Hace unos 275 millones de años, cuando los dinosaurios todavía no existían y los primeros grandes depredadores terrestres pertenecían a una línea evolutiva que conduciría mucho después hacia los mamíferos, un enorme sinápsido recorría las llanuras de lo que hoy es Texas. Dimetrodon angelensis fue uno de los mayores depredadores terrestres de su tiempo y llevó hasta extremos extraordinarios la evolución de los grandes esfenacodóntidos.
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| Dimetrodon angelensis. |
Dimetrodon angelensis fue descrito formalmente en 1962 por el paleontólogo estadounidense Everett C. Olson, a partir de restos procedentes de la Formación San Angelo, en el condado de Knox, Texas (EEUU). El holotipo corresponde al ejemplar FMNH/CNHM UR 362, encontrado en la localidad denominada KV, en el rancho MacFayden. El material original incluye partes del cráneo y mandíbula, vértebras cervicales, una ulna y diversos fragmentos, entre ellos elementos de las espinas neurales que sostenían la característica vela dorsal.
La especie también está representada por material referido procedente de otra localidad cercana de Knox County, incluyendo vértebras, escápula, fragmentos de cráneo y costillas. El registro fósil de D. angelensis es, por tanto, bastante más limitado que el de algunas otras especies de Dimetrodon.
Precisamente por eso, buena parte de lo que sabemos sobre este animal procede de la combinación de sus restos directamente conocidos con la anatomía comparada de otros esfenacodóntidos. Y aun así, los huesos que dejó atrás son suficientes para revelar un animal extraordinario.
Un animal de dimensiones enormes
Las estimaciones modernas sitúan a Dimetrodon angelensis en torno a 4,6 metros de longitud y unos 250 kilogramos de masa corporal. Esto lo convierte en el mayor representante conocido del género y en uno de los mayores depredadores terrestres conocidos de aquella etapa del Pérmico.
La diferencia resulta particularmente llamativa cuando se observa la evolución del propio género. Las especies más pequeñas de Dimetrodon podían medir alrededor de uno o dos metros, mientras que las formas posteriores alcanzaron tamaños mucho mayores. D. angelensis representa el extremo final de esa tendencia hacia cuerpos gigantescos.
No se trataba simplemente de un Dimetrodon pequeño convertido en una versión mayor. Su anatomía presenta características propias. Olson destacó especialmente sus vértebras cervicales extraordinariamente alargadas y ligeras, además de determinadas características del cráneo y de las espinas neurales. Estas últimas presentan una sección transversal característica, semejante a una figura de ocho o a una pesa, un rasgo conocido en los esfenacodóntidos que poseían la enorme vela dorsal.
Un cráneo construido para matar
Uno de los aspectos más interesantes de D. angelensis es su descomunal cráneo. Olson observó que poseía una región facial relativamente baja y una configuración que lo aproximaba a otros miembros de la llamada serie B de Dimetrodon. El cráneo no era simplemente una estructura grande y pesada. Presentaba una combinación particular de proporciones que ayudó a los paleontólogos a distinguirlo de otras especies.
También poseía largos dientes caniniformes, especialmente desarrollados en comparación con los dientes posteriores. Esta heterodoncia —la presencia de dientes de diferentes formas y tamaños— era una característica importante de los esfenacodóntidos y refleja una dentición especializada para capturar y procesar presas.
En Dimetrodon, la disposición dental permitía combinar dientes anteriores grandes y penetrantes con otros más pequeños hacia la parte posterior de la mandíbula. Estudios biomecánicos recientes han utilizado esta anatomía para investigar cómo estos animales capturaban y procesaban sus presas.
No tenemos un contenido estomacal de D. angelensis que permita decir exactamente qué comía un individuo concreto. Pero su anatomía y el contexto ecológico de los grandes Dimetrodon indican que era un depredador de vertebrados, capaz de enfrentarse a presas considerablemente menores que él.
