Crecimiento, nutrición, educación y capital humano. La historia económica y social del Gobierno Militar es bastante más compleja que la repetida cifra del 40%, especialmente cuando se compara el Chile que recibió Augusto Pinochet en 1973 con el país que dejó en 1990.
| General Pinochet. |
Existe una cifra que se ha convertido prácticamente en un símbolo dentro de la discusión política chilena. Durante décadas la izquierda y la ultraizquierda han repetido que “Pinochet dejó al 40% de los chilenos en la pobreza”, como si ese dato fuera suficiente para describir todo el resultado económico y social de los 17 años del Gobierno Militar.
La cifra tiene una base estadística real. Las encuestas CASEN muestran que en 1987 la pobreza alcanzaba aproximadamente al 45% de la población y que en 1990 se ubicaba en torno al 38,6%. Pero convertir esos porcentajes en la totalidad de la historia es insuficiente. Primero, porque las mediciones corresponden a metodologías y años determinados. Segundo, porque Chile atravesó durante ese período una de las crisis económicas más profundas de su historia. Y tercero, porque una evaluación seria debe comparar el país de 1990 con aquel que existía en 1973.
Cuando se hace esa comparación aparecen fenómenos que suelen quedar fuera del debate político. Chile experimentó una transformación de su estructura productiva, una apertura comercial sin precedentes, una profunda reducción de la inflación respecto de los niveles heredados, una expansión de las exportaciones, una reforma del sistema educacional y universitario, una reducción extraordinaria de la desnutrición infantil y, después de la crisis de comienzos de los años ochenta, una recuperación económica que terminó dejando al país preparado para el fuerte crecimiento de los años noventa.
El debate puede y debe incluir las enormes dificultades sociales de aquellos años. Pero también debe incluir aquello que cambió.
Una cifra real que no cuenta toda la historia
El primer punto que conviene aclarar es precisamente el más incómodo para cualquier defensa seria del Gobierno Militar. No es necesario negar la existencia del 40% de pobreza para defender su legado económico.
Las cifras oficiales de MIDEPLAN muestran que la pobreza alcanzaba al 38,6% de la población en 1990 y que la indigencia representaba el 12,9%. En 1987, la situación era todavía más difícil, con niveles de pobreza superiores al 44%. Por lo tanto, quien sostenga que durante los últimos años del Gobierno Militar Chile tenía niveles de pobreza cercanos al 40% no está inventando una cifra.
El problema aparece cuando ese número es utilizado como si describiera por sí solo la totalidad de los 17 años, como si se tratara de un indicador constante desde 1973 hasta 1990 y, sobre todo, como si no fuera necesario preguntarse qué ocurrió entre ambos extremos. La discusión histórica comienza precisamente allí.
Porque una fotografía de 1987 no explica por sí misma lo que ocurrió en 1973, del mismo modo que una fotografía de 1990 tampoco explica todo lo que ocurrió durante la década siguiente.
El Chile recibido en 1973 estaba sumido en una crisis económica extraordinaria
Para entender la transformación posterior hay que comenzar por el punto de partida. El Chile de 1973 enfrentaba una situación macroeconómica extraordinariamente deteriorada. Documentos históricos del Banco Central describen una economía caracterizada por fuerte intervención estatal, controles de precios, déficit fiscal, inflación extremadamente elevada y una estructura comercial profundamente protegida. Un estudio del propio Banco Central señala que en 1973 existían aranceles que llegaban hasta 750%, con un promedio nominal de 105%.
La inflación constituía uno de los problemas más graves. Las series históricas del Banco Central registran una inflación de 508,1% durante 1973, mientras que otros documentos del mismo organismo sitúan la variación en torno al 500-600%, dependiendo de la metodología utilizada.
El déficit fiscal había alcanzado niveles extraordinarios. Un documento histórico del Banco Central registra un déficit equivalente al 24,7% del producto en 1973 y señala que buena parte de ese desequilibrio fue financiado mediante emisión monetaria, contribuyendo a la aceleración inflacionaria.
Otro estudio del Banco Central resume el escenario de comienzos de los años setenta con tres conceptos particularmente claros: alta inflación, bajo crecimiento y alto déficit fiscal. Para 1973, el déficit fiscal aparece cercano al 25% del PIB.
