El comunismo tiene derecho a existir y competir en democracia, pero la libertad que permite defender sus ideas también permite examinarlas críticamente. Chile no debería confundir pluralismo con ingenuidad ni moderación con renuncia a sus principios.
| No al comunismo. |
Las ideas políticas deben ser juzgadas por lo que ocurre cuando se convierten en poder. Y cuando una doctrina tiene detrás experiencias históricas tan controvertidas, una sociedad democrática tiene no solamente el derecho, sino también el deber de examinarlas sin complejos.
Chile, además, tiene una particularidad que no debería pasar inadvertida. Mientras buena parte de las antiguas fuerzas comunistas europeas se transformaron, moderaron o perdieron influencia después del derrumbe de la Unión Soviética, el Partido Comunista chileno continúa teniendo una presencia política e institucional relevante.
La pregunta, entonces, no debería ser por qué existe. En una democracia libre, tiene todo el derecho a existir. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿por qué deberíamos confiar ciegamente en una ideología cuya historia obliga, precisamente, a mantener la guardia democrática en alto?
La utopía que terminó chocando con la realidad
El comunismo prometió absurdamente una sociedad sin clases, sin explotación y basada en la igualdad. La promesa era poderosa. El problema apareció cuando llegó el momento de convertirla en un sistema político y económico concreto.
La Unión Soviética, los regímenes de Europa del Este, la China de Mao, Camboya bajo los Jemeres Rojos y otros experimentos comunistas dejaron una historia marcada por experiencias autoritarias, represión política y enormes costos humanos. Cada caso tuvo sus particularidades y no sería serio reducirlos a una sola explicación. Pero tampoco resulta razonable ignorar el patrón histórico.
La caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética dos años después fueron algo más que acontecimientos geopolíticos. También representaron el fracaso de la pretensión de que la planificación central y el monopolio político de un partido podían constituir el destino inevitable de las sociedades modernas.
La historia terminó demostrando que una cosa es denunciar las desigualdades y otra muy distinta construir una sociedad próspera, libre y justa.
Cuando el Estado termina siendo demasiado poderoso
Aquí aparece una de las mayores razones para desconfiar del comunismo: su relación con el poder. El problema no consiste en defender un Estado pequeño por principio. Un Estado democrático tiene responsabilidades enormes: seguridad, justicia, educación, infraestructura, salud pública, protección social y regulación. La cuestión es dónde se establecen los límites.
Cuando el Estado concentra simultáneamente el poder político y una parte decisiva del poder económico, la libertad individual queda peligrosamente subordinada a quienes controlan las instituciones. La advertencia de Friedrich Hayek resulta especialmente pertinente: mientras mayor sea la capacidad del poder político para decidir sobre la vida económica y social, mayor es también el riesgo de que la libertad dependa de la voluntad de quienes gobiernan.
Una democracia liberal funciona justamente al revés. El gobierno cambia. Los partidos pierden elecciones. Las mayorías se transforman en minorías. Los ciudadanos pueden emprender, expresarse, asociarse y construir proyectos de vida que no dependan de la autorización permanente del Estado. La libertad no consiste solamente en votar. También consiste en tener espacios de autonomía frente al poder.
El problema de una ideología que cree conocer el destino de la historia
Karl Popper dedicó buena parte de su obra a cuestionar las doctrinas que pretenden descubrir leyes inevitables de la historia y, a partir de ellas, justificar proyectos políticos destinados a transformar radicalmente la sociedad. Este punto es fundamental.
En una democracia liberal nadie posee una verdad histórica definitiva. Ningún partido tiene derecho a proclamarse dueño del futuro. Ningún gobierno puede sostener que sus objetivos son tan superiores que justifican pasar por encima de las instituciones.
Cuando una ideología cree conocer quiénes son los buenos y quiénes son los enemigos de la transformación histórica, existe una tentación permanente de considerar legítimos los sacrificios realizados en nombre de ese supuesto futuro. Y allí comienza el peligro.
