo llevado al extremo: El insólito fanatismo casi religioso de la ultraizquierda chilena

La ultraizquierda chilena funciona tal como si fuese una religión: Allende es su dios, y la historia torcida es su dogma.

Boric y Allende.

La extrema izquierda chilena es atea.  No cree en Dios, pero una parte de ella parece haber construido una religión propia en base al fanatismo ideológico de sus miembros. Tiene un dios, santos, obispos, sacerdotes, acólitos, templos, libros sagrados y hasta una liturgia basada en la memoria. Su credo fundamental no se discute: se venera. Y su figura central tiene nombre y apellido: Salvador Allende.

Hay algo profundamente paradójico en la ultraizquierda chilena. Se declara materialista, atea y enemiga de toda forma de trascendencia religiosa. Sin embargo, cuando se observa la manera en que algunos de sus sectores se relacionan con su historia, sus símbolos y sus figuras políticas, aparece una estructura que se parece extraordinariamente a la fe de una religión.

No es una religión sobrenatural, por supuesto. Es una religión política, basada en una devoción ideológica: una construcción ideológica que transforma personajes históricos en símbolos intocables, determinados episodios en dogmas, ciertos lugares en espacios de peregrinación y determinados documentos en textos cuya interpretación parece estar reservada a una suerte de sacerdocio autorizado. Y en el centro de ese sistema de creencias aparece Salvador Allende.

En política, las cosas hay que decirlas por su nombre: ese allendismo casi religioso de parte de la ultraizquierda chilena, bien podría ser digno de un profundo estudio psiquiátrico.


El dios de una religión política

Para buena parte de la izquierda radical chilena, Salvador Allende dejó hace mucho tiempo de ser simplemente un expresidente de la República. Se convirtió en un símbolo. En el mártir fundador. En la figura cuya imagen sobrevive al fracaso de su proyecto político. La crítica histórica hacia dicho personaje queda entonces subordinada a la veneración. Pero la historia no funciona así.

Allende llegó a La Moneda en 1970 con el 36,6% de los votos. No recibió un mandato plebiscitario para transformar completamente el sistema político y económico chileno. En una democracia fragmentada, aquello exigía necesariamente diálogo, negociación y búsqueda de acuerdos.

Sin embargo, su gobierno avanzó hacia un proyecto socialista de inspiración marxista que generó una creciente confrontación con otros poderes del Estado y con una parte considerable de la sociedad. De hecho, Allende gobernó de la mano con agrupaciones terroristas como el MIR y el GAP, y eso para la ultraizquierda chilena es más un plus que un problema.

La Contraloría cuestionó actuaciones del Ejecutivo. La Corte Suprema manifestó públicamente su preocupación por el incumplimiento de resoluciones judiciales. Y en agosto de 1973, la Cámara de Diputados acusó al gobierno de graves infracciones constitucionales.

Estos hechos no desaparecen porque Allende haya muerto en La Moneda. Tampoco desaparecen porque posteriormente haya sido convertido en mártir para su sector ideológico. La muerte puede convertir a un político en símbolo, pero no puede convertir sus decisiones en aciertos históricos.

Decir que Salvdor Allende se transformó en una especie de semidiós para una parte importante de la izquierda chilena, no es una exageración. El nivel de culto y veneración absoluta hacia este personaje es realmente enfermizo e inexplicable.


Los "santos" no tan santos

Y, por supuesto, tal como la religión católica tiene santos, la ultraizquierda chilena también los tiene, aunque algunos de sus altares resulten bastante más oscuros que los de cualquier tradición religiosa. Allí aparecen figuras bastante perversas y cuestionables como Ernesto “Che” Guevara, convertido en ícono romántico de la revolución pese a su defensa de la violencia revolucionaria; Fidel Castro, transformado durante décadas en símbolo de resistencia y revolución a pesar de haber encabezado una dictadura que restringió severamente las libertades políticas en Cuba; y el sanguinario Erich Honecker, el dirigente de la República Democrática Alemana que gobernó un régimen comunista represivo detrás del Muro de Berlín. 