Por eso puede utilizarse la expresión “Chile en bancarrota” en un sentido político o coloquial para describir con total veracidad la magnitud del desastre económico durante el gobierno de Salvador Allende, pero técnicamente es más preciso hablar de una economía en una situación de desequilibrio macroeconómico extremo. Y esta distinción es importante porque permite formular una pregunta mucho más interesante.
¿En qué condiciones recibió Pinochet el país y en qué condiciones lo entregó?
Del déficit gigantesco al orden fiscal. La primera transformación fue la estabilización de las cuentas públicas. El proceso fue doloroso. El ajuste de 1974 y 1975 produjo una fuerte contracción económica y un aumento considerable del desempleo. No existe una defensa seria del período que pueda negar esos costos.
Pero la otra mitad de la historia está en las cifras fiscales. El Banco Central señala que el programa de ajuste permitió reducir el déficit fiscal desde niveles extremadamente elevados hasta 5,4% del PIB en 1974 y 2% en 1975. En 1976, las cuentas públicas llegaron a mostrar un superávit cercano al 4% del PIB.
Chile pasó, en pocos años, desde una situación fiscal prácticamente insostenible hacia una estructura considerablemente más ordenada. Ese cambio fue fundamental para todo lo que vino después.
El punto de partida también importa. Chile no era una sociedad sin pobreza antes de 1973. Las estimaciones históricas utilizadas por CEPAL sitúan para 1970 en 17% los hogares pobres y 6,5% los hogares indigentes, lo que demuestra que el problema social era anterior a la Unidad Popular. Sin embargo, durante el gobierno de Salvador Allende se produjo un deterioro económico de una magnitud excepcional, acompañado por desabastecimiento, desequilibrios fiscales, caída de la producción y una inflación que pasó de 34,9% en 1971 a 22,1% en 1972 y terminó llegando a alrededor de 600% en 1973, según las series históricas del Banco Central.
El Gobierno Militar recibió, por tanto, un país que ya arrastraba una pobreza estructural considerable, pero además una economía profundamente desequilibrada, y durante sus 17 años se produjo una transformación que debe ser evaluada en toda su dimensión. Es cierto que las crisis de 1975 y, especialmente, de 1982 provocaron un enorme retroceso social y que la pobreza llegó a 45,1% de la población en 1987, pero también es cierto que hacia 1990 ya había descendido a 38,6%, mientras la indigencia había bajado de 17,4% a 12,9% entre 1987 y 1990.
Al mismo tiempo, durante el período militar la atención profesional de los partos aumentó de 81,1% en 1970 a 97,8% en 1987, la mortalidad materna cayó de 1,68 a 0,46 por mil nacidos vivos y la desnutrición infantil se redujo de 15,5% en 1975 a 8,6% en 1988. Así, la comparación histórica no puede reducirse al conocido “40% de pobreza”: Allende recibió un Chile que ya tenía pobreza estructural y dejó una economía en una situación mucho peor y de enorme deterioro; Pinochet recibió esa crisis, atravesó dos severas recesiones, pero terminó entregando en 1990 un país económica y socialmente transformado, con una economía abierta, nuevas instituciones, una fuerte reducción de la desnutrición y una tendencia descendente de la pobreza y la indigencia. Esa es una parte fundamental de la historia que queda fuera cuando todo el balance se reduce a una sola cifra.
La apertura que cambió la economía chilena
La segunda transformación fue estructural. El Gobierno Militar redujo radicalmente las barreras comerciales, eliminó numerosas restricciones para importar y modificó la estructura arancelaria. El proceso culminó en una tarifa uniforme cercana al 10% en 1979.
La importancia de esa transformación excedió con mucho la discusión sobre los aranceles. Chile comenzó a abandonar una economía orientada fundamentalmente hacia el mercado interno y pasó a buscar oportunidades en los mercados internacionales.
El propio Banco Central describe el período 1973-1990 como una etapa de profunda apertura comercial, desregulación financiera, privatización de empresas estatales y retiro del Estado de la producción directa. También destaca la gradual diversificación de la canasta exportadora, aun manteniéndose el cobre como principal producto. Ese proceso sería fundamental para la economía chilena de las décadas posteriores.
