jueves, 10 de septiembre de 2026

17 años que transformaron Chile: el legado del general Augusto Pinochet

Varias décadas después del término del Gobierno Militar, la figura de Augusto Pinochet continúa dividiendo a los chilenos. Sin embargo, más allá de las pasiones políticas, existe una dimensión de su legado que resulta imposible ignorar: la profunda transformación económica e institucional que modificó el rumbo de Chile y sentó las bases del crecimiento posterior.


Augusto Pinochet.
Augusto Pinochet fue, probablemente, la figura política más importante y determinante de la historia chilena del siglo XX. Su gobierno estuvo marcado por una enorme controversia, por decisiones políticas que todavía provocan enfrentamientos y por un costo humano que forma parte inseparable de cualquier balance histórico serio. Pero también protagonizó una transformación económica de una profundidad que pocos gobiernos han conseguido realizar en Chile.

Mirar aquel período exclusivamente desde la condena política o exclusivamente desde la reivindicación tampoco permite comprender su verdadera dimensión. Para quienes observan la historia desde una perspectiva liberal y de derecha, Pinochet fue el gobernante que encabezó la ruptura definitiva con un modelo económico estatista que había llevado al país a una situación límite y abrió las puertas a una economía basada en la iniciativa privada, la competencia, el ahorro, la inversión y el comercio internacional.


Un país al borde del colapso

Cuando las Fuerzas Armadas asumieron el poder en septiembre de 1973, Chile atravesaba una crisis económica, política y social de proporciones extraordinarias. La inflación superaba el 600%, existía desabastecimiento de productos básicos, las cuentas fiscales estaban deterioradas y la economía se encontraba profundamente intervenida.

El nuevo gobierno recibió, por tanto, un país que no podía simplemente continuar por la misma senda. La respuesta fue un programa de transformación radical que buscó reducir el tamaño económico del Estado, liberalizar los mercados, abrir Chile al comercio internacional y devolver un papel central a la iniciativa privada.

Fue un proceso extraordinariamente duro. La primera etapa produjo desempleo, caída de los ingresos y una fuerte contracción económica. En 1975 el PIB real cayó 12,3%, una de las mayores recesiones de la historia contemporánea de Chile.

Pero reducir el balance del Gobierno Militar a aquella crisis sería tan incompleto como negar que existió. Después del ajuste vino una recuperación extraordinariamente vigorosa.


La economía que cambió de rumbo

La transformación impulsada durante aquellos años tuvo varios pilares. La apertura comercial redujo barreras y aranceles, permitiendo que Chile comenzara a integrarse progresivamente a la economía mundial. La privatización y descentralización de diversas actividades redujo la participación directa del Estado en sectores productivos. La disciplina fiscal y monetaria pasó a ocupar un lugar central.

A ello se sumaron dos reformas particularmente trascendentes. La creación del sistema de AFP introdujo la capitalización individual como eje del sistema previsional y generó una enorme masa de ahorro interno. Paralelamente, la apertura económica favoreció el desarrollo de una economía exportadora que posteriormente permitiría a Chile diversificar sus mercados y aumentar considerablemente su presencia internacional.

La transformación tampoco quedó limitada a la economía. El Gobierno Militar impulsó cambios en infraestructura, energía, transporte y administración del Estado que contribuyeron a modificar la estructura productiva del país.

Desde una perspectiva liberal, ese es probablemente el aspecto más importante del legado de Pinochet. Chile dejó de mirar exclusivamente hacia adentro y comenzó a concebir su desarrollo como parte de una economía mundial abierta y competitiva.


Diecisiete años de crecimiento, crisis y recuperación

Los números permiten observar mejor la dimensión del proceso. El crecimiento no fue lineal ni mucho menos. Hubo dos grandes recesiones, primero en 1975 y posteriormente en 1982-1983. Pero entre ambas crisis existieron períodos de expansión muy importantes, mientras que la segunda mitad de los años 80 terminó consolidando una recuperación particularmente vigorosa.

