La invasión rusa ha dejado decenas de miles de muertos, millones de desplazados y ciudades reducidas a escombros. Sin embargo, el cansancio mediático, el oportunismo político y el doble estándar ideológico han convertido una de las mayores tragedias humanitarias del siglo XXI en una guerra que ya casi nadie parece querer recordar.
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| Ucrania. |
Han pasado más de cuatro años desde que Rusia lanzó la invasión a gran escala contra Ucrania. En los primeros días del conflicto, numerosos analistas aseguraban que Kiev caería en cuestión de horas o, a lo sumo, de semanas. Vladimir Putin apostó por una victoria relámpago, convencido de que el peso militar de Rusia bastaría para doblegar a un país al que consideraba débil y dividido. Se equivocó.
Lo que encontró fue un pueblo dispuesto a defender su libertad hasta las últimas consecuencias. No solo combatieron soldados profesionales. También lo hicieron profesores, médicos, agricultores, estudiantes y jubilados que entendieron que la guerra no era únicamente por un territorio, sino por el derecho de Ucrania a seguir existiendo como nación independiente.
La historia ya registró esa resistencia como una de las demostraciones de patriotismo más extraordinarias de nuestro tiempo.
El terrorismo de Estado convertido en estrategia militar
La invasión rusa no ha sido simplemente una guerra convencional. Ha estado marcada por ataques sistemáticos contra infraestructura civil, hospitales, escuelas, edificios residenciales, centrales energéticas y zonas habitadas por población indefensa. Miles de civiles han perdido la vida y millones han debido abandonar sus hogares. Detrás de cada cifra existe una historia truncada.
Niños que crecieron bajo sirenas antiaéreas. Familias separadas por miles de kilómetros. Ancianos que murieron sin abandonar la ciudad donde vivieron toda su vida. Generaciones completas marcadas psicológicamente por una violencia que parece no tener fin.
Nada de aquello puede justificarse bajo argumentos geopolíticos, históricos o estratégicos. Ninguna potencia tiene derecho a borrar por la fuerza la soberanía de otra nación.
El silencio que avergüenza a Occidente
Pero quizá la derrota moral más profunda no proviene solamente de Moscú. Proviene también del progresivo silencio internacional.
Durante los primeros meses de la invasión, las imágenes de Bucha, Mariúpol, Járkov o Jersón ocuparon portadas, noticieros y debates parlamentarios. Hoy, mientras los bombardeos continúan casi diariamente, la cobertura disminuyó drásticamente. La guerra dejó de ser novedad y pasó a convertirse en una tragedia permanente que ya no genera la misma atención. Los muertos siguen cayendo. Los misiles siguen destruyendo ciudades. Las familias continúan huyendo. Solo desaparecieron las cámaras.
La indiferencia nunca es neutral. Cuando una guerra deja de ocupar espacio en la conciencia pública, también disminuye la presión internacional sobre el agresor. El olvido termina convirtiéndose, aunque sea involuntariamente, en un aliado de quien utiliza la fuerza para imponer sus objetivos.
El doble estándar de buena parte de la izquierda chilena
En Chile existe además una contradicción difícil de ignorar. Sectores importantes de la izquierda y la ultraizquierda han demostrado una enorme capacidad de movilización frente a conflictos como el de Gaza. Han organizado marchas, campañas, declaraciones públicas y constantes denuncias internacionales.
Ese compromiso con las víctimas sería plenamente coherente si mantuviera la misma intensidad frente al sufrimiento de los ucranianos. Pero eso no ha ocurrido.
La invasión rusa, las masacres de civiles, los secuestros, la destrucción de ciudades enteras y los millones de desplazados nunca generaron un nivel equivalente de indignación política. No se trata de competir entre tragedias. Se trata de preguntarse por qué unas víctimas parecen despertar una solidaridad inmediata mientras otras quedan relegadas a un incómodo segundo plano.
Los derechos humanos no pueden depender del color ideológico del agresor. Una madre que pierde a su hijo bajo un misil ruso sufre exactamente igual que una madre que lo pierde en cualquier otro conflicto. El dolor humano no reconoce fronteras, bloques militares ni consignas partidistas. La invasión y la violencia injustificada se deben condenar con igual fuerza si los ataques son en Jarkov (Ucrania) o si son en Gaza (Palestina).
Los medios también tienen una responsabilidad
La prensa tampoco puede eludir su cuota de responsabilidad. Es cierto que el paso del tiempo reduce el interés informativo de cualquier conflicto prolongado. Sin embargo, existe una diferencia enorme entre disminuir la cobertura y prácticamente normalizar una guerra que continúa cobrando vidas todos los días.
La función del periodismo no consiste únicamente en informar aquello que genera audiencia. También implica mantener viva la memoria colectiva frente a las injusticias más graves. Cuando las cámaras abandonan una guerra, las víctimas quedan todavía más solas. Y eso es precisamente lo que hoy ocurre con Ucrania.
Mientras nuevos temas dominan los titulares, millones de personas siguen despertando con el sonido de drones, misiles y alarmas antiaéreas. La tragedia continúa, aunque ya no ocupe los espacios principales de los noticiarios.
La libertad también necesita memoria
La invasión rusa no es solamente una disputa territorial. Es el intento deliberado de un régimen autoritario por someter a un país soberano mediante la violencia militar, el miedo y la destrucción sistemática.
Frente a ello, Ucrania ha respondido con una convicción que merece respeto incluso entre quienes discrepan de sus gobiernos o de las decisiones de Occidente: el derecho irrenunciable de un pueblo a decidir su propio destino.
Vladimir Putin podrá destruir edificios, puentes o centrales eléctricas. Lo que no ha conseguido destruir es la identidad nacional de millones de ucranianos que se negaron a aceptar la ocupación.
Las guerras no terminan únicamente cuando cesan los disparos. También comienzan a perderse cuando el resto del mundo deja de mirar. Ese es el verdadero riesgo de nuestro tiempo. Que la costumbre termine anestesiando la conciencia. Que las cifras sustituyan a las personas. Que la geopolítica termine justificando aquello que jamás debería justificarse.
Ucrania sigue resistiendo. Sigue enterrando a sus muertos. Sigue defendiendo su libertad mientras buena parte del planeta continúa con su rutina como si aquella tragedia hubiera dejado de existir.
La historia juzgará la responsabilidad de Vladimir Putin por haber desencadenado una guerra injustificable contra una nación soberana. Pero también juzgará a quienes optaron por relativizar esa agresión, a quienes guardaron silencio por conveniencia ideológica y a quienes, desde la política o desde los medios de comunicación, permitieron que una de las mayores tragedias de este siglo desapareciera lentamente de la conciencia pública.
Porque el olvido, cuando convive con la injusticia, también puede convertirse en una forma de complicidad.

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