La crisis de los años ochenta y la reconstrucción económica
La defensa del modelo económico del Gobierno Militar tampoco puede hacerse ocultando la crisis de 1982. Fue una crisis gigantesca. El sistema financiero sufrió graves problemas, numerosas instituciones fueron intervenidas y el PIB cayó fuertemente en 1982 y 1983. Un estudio del Banco Central describe cómo 19 instituciones financieras, que representaban alrededor del 60% de los activos del sistema, fueron intervenidas por el Estado, cerradas, fusionadas o rehabilitadas.
Pero precisamente aquí aparece uno de los aspectos más importantes de la historia. Chile no permaneció en la crisis. Después de 1983 comenzó una recuperación que terminó transformándose en un período de crecimiento sostenido. Las cifras del Banco Central registran crecimiento del PIB de 6,1% en 1984, 3,5% en 1985, 5,6% en 1986, 6,6% en 1987, 7,3% en 1988 y 10,6% en 1989.
Es decir, después de la devastadora crisis de 1982-1983, Chile consiguió reconstruir su economía y entrar en los últimos años de la década con tasas de crecimiento extraordinariamente elevadas. No fue una recuperación meramente estadística. Fue el comienzo de una transformación que se proyectaría sobre los años noventa.
Los últimos años del Gobierno Militar fueron años de fuerte expansión
Este punto suele perderse cuando toda la discusión queda concentrada en 1982. El Chile de 1988 y 1989 ya era muy diferente del Chile de 1982.
La economía había recuperado capacidad de crecimiento, las exportaciones se habían expandido, la estructura productiva se había diversificado y la apertura internacional comenzaba a convertirse en una característica permanente de la economía nacional.
El Banco Central ha descrito precisamente este período como un proceso de reformas profundas que terminaron generando instituciones y fundamentos macroeconómicos más sólidos. En un estudio posterior, Vittorio Corbo y Leonardo Hernández sostienen que las reformas realizadas durante décadas anteriores ayudaron a que Chile llegara a los años noventa con fundamentos macroeconómicos e instituciones más fuertes, lo que permitió enfrentar mejor los shocks posteriores. Ese dato es crucial para comprender el Chile posterior a 1990. La economía que recibió Patricio Aylwin no apareció de la nada el 11 de marzo de 1990.
La pobreza comenzó a disminuir antes de la transición
Aquí aparece nuevamente la famosa cifra del 40%. La encuesta CASEN registró 45,1% de pobreza en 1987 y 38,6% en 1990. Por lo tanto, durante los últimos años del Gobierno Militar la pobreza ya estaba disminuyendo.
La indigencia también había comenzado a retroceder. En 1990 representaba el 12,9% de la población, cifra que posteriormente continuaría bajando con mucha rapidez. Entre 1990 y 1998, la pobreza cayó desde 38,6% hasta 21,7%, mientras la indigencia disminuyó desde 12,9% hasta 5,6%.
Es perfectamente legítimo atribuir una parte importante de esa reducción posterior a las políticas implementadas por los gobiernos democráticos. Pero también resulta difícil sostener que el proceso económico comenzó nuevamente desde cero en 1990. La economía de los noventa heredó una estructura profundamente modificada durante las décadas anteriores.
La transformación de la infancia chilena
Existe otro aspecto que resulta particularmente importante porque permite observar el proceso de transformación social más allá del PIB. La nutrición infantil. Chile tenía una larga historia de pobreza, desnutrición y mortalidad infantil. La política contra la desnutrición no nació con el Gobierno Militar. Sus antecedentes se remontan a décadas anteriores y figuras como Fernando Monckeberg tuvieron un papel fundamental en esa lucha.
Pero el Gobierno Militar mantuvo, desarrolló y profundizó numerosas políticas de alimentación, salud materno-infantil y prevención. Los resultados fueron significativos.
Los datos históricos muestran que la desnutrición total entre los niños menores de seis años bajo control alcanzaba aproximadamente 15,5% en 1975 y se había reducido hasta alrededor de 8,8% en 1982. Otros registros muestran que hacia fines de los años ochenta la proporción continuaba descendiendo.
La historia de la nutrición chilena es, por tanto, una historia de continuidad nacional. CEPAL ha destacado que Chile consiguió erradicar la desnutrición infantil durante el período comprendido entre las décadas de 1960 y 1980 mediante políticas sostenidas de salud materno-infantil, alimentación y protección de la infancia. Por eso no sería correcto afirmar que Pinochet “inventó” la lucha contra la desnutrición. Pero tampoco sería correcto borrar el hecho de que durante su Gobierno la reducción de la desnutrición continuó de manera muy significativa. La transformación de la infancia chilena fue una obra acumulativa.
