- El Partido Comunista tiene pleno derecho a participar en la democracia chilena. Pero ese derecho no significa inmunidad frente a la crítica. Una sociedad libre tiene la obligación de examinar las ideas que aspiran a gobernarla, especialmente cuando su tradición histórica está asociada a la concentración del poder, la restricción de libertades y el debilitamiento del pluralismo.
- El problema no es que el comunismo exista: es que todavía pretenda convencernos.
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| Anticomunismo. |
Hay una diferencia fundamental entre prohibir una ideología y combatirla democráticamente. La primera opción pertenece al autoritarismo; la segunda es precisamente una de las expresiones más legítimas de la democracia. En Chile, el comunismo tiene derecho a organizarse, presentar candidatos, participar en elecciones y defender públicamente sus postulados. Pero los demás ciudadanos tenemos exactamente el mismo derecho a decir que consideramos esas ideas equivocadas, peligrosas o incompatibles con determinados principios de una sociedad libre. Ese es, precisamente, el sentido del pluralismo democrático.
El error consiste en confundir tolerancia con neutralidad intelectual. Una democracia no obliga a considerar igualmente válidas todas las doctrinas. Permite que compitan, pero también permite juzgarlas. Y el comunismo chileno no puede quedar al margen de ese escrutinio simplemente porque participa en elecciones. Como advierte el material de base, el verdadero desafío no es preguntarse por qué el Partido Comunista existe, sino por qué deberíamos confiar ciegamente en una doctrina cuya historia obliga a mantener una permanente vigilancia democrática.
La historia no puede ser borrada por conveniencia política
El comunismo nació en el siglo XIX como una promesa de emancipación, igualdad y superación de la explotación. El problema apareció cuando esa promesa tuvo que transformarse en sistemas concretos de gobierno. La Unión Soviética, los regímenes comunistas de Europa del Este, la China de Mao y la Camboya de los Jemeres Rojos pertenecen a experiencias históricas diferentes y sería intelectualmente pobre reducirlas a una sola explicación. Pero tampoco es razonable ignorar que numerosos regímenes comunistas terminaron asociados a concentración del poder, represión política, persecución de opositores y ausencia de pluralismo.
La caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior disolución de la Unión Soviética no significaron simplemente el final de una determinada configuración geopolítica. También representaron el fracaso histórico de la pretensión de que una economía centralmente planificada y el monopolio político de un partido constituían el camino inevitable hacia la sociedad del futuro.
La historia, en definitiva, obligó a separar dos cuestiones que durante demasiado tiempo fueron presentadas como inseparables: denunciar las injusticias sociales es una cosa; construir una sociedad libre, próspera y justa es otra completamente distinta.
Cuando el Estado concentra demasiado poder, la libertad queda en peligro
Esta es probablemente una de las objeciones más profundas que pueden formularse al comunismo: su relación con el poder.
Un Estado democrático fuerte no constituye ningún problema en sí mismo. Chile necesita un Estado capaz de garantizar seguridad, justicia, infraestructura, educación, salud, protección social y cumplimiento de la ley. El problema comienza cuando el poder político adquiere una capacidad excesiva para controlar simultáneamente la economía y la vida social.
Friedrich Hayek planteó una advertencia que conserva plena vigencia: cuanto mayor sea la capacidad del poder político para decidir sobre la vida económica y social de los ciudadanos, mayor será también el riesgo de que la libertad termine dependiendo de la voluntad de quienes gobiernan. La crítica no consiste en sostener que todo Estado grande sea automáticamente totalitario, sino en recordar que la libertad necesita espacios de autonomía frente al poder.
Por eso una democracia liberal no se reduce a depositar un voto cada cierto número de años. También significa proteger la propiedad privada, la libertad de emprendimiento, la libertad de expresión, la separación de poderes, la alternancia política y el derecho de cada persona a desarrollar su propio proyecto de vida.
Karl Popper y el peligro de quienes creen conocer el futuro
Uno de los mayores peligros de las ideologías totalizantes aparece cuando dejan de considerar sus propuestas como simples alternativas políticas y comienzan a presentarlas como la consecuencia inevitable de las leyes de la historia.
Karl Popper dedicó buena parte de su obra a combatir precisamente esa pretensión: la idea de que determinados pensadores o movimientos poseen el conocimiento definitivo acerca del rumbo de la humanidad y, por lo tanto, pueden justificar transformaciones políticas radicales en nombre de ese supuesto destino histórico.
La democracia liberal parte de una premisa completamente diferente: nadie posee la verdad política definitiva. Ningún partido es dueño del futuro. Ningún gobierno tiene una misión histórica que le permita pasar por encima de las instituciones. Y ninguna mayoría tiene derecho a destruir los derechos fundamentales de una minoría. El poder debe ser limitado, temporal y reversible. Ese principio debería ser intransable en Chile.
