Más de cuatro años después de la invasión a gran escala, Ucrania continúa resistiendo frente a una potencia militar muy superior. Su historia ya no es solamente la de una guerra: es la de un pueblo que convirtió el patriotismo, la dignidad y la defensa de la libertad en armas frente a uno de los regímenes autoritarios más implacables de nuestro tiempo.
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Cuando el despiadado Vladimir Putin ordenó la invasión a gran escala en febrero de 2022, el cálculo del Kremlin parecía sencillo: una enorme potencia militar atacaría a un país considerablemente más pequeño, su capital sería cercada y el gobierno colapsaría rápidamente. Kiev, según numerosos pronósticos, podía caer en cuestión de días o semanas.
Pero ocurrió exactamente lo contrario. Ucrania no se rindió. Soldados profesionales, reservistas y ciudadanos comunes decidieron defender su país. Profesores, médicos, agricultores, estudiantes y jubilados se encontraron, de una u otra manera, enfrentados a una misma disyuntiva: aceptar la dominación de Moscú o luchar por la posibilidad de continuar siendo una nación libre. Eligieron luchar. Y esa decisión constituye probablemente uno de los ejemplos más impresionantes de patriotismo de este siglo.
Un enemigo militarmente superior
No hay que perder de vista la enorme desigualdad de fuerzas. Rusia posee una población, un territorio, un aparato militar y una capacidad industrial y económica muy superiores a los de Ucrania. Moscú dispone además de uno de los mayores arsenales nucleares del planeta y durante décadas construyó una maquinaria militar destinada a proyectar poder mucho más allá de sus fronteras.
Ucrania, en cambio, debió enfrentarse a esa potencia defendiendo su propio territorio y dependiendo, en buena medida, de la ayuda militar, económica y política de sus aliados. Y, aun así, resistió. Ese dato debería bastar para comprender la magnitud histórica de lo ocurrido.
Putin no encontró frente a él a una sociedad paralizada por el miedo. Encontró a millones de personas que entendieron que aquella guerra no se trataba simplemente de kilómetros cuadrados, ciudades o fronteras. Se trataba de algo mucho más elemental. El derecho de un pueblo a decidir quién quiere ser.
Putin apostó por el miedo y encontró patriotismo
La gran equivocación estratégica del Kremlin fue probablemente también una equivocación profundamente humana: subestimar la identidad nacional ucraniana.
Putin podía disponer de tanques, aviones, misiles, drones y enormes cantidades de soldados. Pero ninguna de esas armas podía fabricar obediencia en una población que había decidido defender su independencia.
La invasión terminó produciendo, paradójicamente, aquello que Moscú pretendía evitar: una extraordinaria consolidación de la identidad nacional ucraniana. La bandera dejó de ser un simple símbolo. Se convirtió en una declaración de principios. La defensa de las ciudades dejó de ser únicamente una operación militar. Se convirtió en una defensa de la propia existencia nacional. Y cada familia que permaneció, cada soldado que regresó al frente y cada ciudadano que ayudó a sostener su país pasó a formar parte de una historia mucho mayor que cualquiera de ellos.
El precio de la resistencia
Pero sería un error romantizar una guerra que ha provocado una tragedia humana gigantesca. La invasión rusa ha dejado decenas de miles de muertos, millones de desplazados y una destrucción que se extiende por ciudades, pueblos e infraestructura esencial. Hospitales, escuelas, edificios residenciales, centrales energéticas y otras instalaciones civiles han sido alcanzados durante el conflicto. Detrás de cada número existe una persona.
- Un niño que aprendió a reconocer el sonido de una alarma antiaérea antes que muchas canciones infantiles.
- Una madre obligada a abandonar su hogar.
- Un padre que se quedó para combatir.
- Un anciano que decidió no abandonar la ciudad donde había vivido toda su vida.
- Una familia separada por una frontera.
Es precisamente por eso que resulta tan difícil aceptar la progresiva indiferencia internacional frente a esta tragedia.
La guerra que dejó de ocupar las portadas
Durante los primeros meses, Ucrania estuvo permanentemente en las primeras páginas. Bucha, Mariúpol, Járkov, Jersón y otras ciudades se convirtieron en nombres conocidos en prácticamente todo el mundo. Las imágenes de edificios destruidos, refugiados cruzando las fronteras y familias escondidas en estaciones de metro estremecieron a millones de personas. Pero el tiempo pasó. Y las cámaras comenzaron a marcharse.
La guerra continuó, pero dejó de ser una novedad. Ese fenómeno constituye una de las grandes tragedias morales de los conflictos prolongados: cuando la violencia se vuelve cotidiana, también puede volverse invisible.
Mientras Occidente discute elecciones, inflación, energía, inmigración y conflictos políticos internos, millones de ucranianos siguen viviendo bajo la amenaza de drones y misiles. Para ellos, la guerra nunca dejó de ser noticia. Nunca.
