Un estudio internacional revela una creciente distancia entre los hombres jóvenes y el discurso del feminismo contemporáneo. Más que una reacción ideológica, el fenómeno parece reflejar una crisis más profunda: la dificultad de hombres y mujeres para reconocerse nuevamente como aliados en lugar de adversarios.
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| Mujer. |
Cada 8 de marzo, cuando el Día Internacional de la Mujer vuelve a llenar las calles de consignas, carteles y demandas legítimas, también reaparece una pregunta que pocas veces se formula con serenidad: ¿qué está pasando con la relación entre hombres y mujeres en nuestra época?
El estudio International Women’s Day 2025 de Ipsos, que analizó la percepción del feminismo en 31 países, incluido Chile, dejó al descubierto un dato inquietante. Entre los hombres de la generación Z —jóvenes entre 14 y 29 años— un 57% cree que el movimiento por los derechos de las mujeres ha ido tan lejos que hoy termina discriminando a los hombres. Entre los baby boomers, en cambio, esa percepción baja al 44%.
No es un dato menor. Tampoco debería ser usado como arma arrojadiza en la eterna guerra cultural de nuestro tiempo. Más bien parece ser el síntoma de algo más profundo: una fractura en el modo en que las nuevas generaciones están entendiendo las relaciones entre hombres y mujeres.
Cuando el diálogo se convierte en trinchera
El feminismo nació como una causa justa. Durante décadas abrió puertas que antes estaban cerradas y corrigió desigualdades evidentes en ámbitos como el trabajo, la política o la educación. Negar ese aporte sería tan absurdo como injusto.
Sin embargo, los movimientos sociales —como las corrientes políticas— rara vez permanecen intactos con el paso del tiempo. A medida que crecen, también se diversifican, se radicalizan o se fragmentan. En ese proceso, algunas voces (o muchas voces) comenzaron a presentar la relación entre hombres y mujeres bajo una lógica de confrontación permanente, lo que claramente comenzó a ser utilizado como consignas ideológicas de ciertos partidos y conglomerados.
El problema de ese enfoque radicalizado es evidente: cuando el debate se plantea como una disputa entre bandos irreconciliables, el diálogo se vuelve casi imposible.
Muchos hombres jóvenes —que crecieron en sociedades donde las mujeres ya tenían derechos que sus abuelas no tuvieron— se enfrentan a un discurso que a veces los interpela no como interlocutores, sino como sospechosos. Y esa sensación, correcta o no, alimenta una distancia que el estudio de Ipsos parece confirmar.
La generación Z ha crecido en un mundo profundamente distinto al de sus padres, y en cierta forma ha sido testigo de una guerra cultural nunca antes vista en nuestra sociedad. Redes sociales, polarización política y discursos identitarios han transformado la conversación pública en una sucesión de trincheras morales.
Los vínculos personales también se resienten.
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| Mujer femenina. |
No se trata de negar injusticias ni de relativizar problemas reales como la violencia o la discriminación. Pero cuando el lenguaje público se vuelve exclusivamente acusatorio, termina generando un efecto paradójico: en lugar de acercar, separa.
Es por esto que el 8M debería ser, ante todo, una oportunidad para pensar con más profundidad el camino recorrido y el que aún falta por recorrer. Las sociedades prosperan cuando hombres y mujeres avanzan juntos, no cuando se miran como adversarios culturales. El progreso social rara vez nace de la sospecha mutua; suele surgir, más bien, de la cooperación y el reconocimiento recíproco.
Quizás el desafío de esta época no sea abandonar la causa de la igualdad, sino rescatar su espíritu original: aquel que buscaba dignidad para todos sin convertir la convivencia en una batalla permanente.
Porque, al final, hay una verdad sencilla que conviene recordar en medio del ruido ideológico de nuestro tiempo: los hombres y las mujeres no tenemos que competir entre nosotros. Por algo no somos iguales, pero tampoco somos opuestos: somos, en esencia, complementarios.


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