Estos tres personajes históricos son los “santos” de una tradición política que, paradójicamente, puede condenar los autoritarismos de derecha mientras relativiza o idealiza los cometidos en nombre de la revolución socialista. Sus rostros aparecen en poleras, murales, afiches, redes sociales y pancartas como si fueran estampitas revolucionarias. Y allí surge una pregunta inevitable: ¿qué clase de ideología política necesita beatificar a hombres que defendieron sistemas donde la libertad individual, el pluralismo político y los derechos fundamentales fueron severamente restringidos?


Sus obispos y sacerdotes: malvados e influyentes

Toda religión necesita una jerarquía. En esta particular religión política, los obispos podrían ser aquellos grandes referentes de la izquierda que mantienen vivo el culto y administran su interpretación histórica: Gabriel Boric, Camila Vallejo y Michelle Bachelet, cada uno desde su propia trayectoria y con diferencias políticas evidentes, pero todos vinculados a una tradición que reivindica determinados símbolos de la izquierda chilena.

Más abajo aparecen los sacerdotes: dirigentes como Giorgio Jackson, Karol Cariola, Jeannette Jara o Daniel Manouchehri, encargados de llevar el discurso izquierdista al terreno cotidiano de la política, defender los relatos establecidos y transmitirlos a nuevas generaciones.

Y después vienen los acólitos. Aquí la metáfora se vuelve especialmente incómoda. Son aquellos sectores que durante determinadas protestas políticas terminaron confundiendo movilización ideológica con destrucción, protesta con violencia y reivindicación con vandalismo. Los encapuchados que quemaron, destruyeron y atacaron bienes públicos y privados; los grupos de terroristas que utilizaron piedras, barricadas e incendios como instrumentos de presión política por la vía de la fuerza bruta.

Pero incluso aquí hay que hacer una distinción fundamental: una cosa es la protesta social legítima y otra muy distinta es la violencia política. No todo manifestante es delincuente, ni toda movilización pertenece a una organización política. La democracia protege la protesta pacífica precisamente porque protege la libertad. Pero también la democracia debe de oponerse con toda la fuerza a aquellas revueltas vandálicas de lapidan la paz y la libertad del resto de los ciudadanos.

Es deber de todo gobierno democrático hacerse respetar: lo que debe rechazarse siempre es convertir la violencia en una herramienta legítima de acción política.


Los templos de la memoria: herramientas de adoctrinamiento

Toda religión tiene lugares sagrados. En esta religión laica aparecen determinados espacios cargados de una enorme significación simbólica: la tumba de Allende, la estatua de Allende y sitios asociados a la memoria de adoctrinamiento político masivo, como Villa Grimaldi o el Museo de la Memoria.

La extrema izquierda chilena suele usar estos sitios como una herramienta de adoctrinamiento ideologico, transformándolos en un instrumento para clausurar el debate histórico.

La historia de Chile merece ser contada, pero desde ambas perspectivas... y eso es justamente lo que no hacen ni la izquierda ni menos la extrema izquierda.


Los libros sagrados: dogmas totalmente irrefutables

Toda religión tiene escrituras sagradas. En esta analogía, los informes Rettig y Valech ocupan un lugar central dentro del relato memorial de la izquierda chilena.

El Informe Rettig y el Informe Valech son documentos hechos por la izquierda y para la izquierda, cuyo contenido aparece como una "verdad" que es absolutamente irrefutable para dichos sectores políticos.

Un informe histórico debe ser estudiado, contextualizado y sometido al análisis crítico propio de cualquier documento. La democracia no puede funcionar sobre la base de textos que se convierten en escrituras intocables cuya sola invocación clausura cualquier discusión sobre hechos históricos que alguna vez ocurrieron en nuestro país.


El pecado original: cuestionar a Allende

Toda religión tiene pecados. En esta religión política, uno de los mayores parece ser cuestionar el mito fundacional. Decir que el gobierno de Salvador Allende fue un fracaso político puede provocar una reacción casi religiosa de parte de los sectores más fanáticos de la izquierda chilena.