La evolución anual del PIB real consignada en las series utilizadas por el texto de referencia fue la siguiente:


Año Crecimiento del PIB real

  • 1973 −5,0%
  • 1974 +1,3%
  • 1975 −12,3%
  • 1976 +3,6%
  • 1977 +11,2%
  • 1978 +8,0%
  • 1979 +8,4%
  • 1980 +8,2%
  • 1981 +6,7%
  • 1982 −11,5%
  • 1983 −4,9%
  • 1984 +4,0%
  • 1985 +3,6%
  • 1986 +5,4%
  • 1987 +6,7%
  • 1988 +7,4%
  • 1989 +10,4%
  • 1990 +3,6%




La secuencia es reveladora. Después de la brutal caída de 1975, Chile creció 3,6% en 1976 y luego registró cuatro años consecutivos con tasas superiores al 6%, incluyendo expansiones de 11,2% en 1977, 8% en 1978, 8,4% en 1979 y 8,2% en 1980.

Después llegó el segundo gran golpe. En 1982 el PIB se desplomó 11,5% y en 1983 volvió a caer 4,9%. Fue una crisis devastadora, acompañada por quiebras empresariales, desempleo y graves problemas en el sistema financiero.

Sin embargo, Chile volvió a levantarse. Desde 1984 comenzó una nueva etapa de expansión que alcanzaría su máxima expresión hacia el final del régimen. El crecimiento llegó a 7,4% en 1988 y a 10,4% en 1989.

Es precisamente esta capacidad de recuperación la que explica buena parte de la defensa económica que se hace hasta hoy del Gobierno Militar. El modelo no fue perfecto ni estuvo libre de errores. La crisis de 1982 demostró, precisamente, que determinadas políticas de liberalización financiera habían generado vulnerabilidades que posteriormente debieron ser corregidas. Pero las reformas sobrevivieron a la crisis y, después de ella, Chile volvió a crecer con fuerza.


La crisis de 1982 y el punto de inflexión

Ser favorable a Pinochet no significa convertir su gobierno en una caricatura de perfección económica. La crisis de 1982 fue un fracaso evidente de determinadas políticas aplicadas durante la primera etapa de liberalización. La economía estaba excesivamente expuesta al endeudamiento externo, el sistema financiero había acumulado vulnerabilidades y el escenario internacional terminó agravando dramáticamente la situación.

El Estado debió intervenir para rescatar y reordenar parte del sistema financiero. La experiencia obligó a modificar las políticas económicas y a establecer una regulación más prudente.

Paradójicamente, aquella crisis terminó convirtiéndose en un punto de inflexión. A partir de 1984 se inició una recuperación que permitió al país entrar en la segunda mitad de la década con una economía mucho más sólida. El texto de referencia destaca precisamente cómo la crisis obligó a corregir debilidades estructurales y contribuyó a consolidar posteriormente un marco macroeconómico más estable.


Las reformas que sobrevivieron al gobierno militar

Quizás la mejor manera de medir la importancia histórica del Gobierno Militar no sea preguntarse qué ocurrió mientras Pinochet estuvo en La Moneda, sino qué ocurrió después de que abandonó el poder.

La respuesta resulta particularmente significativa. Los gobiernos democráticos de la Concertación no desmantelaron completamente el modelo económico heredado. Por el contrario, mantuvieron buena parte de sus fundamentos, profundizaron la apertura comercial, estimularon la inversión y aprovecharon las condiciones creadas durante las décadas anteriores. Eso permitió que Chile experimentara durante buena parte de los años 90 un ciclo de crecimiento extraordinario.

La apertura al comercio exterior, la disciplina macroeconómica, la inversión privada, la capitalización previsional y una institucionalidad económica orientada al mercado se transformaron así en elementos permanentes de la economía chilena.

No se trata de afirmar que todo lo ocurrido después de 1990 fue obra exclusiva de Pinochet. Sería históricamente simplista. Los gobiernos democráticos realizaron sus propias reformas y tomaron decisiones importantes. Pero tampoco resulta razonable negar que recibieron una economía profundamente diferente de aquella que existía en 1973, tras el desastre que fue la fallida administración de la Unidad Popular (UP).


Una transformación que fue más allá de los números

El legado del Gobierno Militar tampoco puede reducirse a las estadísticas del PIB. Durante esos años se desarrollaron obras de infraestructura y proyectos destinados a integrar territorialmente el país. La Carretera Austral se convirtió en una de las grandes obras de conectividad nacional. Se expandió el sistema eléctrico y se desarrollaron importantes proyectos de transporte.

