Descubierto en Aysén por un niño de apenas siete años, este pequeño dinosaurio del Jurásico Superior sorprendió a los paleontólogos por reunir características que parecían pertenecer a linajes completamente distintos. Herbívoro y de unos 3,2 metros de longitud, Chilesaurus diegosuarezi se convirtió en una de las criaturas más desconcertantes del registro fósil sudamericano.
| Chilesaurus. |
Hace unos 150 millones de años, cuando el Jurásico se acercaba a su final, un dinosaurio extraordinariamente peculiar recorría los paisajes de lo que hoy es la Patagonia chilena. No era especialmente grande ni poseía las poderosas mandíbulas de los grandes depredadores de su tiempo. Tampoco tenía el aspecto reconocible de los gigantes herbívoros que compartían aquel territorio.
Su verdadera rareza estaba en otra parte. El animal poseía una combinación de características anatómicas que desconcertó a los científicos desde el momento en que sus fósiles comenzaron a ser estudiados. Algunas partes de su cuerpo recordaban a los terópodos, el gran grupo de dinosaurios al que pertenecen muchos depredadores; otras parecían propias de los sauropodomorfos; y otras evocaban directamente a los ornitisquios.
El resultado fue Chilesaurus diegosuarezi, un dinosaurio que obligó a los paleontólogos a mirar nuevamente algunas de las relaciones evolutivas entre los grandes grupos de dinosaurios. Y su historia tiene además un comienzo extraordinario: los primeros restos fueron encontrados por un niño de siete años.
Un descubrimiento nacido en Mallín Grande
El 4 de febrero de 2004, Diego Suárez acompañaba a sus padres, los geólogos Manuel Suárez y Rita de la Cruz, en la localidad de Mallín Grande, en la comuna de Chile Chico, Región de Aysén. Tenía solamente siete años.
En medio de aquella exploración encontró una vértebra y una costilla que terminarían convirtiéndose en el punto de partida para identificar a una criatura desconocida para la ciencia. En los años siguientes aparecieron nuevos ejemplares, aunque inicialmente los investigadores pensaron que aquellos huesos correspondían a diferentes especies de dinosaurios.
La explicación estaba en la propia anatomía del animal. Chilesaurus parecía estar compuesto de piezas pertenecientes a distintos tipos de dinosaurios. Solo con el avance de las investigaciones comenzó a comprenderse que aquellos restos correspondían a una misma especie extraordinariamente particular.
En 2015, el paleontólogo argentino Fernando Novas y sus colaboradores describieron formalmente la especie y la bautizaron Chilesaurus diegosuarezi. El nombre del género hacía referencia a Chile, mientras que el nombre específico rendía homenaje al niño que había realizado el descubrimiento inicial.
El hallazgo convirtió a aquella zona de Aysén en un lugar de enorme importancia para comprender la diversidad de los dinosaurios que habitaron el extremo sur de Sudamérica.
Un dinosaurio de aspecto inusual
Chilesaurus medía aproximadamente 3,2 metros desde el extremo de su hocico hasta la cola. Su tamaño lo situaba muy lejos de los enormes saurópodos que podían superar ampliamente esas dimensiones, pero tampoco era un animal diminuto.
Su cabeza, en cambio, era relativamente pequeña y poseía una característica especialmente llamativa: los dientes. Eran pequeños, con forma de espátula y orientados oblicuamente hacia delante. Esa dentición proporcionaba una pista fundamental sobre su alimentación.
En un mundo donde muchos terópodos estaban adaptados para capturar y desgarrar presas, Chilesaurus había tomado otro camino evolutivo. Sus dientes eran compatibles con una alimentación basada en plantas, convirtiéndolo en un herbívoro dentro de un grupo tradicionalmente asociado a los dinosaurios carnívoros.
La transformación resulta particularmente interesante porque no se limitaba a la dentición. El resto del cuerpo también mostraba adaptaciones relacionadas con su forma de vida.