Los derechos humanos no pueden tener ideología
Existe además una contradicción política que resulta imposible ignorar. En distintos sectores de la izquierda internacional —incluyendo sectores de la izquierda chilena— existe una enorme capacidad de movilización frente a determinados conflictos internacionales. Gaza, por ejemplo, ha generado manifestaciones, campañas, declaraciones políticas y una intensa cobertura. Toda víctima civil merece solidaridad. Toda muerte injusta merece condena. Pero precisamente por eso resulta incomprensible que la indignación sea mucho menor cuando las víctimas son ucranianas y el agresor es Rusia.
Los derechos humanos no pueden funcionar mediante una escala ideológica. No puede existir una vara para medir la violencia cuando el agresor pertenece al campo político que nos simpatiza y otra completamente distinta cuando el agresor pertenece al campo que detestamos. Una madre ucraniana que pierde a su hijo bajo un ataque ruso no sufre menos que una madre palestina que pierde al suyo.
El dolor no tiene ideología. La muerte de un civil no se vuelve más o menos condenable dependiendo de quién dispare. Y una invasión no deja de ser una invasión porque quien la ejecuta sea considerado un contrapeso frente a Estados Unidos o frente a Occidente.
Putin no es Rusia
También es importante hacer una distinción. Criticar al canalla de Vladimir Putin y al régimen que encabeza no significa despreciar al pueblo ruso. Rusia posee una historia, una cultura y una tradición extraordinariamente ricas. Sus ciudadanos no deben confundirse con las decisiones de un régimen político. La responsabilidad política corresponde a quienes ordenan, ejecutan y sostienen una guerra de agresión. Y allí la figura de Putin resulta imposible de eludir.
El polémico mandatario ruso ha construido durante años un sistema profundamente autoritario, con una concentración extraordinaria del poder, represión de la oposición y utilización de la fuerza como instrumento de política exterior.
Frente a ese modelo, Ucrania representa algo que merece ser defendido: el derecho de una nación a escoger libremente su propio camino.
Ucrania también está defendiendo a Occidente
La resistencia ucraniana no interesa solamente a Ucrania. También debería interesar a las democracias occidentales. Porque si una potencia puede invadir a un vecino, intentar destruir su Estado y modificar sus fronteras mediante la fuerza sin enfrentar consecuencias significativas, el mensaje para el resto del mundo es extraordinariamente peligroso.
Las fronteras internacionales no son una sugerencia. La soberanía nacional no es un privilegio reservado para las grandes potencias. Y la libertad no puede depender del tamaño del ejército que tenga cada país.
Precisamente por eso Ucrania merece reconocimiento. Porque está pagando un precio gigantesco por defender principios que muchas democracias occidentales dan por sentados.
El patriotismo que Putin no pudo destruir
Quizás la imagen más poderosa de esta guerra no sea la de un tanque, un misil o un avión. Es la de una bandera ucraniana ondeando sobre una ciudad que Rusia intentó conquistar. Porque allí está contenida toda la historia de estos años.
Putin puede destruir edificios. Puede bombardear infraestructura. Puede provocar desplazamientos masivos. Puede intentar quebrar la economía y la moral de una sociedad. Pero hay algo que una dictadura difícilmente puede conquistar mediante la fuerza: la voluntad de un pueblo que ha decidido que su libertad vale más que su miedo. Ese es el verdadero fracaso de Putin.
- Quiso demostrar que Ucrania era débil. Terminó demostrando que estaba dispuesto a luchar.
- Quiso demostrar que el Estado ucraniano podía derrumbarse rápidamente. Terminó enfrentándose a una sociedad movilizada durante años.
- Quiso someter una identidad nacional. Terminó fortaleciéndola.
Que el mundo no se acostumbre
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La atención mediática no puede convertirse en la medida de nuestra solidaridad. Las víctimas no dejan de existir porque las cámaras se hayan trasladado a otro lugar.
Los ucranianos continúan viviendo con sirenas antiaéreas, ataques con drones, destrucción y pérdidas familiares. Mientras buena parte del planeta continúa con su rutina, ellos siguen defendiendo su país. Por eso Ucrania merece algo más que titulares ocasionales.
- Merece respeto.
- Merece memoria.
- Merece solidaridad.
Y, sobre todo, merece que se reconozca aquello que ya resulta imposible negar: una nación que muchos creyeron que caería en días lleva más de cuatro años resistiendo frente a un enemigo militarmente superior. No porque Ucrania sea más poderosa que Rusia. Sino porque hay una fuerza que no siempre aparece en los balances militares: la voluntad de un pueblo que ama profundamente su patria y está dispuesto a defenderla.
Quizás algún día los historiadores miren hacia estos años y comprendan que una de las imágenes más poderosas de nuestro tiempo no fue la de una gran potencia avanzando sobre un país más pequeño. Fue la de un pueblo entero diciendo que no.
- No a la invasión.
- No a la ocupación.
- No al autoritarismo.
- No a la idea de que las grandes potencias tienen derecho a decidir el destino de las naciones pequeñas.
Ucrania sigue de pie. Y mientras siga de pie, también permanecerá en pie una idea fundamental: que la libertad de una nación no se mide por el tamaño de su ejército, sino por la voluntad de sus ciudadanos de defenderla.
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