La enorme vela sobre su espalda
La imagen de Dimetrodon angelensis es inseparable de su gigantesca vela dorsal. Aquella estructura estaba formada por espinas neurales extremadamente alargadas que nacían de las vértebras. En vida, esas prolongaciones óseas estaban cubiertas por tejidos blandos y formaban una superficie dorsal muy llamativa. Las espinas de los esfenacodóntidos muestran además una estructura interna altamente vascularizada en las especies de tamaño mediano y grande, lo que ha sido importante para comprender la biología de estas estructuras.
Durante mucho tiempo se consideró que la función principal de la vela era la termorregulación. Una superficie grande y vascularizada habría podido intercambiar calor con el ambiente.
Pero esa interpretación ya no se considera una respuesta definitiva. También se ha propuesto que la vela pudo desempeñar funciones relacionadas con señalización visual, reconocimiento entre individuos o selección sexual. Es posible incluso que diferentes funciones hayan coexistido.
En el caso de D. angelensis, además, resulta particularmente interesante que las especies grandes de Dimetrodon presentan velas proporcionalmente importantes. La anatomía de sus espinas permite reconstruir una estructura dorsal extraordinaria, aunque no podamos conocer con certeza el color, el grosor exacto de la membrana ni cuánto de ella llegaba hasta las puntas de las espinas.
El Texas que ya no existe
El mundo de Dimetrodon angelensis no tenía nada que ver con el Texas moderno. La Formación San Angelo conserva sedimentos depositados en ambientes continentales que incluían llanuras de inundación, cursos de agua y ambientes húmedos, dentro de paisajes donde convivían numerosos vertebrados. Los estudios recientes sobre los ecosistemas del Pérmico temprano describen estas regiones norteamericanas como sistemas de llanuras aluviales, pantanos y zonas deltaicas, con ríos permanentes y una mezcla de animales acuáticos y terrestres.
La parte superior de la Formación San Angelo conserva una fauna particularmente interesante. Junto a Dimetrodon angelensis aparecen animales como los grandes caseidos Cotylorhynchus hancocki, Caseopsis agilis y Angelosaurus greeni, además de pequeños captorrínidos y anfibios acuáticos.
La vegetación tampoco era la de un bosque moderno. Se han identificado plantas pertenecientes a diversos grupos de gimnospermas y otros vegetales paleozoicos, incluyendo formas relacionadas con Walchia, Culmitzschia, Ulmannia, Pseudovoltzia, Cordaites y equisetales. Era un paisaje extraño, antiguo y profundamente diferente del nuestro.
Un depredador en un mundo dominado por sinápsidos
Una de las razones por las que D. angelensis resulta tan importante es que vivió durante una etapa crucial de la historia de los sinápsidos.
Los sinápsidos eran amniotas, pero no eran reptiles en el sentido moderno. El linaje que incluye a Dimetrodon pertenece a una rama evolutiva distinta de los reptiles y se encuentra dentro del gran grupo que, millones de años después, conduciría hacia los terápsidos y finalmente hacia los mamíferos. Por eso Dimetrodon angelensis no fue un dinosaurio. De hecho, vivió decenas de millones de años antes de que aparecieran los primeros dinosaurios.
Su importancia reside justamente en que nos muestra un momento en el que los ecosistemas terrestres estaban dominados por animales muy diferentes de aquellos que dominarían posteriormente durante el Mesozoico.
En esos ambientes, los grandes sinápsidos carnívoros ocupaban posiciones superiores de la cadena alimentaria. Los ecosistemas de Texas y Oklahoma estaban formados por comunidades donde los herbívoros eran relativamente escasos y los carnívoros sinápsidos podían alcanzar tamaños considerables.