Porque cuando una ideología comienza a dividir la sociedad entre quienes supuestamente representan el futuro y quienes serían obstáculos para alcanzarlo, el adversario político corre el riesgo de transformarse en enemigo. Y cuando eso ocurre, el pluralismo deja de ser un valor y comienza a convertirse en un problema para quienes pretenden imponer una verdad superior.
La igualdad es legítima. Sacrificar la libertad en su nombre, no
Una de las mayores fortalezas retóricas del comunismo ha sido apropiarse de una aspiración que nadie razonable debería rechazar: la igualdad.
Nadie quiere una sociedad donde el nacimiento determine para siempre el destino de una persona. Nadie debería ser indiferente frente a la pobreza, la exclusión o la falta de oportunidades. El problema aparece cuando la búsqueda de igualdad material termina convirtiéndose en una justificación para restringir libertades fundamentales.
Isaiah Berlin explicó que las sociedades humanas deben convivir con distintos valores —libertad, igualdad, seguridad, justicia y orden— que no siempre pueden maximizarse simultáneamente. Gobernar no consiste en prometer una sociedad perfecta donde todas las contradicciones desaparezcan, sino en administrar responsablemente esas tensiones.
Una sociedad puede combatir la pobreza sin abolir la propiedad privada. Puede desarrollar políticas sociales robustas sin convertir al Estado en propietario de prácticamente todo. Puede promover oportunidades sin destruir el emprendimiento. Y puede buscar mayor igualdad sin aceptar que la libertad individual sea el precio de esa búsqueda.
El comunismo no es simplemente “una izquierda más”
Aquí también es necesario evitar caricaturas. No toda la izquierda es comunista. Existen izquierdas democráticas, socialdemócratas y reformistas que aceptan la economía de mercado, la propiedad privada, la alternancia política y las instituciones republicanas. Meterlas a todas en el mismo saco sería intelectualmente irresponsable. Pero precisamente por eso es necesario distinguir.
El comunismo posee una tradición política específica y una concepción mucho más profunda acerca de la propiedad, las clases sociales, el Estado, la economía y la distribución del poder. Por eso merece ser examinado particularmente. Reconocerle el derecho a participar en democracia no obliga a otorgarle un certificado de inocencia ideológica.
Una democracia madura puede decir simultáneamente: “usted tiene derecho a defender sus ideas” y “yo tengo derecho a considerar esas ideas equivocadas y a combatirlas políticamente”. Eso no es intolerancia. Eso es democracia.
La violencia política no puede ser relativizada
Chile también necesita recuperar una claridad que en determinados momentos ha parecido desaparecer del debate público: la violencia no se convierte en legítima porque quien la ejerce invoque una causa social o política. Manifestarse es legítimo. Protestar es legítimo. Criticar al gobierno es legítimo. Exigir reformas es legítimo.
Incendiar, saquear, destruir infraestructura, amenazar personas o utilizar la violencia para imponer objetivos políticos pertenece a una categoría completamente distinta. Los textos de base son claros en esta materia: no toda protesta es violencia, no todo manifestante es delincuente y no toda reivindicación social es extremista; pero tampoco toda violencia puede ser rebautizada como simple descontento social. El Estado de Derecho no puede funcionar con doble estándar.
La violencia de derecha sigue siendo violencia. La violencia de izquierda sigue siendo violencia. La violencia cometida en nombre de una causa supuestamente justa sigue siendo violencia. Una democracia permite derrotar electoralmente al adversario. Lo que no puede aceptar es que quien pierde la discusión política pretenda reemplazar el voto por la coerción.
El problema de la falsa equidistancia
Chile tampoco necesita una democracia donde cada conflicto sea resuelto mediante una repartición automática de culpas.
El centro político puede desempeñar un papel fundamental. La moderación, el diálogo y los acuerdos son indispensables para cualquier República. Pero moderación no significa indiferencia y diálogo no significa negociar todos los principios. Hay asuntos sobre los cuales corresponde transar: impuestos, gasto público, regulación, políticas sociales, tamaño del Estado y muchas otras materias. Pero hay principios que existen precisamente para impedir que todo sea negociable.
El Estado de Derecho no puede ser negociable. La libertad de expresión no puede ser negociable. La propiedad privada no puede quedar a merced de las mayorías circunstanciales. La alternancia política no puede depender de la voluntad del gobernante de turno. Y la violencia política no puede convertirse en un mecanismo legítimo de presión.
Una derecha democrática no tiene por qué pedir perdón por defender la libertad
La respuesta al comunismo tampoco puede ser una derecha autoritaria. Una derecha democrática no necesita perseguir a sus adversarios, censurar ideas ni pretender que todos los problemas del país se solucionan con fuerza. Necesita algo mucho más difícil: demostrar que sus principios funcionan.
