jueves, 18 de septiembre de 2025

Xenofobia: una distorsión incompatible con la libertad que promueve el libertarismo

  • Un verdadero libertario no puede ser xenófobo.
  • Xenofobia y libertarismo son totalmente incompatibles.


Libertarismo.
En el debate político chileno, se suele confundir el legítimo cuidado de las fronteras con la xenofobia. Lo primero corresponde a un deber soberano de cualquier Estado: proteger su territorio, controlar los flujos migratorios y exigir a quienes llegan el cumplimiento de las leyes nacionales. Lo segundo, en cambio, es una peligrosa desviación: discriminar y denigrar a todos los inmigrantes por igual, metiéndolos en un mismo saco lleno de prejuicios, sin reconocer sus diferencias individuales: no se puede poner en un mismo nivel a un ciudadano inmigrante decente que a uno que es delincuente.

¿Qué es la xenofobia?

La xenofobia no es otra cosa que el miedo, desprecio y rechazo casi patológico hacia el extranjero, que muchas veces se traduce en discursos y prácticas de odio. Es un fenómeno nocivo porque debilita la cohesión social, siembra resentimientos y termina por deshumanizar a las personas. En lugar de evaluar a cada individuo por su conducta, la xenofobia generaliza y etiqueta, convirtiendo a “los inmigrantes” en chivos expiatorios de problemas que en realidad tienen raíces mucho más complejas: el narcotráfico, el desempleo, la inseguridad o la precariedad del Estado.

La incompatibilidad entre xenofobia y libertarismo

Desde una perspectiva libertaria, la xenofobia es una contradicción insalvable. El libertarismo, tal como lo plantearon Murray Rothbard, Friedrich Hayek y otros pensadores, se funda en la defensa de la libertad individual, la dignidad humana y la propiedad privada. Su premisa es clara: cada individuo debe ser juzgado como tal, no como parte de un colectivo impuesto por la raza, la nación o el origen.

  • Murray Rothbard defendió el derecho de cada persona a su vida, libertad y propiedad, sin distinción de nacionalidad.
  • Friedrich Hayek advirtió que toda forma de colectivismo —incluido el racismo y el supremacismo— erosiona la libertad individual y abre la puerta al autoritarismo.
  • Ayn Rand, aunque no se consideraba libertaria, reforzó la idea de que la dignidad humana se basa en la razón y la individualidad, no en la pertenencia tribal.

Por lo tanto, un verdadero libertario no puede ser xenófobo. Serlo equivaldría a negar la esencia misma del liberalismo clásico: la defensa del individuo frente a cualquier intento de homogeneizarlo o reducirlo a un grupo.

Falsos libertarios: el disfraz de la intolerancia

En Chile abundan quienes se autodenominan “libertarios” mientras promueven discursos xenófobos y supremacistas. Son falsos libertarios que se esconden detrás de símbolos como la bandera de Gadsden para justificar su intolerancia. Pero en la práctica, nada tienen que ver con el pensamiento libertario. Su agenda es otra: discriminar y marginar, atentando contra el principio fundamental de la dignidad humana.

Dicho de otro modo, para ser libertario no basta sólo con ser contrario a los impuestos o exigir un Estado más pequeño: también hay que respetar la dignidad humana bajo cualquier precepto, incluyendo ahí también a la dignidad de los inmigrantes.

Defender las fronteras no es lo mismo que denigrar al inmigrante

Defender las fronteras no es lo mismo que denigrar a los inmigrantes. Lo primero es una política de Estado legítima; lo segundo es una ideología corrosiva que destruye el tejido social y contradice los valores de la libertad. Los libertarios auténticos entienden que la libertad no conoce pasaporte: se defiende para todos los individuos, sin importar su origen.

La xenofobia, en consecuencia, no sólo es nociva para la convivencia democrática, sino también incompatible con cualquier proyecto político que aspire a llamarse verdaderamente libertario.

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