En Chile existe un abuso silencioso, un castigo perpetuo contra la clase media y contra todo aquel que, con esfuerzo y años de trabajo, logra alcanzar el sueño de la casa propia. Ese abuso se llama contribuciones, un impuesto disfrazado de justicia fiscal que, en la práctica, opera como un arriendo obligatorio al Estado: cuatro veces al año, bajo amenaza de embargo y remate, los propietarios deben pagarle a un fisco insaciable por algo que ya les pertenece.
Las contribuciones son un robo
¿Qué significa esto en términos prácticos? Que nunca somos dueños plenos de nuestra vivienda. El Estado, en su rol paternalista y voraz, nos recuerda constantemente que si no pagamos este “arriendo disfrazado”, puede arrebatarnos el fruto de toda una vida de esfuerzo. Esa no es política pública: es un robo de cuello y corbata, un crimen legalizado que atenta contra el derecho más básico de la propiedad.
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| No más contribuciones. |
Lo más indignante es su carácter perpetuo. Uno paga toda la vida, incluso después de haber terminado con el crédito hipotecario. Mientras la deuda con el banco se acaba, la deuda con el Estado nunca se extingue. Es un castigo hereditario que pasa de padres a hijos: el hogar familiar, en lugar de ser un legado de estabilidad, se convierte en una carga que amenaza con transformarse en remate si las contribuciones no se pagan.
De todos los impuestos, las contribuciones son el más injusto
En Chile se ha hablado de reformas tributarias de todo tipo. Unos quieren subir impuestos a las empresas, otros castigar aún más a quienes producen. Sin embargo, la única reforma tributaria verdaderamente justa y urgente sería eliminar para siempre el impuesto a las contribuciones. Porque más que un impuesto, es una confiscación. Más que un aporte al bien común, es un robo brutal que golpea directamente al corazón de las familias.
La derecha, que siempre ha defendido la libertad, la propiedad privada y la familia como núcleo de la sociedad, debe poner este tema sobre la mesa sin complejos. Terminar con las contribuciones no es un capricho populista: es restablecer la justicia, devolver a los chilenos la propiedad plena de su hogar y liberar a las familias de una cadena fiscal que no tiene justificación alguna.
El Estado debe ajustarse el cinturón, no las familias. Si Chile quiere un futuro de verdadera libertad y progreso, el primer paso es claro: acabar de una vez por todas con este robo legalizado que llamamos contribuciones.

No más contribuciones.
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