viernes, 24 de julio de 2026

Comunismo: El dinosaurio ideológico que Chile se niega a extinguir

Una doctrina nacida en el siglo XIX, desacreditada por la experiencia de numerosos regímenes durante el siglo XX y desplazada en gran parte del mundo democrático, el comunismo todavía conserva en Chile una influencia política que resulta excepcional dentro de las democracias occidentales.

Anticomunismo.

Hay ideologías que evolucionan con el paso del tiempo, que reconocen sus errores y que son capaces de adaptarse a las nuevas realidades. El comunismo, en cambio, parece haberse convertido en una suerte de dinosaurio ideológico: una doctrina nacida en el siglo XIX que, pese al paso de las décadas y a las profundas transformaciones experimentadas por el mundo, continúa aferrada a buena parte de sus viejas categorías y consignas.

Su historia está marcada por una promesa tan atractiva como peligrosa: construir una sociedad completamente igualitaria mediante la eliminación de las clases sociales y de la propiedad privada. Sin embargo, cuando estas ideas fueron llevadas a la práctica en distintos países, los resultados estuvieron muy lejos de aquella sociedad ideal. La concentración del poder político y económico, la restricción de las libertades individuales, la persecución de opositores y la ausencia de pluralismo fueron características recurrentes de numerosos regímenes comunistas.

Por eso, la crítica al comunismo no puede reducirse a una discusión puramente académica. Es necesario evaluar la ideología por sus resultados concretos y por las consecuencias que tuvo allí donde consiguió controlar completamente el poder. Y bajo esa perspectiva, su balance histórico resulta profundamente negativo.


El fracaso de una utopía

La Unión Soviética y los regímenes comunistas de Europa Oriental desaparecieron con el fin de la Guerra Fría. El Muro de Berlín cayó y, poco después, la propia Unión Soviética dejó de existir. Aquel proceso representó mucho más que el derrumbe de una potencia mundial: significó también el fracaso de un modelo político y económico que durante décadas pretendió presentarse como el futuro inevitable de la humanidad.

La experiencia histórica demostró que las economías completamente planificadas tienen enormes dificultades para generar innovación, crecimiento sostenido y prosperidad. Cuando el Estado concentra las decisiones económicas y reduce drásticamente el espacio para la iniciativa privada, la competencia y la libertad de emprender, aparecen inevitablemente problemas de eficiencia y asignación de recursos.

Por supuesto, las economías de mercado tampoco son perfectas. Necesitan instituciones sólidas, competencia, regulación y políticas sociales que permitan enfrentar las desigualdades y proteger a quienes se encuentran en una situación vulnerable. Pero la solución a los problemas del capitalismo no parece estar en regresar a un modelo económico que la historia ya sometió a una prueba demasiado dura.


Un dinosaurio político en pleno siglo XXI

El mundo actual es radicalmente diferente al que existía cuando Marx escribió sus principales obras. La economía digital, la inteligencia artificial, la globalización, la revolución tecnológica y la transformación de las relaciones laborales han creado desafíos que difícilmente pueden ser explicados mediante las categorías políticas y económicas del siglo XIX.

Sin embargo, el comunismo continúa apelando a conceptos que parecen pertenecer a otra época. La lucha de clases sigue ocupando un lugar central en su discurso y la propiedad privada continúa siendo vista, en muchos casos, como una fuente estructural de desigualdad.

La paradoja es evidente. Mientras el mundo ha avanzado hacia sociedades más complejas, abiertas y tecnológicamente desarrolladas, el comunismo continúa ofreciendo una interpretación de la realidad basada en categorías concebidas hace más de 150 años.

Por eso es legítimo preguntarse si esta ideología tiene realmente algo nuevo que ofrecer o si simplemente representa la persistencia de una tradición política que se resiste a desaparecer.