En Santiago se construyeron y ampliaron líneas fundamentales del Metro, mientras que la construcción del nuevo Congreso Nacional en Valparaíso se convirtió en uno de los proyectos institucionales más visibles de la época.

En materia social, también existieron avances relevantes, especialmente en la reducción y el fin de la desnutrición infantil y del raquitismo, mientras la extrema pobreza comenzó un proceso de reducción que continuaría posteriormente.

Al mismo tiempo, sería irresponsable negar los costos sociales de las políticas económicas. Las grandes crisis aumentaron el desempleo y la pobreza, y los beneficios del crecimiento no se distribuyeron de manera uniforme. La desigualdad se convirtió en una de las principales críticas al modelo.

Pero precisamente por eso el balance debe ser histórico y no propagandístico. Las reformas tuvieron costos reales, pero también produjeron transformaciones reales, y beneficiaron a millones de chilenos.


La Constitución y la institucionalidad

Otro de los grandes legados de Pinochet fue la Constitución de 1980. Para algunos, su origen continúa siendo objeto de controversia, al igual que el contexto político en que fue aprobada. Sin embargo, su importancia histórica es indiscutible. El texto estableció un nuevo marco institucional y posteriormente experimentó numerosas reformas, incluyendo modificaciones sustanciales realizadas durante la democracia.

Para sus defensores, la Constitución permitió entregar un marco de estabilidad institucional que contribuyó a ordenar la vida política chilena durante décadas. Para sus detractores, su origen autoritario constituye una objeción fundamental. Sin embargo, los plebiscitos constitucionales del 2022 y 2023 terminarían por darle esa legitimidad democrática contra la que muchos alegaban.

Pero existe un hecho histórico que tampoco puede desconocerse respecto al gobierno militar. El propio itinerario establecido por aquella institucionalidad condujo al plebiscito de 1988, en el que el general Augusto Pinochet perdió, y posteriormente a la entrega del poder a un gobierno democrático en marzo de 1990.

La transición chilena, con todas sus particularidades, terminó siendo pacífica. Pinochet dejó la Presidencia después de aceptar el resultado del plebiscito y de acuerdo con el calendario institucional establecido.


Un legado imposible de borrar

Augusto Pinochet.
La figura de Augusto Pinochet seguirá siendo controversial durante mucho tiempo. Sus partidarios destacarán al militar que asumió el poder cuando Chile atravesaba una crisis extrema y que condujo una transformación económica que terminó modificando estructuralmente al país. Sus adversarios recordarán el autoritarismo, las restricciones a las libertades y las violaciones de los derechos humanos. Ambas dimensiones forman parte de la historia.

Pero desde una perspectiva liberal de derecha, existe una conclusión difícil de ignorar. Pinochet no fue simplemente el gobernante de un período excepcional. Fue el protagonista de una transformación que cambió la relación entre el Estado y la economía, abrió Chile al mundo y estableció reformas que, con modificaciones y correcciones, sobrevivieron incluso al término de su gobierno.

El dato económico más significativo no es que todos los años hayan sido buenos. No lo fueron. 1975 y 1982 fueron verdaderas catástrofes económicas. Lo significativo es que después de cada derrumbe Chile logró recuperarse y que, especialmente entre 1984 y 1989, consiguió construir una trayectoria de crecimiento sostenido que terminaría siendo aprovechada por la democracia.

Por eso, para la derecha chilena, reivindicar el legado económico de Pinochet no debería significar negar sus errores ni idealizar el pasado. Significa reconocer que, en medio de una de las mayores crisis de la historia nacional, se produjo una transformación que cambió definitivamente el rumbo económico del país. Y esa transformación, con sus aciertos y sus costos, todavía está presente en el Chile de hoy.

Augusto Pinochet podrá seguir siendo una figura polémica, pero difícilmente podrá ser considerado una figura irrelevante. Su gobierno modificó profundamente el país arruinado que recibió y dejó una economía y una institucionalidad que terminarían condicionando buena parte de la historia chilena posterior. En ese sentido, su huella permanece.

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