La salud también cambió
Los cambios sociales tampoco se limitaron a la alimentación. Registros oficiales de la época muestran avances en indicadores sanitarios como la atención profesional de los partos, la mortalidad materna y el acceso a consultas médicas.
En documentos parlamentarios de comienzos de los años noventa se consignó que la proporción de partos con atención profesional había aumentado desde aproximadamente 81% en 1970 hasta cerca de 98% en 1987, mientras la mortalidad materna había disminuido sustancialmente. Estos indicadores muestran algo que la discusión política suele olvidar.
Un país puede tener una pobreza elevada y, simultáneamente, estar experimentando importantes transformaciones estructurales en salud, educación y condiciones de vida. No existe ninguna contradicción estadística entre ambas cosas.
El gran cambio olvidado: la educación superior
Probablemente uno de los elementos menos considerados cuando se analiza el legado del Gobierno Militar sea la transformación de la educación superior.
Antes de 1981 Chile tenía solamente ocho universidades, vinculadas fundamentalmente al Estado y a instituciones tradicionales. Solamente unos pocos tenían acceso a la educación superior, el resto tenían que comenzar a trabajar en cualquier oficio apenas salían del colegio.
La reforma universitaria de 1981 modificó radicalmente ese escenario. La legislación permitió la creación de universidades privadas y estableció nuevas instituciones de educación superior, incluyendo los institutos profesionales.
Entre 1981 y 1990 fueron creadas varias universidades privadas, mientras que posteriormente el proceso se aceleró todavía más. Estudios históricos sobre el sistema universitario chileno destacan que la reforma permitió el ingreso de nuevos actores privados y transformó profundamente la estructura institucional de la educación superior.
Esto tuvo una importancia económica enorme. Porque una economía no crece solamente construyendo carreteras, comprando maquinaria o exportando cobre. También crece cuando consigue formar capital humano.
De una sociedad con pocos profesionales a una sociedad profesionalizada
Durante buena parte del siglo XX, obtener un título universitario en Chile era una posibilidad reservada a una fracción relativamente pequeña de la población. Eso significaba que numerosos hogares podían pasar generaciones enteras sin tener un profesional entre sus integrantes.
La reforma de 1981 abrió una puerta que posteriormente sería ampliada de manera extraordinaria. Universidades privadas como la Diego Portales, Adolfo Ibáñez, Los Andes, Andrés Bello, del Desarrollo, Gabriela Mistral y Mayor, entre otras, terminarían desarrollando durante las décadas posteriores importantes inversiones académicas, programas de posgrado, investigación y nuevas carreras.
Eso no significa que todas las instituciones creadas durante ese proceso hayan tenido exactamente el mismo nivel académico. Sería absurdo sostenerlo. Pero sí significa que se creó una estructura mucho más amplia y diversa de formación profesional. Y esa transformación tendría consecuencias económicas profundas.
El capital humano como herencia de largo plazo
La expansión universitaria y de los institutos profesionales tuvo una característica fundamental. Sus efectos no podían observarse inmediatamente. Una reforma universitaria realizada en 1981 no produce cientos de miles de profesionales al día siguiente. Produce estudiantes. Después titulados. Después profesionales. Y finalmente familias con mayores ingresos, empresas con trabajadores más calificados y una economía capaz de producir bienes y servicios de mayor complejidad.
Las cifras muestran justamente ese proceso. La matrícula de educación superior, incluyendo universidades, institutos profesionales y centros de formación técnica, se expandió enormemente durante las décadas siguientes. Para comienzos del siglo XXI, Chile ya contaba con un sistema de educación superior completamente diferente al existente antes de 1981.
La mayor parte de la masificación ocurrió después de 1990, y sería incorrecto atribuirle toda esa expansión al Gobierno Militar. Pero también sería incorrecto ignorar que el marco institucional que permitió esa expansión fue creado durante la reforma de 1981.
El Chile profesional de los años noventa no apareció de la nada
Esta es una de las claves para entender la verdadera dimensión del cambio. Cuando Chile comenzó a crecer aceleradamente durante los años noventa, ya existían las bases de una economía mucho más abierta y una población con acceso creciente a educación superior.
