domingo, 22 de febrero de 2026

La U de Meneghini se acostumbró a no ganar

Universidad de Chile empató 2-2 con Deportes Limache en el Estadio Nacional y llega al Superclásico sin conocer la victoria. Un partido de luces intermitentes, de esperanza breve y de preguntas largas.


Maxi Guerrero.
El Estadio Nacional volvió a abrir su boca gigante para tragarse las ilusiones de la hinchada azul. Anoche, Universidad de Chile no perdió, pero tampoco ganó. Empató. Y ese empate tuvo gusto a agua tibia: no quema, no congela, no despierta.

Fue un 2-2 frente a Deportes Limache que dejó a la U flotando en la mitad de la tabla y caminando hacia el Superclásico como quien va a una tormenta con un paraguas roto.

Hubo intensidad, goles y emoción, pero faltó algo esencial: certeza. Esa convicción que transforma un buen momento en un triunfo y una ventaja en un mensaje. La U volvió a mostrar chispazos, pero no fuego. Voluntad, pero no carácter sostenido.


Un golpe temprano y la herida abierta

El partido apenas respiraba cuando llegó el primer cachetazo. A los cuatro minutos, Daniel “Popín” Castro controló con el pecho un pase largo como un telegrama maldito y definió ante Gabriel Castellón sin pedir permiso.

El Nacional se quedó mudo por un segundo eterno. Limache celebraba como quien descubre una grieta en un muro histórico, y la U miraba al cielo buscando respuestas que el césped no quiso dar.

Ese gol fue una herida psicológica. Desde ahí, los azules comenzaron a jugar con ansiedad, como si cada pase llevara el peso de todo el campeonato sobre la espalda.


El espejismo del renacer

A los 28 minutos, Javier Altamirano decidió que el fútbol todavía podía ser un acto de belleza. Robó una pelota, armó su propia jugada y sacó un remate desde fuera del área que rompió el aire y la angustia. Golazo.

Por un instante, la U volvió a reconocerse. Hubo abrazos, hubo gritos, hubo un murmullo de esperanza que subió desde la galería como una oración improvisada. Pero fue solo un paréntesis. Un momento luminoso en medio de una noche que seguía siendo gris.

En el segundo tiempo, el libreto parecía acomodarse. Tiro libre de Felipe Salomoni, centro medido y Nicolás Ramírez ganó en el área como dictan los viejos manuales del fútbol: con decisión y sin poesía. 2-1 para el equipo del chuncho.

La U se puso arriba y el partido pareció entrar en una zona conocida: la del control, la del “ahora sí”. Meneghini respiró, la hinchada cantó con todo y el reloj empezó a jugar a favor.

Nicolás Ramírez.
Durante algunos minutos, el equipo se sintió dueño de la noche. Pero el fútbol es un animal impredecible: cuando parece domesticado, muerde.


El empate que cayó como una piedra

Limache insistió con paciencia de relojero. Centro al área a los 84’, despeje incompleto de Castellón y una seguidilla de rebotes que parecían dados lanzados al azar.

Yerko González apareció sin anuncio y remató sin pedir permiso. 2-2 y tragedia de caras largas en el Estadio Nacional.

El silencio fue inmediato. No fue rabia ni pena: fue resignación. Ese tipo de silencio que pesa más que un abucheo, porque revela cansancio emocional.


Camino al Superclásico con la mochila llena

Cuatro fechas, ninguna victoria. Dos puntos de doce posibles. La U queda en el puesto 12° y ahora debe mirar de frente al espejo más cruel del calendario: el Superclásico ante Colo Colo en el Monumental.

Francisco “Paqui” Meneghini camina por la cuerda floja, como equilibrista sin red. El equipo muestra intención, pero no contundencia. Muestra momentos, pero no partidos completos. Y la hinchada, fiel como siempre, empieza a preguntarse si este empate fue un tropiezo… o un aviso.

Fue la confirmación de una tendencia: la U ha aprendido a empatar, pero todavía no recuerda cómo ganar. Y ahora viene el clásico.

  • Como un juicio.
  • Como una final anticipada.
  • Como una historia que aún no sabe si será tragedia o redención.

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