Porque si la historia supuestamente tiene un destino inevitable, quienes se oponen a ese destino pueden terminar siendo considerados no simplemente adversarios políticos, sino obstáculos que deben ser removidos.
La igualdad no puede convertirse en excusa para eliminar la libertad
La igualdad es un valor legítimo. Nadie debería defender una sociedad donde el origen familiar determine para siempre el destino de una persona. Pero igualdad y libertad no son conceptos intercambiables.
Isaiah Berlin advertía que las sociedades humanas deben convivir con una pluralidad de valores que no siempre pueden maximizarse simultáneamente. Libertad, igualdad, seguridad, justicia y orden son bienes importantes, pero gobernar significa muchas veces administrar las tensiones entre ellos, no prometer una fórmula mágica que los lleve a su máximo absoluto. El problema aparece cuando la búsqueda de igualdad termina justificando la eliminación de otras libertades.
Una sociedad puede combatir la pobreza sin abolir la propiedad privada. Puede fortalecer las políticas sociales sin destruir el emprendimiento. Puede aumentar las oportunidades sin convertir al Estado en propietario de prácticamente todo.
No existe ninguna contradicción entre una economía de mercado y una preocupación genuina por quienes tienen menos. De hecho, una sociedad libre puede utilizar el crecimiento económico para financiar mejores políticas públicas sin sacrificar los derechos individuales.
El comunismo no puede ser tratado como una izquierda cualquiera
Aquí conviene hacer una distinción importante. No toda izquierda es comunista. No todo socialista pretende abolir la democracia liberal. Existen izquierdas democráticas, socialdemócratas y reformistas que aceptan la economía de mercado, la alternancia política, la propiedad privada y las instituciones republicanas. El comunismo es otra cosa.
Su tradición histórica ha estado vinculada a una concepción mucho más profunda de transformación de la sociedad, del Estado, de la propiedad y de las relaciones de poder. Por eso merece un escrutinio particular. Y ese escrutinio no constituye persecución.
Una democracia madura puede decir simultáneamente: “usted tiene derecho a defender sus ideas” y “yo tengo derecho a considerar esas ideas equivocadas y peligrosas”. Eso no es intolerancia. Es pluralismo democrático. El verdadero pluralismo no exige fingir que todas las ideas son igualmente buenas.
La violencia jamás puede convertirse en una herramienta política aceptable
Chile tampoco puede permitirse una memoria selectiva respecto de la violencia política. Protestar es legítimo. Manifestarse es legítimo. Criticar al gobierno es legítimo. Organizarse políticamente y exigir cambios también lo es. Pero incendiar, saquear, destruir infraestructura, amenazar personas o utilizar la violencia para imponer objetivos políticos pertenece a otra categoría.
El Estado de Derecho no puede funcionar con una doble vara. La violencia no se vuelve aceptable porque la causa que la invoca parezca justa. Tampoco deja de ser violencia porque se le cambie el nombre.
Una democracia permite derrotar electoralmente al adversario. Lo que no puede aceptar es que quien pierde la discusión política considere legítimo utilizar la coerción para reemplazar el debate.
Como plantea el texto de base, la diferencia es fundamental: no toda protesta es violencia, no todo manifestante es delincuente y no toda reivindicación social es extremista; pero tampoco toda violencia puede ser rebautizada como simple descontento social. Ese límite debe ser intransable.
La falsa neutralidad también puede ser una forma de ingenuidad
Chile no necesita una política sin convicciones. Durante años se ha instalado la idea de que ser moderado significa repartir automáticamente las culpas entre ambos lados. Como si toda discusión tuviera dos verdades equivalentes y como si todo conflicto pudiera resolverse simplemente encontrando un punto medio. Pero la democracia no consiste en construir simetrías artificiales.
Se puede discutir cuánto debe gastar el Estado. Se puede discutir los impuestos, las políticas sociales, la regulación económica o el tamaño de la administración pública. Lo que no debería negociarse permanentemente es si la violencia política es aceptable, si la propiedad privada merece protección, si el Estado de Derecho debe cumplirse o si las libertades individuales pueden sacrificarse en nombre de una supuesta transformación histórica.
