El aumento del Imacec no es un hecho aislado. Es la primera señal de que la economía chilena comienza a responder a un cambio de rumbo basado en la confianza, la inversión y la reducción de la carga tributaria. Si el Congreso aprueba la megarreforma económica del Gobierno, Chile podría dejar atrás una década de estancamiento.
| Presidente Kast. |
Durante demasiado tiempo se instaló en Chile la idea de que el crecimiento económico era una preocupación secundaria frente a la redisución del ingreso. Se aumentaron impuestos, se multiplicaron las regulaciones y se castigó sistemáticamente a quienes invierten, emprenden y generan empleo. El resultado fue evidente: una economía debilitada, menor inversión, salarios estancados y un país que perdió competitividad frente a sus vecinos. Por eso, el aumento del Imacec debe entenderse como mucho más que una buena cifra coyuntural. Es una señal de que la confianza comienza a regresar.
El Gobierno del Presidente José Antonio Kast entendió desde el primer día que ningún país alcanza el desarrollo castigando a quienes producen riqueza. Su megarreforma económica apunta precisamente a revertir los errores acumulados durante la última década: reducir la carga tributaria a las empresas para hacerlas más competitivas, establecer invariabilidad tributaria para entregar certeza jurídica a quienes invierten y simplificar un entramado regulatorio que durante años frenó proyectos millonarios. La inversión no florece donde reina la incertidumbre; necesita reglas claras, estabilidad y un Estado que facilite en lugar de obstaculizar.
La invariabilidad tributaria constituye uno de los pilares más relevantes de esta reforma. Chile dejó de ser un país predecible cuando cada gobierno modificó el sistema impositivo según sus propias prioridades ideológicas. Ningún inversionista serio compromete capital de largo plazo cuando desconoce cuáles serán las reglas dentro de cuatro años. Recuperar la certeza jurídica significa recuperar una de las principales ventajas competitivas que distinguieron a Chile durante décadas y que permitieron atraer inversión, crear empleo y mejorar la calidad de vida de millones de personas.
La reducción de impuestos también ha sido injustamente demonizada. Quienes sostienen que bajar tributos beneficia exclusivamente a los grandes empresarios olvidan una realidad elemental: las empresas no generan riqueza para guardarla en una bóveda; la transforman en inversión, contratación de trabajadores, innovación y expansión productiva. Cuando la economía crece, aumentan las oportunidades laborales, mejoran los salarios y el Estado termina recaudando más gracias a una actividad económica más dinámica. El verdadero enemigo de la recaudación no son los impuestos bajos, sino el estancamiento.
Pero probablemente uno de los aspectos más valiosos de esta reforma sea el término del cobro de contribuciones para los adultos mayores de 65 años. Durante décadas, miles de jubilados han debido destinar parte importante de sus pensiones para seguir pagando un impuesto por una vivienda que, en muchos casos, adquirieron después de toda una vida de esfuerzo. Es una contradicción evidente que una persona pueda terminar de pagar su casa al banco, pero nunca dejar de pagarle al Estado por el simple hecho de seguir viviendo en ella.
Las contribuciones representan uno de los impuestos más cuestionables de nuestro sistema tributario. No gravan un ingreso ni una utilidad, sino el patrimonio ya adquirido con recursos que anteriormente pagaron impuestos. En la práctica, obligan a muchas personas mayores a financiar indefinidamente el derecho a conservar su propia vivienda. Peor aún, cuando no pueden pagarlas, el Estado puede terminar rematando esa propiedad, una sanción desproporcionada que resulta difícil de justificar desde cualquier concepción seria del derecho de propiedad.
El crecimiento económico no debe entenderse únicamente como una cifra estadística. Cada punto adicional del Imacec representa nuevas oportunidades para quienes buscan trabajo, para los emprendedores que desean expandirse y para las familias que esperan mejores ingresos. Sin crecimiento sostenido, cualquier política social termina dependiendo del endeudamiento o del aumento permanente de impuestos. Con crecimiento, en cambio, el progreso deja de ser un discurso y comienza a reflejarse en la vida cotidiana.
El desafío ahora está en el Congreso. La aprobación de la megarreforma económica no solo consolidaría este cambio de tendencia, sino que enviaría una potente señal a los mercados nacionales e internacionales de que Chile vuelve a apostar por la libertad económica, la certeza jurídica y el respeto al derecho de propiedad. El aumento del Imacec puede ser apenas el comienzo. Si el país persevera en este camino, es perfectamente posible recuperar el dinamismo perdido y volver a convertir el crecimiento en el principal motor del bienestar de los chilenos.
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