El proyecto impulsado por el Gobierno del Presidente Kast busca entregar reglas claras y estables para quienes inviertan en el país. Lejos de ser un privilegio para las grandes empresas, la invariabilidad tributaria es un instrumento utilizado internacionalmente para atraer capital, generar empleo y reducir la incertidumbre económica. La férrea oposición de la izquierda revela, una vez más, una visión que privilegia la discrecionalidad del Estado por sobre la confianza que requieren los inversionistas.
Chile enfrenta uno de los mayores desafíos económicos de las últimas décadas: recuperar la inversión privada como motor del crecimiento. Tras años marcados por incertidumbre política, reformas tributarias sucesivas, estancamiento económico y una sostenida caída en la confianza empresarial, el Gobierno del Presidente José Antonio Kast ha optado por una señal clara: ofrecer estabilidad mediante un régimen de invariabilidad tributaria.
La reacción de buena parte de la izquierda no tardó en llegar. Parlamentarios del mal llamado "Socialismo Democrático" incluso amenazan con recurrir al Tribunal Constitucional para frenar la iniciativa, mientras en sus propias filas afloran profundas diferencias respecto de la conveniencia política de oponerse a una herramienta ampliamente utilizada en diversas economías para incentivar la inversión. Más allá de la disputa legislativa, el debate enfrenta dos modelos distintos de desarrollo: uno que apuesta por reglas estables y otro que mantiene abierta la posibilidad de modificar permanentemente las condiciones bajo las cuales invierten las empresas.
La inversión necesita certezas, no improvisación
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| José Antonio Kast. |
La incertidumbre regulatoria eleva el riesgo de los proyectos de largo plazo y, por lo tanto, reduce su rentabilidad esperada. Cuando una empresa desconoce cuál será la carga tributaria dentro de cinco o diez años, simplemente posterga o cancela inversiones.
La evidencia internacional respalda esta conclusión. El informe World Development Report del Banco Mundial sostiene que la calidad institucional y la estabilidad regulatoria constituyen elementos determinantes para atraer inversión privada. De igual manera, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos ha señalado reiteradamente que marcos regulatorios predecibles favorecen el crecimiento económico y aumentan la competitividad de los países.
No se trata únicamente del nivel de los impuestos, sino de la confianza en que las reglas no cambiarán cada pocos años por razones políticas.
La invariabilidad tributaria no es una idea nueva
Algunos sectores han intentado presentar la invariabilidad tributaria como una innovación extrema. La historia demuestra exactamente lo contrario.
Chile ya utilizó exitosamente mecanismos similares durante décadas, especialmente bajo el antiguo Decreto Ley 600, que garantizaba estabilidad tributaria para inversionistas extranjeros. Ese sistema fue uno de los pilares que permitió convertir al país en uno de los principales receptores de inversión extranjera en América Latina durante los años ochentas, noventas y comienzos de los 2000.
Además, numerosos países incorporan cláusulas de estabilidad en contratos de inversión o tratados internacionales precisamente porque reconocen que proyectos mineros, energéticos, industriales o de infraestructura requieren horizontes de inversión que superan ampliamente un período presidencial.
No es una excepción chilena ni una extravagancia ideológica: es una práctica ampliamente conocida en economías que buscan competir por capitales internacionales. Más inversión significa más empleo y mejores salarios
Uno de los principales errores del debate político consiste en presentar la invariabilidad tributaria como un beneficio exclusivo para las grandes empresas. En realidad, quienes terminan beneficiándose son miles de trabajadores.
Cuando aumenta la inversión se construyen plantas industriales, se desarrollan proyectos energéticos, se expanden faenas mineras, se levantan centros logísticos y se crean nuevas empresas. Todo ello genera empleo directo e indirecto.
El propio Fondo Monetario Internacional ha señalado que el fortalecimiento de la inversión privada constituye uno de los motores fundamentales del crecimiento económico de largo plazo, mientras que la OCDE ha advertido que la incertidumbre regulatoria termina afectando la productividad y los salarios reales.
Sin inversión no existe crecimiento sostenido. Sin crecimiento tampoco existe una mejora permanente en la calidad de vida.
La contradicción de la izquierda
Resulta llamativo que buena parte de la oposición critique permanentemente el bajo crecimiento económico y el desempleo, pero rechace una medida destinada precisamente a incentivar nuevas inversiones. La discusión interna que hoy vive el Partido Socialista refleja esa contradicción.
Mientras algunos dirigentes reconocían que existían conversaciones para alcanzar un acuerdo con el Gobierno reduciendo el plazo de la invariabilidad, otros optaron por anunciar anticipadamente un eventual requerimiento ante el Tribunal Constitucional, generando incluso un conflicto dentro de su propia coalición.
La señal política es preocupante: antes que discutir cómo atraer inversiones, parte importante de la izquierda parece más interesada en impedir que exista un marco estable para quienes desean invertir en Chile.
El problema de fondo es ideológico. Desde hace décadas, sectores de la izquierda consideran que mantener abierta la posibilidad de aumentar impuestos constituye una herramienta política permanente. La invariabilidad limita esa discrecionalidad, entregando seguridad jurídica a quienes desarrollan proyectos de largo plazo.
La estabilidad también fortalece al Estado
Existe otro argumento que suele pasar inadvertido. La estabilidad tributaria no implica renunciar a la recaudación fiscal. Por el contrario, cuando aumenta la inversión también crece la actividad económica, se expanden las utilidades empresariales, aumentan los empleos formales y se incrementa la base sobre la cual el Estado recauda impuestos.
Diversos estudios muestran que el crecimiento económico sostenido constituye la principal fuente de expansión de los ingresos fiscales de largo plazo, mucho más que incrementos sucesivos en las tasas impositivas que terminan desincentivando la inversión. Un país que crece recauda más. Un país estancado termina repartiendo cada vez menos recursos.
Un mensaje para quienes quieren invertir en Chile
La propuesta del Gobierno del Presidente Kast apunta precisamente a reconstruir uno de los activos históricos más importantes de Chile: su reputación como un país serio, confiable y con reglas estables.
Después de años en que inversionistas nacionales y extranjeros observaron cambios permanentes en materia tributaria, constitucional y regulatoria, entregar garantías de estabilidad constituye una poderosa señal de confianza.
No se trata de favorecer a determinados grupos económicos. Se trata de decirle al mundo que Chile vuelve a ser un país donde los proyectos pueden planificarse con horizonte de largo plazo sin depender de los cambios políticos de cada administración.
La oposición a la invariabilidad tributaria revela una diferencia profunda sobre cómo se construye el desarrollo. Mientras el Gobierno apuesta por reglas claras, estabilidad institucional y confianza para atraer inversiones, parte de la izquierda insiste en preservar la incertidumbre como herramienta política, aun cuando ello termine perjudicando el crecimiento económico y la creación de empleo.
La evidencia internacional es consistente: las economías que ofrecen certeza jurídica y estabilidad regulatoria captan más inversión, generan más actividad económica y crean mejores oportunidades para sus ciudadanos. En ese contexto, la invariabilidad tributaria no constituye un privilegio, sino una política orientada a fortalecer la competitividad del país.
Si Chile aspira a recuperar el dinamismo perdido y volver a liderar el crecimiento en América Latina, necesita menos incertidumbre y más reglas permanentes. La estabilidad no es un obstáculo para el desarrollo: es una de sus condiciones fundamentales.

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