El mayor aumento en 46 años golpea con fuerza a Chile, pero su origen está lejos de La Moneda. La guerra en Medio Oriente y la nula producción nacional explican el fenómeno. La discusión real es cómo aliviar la carga a los ciudadanos.
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| Combustibles. |
En medio del impacto que ha generado el histórico aumento en los precios de los combustibles, conviene poner las cosas en su lugar. No estamos frente a una crisis provocada por decisiones internas ni por errores del gobierno del Presidente José Antonio Kast. Estamos, más bien, ante un fenómeno clásico de economía abierta: Chile importando una crisis que se origina a miles de kilómetros de distancia.
La guerra en Medio Oriente ha tensionado el mercado global del petróleo, elevando su precio de forma abrupta. Y Chile, que prácticamente no produce petróleo, no tiene cómo escapar a ese efecto. Esa es la raíz del problema.
Una crisis que no nace en Chile
El precio del petróleo no se define en Santiago. Se define en los mercados internacionales, influido por conflictos geopolíticos, decisiones estratégicas y expectativas globales. Hoy, el enfrentamiento en Medio Oriente —con actores como Estados Unidos, Israel e Irán— ha llevado el barril de Brent a niveles cercanos a los US$100, con una volatilidad extrema. Ese es el verdadero detonante del alza.
Chile, al no ser un país productor relevante de petróleo, depende casi en su totalidad de las importaciones. Por lo tanto, cuando el precio internacional sube, el impacto se traspasa inevitablemente al mercado local. No es una decisión política: es una realidad estructural.
El alza histórica: cifras que explican el impacto
Los números son elocuentes. La bencina de 93 octanos subirá $370 por litro, lo que representa un aumento superior al 32%. El diésel, por su parte, aumentará $580, más de un 60%, acercándose peligrosamente a los $1.500 por litro en la Región Metropolitana. Se trata del mayor incremento en 46 años.
El ajuste al Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (Mepco) ha permitido que este aumento se refleje con mayor claridad, reduciendo el nivel de subsidio estatal. Pero es importante entender: el Mepco no genera el alza, solo administra su impacto. El problema es externo. El efecto es local.
El combustible es uno de los pilares del funcionamiento económico. En Chile, cerca del 90% del transporte de carga depende del diésel. Esto significa que el alza no solo afectará a quienes cargan bencina, sino a toda la cadena productiva. Los alimentos subirán. El transporte se encarecerá. La inflación aumentará.
Las estimaciones ya apuntan a un impacto cercano al 0,8% en el IPC, con un posible registro en torno al 1,5% en abril. Es un golpe directo al bolsillo de las familias, especialmente de aquellas que destinan una mayor proporción de sus ingresos al consumo básico. Pero nuevamente: no es una crisis generada en Chile. Es una crisis que Chile importa.
Medidas del gobierno: contención en un escenario adverso
El Ejecutivo ha anunciado medidas para amortiguar el golpe: congelamiento de tarifas del transporte público, subsidios al sector, estabilización del precio de la parafina y apoyo a transportistas.
Son medidas necesarias, pero inevitablemente limitadas. Porque el margen fiscal no es infinito, y porque el origen del problema sigue activo en el escenario internacional. Aquí es clave no perder el foco: el gobierno administra las consecuencias, pero no es responsable de la causa.
Si el problema es externo, la solución debe buscarse en el ámbito interno. Y ahí surge con fuerza un debate que no puede seguir postergándose: el impuesto específico a los combustibles.
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| Combustible y auto. |
En tiempos normales, este impuesto puede tener justificación. Pero en un contexto extraordinario como el actual, su mantención rígida resulta difícil de defender. Reducirlo o suspenderlo temporalmente mientras dure el conflicto no es populismo. Es una medida de alivio concreta frente a una crisis que no generamos.
Enfrentar la realidad con pragmatismo
Chile no produce petróleo. Chile no define conflictos internacionales. Chile no controla el precio del crudo. Lo que sí puede hacer es decidir cómo enfrentar sus efectos.
Insistir en culpar al gobierno por un fenómeno global no solo es incorrecto, sino que desvía la discusión de lo verdaderamente importante. Hoy, el desafío es proteger a las familias y evitar que este shock externo se transforme en una crisis interna más profunda.
Y para eso, la señal es clara: aliviar la carga de los combustibles, al menos mientras el mundo siga marcado por la incertidumbre de la guerra.


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