Actualmente se habla de los therian como si fueran una excentricidad importada de la última moda de TikTok, pero en Chile llevamos décadas entrenándonos para convivir con humanos que se sienten animales sin necesidad de hashtags. Ahí estuvieron el célebre Perro Lenteja, prócer de la franja televisiva ochentera; el Tiburón de Cachureos, que enseñó a generaciones enteras que un escualo podía ser un travieso animador infantil; y el pájaro Guru-Guru, nuestro primer influencer del caos. Antes de que existiera la palabra identidad performativa, ya teníamos un entrañable zoológico emocional en horario familiar.
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| ¿Therian políticos? |
Quizás el problema no es que existan los therian, sino que insistamos en creer que son novedad. Chile siempre ha tenido una vocación inaudita por explicarse a sí mismo con máscaras, plumas y colas de espuma. La diferencia es que antes lo llamábamos entretenimiento y ahora lo discutimos como identidad, o incluso como una patología emocional de un grupo muy reducido de adolescentes. Cambiaron los escenarios, no el libreto: seguimos siendo una singular nación que, cuando no sabe qué cara ponerse, elige primero la de animal y después pregunta por el espejo.

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