Una especie que aparece al final de una historia
Dimetrodon angelensis también tiene un significado especial dentro de la historia del propio género. El registro fósil indica que fue una de las especies más tardías conocidas de Dimetrodon. La Paleobiology Database sitúa su aparición en torno a los 279 millones de años, mientras que otros análisis bioestratigráficos sitúan los depósitos de la Formación San Angelo aproximadamente entre 275 y 271 millones de años. Las diferencias reflejan las dificultades para establecer una datación absolutamente precisa de estas formaciones.
En cualquier caso, D. angelensis pertenece a una etapa relativamente tardía de la historia de los grandes esfenacodóntidos. Y eso hace todavía más impresionante su tamaño.
Durante millones de años, distintos Dimetrodon habían ocupado los ecosistemas de América del Norte, diversificándose en formas de diferentes tamaños y proporciones. D. angelensis aparece como uno de los últimos gigantes de esa historia.
Después, el mundo cambiaría. Los grandes esfenacodóntidos desaparecerían y otras ramas de sinápsidos tomarían el relevo. Muchísimo más tarde aparecerían los dinosaurios. Y millones de años después, los mamíferos. Pero en las llanuras del Pérmico, cuando todo aquello todavía estaba por suceder, el gran depredador de la vela dorsal era Dimetrodon angelensis.
Cuando el gigante caminaba bajo el sol
Imaginemos una mañana de hace unos 275 millones de años. El sol comienza a elevarse sobre una llanura de Texas que ya no existe. No hay ciudades, carreteras ni árboles conocidos. El paisaje está atravesado por cursos de agua y zonas pantanosas, y entre la vegetación paleozoica se mueve una fauna que parece salida de otro planeta.
El aire está quieto. A cierta distancia, algo emerge lentamente de entre la vegetación. Primero aparece la cabeza. Después, el cuello. Y finalmente la enorme vela. Dimetrodon angelensis avanza pesadamente sobre sus cuatro extremidades. Su cuerpo de varios metros de longitud se mueve cerca del suelo, mientras aquella extraordinaria estructura dorsal se recorta contra el cielo. Cada paso hunde ligeramente sus extremidades en el terreno húmedo.
No hay rugido. No lo necesita. Su presencia basta. Un pequeño vertebrado se mueve entre las plantas. El depredador permanece inmóvil durante unos instantes. Su cabeza gira. Los largos dientes sobresalen entre las mandíbulas. Entonces avanza.
En aquel mundo no existen todavía los dinosaurios. No existe ningún mamífero. No hay flores, ni aves, ni hierba cubriendo las llanuras. El futuro de la vida terrestre todavía está por escribirse. El enorme Dimetrodon continúa caminando. Quizá se acerca al agua. Quizá permanece inmóvil bajo el sol. Quizá la vela sobre su espalda cumple una función que jamás podremos conocer completamente. Tal vez ayuda a intercambiar calor con el ambiente. Tal vez sirve para intimidar a un rival o atraer a una pareja. Quizá cumplía varias funciones al mismo tiempo. Nunca lo sabremos con certeza. Lo que sí sabemos es que aquel animal existió.
Durante un breve instante de la inmensa historia de la Tierra, un depredador de cuatro metros y medio caminó sobre una tierra joven, persiguiendo otros animales entre ríos, pantanos y bosques de plantas primitivas. Luego desapareció. El agua cubrió sus restos. Los sedimentos los enterraron. Los continentes cambiaron. Las montañas se levantaron y fueron erosionadas. El clima transformó el paisaje. Llegaron nuevas especies. Desaparecieron otras. Pasaron millones de años. Y un día, en las rocas de Texas, alguien encontró sus huesos. Eran apenas fragmentos de un cráneo, una mandíbula, vértebras y espinas. Pero detrás de aquellos huesos todavía estaba aquel gigante.
Dimetrodon angelensis, el gran depredador de la vela, uno de los últimos gigantes de un mundo que desapareció mucho antes de que los dinosaurios siquiera dieran su primer paso sobre la Tierra.

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