Una pelvis que parecía pertenecer a otro dinosaurio
Uno de los rasgos más desconcertantes se encontraba en la pelvis. El hueso púbico apuntaba hacia atrás, una disposición característica de los ornitisquios. De hecho, esta particularidad contribuyó inicialmente a que algunos de los fósiles fueran interpretados como pertenecientes a ese grupo de dinosaurios. Pero Chilesaurus no encajaba limpiamente allí.
Sus extremidades, su cráneo y otros elementos del esqueleto presentaban características que evocaban diferentes linajes. Era como si la evolución hubiera reunido en un mismo animal una serie de soluciones anatómicas que normalmente aparecían separadas.
Sus patas traseras también revelaban que no estaba especialmente adaptado para la carrera. Presentaba una cresta cnemial pequeña en la parte superior anterior de la tibia y un pie relativamente amplio, con un primer dedo capaz de soportar peso. Todo ello apunta hacia un animal cuya anatomía estaba más relacionada con desplazarse y alimentarse de vegetación que con perseguir velozmente a una presa.
Brazos robustos y dos garras
| Chilesaurus. |
En un ecosistema donde convivía con otros dinosaurios y reptiles, disponer de extremidades anteriores fuertes y provistas de garras pudo representar una ventaja frente a potenciales amenazas. El animal, por tanto, no necesitaba ser un depredador para poseer armas.
Un habitante del Jurásico austral
Los fósiles de Chilesaurus proceden de la Formación Toqui y corresponden al final del Titoniense, durante el Jurásico Superior. En aquel remoto paisaje no estaba solo.
Los restos encontrados en la formación muestran que compartió su ambiente con otro terópodo de pequeño tamaño, crocodiliformes basales y grandes dinosaurios saurópodos. Entre estos últimos se encontraban diplodócidos y titanosaurianos, además de la posible presencia de braquiosáuridos.
Es fácil imaginar la diferencia de escala entre aquellos animales. Mientras enormes saurópodos recorrían lentamente el paisaje, Chilesaurus se desplazaba entre la vegetación con sus aproximadamente tres metros de longitud, buscando alimento y evitando convertirse a su vez en presa.
Su presencia demuestra que los ecosistemas jurásicos australes eran mucho más diversos de lo que podría sugerir la imagen dominada por los grandes dinosaurios.
El enigma de su parentesco
Pero la verdadera importancia científica de Chilesaurus no reside solamente en su apariencia o en su alimentación. Está en su clasificación. Cuando fue descrito originalmente, fue ubicado como un terópodo basal dentro de Tetanurae. Sin embargo, la combinación de características que presentaba abrió inmediatamente una discusión mucho más profunda sobre las relaciones evolutivas de los dinosaurios.
Algunas investigaciones posteriores propusieron que podía tratarse de un ornitisquio basal. Esa interpretación tuvo consecuencias importantes porque se relacionaba con una hipótesis denominada Ornithoscelida, según la cual los terópodos estarían evolutivamente más próximos a los ornitisquios que a los sauropodomorfos.
Posteriormente surgieron nuevos análisis y discusiones metodológicas sobre los datos utilizados para determinar su posición. El debate incluyó una revisión de las matrices filogenéticas empleadas y distintas interpretaciones de los resultados. Por eso, Chilesaurus permanece como una pieza especialmente interesante para estudiar la evolución de los dinosaurios.
Su importancia no depende solamente de colocarle una etiqueta definitiva. Precisamente su combinación de características ha servido para cuestionar cómo se reconstruyen las relaciones entre grandes grupos de dinosaurios y qué rasgos deben considerarse más importantes al establecerlas.
Un fósil que también cuenta una historia humana
El holotipo de Chilesaurus diegosuarezi, identificado como SNGM-1935, corresponde a un individuo juvenil bastante completo y articulado. Conserva el cráneo, aunque carece de los pies y de buena parte de la cola.
A este ejemplar se sumaron otros esqueletos parciales y numerosos huesos individuales pertenecientes tanto a individuos juveniles como adultos. El destino de aquellos fósiles también forma parte de la historia.