El gobierno de Allende tuvo graves responsabilidades políticas en la crisis que desembocó en el quiebre institucional de 1973. El gobierno militrar tuvo, a su vez, responsabilidades gravísimas por las violaciones de derechos humanos cometidas bajo el mandato del general Augusto Pinochet. 

En esto último está uno de los puntos centrales de mi crítica: la ultraizquierda no le reconoce nada a Pinochet, le critica todo... y, en estricto rigor, Pinochet hizo cosas malas pero también hizo cosas muy buenas por nuestro país. La madurez histórica comienza precisamente cuando dejamos de necesitar héroes perfectos y villanos absolutos.


La economía también forma parte del juicio histórico

El culto a Allende suele separar al personaje de los resultados de su gobierno. Pero gobernar significa hacerse responsable de los resultados. La economía chilena experimentó durante la Unidad Popular una inflación extraordinariamente elevada (superior al 600%), escasez, desabastecimiento, mercado negro y una profunda desorganización productiva. El intento de avanzar hacia una economía socialista mediante expropiaciones, controles de precios y una expansión estatal acelerada terminó agravando la crisis.

La intención declarada podía ser construir una sociedad más justa. El resultado fue muy diferente. Y esta es precisamente una de las grandes lecciones que la derecha democrática debería defender: las buenas intenciones no sustituyen a las buenas políticas públicas. Una política económica debe ser juzgada también por sus consecuencias concretas sobre la vida de las personas.


El marxismo que cambió de lenguaje

La religión política de la ultraizquierda tampoco permanece idéntica. El viejo marxismo hablaba abiertamente de lucha de clases, revolución proletaria y transformación de las estructuras económicas. Con el paso del tiempo, buena parte de la izquierda comenzó a utilizar un lenguaje diferente: emancipación, hegemonía, privilegios, dominación, identidades, estructuras y deconstrucción.

Ahora cambió el vocabulario. La pregunta para la derecha democrática es cuánto de aquella antigua concepción del poder permanece detrás del nuevo lenguaje.

El comunismo, como se ha señalado, es una suerte de fósil político que sobrevivió al mundo que lo vio nacer. Pero también aprendió a adaptarse: el viejo lobo descubrió que podía vestirse de oveja. Por eso la batalla política contemporánea no se libra solamente en el Congreso ni en La Moneda.

  • Se libra en la cultura.
  • Se libra en las universidades.
  • Se libra en los medios.
  • Se libra en el lenguaje.

Y se libra, sobre todo, en la capacidad de una sociedad para determinar qué considera normal, aceptable y verdadero.


La derecha no necesita crear su propia religión

Aquí existe una advertencia importante para la derecha. La respuesta a una religión política no puede ser construir otra. La derecha no necesita santos, mártires ni dogmas. Necesita ideas. En política no hay que defender ni a políticos ni a personajes históricos: hay que defender ideas.

La derecha debe defender la libertad individual, la propiedad privada, el emprendimiento, la seguridad, el Estado de Derecho, la separación de poderes y la igualdad ante la ley. Y debe hacerlo sin complejos, pero también sin convertir a sus adversarios en enemigos personales.

El comunismo no necesita ser prohibido. Necesita ser derrotado intelectualmente. Una democracia suficientemente segura de sí misma no necesita censurar una ideología para combatirla. Puede permitir que sus defensores hablen y, al mismo tiempo, someter sus propuestas a la crítica. La libertad que permite defender el comunismo es exactamente la misma libertad que permite combatirlo.


La verdadera batalla es contra la idolatría política

Quizás el problema más profundo de esta religión laica de extrema izquierda no es que una persona admire a Allende. Eso forma parte de la libertad política. El problema comienza cuando la admiración se transforma en idolatría.

  • Cuando el personaje reemplaza a la historia.
  • Cuando el símbolo reemplaza al análisis.
  • Cuando la memoria reemplaza a la investigación.
  • Cuando la consigna reemplaza al argumento.
  • Cuando cuestionar al líder se convierte en una forma de herejía, y es tildado de inmediato como "negacionismo".