La economía podía absorber profesionales porque había comenzado a transformarse. Y la existencia de más profesionales, técnicos y trabajadores especializados permitía a su vez que las empresas aumentaran su productividad. Se produjo así una relación entre educación y crecimiento.
- Más capital humano permitió mayor productividad.
- Mayor productividad permitió mejores salarios.
- Mejores salarios permitieron movilidad social.
Y la movilidad social permitió que familias que nunca habían tenido un profesional entre sus integrantes comenzaran a incorporarlo. Ese proceso explica una parte importante de la transformación de la sociedad chilena durante las décadas siguientes.
Del Chile recibido en 1973 al Chile entregado en 1990
Aquí se encuentra probablemente el argumento más importante para evaluar históricamente el Gobierno Militar.
El Chile de 1973 estaba caracterizado por inflación descontrolada, enormes desequilibrios fiscales, controles de precios, fuertes barreras comerciales, una economía altamente intervenida y un Estado con una participación extraordinariamente amplia en la actividad productiva.
El Chile de 1990 era otro país. No era un país sin pobreza. No era un país sin problemas sociales. No era un país económicamente perfecto. Pero tampoco era el mismo país.
La inflación había descendido radicalmente respecto de los niveles de comienzos de los años setenta. Las cuentas fiscales habían sido reorganizadas. La economía estaba abierta al comercio internacional. El sistema productivo era mucho más competitivo. Las exportaciones se habían diversificado. El sistema financiero había sido reformado después de la crisis. La educación superior tenía nuevos actores. La desnutrición infantil había disminuido de manera espectacular y existía una estructura institucional que sería fundamental para el crecimiento posterior.
El propio Banco Central identifica el período 1973-1990 como una etapa de profundas reformas económicas y estructurales que cambiaron la inserción internacional y la organización económica del país.
Eso no significa afirmar que todos los indicadores fueran mejores en 1990 que en 1973. Significa algo más razonable y más importante. En numerosos aspectos estructurales, Chile había cambiado profundamente para mejor.
El famoso 40% no puede borrar el punto de partida
La pregunta correcta, entonces, no es simplemente: “¿Había 40% de pobres en Chile?”
La respuesta es sí, aproximadamente en torno a esas magnitudes según las mediciones y años considerados.
La pregunta realmente relevante es:
¿Qué Chile tenía ese 40% y qué Chile había detrás de ese 40%?
Porque una sociedad puede tener una elevada pobreza monetaria mientras simultáneamente está atravesando una transformación productiva, institucional, sanitaria y educacional. Eso es exactamente lo que ocurrió en Chile.
La pobreza siguió siendo elevada porque la crisis de 1982 tuvo un costo enorme y porque el proceso de ajuste había sido socialmente muy duro. Pero, al mismo tiempo, la economía se recuperó. La indigencia disminuyó. La desnutrición cayó. La educación superior se diversificó. Las exportaciones crecieron. La estructura productiva cambió. Y el país terminó entrando en la década de 1990 con condiciones muy diferentes de las que existían en 1973.
La pobreza no desapareció, pero Chile comenzó a tener las herramientas para combatirla
Esta distinción es fundamental. Una cosa es disminuir artificialmente un indicador de pobreza mediante subsidios permanentes. Otra muy distinta es transformar las condiciones estructurales que permiten que una sociedad produzca riqueza. La segunda opción toma más tiempo.
La educación superior es un ejemplo perfecto. En 1981 se cambia el sistema. En los años ochenta se forman las primeras generaciones. En los noventa aumenta masivamente la matrícula. Durante los años 2000 aparece una población profesional mucho más numerosa. Y posteriormente esa población pasa a ocupar empresas, universidades, hospitales, servicios públicos, industrias tecnológicas y emprendimientos. La reforma produce efectos durante décadas.
Lo mismo ocurrió con la apertura comercial. No bastaba con reducir aranceles. Había que crear empresas capaces de competir. Había que desarrollar mercados. Había que generar inversión. Había que encontrar nuevos destinos para las exportaciones. Chile comenzó ese proceso durante el Gobierno Militar y lo profundizó durante los gobiernos democráticos posteriores.
La gran paradoja de la discusión chilena
Existe una paradoja en la forma en que se discute este período. Los mismos años que son utilizados para acusar al Gobierno Militar por los elevados niveles de pobreza de fines de los ochenta son también los años en que se construyeron algunas de las bases institucionales que permitirían que la pobreza disminuyera de manera extraordinaria durante los años noventa.
