Chile no giró ideológicamente a la derecha: reaccionó ante el caos, la violencia y la demagogia que la izquierda llevó al límite.
| José Antonio Kast. |
Kast no gana porque el país se haya vuelto conservador; gana porque una parte relevante de la ciudadanía abrió los ojos tras una experiencia traumática que dejó cicatrices visibles. El electorado rechazó en las urnas a la violencia legitimada, a la irresponsabilidad política y a una izquierda neomarxista que confundió cambio con demolición.
El estallido antisocial y la normalización del caos
El mal llamado “estallido social” (que en estricto rigor fue un estallido delictual) fue presentado por la izquierda como una épica popular. En la práctica, derivó en una violencia brutal que destruyó barrios, vapuleó pequeños comercios, quemó iglesias, despedazó infraestructura pública y aniquiló la tranquilidad de millones de chilenos. Peor aún, buena parte del mundo político izquierdista no sólo relativizó esos hechos, sino que abiertamente los justificó.
Chile no castigó la protesta; castigó la impunidad. No rechazó la demanda social; rechazó que se la usara como coartada para incendiar el país. Frente a ese escenario, Kast apareció —para muchos— como la voz que no temía decir lo evidente: sin orden, no hay justicia social posible.
El proceso constituyente como advertencia
Si el estallido fue el golpe emocional, el proceso constituyente fue la confirmación racional de que lo que se estaba haciendo estaba mal, muy mal. Lo que se prometió como una casa común terminó convertido en un laboratorio ideológico, capturado por la izquierda más identitaria, ultrona y refundacional. La propuesta no buscaba corregir ni mejorar, sino reemplazar de raíz el marco institucional que, con todos sus defectos, había dado estabilidad, crecimiento y reducción de la pobreza durante décadas.
Chile no defendió un texto constitucional por nostalgia; defendió un principio básico: no se destruye lo que funciona sin tener algo mejor y responsable que ofrecer. La ciudadanía entendió, quizás tarde pero con claridad, hasta dónde es capaz de llegar la izquierda chilena cuando no tiene contrapesos.
Kast como reacción, no como revolución
José Antonio Kast encarnó una reacción, no una revolución ideológica. Su triunfo se explica menos por adhesiones doctrinarias profundas y más por una demanda transversal: orden público, autoridad, respeto a la ley y sensatez económica. Valores que, en cualquier democracia madura y normal, deberían ser mínimos comunes y no banderas partidistas.
La izquierda, en cambio, optó por radicalizar su discurso, despreciar los temores legítimos de la población y caricaturizar a quien pedía seguridad como autoritario. Esa soberbia se pagó en las urnas.
El mensaje de fondo
El resultado electoral es, ante todo, un mensaje. Chile no eligió “mano dura” por gusto; eligió límites. No abrazó la derecha por fe; rechazó a una izquierda que se mostró incapaz de gobernar con responsabilidad cuando tuvo la oportunidad histórica de hacerlo.
Kast llega a La Moneda no porque el país haya cambiado de alma, sino porque una mayoría decidió protegerla. El desafío ahora será demostrar que este voto de escarmiento puede transformarse en un gobierno que combine orden con progreso, firmeza con sentido común y autoridad con respeto irrestricto por la democracia.
Ese, y no otro, será el verdadero plebiscito que viene.
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