En septiembre de 2017, el holotipo fue trasladado desde el Sernageomin al Museo Nacional de Historia Natural de Chile. Desde noviembre de ese mismo año, los restos fueron exhibidos al público en la exposición temporal «Dinosaurios, más allá de la extinción».
Otros fragmentos de uno de los esqueletos, entre ellos un húmero y una falange ungueal del dedo pulgar, pueden apreciarse en la exhibición permanente regional del Museo Regional de Aysén, en Coyhaique. Así, un animal que desapareció hace aproximadamente 150 millones de años terminó regresando, de alguna manera, al territorio donde había vivido.
Una criatura que rompió las categorías
| En versión "kaiju", |
Tenía dientes de herbívoro en un cuerpo que inicialmente fue interpretado como perteneciente a un terópodo. Su pelvis recordaba a los ornitisquios. Sus extremidades anteriores evocaban a determinados sauropodomorfos. Sus patas traseras mostraban adaptaciones alejadas de la imagen clásica de un terópodo corredor.
No era simplemente un dinosaurio extraño. Era un recordatorio de que la evolución puede producir combinaciones anatómicas inesperadas, especialmente cuando los animales exploran nuevas formas de alimentarse y ocupar un ecosistema. Y quizás por eso Chilesaurus resulta tan fascinante.
La última caminata de un dinosaurio chileno
Imaginemos aquel paisaje de Aysén cuando todavía no existía Chile, ni cordillera como la conocemos, ni seres humanos capaces de darle nombre a las montañas y los valles.
La luz del Jurásico cae sobre la vegetación. El aire está cargado de humedad y sonidos que desaparecieron para siempre. A la distancia se mueve lentamente una masa gigantesca: un saurópodo que avanza entre las plantas, dejando profundas huellas sobre el suelo. Pero cerca, entre la vegetación más baja, hay otro movimiento. Es Chilesaurus.
No necesita correr detrás de nadie. Su pequeña cabeza desciende mientras busca plantas entre el paisaje. Sus dientes espatulados arrancan y procesan la vegetación. Camina con tranquilidad, apoyando sus amplios pies sobre el terreno.
Tiene apenas unos tres metros de longitud, pero pertenece a un mundo donde cada rincón puede esconder un peligro. Tal vez levanta la cabeza de repente. Permanece inmóvil durante unos segundos. A lo lejos, algo se mueve.
El pequeño dinosaurio no tiene las mandíbulas de un gran depredador ni la velocidad de un cazador especializado. Pero posee brazos fuertes y aquellas garras que sobresalen de sus manos. Si fuera necesario, podría utilizarlas para defenderse. Finalmente, la amenaza desaparece. Chilesaurus vuelve a alimentarse.
Durante millones de años, escenas como aquella debieron repetirse una y otra vez. El animal caminó sobre un territorio que algún día sería parte de la Patagonia chilena, compartiendo el paisaje con gigantescos saurópodos y pequeños terópodos. Vivió, se alimentó, se reprodujo y murió sin saber que su existencia terminaría convertida en una de las mayores rarezas de la paleontología sudamericana.
Luego llegó el silencio. Los sedimentos cubrieron sus huesos. El tiempo hizo su trabajo y el mundo cambió hasta volverse irreconocible. Las criaturas que habían dominado aquel paisaje desaparecieron. Los continentes cambiaron, las montañas se transformaron y millones de generaciones pasaron.
Hasta que, una tarde de febrero de 2004, un niño de siete años encontró una vértebra y una costilla en Mallín Grande. Diego Suárez no podía saberlo entonces, pero aquellos fragmentos pertenecían a un animal que había esperado cerca de 150 millones de años para volver a contar su historia. Una historia de evolución, supervivencia y extrañeza. Una historia que comenzó en un remoto paisaje jurásico y terminó convirtiendo a Chilesaurus diegosuarezi en uno de los dinosaurios más singulares descubiertos en territorio chileno.