MIDEPLAN registra que entre 1990 y 1998 la pobreza pasó de 38,6% a 21,7%, mientras la indigencia cayó de 12,9% a 5,6%.
Naturalmente, los gobiernos democráticos tienen derecho a atribuirse parte de ese resultado. Pero la explicación económica más completa debe considerar también el crecimiento, las instituciones y las reformas estructurales heredadas.
Un estudio del Banco Central sobre las bases del crecimiento chileno destaca precisamente la profundidad de las reformas previas y la fortaleza institucional y macroeconómica que permitió al país obtener resultados excepcionales durante los años noventa.
Lo que decía Pinochet sobre la pobreza
El propio Augusto Pinochet era consciente de que la pobreza constituía uno de los grandes problemas que debía enfrentar su gobierno.
En una entrevista de 1983 afirmó que el Gobierno Militar estaba librando “una batalla directa contra la extrema pobreza” y sostuvo que una parte muy importante del gasto estatal se destinaba a objetivos sociales.
En 1988, en un discurso pronunciado con motivo del aniversario del 11 de septiembre, volvió a presentar la lucha contra la pobreza como uno de los objetivos centrales de su administración y habló de crear condiciones para superar la pobreza que, según su interpretación, había sido heredada de décadas anteriores de estatismo y políticas económicas que consideraba equivocadas.
Estas declaraciones deben entenderse como la posición política del propio Pinochet, no como demostración independiente de sus resultados. Pero sirven para comprender que el régimen no ignoraba el problema. Por el contrario, intentaba presentar la transformación económica como un instrumento para modificar las condiciones estructurales de la pobreza.
La defensa de Pinochet no necesita negar los problemas
Una defensa histórica seria del general Augusto Pinochet no necesita afirmar que Chile era un paraíso en 1990. No lo era. Tampoco necesita afirmar que todas las reformas fueron perfectas. No lo fueron. Ni siquiera necesita negar que hubo errores económicos importantes. Los hubo, particularmente en la conducción del proceso que desembocó en la crisis financiera de 1982.
La defensa más sólida es otra. Consiste en sostener que Chile de 1990 era estructuralmente distinto y, en numerosos aspectos fundamentales, mucho más desarrollado y preparado para el futuro que el Chile recibido en 1973. Y esa comparación cambia completamente el significado de la discusión.
De la pobreza heredada a la movilidad social
Durante el siglo XX, Chile había sido una sociedad con fuertes desigualdades sociales, baja cobertura universitaria, enormes problemas de vivienda, desnutrición infantil y una estructura económica fuertemente protegida. El Gobierno Militar no solucionó todos esos problemas. Pero modificó profundamente la estructura sobre la cual se desenvolvería la sociedad chilena posterior.
La creación de nuevas universidades y de institutos profesionales abrió oportunidades que antes estaban restringidas a una fracción de la población. La apertura económica generó nuevas oportunidades productivas. La expansión exportadora permitió el desarrollo de sectores que posteriormente adquirirían enorme importancia. La estabilidad fiscal y monetaria se convirtió en un objetivo permanente. Y el combate contra la desnutrición y las enfermedades asociadas a la pobreza continuó produciendo resultados. La sociedad chilena de los años noventa comenzó así a ser una sociedad distinta.
- Más profesional.
- Más abierta.
- Más conectada con el mundo.
- Más urbanizada.
- Con una creciente clase media.
Y con una economía mucho más orientada hacia la inversión, el comercio y la productividad.
El legado debe medirse en décadas
Quizás el mayor error sea evaluar las reformas exclusivamente mirando marzo de 1990. Las reformas económicas no terminan cuando termina un gobierno. Sus efectos continúan. Una carretera construida en 1988 puede seguir utilizándose en 2000. Una universidad creada en 1981 puede formar profesionales durante décadas. Una empresa exportadora que comienza a desarrollarse en los ochenta puede transformarse en una multinacional. Una apertura comercial puede cambiar permanentemente la estructura productiva. Una política de estabilización puede modificar las expectativas de inversión durante generaciones. Por eso el verdadero impacto del período 1973-1990 debe observarse también a través de lo que ocurrió después. Y allí aparece uno de los argumentos más fuertes a favor del modelo.