Defender la seguridad no significa despreciar los derechos humanos. Defender la propiedad privada no significa ser indiferente frente a la pobreza. Defender el crecimiento económico no significa abandonar a quienes tienen menos. Defender el emprendimiento no significa negar la necesidad de políticas sociales.
La verdadera fortaleza de una derecha democrática está precisamente en combinar autoridad con Estado de Derecho, libertad económica con responsabilidad social, seguridad con respeto a la dignidad humana y patriotismo con instituciones republicanas. La mejor respuesta al comunismo no es reemplazar un extremismo por otro. Es demostrar que una sociedad libre puede funcionar mejor.
Chile debe recordar que ninguna democracia está garantizada para siempre
Las democracias no necesariamente mueren de un día para otro. También pueden deteriorarse lentamente: cuando se normaliza la violencia, cuando se relativiza la propiedad, cuando se intenta capturar las instituciones, cuando se transforma al adversario político en enemigo moral o cuando una ideología comienza a considerarse legitimada para gobernar sin límites porque cree representar una verdad histórica superior.
Por eso la defensa de la democracia debe ser mucho más que una defensa administrativa de las instituciones. Necesita ciudadanos con memoria histórica, educación política y convicciones.
Y aquí hay una regla que debería ser aceptada por todos: quien pierde una elección pierde el gobierno, pero no pierde sus derechos; quien gana una elección gana el gobierno, pero no obtiene el derecho a hacer cualquier cosa. Ese principio debe aplicarse tanto a la derecha como a la izquierda.
Diez razones para desconfiar del comunismo
- Porque concentra demasiado poder en el Estado. La libertad individual se vuelve vulnerable cuando el poder político controla simultáneamente demasiadas dimensiones de la vida económica y social.
- Porque su historia registra demasiadas experiencias autoritarias. La experiencia soviética, Europa del Este, la China de Mao, Camboya y otros casos constituyen antecedentes históricos que no pueden ser ignorados.
- Porque ha tenido enormes dificultades para conciliar igualdad y libertad. La búsqueda de igualdad material no puede justificar la supresión de derechos fundamentales.
- Porque mantiene una relación problemática con la propiedad privada. La propiedad no es solamente un mecanismo económico: también constituye un espacio de autonomía frente al poder político.
- Porque la planificación central enfrenta enormes dificultades para coordinar una economía compleja. Millones de decisiones individuales difícilmente pueden ser reemplazadas eficientemente por decisiones tomadas desde una estructura centralizada.
- Porque las utopías políticas pueden terminar justificando abusos. Cuando una ideología cree conocer el destino de la historia, puede llegar a presentar determinados sacrificios como inevitables para alcanzar un supuesto futuro mejor.
- Porque existe el peligro de transformar al adversario en enemigo histórico. Una democracia necesita adversarios políticos, no enemigos que deban ser eliminados.
- Porque la violencia jamás puede ser una herramienta legítima de transformación política. Las diferencias deben resolverse mediante instituciones, debate y elecciones.
- Porque la libertad exige límites al poder. Separación de poderes, alternancia, propiedad, emprendimiento, libertad de expresión y pluralismo no son adornos de la democracia liberal: son parte de sus defensas.
- Porque la historia importa. No se trata de responsabilizar personalmente a cada comunista chileno por los crímenes cometidos por regímenes extranjeros. Se trata de aprender de la experiencia histórica antes de volver a confiar ciegamente en recetas que ya han demostrado sus peligros.
La verdadera batalla no es contra todas las personas de izquierda: es contra las ideas comunistas. La conclusión debe ser inequívoca: el comunismo no debe ser prohibido; debe ser derrotado democráticamente.
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| No al comunismo. |
Por eso la batalla contra el comunismo debe librarse con argumentos, evidencia, memoria histórica, resultados y elecciones libres. El desafío consiste en demostrar que una sociedad abierta puede ofrecer seguridad, crecimiento, movilidad social, oportunidades y protección para quienes más lo necesitan sin sacrificar la libertad individual. Chile no tiene por qué pedirle permiso a nadie para defender la democracia liberal.
El comunismo tiene derecho a existir políticamente mientras respete las reglas democráticas. Pero esa misma democracia tiene derecho a examinar sus postulados, cuestionar su historia y advertir sobre sus peligros. Tolerar una idea no significa creer en ella. Respetar el derecho de alguien a defender una doctrina no significa renunciar al derecho de combatirla intelectualmente. Y defender la democracia no significa tener miedo de las ideas que la cuestionan. Significa tener la convicción suficiente para enfrentarlas, sin violencia, sin persecución, sin censura y, sobre todo, sin complejos.


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