La excepcionalidad del caso chileno

Es necesario hacer una precisión. Chile no es el único país democrático donde existe un Partido Comunista. En diversas democracias europeas existen partidos comunistas o fuerzas políticas provenientes de esa tradición. Por lo tanto, la simple existencia de comunistas participando en elecciones no convierte a Chile en una anomalía mundial. La verdadera particularidad chilena se encuentra en el nivel de influencia que esta corriente política ha logrado conservar.

En nuestro país, el Partido Comunista no constituye una fuerza meramente testimonial. Ha mantenido representación parlamentaria, ha formado parte de coaliciones de gobierno, ha ocupado ministerios y ha tenido una participación relevante en la conducción política nacional. Su presencia institucional ha sido considerablemente mayor que la que conservan muchos partidos comunistas tradicionales en otras democracias occidentales.

Esta situación convierte al caso chileno en un fenómeno político particularmente llamativo. Mientras en buena parte de Europa los antiguos partidos comunistas debieron transformarse, moderarse o perdieron considerablemente su influencia después del colapso de la Unión Soviética, en Chile el comunismo tradicional continúa siendo un actor político relevante.

En ese sentido, Chile constituye una verdadera excepcionalidad dentro del mundo democrático occidental. No porque permita legalmente la existencia de un partido comunista, sino porque una fuerza política de esa tradición mantiene una capacidad de influencia institucional que resulta poco frecuente en otras democracias consolidadas.


La democracia permite al comunismo existir

Una democracia liberal no debería temerle a las ideas. Precisamente una de sus principales virtudes es permitir que distintas corrientes políticas puedan competir por el poder mediante elecciones libres, siempre que respeten las reglas institucionales y los derechos fundamentales. Eso incluye al comunismo.

Pero permitir que una ideología participe en democracia no significa que la sociedad esté obligada a aceptar sus postulados ni mucho menos a olvidar su historia. La libertad de expresión protege al comunista que defiende sus ideas, pero también protege a quienes cuestionan esas ideas y recuerdan los resultados que tuvieron cuando fueron aplicadas desde el poder.

Una democracia madura no necesita prohibir aquello que considera equivocado. Necesita debatirlo, confrontarlo y, eventualmente, derrotarlo en el terreno de las ideas y de las urnas.


Chile debe mirar hacia adelante

El verdadero desafío para quienes defienden la democracia liberal y la economía social de mercado no consiste en perseguir al comunismo. Consiste en demostrar que existen alternativas mejores para construir una sociedad más próspera, libre y justa.

Una sociedad puede buscar mayor igualdad sin eliminar la propiedad privada. Puede proteger a los trabajadores sin destruir la iniciativa empresarial. Puede desarrollar políticas sociales sin convertir al Estado en dueño de la economía. Y puede combatir la pobreza mediante crecimiento, inversión, educación y oportunidades, en lugar de recurrir a fórmulas que históricamente terminaron restringiendo las libertades.

Chile tiene todo el derecho de mantener un Partido Comunista dentro de su sistema democrático. Esa posibilidad forma parte precisamente de las libertades que una democracia debe proteger. Pero también tiene el derecho de preguntarse por qué una ideología con un historial tan controvertido conserva todavía una influencia política tan importante.

El comunismo puede seguir existiendo porque la democracia lo permite. Lo que no debería ocurrir es que, por temor a la corrección política o por una idealización ingenua de sus promesas, se deje de discutir críticamente su historia, sus ideas y sus consecuencias.

El dinosaurio ideológico todavía camina entre nosotros. No corresponde extinguirlo por la fuerza, porque eso sería negar los principios de la sociedad libre. Corresponde, en cambio, enfrentarlo con argumentos, con memoria histórica y con la convicción de que el futuro no se construye resucitando las utopías fallidas del pasado.

Chile debería mirar hacia adelante. Y, en ese camino, tiene la oportunidad de demostrar que la libertad, la democracia, la iniciativa individual y la economía social de mercado pueden ofrecer un horizonte mucho más prometedor que una ideología que, después de más de un siglo, todavía sigue intentando convencer al mundo de que sus fracasos fueron simplemente un malentendido de la historia.

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