Chile creció durante buena parte de los años noventa a tasas cercanas al 7% anual, mientras reducía aceleradamente la pobreza. El Banco Central destaca precisamente que Chile fue una excepción dentro de América Latina por su fuerte crecimiento y su importante reducción de la pobreza durante esa década.
El país que recibió y el país que entregó
En 1973 Chile estaba sumido en una crisis económica extraordinaria. La inflación había alcanzado niveles superiores al 600%. El déficit fiscal rondaba una cuarta parte del PIB según las series históricas citadas por el Banco Central. La economía estaba fuertemente protegida. El Estado tenía una presencia enorme en la producción. Existían controles de precios y graves distorsiones. La economía enfrentaba problemas de abastecimiento y un fuerte deterioro de las reservas internacionales.
Diecisiete años después, Chile seguía teniendo pobreza y desigualdad, pero su estructura económica era radicalmente distinta.
- Había una economía abierta.
- Había disciplina fiscal.
- Había nuevos sectores exportadores.
- Había nuevas universidades e instituciones de educación superior.
- Había una población progresivamente más capacitada.
- Había una reducción sustancial de la desnutrición, más que en cualquier otro país de América Latina.
- Había una economía que, después de atravesar una brutal crisis en 1982-1983, había recuperado tasas de crecimiento superiores al 6% y 7% anual durante varios de los últimos años del régimen.
Y había, sobre todo, una plataforma desde la cual Chile pudo experimentar durante los años noventa uno de los procesos de crecimiento y reducción de la pobreza más exitosos de América Latina.
Más allá del 40%
Por eso la discusión sobre el famoso 40% de pobreza debería abandonar las consignas.
- Sí, Chile tuvo niveles de pobreza cercanos al 40% hacia el final del Gobierno Militar.
- Sí, la crisis de 1982 provocó un enorme deterioro social.
- Sí, las políticas económicas tuvieron costos importantes.
Pero también es cierto que la pobreza comenzó a descender antes de marzo de 1990.
- Es cierto que la indigencia se redujo.
- Es cierto que la desnutrición infantil experimentó una disminución extraordinaria.
- Es cierto que se produjo una transformación profunda del sistema universitario.
- Es cierto que aumentó el número de instituciones capaces de formar profesionales.
- Es cierto que Chile pasó desde una economía extraordinariamente cerrada a una de las economías más abiertas de América Latina.
- Es cierto que la inflación y el déficit fiscal fueron reducidos desde niveles absolutamente extraordinarios.
- Es cierto que, después de la crisis, la economía recuperó un crecimiento muy fuerte.
Y es cierto que muchas de las condiciones institucionales que permitieron el éxito económico de los años noventa habían sido construidas durante la década anterior.
La verdadera comparación histórica
La comparación más interesante no es entre una cifra de pobreza y otra. Es entre dos países. El Chile de 1973 era una economía profundamente desequilibrada, con inflación explosiva, déficit fiscal gigantesco, controles, proteccionismo y una estructura productiva fuertemente intervenida. El Chile de 1990 todavía enfrentaba pobreza y desigualdad, pero había cambiado sus fundamentos económicos y sociales.
En ese sentido, el Chile que Pinochet entregó era, en muchos aspectos fundamentales, un país mucho más moderno, abierto, profesionalizado y preparado para crecer que el Chile que recibió en 1973. Ese argumento no requiere negar la pobreza. Tampoco requiere negar las crisis. Requiere simplemente aceptar que la historia económica de Chile no termina en una cifra.
El 40% de pobreza puede ser un dato. Pero un dato no es una historia. La historia está en la transformación. Y esa transformación fue mucho más profunda que el porcentaje que posteriormente se convirtió en una de las principales armas retóricas de la discusión política chilena.
Augusto Pinochet: el legado de un país transformado
| Augusto Pinochet. |
Pero precisamente por tratarse de un período tan controvertido resulta todavía más necesario separar las consignas de los datos.
Chile recibió en 1973 una economía sometida a una inflación extraordinaria, un enorme déficit fiscal, controles de precios, proteccionismo y una intervención estatal muy extensa.
Diecisiete años después, el país todavía tenía problemas graves, entre ellos una pobreza que seguía siendo elevada. Pero había construido una economía radicalmente diferente.
