Durante más de una década, Chile transitó por una senda de bajo crecimiento, caída de la inversión y pérdida de competitividad, mientras el Estado aumentaba su tamaño y la carga tributaria se hacía cada vez más pesada. La megarreforma económica impulsada por el Presidente José Antonio Kast propone romper con ese ciclo mediante una profunda transformación orientada a recuperar la confianza, atraer capitales, generar empleo y devolver al crecimiento el lugar central que nunca debió perder.
| Presidente Kast. |
Las naciones no se empobrecen de un día para otro. Lo hacen lentamente, cuando dejan de premiar el esfuerzo, cuando convierten al emprendimiento en un laberinto burocrático y cuando comienzan a mirar con sospecha a quienes invierten, producen y generan empleo. Eso fue exactamente lo que ocurrió en Chile durante la última década. Desde el segundo gobierno de Michelle Bachelet, el país abandonó la lógica que durante más de veinte años le permitió liderar el crecimiento en América Latina y abrazó un modelo basado en mayores impuestos, regulaciones crecientes e incertidumbre jurídica. El resultado fue un estancamiento económico persistente que afectó los salarios, frenó la inversión y redujo las oportunidades para millones de chilenos.
Frente a ese escenario, la megarreforma económica del Presidente José Antonio Kast representa mucho más que una modificación tributaria. Constituye un cambio de paradigma. Su propósito no es simplemente recaudar menos o aliviar la carga impositiva de determinados sectores, sino reconstruir los incentivos que hacen funcionar una economía moderna: inversión, productividad, estabilidad institucional y confianza. En otras palabras, busca volver a poner al crecimiento en el centro de la política pública, convencida de que ningún país puede aspirar al desarrollo si antes no genera la riqueza necesaria para financiarlo.
Chile necesita volver a crecer
Durante demasiado tiempo el debate económico chileno estuvo dominado por una premisa equivocada: creer que el desarrollo podía sostenerse aumentando permanentemente los impuestos, creando nuevas regulaciones y expandiendo el tamaño del Estado. Esa lógica comenzó a instalarse con fuerza durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet y marcó el inicio de un período de bajo crecimiento, caída de la inversión y creciente incertidumbre regulatoria.
No es casualidad que desde entonces Chile haya perdido posiciones en competitividad internacional, mientras la inversión privada dejó de ser el principal motor del desarrollo. Cuando una economía deja de crecer, las consecuencias no tardan en aparecer: aumentan el desempleo, se estancan los salarios y disminuyen los recursos disponibles para financiar políticas sociales.
La megarreforma económica del Presidente José Antonio Kast parte de un diagnóstico completamente distinto. En lugar de preguntarse cómo recaudar más, se pregunta cómo hacer que Chile vuelva a producir más riqueza. Esa diferencia conceptual explica por qué constituye probablemente el cambio económico más importante de las últimas décadas.
Una idea respaldada por la teoría económica
Las principales medidas de la reforma no nacen de una ocurrencia política. Responden a principios ampliamente desarrollados por economistas de distintas escuelas.
El premio Nobel y destacado economista Milton Friedman sostuvo durante décadas que el crecimiento económico depende de la libertad para invertir, emprender y asignar eficientemente los recursos, mientras que una elevada carga tributaria reduce los incentivos para producir.
Por su parte, Arthur Laffer desarrolló la conocida Curva de Laffer, según la cual existe un punto en que aumentar los impuestos termina reduciendo la actividad económica y, en consecuencia, también la recaudación fiscal. Cuando las tasas son excesivas, disminuyen la inversión, la creación de empresas y el empleo.
El economista Robert Solow, también Premio Nobel, demostró que el crecimiento de largo plazo depende fundamentalmente de la acumulación de capital y del aumento de la productividad. Sin inversión no existe crecimiento sostenible.
Más recientemente, Douglass North enfatizó que las instituciones estables y las reglas claras constituyen un requisito esencial para atraer inversiones de largo plazo. La incertidumbre jurídica tiene un costo económico enorme.
Desde esa perspectiva, la reforma de Kast busca precisamente fortalecer cuatro pilares del crecimiento: inversión, productividad, certeza jurídica y empleo.