Boric y Allende.
Salvador Allende puede ser estudiado, admirado, criticado o rechazado. Lo que no puede ser es convertido en una figura inmune al juicio histórico. Eso es puro fanatismo ideológico.

Chile tampoco puede vivir eternamente alrededor de sus muertos. Debe aprender de ellos. Debe recordar a las víctimas de la violencia política y de las violaciones de los derechos humanos hacia aquellas personas que hayan sido inocentes. Debe estudiar el fracaso de la Unidad Popular. Debe comprender la radicalización ideológica de aquellos años. Debe analizar las responsabilidades civiles y militares en tiempos de Guerra Fría. Debe examinar el contexto internacional. Y debe preguntarse cómo una democracia consolidada terminó quebrándose, que de paso ya estaba más que quebrantada para el 11 de septiembre de 1973. Eso no es revisionismo. Eso es historia.


Ultraizquierda chilena: Una religión sin Dios

La paradoja final es extraordinaria, y merece ser recalcada. Una izquierda que históricamente se declaró materialista terminó construyendo, en algunos de sus sectores, una suerte de religión secular.

  • Tiene un dios político: Salvador Allende.
  • Tiene obispos y jerarcas que custodian el relato: Gabriel Boric, Camila Vallejo, Michelle Bachelet.
  • Tiene sacerdotes que lo transmiten: Jeannette Jara, Giorgio Jackson, Daniel Manouchehri, entre otros.
  • Tiene santos que son intocables: "Che" Guevara y Fidel Castro.
  • Tiene acólitos que lo reproducen en las calles: los vándalos encapuchados y los terroristas tirapiedras.
  • Tiene templos de memoria: la tumba de Allende, la estatua de Allende, el Museo de la Memoria y Villa Grimaldi.
  • Tiene libros fundamentales: los informes Rettig y Valech.
  • Tiene mártires: los detenidos desaparecidos.
  • Tiene pecados: criticar el gobierno de la Unidad Popular.
  • Tiene herejías: cuestionar el legado de Salvador Allende o justificar el pronunciaminto militar del 11 de septiembre de 1973.
  • Tiene una doctrina que exige creer antes de discutir. 

Pero una democracia liberal no funciona mediante dogmas. Funciona mediante preguntas. Por eso la derecha chilena no debería tener miedo de formularlas, sobre todo frente a los hechos sucedidos en Chile durante el gobierno de la Unidad Popular (UP).

  • ¿Fue realmente sostenible el proyecto económico de Allende?
  • ¿Respetó siempre los límites institucionales?
  • ¿Buscó efectivamente acuerdos con una oposición que representaba a una parte sustancial del país?
  • ¿Qué responsabilidad tuvieron los grupos armados de izquierda en la violencia política?
  • ¿Qué responsabilidad tuvieron las distintas fuerzas políticas en la destrucción de la convivencia democrática?
  • ¿Y qué lecciones podemos extraer de todo aquello para que jamás volvamos a repetirlo?


Al respecto, la gente de derecha tenemos que responder con convicción frente a las críticas de parte de la extrema izquierda.

  • Preguntar no es odiar.
  • Poner en dudas no es negar.
  • Criticar no es perseguir.
  • Desmitificar no significa borrar la memoria. Significa devolverle a la historia aquello que toda religión política intenta quitarle: la posibilidad de ser discutida.


Chile no necesita más santos políticos.

  • Necesita ciudadanos.
  • No necesita dogmas.
  • Necesita argumentos.
  • No necesita una religión de izquierda ni una religión de derecha.
  • Necesita una democracia lo suficientemente fuerte como para mirar de frente su pasado, reconocer sus tragedias, asumir responsabilidades y aprender de ellas.

Porque cuando una sociedad convierte a sus políticos en dioses, tarde o temprano termina convirtiendo a quienes los cuestionan en herejes. Y una democracia que llama hereje al que pregunta ya ha comenzado a olvidar para qué sirve la libertad.

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