Había atravesado dos grandes crisis, había recuperado el crecimiento, había reducido la inflación, había abierto sus mercados, había diversificado sus exportaciones, había transformado su sistema universitario y había reducido significativamente la desnutrición infantil.
La democracia recibió, por tanto, un país con problemas, pero también recibió una plataforma económica e institucional completamente diferente de aquella existente en 1973.
Esa es probablemente la forma más rigurosa de responder a la cifra del 40%. No negándola. No ocultándola. Sino colocándola dentro de una historia mucho más grande. Porque Chile no fue simplemente el país que tenía 40% de pobreza en determinado momento. Fue también el país que pasó, en una sola generación, de una economía cerrada y profundamente desequilibrada a una economía abierta, exportadora, crecientemente profesionalizada y preparada para el crecimiento que marcaría buena parte de las décadas siguientes. Y esa transformación es imposible de explicar si se cuenta únicamente una cifra.
El problema de una mirada que se niega a reconocer los aciertos
El problema es que, cuando se habla de Augusto Pinochet, una parte importante de la izquierda chilena no se limita a cuestionar sus responsabilidades políticas, económicas o históricas —algo completamente legítimo en una democracia—, sino que parece incapaz de reconocer siquiera aquellos aspectos de su gobierno que objetivamente produjeron resultados positivos o que terminaron formando parte de la transformación posterior de Chile. Esa negativa a reconocer cualquier mérito constituye una forma de deshonestidad política e intelectual.
Reconocer que durante el Gobierno Militar hubo graves violaciones a los derechos humanos, conflictos políticos y decisiones económicas discutibles no obliga a negar simultáneamente todo lo que funcionó. Del mismo modo, reconocer reformas económicas exitosas, avances sanitarios, expansión de la infraestructura o transformaciones institucionales no obliga a justificar aquello que fue injustificable.
Una evaluación histórica adulta debe ser capaz de sostener ambas cosas al mismo tiempo. Pinochet sí hizo cosas buenas por Chile y esas cosas merecen ser reconocidas, aunque quien las reconozca no comparta su régimen político ni su figura histórica. Entre ellas están la transformación de la economía mediante la apertura comercial y una orientación mucho mayor hacia el mercado; la modernización del Estado y la reducción de numerosas empresas públicas que habían demostrado ser ineficientes; el combate contra la inflación y la recuperación del equilibrio macroeconómico; el fuerte crecimiento conseguido después de la crisis de comienzos de los años ochenta; la reducción de la pobreza y, especialmente, la extraordinaria disminución de la desnutrición infantil; la creación de las AFP y de las Isapres como parte de una profunda transformación de los sistemas previsional y sanitario; la construcción y expansión inicial del Metro de Santiago, incluyendo las Líneas 1 y 2; la construcción del actual edificio del Congreso Nacional en Valparaíso; el extraordinario esfuerzo de infraestructura asociado a la Carretera Austral y la integración territorial de zonas aisladas; la expansión de la infraestructura eléctrica y estratégica; la promulgación de la Constitución de 1980, que estableció buena parte del marco institucional que posteriormente continuaría vigente, aunque profundamente reformado; y, finalmente, un hecho político que tampoco debería ser minimizado, la aceptación del resultado del plebiscito de 1988 y la entrega del poder a un gobierno democráticamente elegido en marzo de 1990, proceso que permitió una transición institucional y pacífica.
Ninguno de estos hechos borra los aspectos más oscuros de la dictadura, pero tampoco pueden ser borrados de la historia para acomodarla a una determinada interpretación ideológica.
Logros concretos del gobierno de Augusto Pinochet
- Transformación económica mediante la apertura al libre mercado.
- Modernización del Estado y reducción de empresas públicas ineficientes.
- Control de la inflación y estabilización macroeconómica.
- Fuerte crecimiento económico desde mediados de los años 80.
- Reducción sustantiva de la pobreza y erradicación de la desnutrición infantil.
- Creación del sistema de AFP y del sistema de Isapres.
- Construcción y expansión del Metro de Santiago (Líneas 1 y 2).
- Construcción del edificio actual del Congreso Nacional.
- Desarrollo de la Carretera Austral, integrando zonas aisladas del país.
- Expansión del sistema eléctrico y de infraestructura estratégica.
- Promulgación de la Constitución de 1980, base de la institucionalidad vigente.
- Transición pacífica a la democracia tras el plebiscito de 1988.
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