La nueva etapa política que se nos viene abre una oportunidad concreta para saldar una deuda histórica del deporte chileno: más infraestructura, menos trabas y una mirada estratégica que entienda que los estadios no son un lujo, sino una palanca de desarrollo.
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| Más estadios. |
Crecer no es una consigna ideológica. Es una condición básica para mejorar la calidad de vida, fortalecer la cohesión social y ofrecer oportunidades reales. Y si hay un ámbito donde esa lógica se vuelve evidente, es en la infraestructura deportiva.
La deuda invisible del deporte chileno
Chile necesita más y mejores recintos deportivos. No sólo para el fútbol profesional, que concentra titulares y audiencias, sino también para el deporte amateur, la formación juvenil, la vida comunitaria y la actividad barrial. Un estadio o un gran coliseo bien planificado es mucho más que un lugar donde se juega un partido: es un punto de encuentro, un espacio de identidad y un motor urbano.
Además, estos recintos cumplen una función clave que muchas veces se olvida: permiten la realización de espectáculos culturales y musicales de gran escala. Hoy, por falta de infraestructura adecuada, Chile pierde conciertos, festivales y eventos que terminan recalando en otros países o concentrándose en muy pocos espacios. Eso significa menos empleo, menos turismo, menos servicios y, en definitiva, menos actividad económica.
Permisología: el partido que nunca se juega
Cada vez que surge un proyecto ambicioso, el relato se repite. Estudios, planos, inversionistas interesados y, finalmente, el choque frontal con una permisología excesiva, lenta y muchas veces arbitraria. No se trata de eliminar regulaciones ni de pasar por encima de las comunidades, sino de ordenar, agilizar y dar certezas.
Hoy, incluso proyectos con respaldo social, viabilidad económica y beneficios claros para la ciudad pueden quedar entrampados durante años. Así, la inversión se enfría, los costos aumentan y las buenas ideas terminan archivadas. Simplificar y modernizar estos procesos no es “regalarle” nada a nadie; es permitir que Chile deje de ponerse zancadillas a sí mismo.
El caso de la U: una señal que vale más que mil discursos
En ese contexto, la construcción de un estadio para Universidad de Chile sería una señal potente y profundamente simbólica. No sólo porque permitiría sumar un recinto moderno y multifuncional al país, apto para fútbol, conciertos y eventos culturales, sino porque corregiría una anomalía histórica difícil de explicar: uno de los clubes más grandes de Chile sigue sin casa propia.
La U no es un fenómeno marginal. Tiene cerca de cuatro millones de hinchas, una masa social transversal, diversa y extendida a lo largo de todo el país. Es prácticamente un país dentro de otro país. Son familias, barrios completos, generaciones enteras que han hecho del club parte de su identidad. Escuchar esta demanda no es populismo; es entender la dimensión social y cultural del fútbol en Chile.
Mucho más que fútbol
Un estadio moderno no es sólo un símbolo futbolero ni un capricho de hinchas. Es inversión privada, empleo directo e indirecto, reactivación urbana y actividad económica permanente. Es comercio, transporte, hotelería y servicios que se mueven cada fin de semana y cada vez que hay un gran evento.
Países que entendieron esta lógica hace años hoy cosechan los frutos. Chile, en cambio, sigue discutiendo si se puede o no se puede, mientras el tiempo pasa y las oportunidades se pierden.
Un buen comienzo
Si el nuevo gobierno quiere dar una señal clara de que Chile vuelve a ser un país donde vale la pena invertir, avanzar decididamente en infraestructura deportiva sería un muy buen comienzo. Menos discursos y más proyectos concretos. Menos trabas y más voluntad política.
Porque cuando el deporte crece, el país entero juega en una cancha más grande. Y esta vez, Chile no debiera quedarse en la banca.

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