A un nuevo aniversario de su muerte, la figura de Augusto Pinochet vuelve al centro del debate: no para reescribir la historia, sino para evitar que se la reduzca a un eslogan absurdo que la ultraizquierda chilena pretende imponer.
| Augusto Pinochet. |
De gobernante de facto a presidente constitucional
Hay un hecho que incomoda a buena parte de la izquierda chilena: en 1980 no hubo solo una imposición, hubo un plebiscito. Con la aprobación de la Constitución de ese año, Pinochet dejó de ser “Jefe Supremo” y pasó a ser Presidente de la República, con un mandato y un itinerario político definidos en una Carta Fundamental ratificada en las urnas.
¿Se puede discutir la legitimidad del proceso? Por supuesto que puede ser puesto en dudas. Pero negarlo de plano es una forma de deshonestidad histórica. Desde ese momento, el poder dejó de sostenerse solo en la fuerza y comenzó a sostenerse en una arquitectura institucional que, paradójicamente, sería la que abriría el camino al retorno de la democracia plena, la cual se había perdido ya mucho antes del 11 de septiembre de 1973.
La transición no fue una conquista de la izquierda
Otro mito cómodo es el de la izquierda “derrotando” a Pinochet. La realidad es mucho menos épica para ellos: el plebiscito de 1988 no fue una revuelta, fue el cumplimiento estricto de una regla escrita años antes por el propio Gobierno Militar. Fue el mismo diseño institucional impulsado desde La Moneda el que obligó a someter la continuidad del gobierno al veredicto ciudadano, conforme estaba estipulado en la propia Constitución de 1980.
Lo verdaderamente excepcional no fue la ajustada derrota del “Sí”, sino lo que vino después: el respeto absoluto a los resultados de las votaciones, la convocatoria a elecciones libres y una entrega del poder en forma pacífica: sin guerra civil, sin colapso económico y sin descomposición institucional.
En una región marcada por transiciones traumáticas, entre 1988 y 1990 Chile ofreció una rareza histórica: una salida ordenada desde un régimen autoritario hacia la democracia, bajo las reglas que ese mismo régimen había establecido.
El general que transformó un país
Antes de juzgar con la comodidad del presente, vale la pena recordar el país que recibió Pinochet a causa de la ineptocracia marxista de Salvador Allende: inflación descontrolada, desabastecimiento, violencia política, grupos terroristas armados que hablaban abiertamente de la lucha revolucionaria y un Estado al borde de la parálisis total y del colapso absoluto.
Las reformas que impulsó el Gobierno Militar fueron drásticas y hasta hoy generan controversia. Pero es innegable que establecieron las bases sólidas del crecimiento que marcaría los siguientes treinta años: apertura económica, modernización del Estado, reforma previsional, fortalecimiento de la infraestructura, expansión del sistema eléctrico, construcción del actual Congreso Nacional, impulso al Metro de Santiago y proyectos de integración territorial como la Carretera Austral.
Nada de de lo que se diga en contra del gobierno de Augusto Pinochet puede borrar los logros económicos, institucionales y sociales que explican por qué Chile dejó de parecerse a una república fallida y pasó a convertirse en un país viable.
La historia como campo de batalla
El problema de fondo no es Pinochet. El problema es la relación de Chile con su propia historia. A la izquierda y la ultraizquierda les resulta funcional un relato monocromático: un villano absoluto, una épica de resistencia y un final heroico. A la derecha y a la centroderecha les ha faltado coraje para defender una visión más completa, por miedo al qué dirán... y por miedo a perder elecciones.
Reconocer que Pinochet comenzó su administración siendo un dictador no impide afirmar que, a partir de 1980, ejerció como presidente constitucional. Reconocer las violaciones a los derechos humanos no obliga a negar que bajo su gobierno se construyeron las bases del Chile moderno. La madurez política comienza cuando somos capaces de sostener dos ideas que incomodan al mismo tiempo.
Una verdad histórica que no cabe en consignas
Chile no necesita estatuas nuevas ni derribar otras. Necesita algo más difícil: honestidad intelectual. Pinochet no fue un mito ni un demonio de caricatura. Fue un hombre de poder que gobernó en tiempos de crisis, que encabezó un régimen autoritario, pero que también diseñó las reglas que permitieron una transición pacífica y ordenada hacia la democracia.
A décadas de distancia, lo verdaderamente revolucionario no es defenderlo ni condenarlo con furia, sino entenderlo sin miedo. Porque los países que renuncian a comprender su historia están condenados a repetirla, siempre desde la peor versión de sí mismos.
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