Rebajar impuestos para invertir más
La medida más emblemática consiste en reducir gradualmente el impuesto corporativo desde el 27% al 23%. Los detractores de izquierda y ultraizquierda sostienen erróneamente que ello beneficia únicamente a las grandes empresas. Sin embargo, desde una perspectiva económica esa crítica omite un aspecto fundamental: las empresas son quienes realizan la inversión productiva.
Cada nueva planta industrial, centro logístico, proyecto minero, parque tecnológico o fábrica requiere capital. Si ese capital encuentra mejores condiciones en otros países, simplemente se traslada hacia donde la rentabilidad sea mayor.
Reducir la carga tributaria busca precisamente hacer que Chile vuelva a competir por esas inversiones. La propia reforma considera que esta rebaja será gradual y se complementará con otras medidas orientadas a dinamizar la economía.
Terminar con la incertidumbre
Uno de los aspectos más innovadores de la reforma es la invariabilidad tributaria para grandes proyectos de inversión. Quien invierte miles de millones de dólares necesita saber cuáles serán las reglas durante las próximas décadas. Ningún inversionista serio compromete recursos cuando el sistema tributario puede cambiar cada cuatro años dependiendo del color político del gobierno de turno.
Precisamente por ello la estabilidad normativa ha sido uno de los factores que explican el éxito económico de países como Irlanda, Singapur o Estonia.
La reforma busca entregar esa certeza, reduciendo uno de los principales factores de riesgo para las grandes inversiones.
Simplificar un Estado que se volvió un obstáculo
Otro de los ejes centrales consiste en reducir la denominada "permisología". Durante años numerosos proyectos permanecieron paralizados debido a una excesiva burocracia, múltiples autorizaciones y procesos administrativos que podían extenderse durante varios años.
La simplificación regulatoria no implica eliminar estándares ambientales ni debilitar las fiscalizaciones. Significa hacer más eficiente al Estado para que las inversiones puedan materializarse en plazos razonables.
En economía también existe un costo asociado al tiempo. Cada proyecto retrasado representa empleos que no se crean, impuestos que no se recaudan y crecimiento que nunca ocurre.
Reactivar la construcción y el empleo
La eliminación del IVA a la vivienda nueva constituye otro incentivo orientado a dinamizar uno de los sectores con mayor capacidad para generar empleo.
La construcción posee importantes efectos multiplicadores sobre el resto de la economía, ya que moviliza industrias como el acero, cemento, transporte, comercio y servicios profesionales.
Junto con ello, la reforma incorpora subsidios al empleo formal e incentivos destinados a facilitar nuevas contrataciones, especialmente en un escenario donde el desempleo continúa siendo una de las principales preocupaciones del país.
Un alivio para los adultos mayores
Entre las medidas con mayor impacto social destaca la eliminación del pago de contribuciones para la primera vivienda de los adultos mayores de 65 años.
Durante años miles de jubilados debieron destinar una parte importante de sus pensiones para pagar un impuesto por una vivienda que ya habían adquirido con esfuerzo y sobre la cual seguían tributando indefinidamente. La reforma corrige esa situación al eximir del impuesto territorial a ese grupo de la población, manteniendo mecanismos de compensación para los municipios.
El verdadero debate
| José Antonio Kast. |
Durante la última década predominó un modelo basado en mayores impuestos, creciente regulación e incertidumbre para la inversión. Los resultados son conocidos: menor crecimiento, productividad estancada y una inversión que dejó de liderar el desarrollo.
La megarreforma económica del Presidente José Antonio Kast apuesta por un camino diferente. Su lógica consiste en generar mejores condiciones para que el sector privado invierta, produzca y cree empleo, bajo la premisa de que una economía que crece genera más oportunidades, mayores ingresos y una base tributaria más amplia en el largo plazo.
Ese enfoque no garantiza por sí solo el éxito. La disciplina fiscal, la estabilidad macroeconómica y una buena implementación seguirán siendo determinantes. Pero, desde la perspectiva de la economía de mercado y de las teorías desarrolladas por Milton Friedman, Arthur Laffer, Robert Solow y Douglass North, la dirección que propone esta reforma resulta coherente con uno de los principios más sólidos de la evidencia económica: ningún país ha alcanzado el desarrollo castigando la inversión, sino creando las condiciones para que ésta florezca. Después de más de diez años de estancamiento, Chile parece haber decidido volver a apostar por esa convicción.
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