Hay asuntos sobre los cuales se puede negociar. Y hay principios que precisamente existen para impedir que todo sea negociable.
No hay que prohibir al comunismo: hay que derrotarlo democráticamente
Aquí está quizás la conclusión más importante. Prohibir al Partido Comunista sería un error. Si una democracia necesita recurrir a la censura para derrotar una idea, demuestra más debilidad que fortaleza. La mejor respuesta al comunismo no es perseguir comunistas. Es confrontar sus ideas.
- Con argumentos.
- Con evidencia.Con resultados.
- Con memoria histórica.
- Con elecciones libres.
La democracia liberal no necesita tener miedo de sus adversarios. Al contrario: debe confiar lo suficiente en sus propios principios como para permitir que todas las ideas sean sometidas al juicio ciudadano.
La batalla contra el comunismo, por tanto, no debe librarse cerrando partidos ni silenciando personas. Debe librarse demostrando que una sociedad abierta puede ofrecer libertad política, crecimiento económico, movilidad social, seguridad y oportunidades sin sacrificar la dignidad individual. La mayor derrota de una ideología no ocurre cuando se la prohíbe. Ocurre cuando deja de convencer.
Los 10 motivos por los que hay que desconfiar del comunismo
- 1. Porque concentra demasiado poder en el Estado. Cuando el poder político adquiere también una enorme capacidad para controlar la economía y la vida social, la autonomía individual queda en una posición vulnerable.
- 2. Porque su historia registra demasiadas experiencias autoritarias. La Unión Soviética, los regímenes de Europa del Este, la China de Mao, Camboya y otros casos muestran que la aplicación histórica del comunismo estuvo asociada en numerosos episodios con represión, persecución y ausencia de pluralismo.
- 3. Porque ha demostrado una enorme dificultad para conciliar igualdad y libertad. La igualdad material no puede convertirse en una justificación para restringir derechos fundamentales.
- 4. Porque desconfía de la propiedad privada. La propiedad no es solamente una cuestión económica: también constituye un espacio de autonomía frente al poder político.
- 5. Porque la planificación central tiene graves problemas para reemplazar al mercado. La experiencia histórica muestra las dificultades de coordinar millones de decisiones económicas desde una estructura estatal centralizada.
- 6. Porque las utopías políticas pueden terminar justificando abusos en nombre de un futuro mejor. Cuando una ideología cree conocer el destino inevitable de la historia, puede llegar a considerar que determinados sacrificios son necesarios para alcanzar ese objetivo.
- 7. Porque existe el riesgo de convertir al adversario político en un enemigo histórico. Una democracia necesita adversarios, no enemigos a los que se deba eliminar del escenario político.
- 8. Porque la violencia nunca puede convertirse en una herramienta legítima de transformación política. Las diferencias políticas deben resolverse mediante instituciones, debate y elecciones, no mediante coerción.
- 9. Porque la defensa de la libertad exige límites al poder. Una sociedad libre necesita separación de poderes, alternancia, libertad de expresión, propiedad, emprendimiento y pluralismo político.
- 10. Porque la historia debe importar. No se trata de juzgar a una persona por lo que hicieron otros hace décadas. Se trata de aprender de la experiencia acumulada antes de volver a experimentar con las mismas recetas.
| No al comunismo. |
La verdadera defensa de Chile
Desconfiar del comunismo no significa odiar al comunista. Significa desconfiar de una doctrina y de sus consecuencias históricas. Y esa diferencia importa.
Chile no necesita perseguir a nadie por sus ideas. Necesita ciudadanos capaces de discutirlas. No necesita censura. Necesita memoria. No necesita prohibiciones arbitrarias. Necesita instituciones fuertes.
La democracia debe permitir que el comunismo exista. Pero esa misma democracia debe permitir —y exigir— que sus postulados sean cuestionados con toda la fuerza de los argumentos. Porque la libertad no se defiende renunciando a las convicciones. Se defiende precisamente teniendo convicciones democráticas suficientemente firmes como para no tener miedo de defenderlas.
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