La Universidad de Chile no puede seguir siendo un club que administra su fútbol, representa a millones de hinchas y construye su propia historia deportiva, pero que jurídicamente debe pagar para utilizar los símbolos que lo identifican. La salida no es que Azul Azul se quede para siempre con ellos ni que la Casa de Bello siga utilizándolos como instrumento de presión. La salida es mucho más simple: que la Universidad de Chile deportiva los compre, con todas las formalidades legales, y que esos derechos queden protegidos para siempre como patrimonio institucional de la U.
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| Universidad de Chile. |
Los antecedentes que sirven de base a esta discusión señalan precisamente que la Casa de Bello se reconoce como titular de derechos sobre su denominación y símbolos distintivos, mientras Azul Azul cuenta con una autorización contractual para utilizarlos. Es decir, existe una diferencia fundamental entre ser propietario y tener autorización para usar. Y esa diferencia, que puede parecer un asunto reservado para abogados, es en realidad uno de los problemas institucionales más importantes que enfrenta la U. Porque un club profesional no debería vivir eternamente de prestado.
La pregunta que la U tiene que hacerse
No estoy planteando que Azul Azul deba apropiarse de los símbolos de Universidad de Chile. Tampoco estoy diciendo que la Casa de Bello deba renunciar gratuitamente a derechos que jurídicamente le pertenecen. Y mucho menos estoy proponiendo desconocer la historia.
Estoy planteando exactamente lo contrario: que la U compre esos derechos de manera legítima, transparente, definitiva y jurídicamente impecable. La diferencia es enorme. La universidad tiene derechos y debe ser respetada como titular de ellos. Pero precisamente porque esos derechos tienen un titular, pueden ser objeto de una negociación destinada a transferir aquellos componentes patrimoniales que jurídicamente sean transferibles.
Los propios antecedentes aportados plantean esta alternativa: determinar qué derechos pueden ser objeto de transferencia, realizar una tasación independiente, establecer un precio justo, obtener las autorizaciones institucionales correspondientes y formalizar la operación con precisión jurídica. Eso es lo que debería hacer la U.
- No arrendar para siempre.
- No litigar eternamente.
- No cambiar de nombre.
- No inventar un escudo nuevo.
- Comprar los símbolos del club.
Propiedad no es lo mismo que licencia
Aquí está el corazón jurídico del asunto. Una cosa es ser titular de un derecho sobre una marca, denominación o signo distintivo. Otra completamente diferente es contar con una autorización contractual para utilizarlo.
El modelo actual mantiene esa dependencia. La sociedad que administra el fútbol profesional puede explotar comercialmente los símbolos porque existe un acuerdo que se lo permite, pero la titularidad permanece en la Universidad de Chile. Los antecedentes aportados describen precisamente esta estructura contractual. Y esa situación genera una vulnerabilidad institucional evidente.
Porque el contrato puede terminar.
- Puede modificarse.
- Puede renegociarse.
- Puede generar conflictos.
- Puede producir diferencias sobre dinero, duración, condiciones de utilización o alcance de los derechos.
Y, sobre todo, mantiene al club en una posición jurídicamente dependiente.
La U puede ser gigantesca en la cancha y, al mismo tiempo, encontrarse en una posición débil frente a quien controla jurídicamente algunos de los signos que necesita para desarrollar su actividad. Eso no es una situación saludable para ningún club profesional.
La solución no es entregar los símbolos a Azul Azul
Aquí quiero ser particularmente claro porque esta discusión puede confundirse fácilmente. No se trata de que Azul Azul compre los símbolos para convertirlos en propiedad de una sociedad anónima determinada. Sería cambiar una dependencia por otra. Hoy existe una dependencia respecto de la Universidad de Chile (la casa de estudios). Mañana podría existir una dependencia respecto de un controlador privado. Pasado mañana podría cambiar el controlador.
¿Y qué ocurriría entonces? Volveríamos al mismo problema. La solución verdaderamente institucional es que los símbolos pertenezcan a la Universidad de Chile como institución deportiva, con independencia de quién administre el fútbol profesional.
- Si mañana cambia Azul Azul, los símbolos deben seguir siendo de la U.
- Si cambia su controlador, deben seguir siendo de la U.
- Si cambia el modelo societario, deben seguir siendo de la U.
- Si alguna vez cambia radicalmente la estructura de administración del fútbol profesional, deben seguir siendo de la U.
La propiedad de la identidad no puede estar amarrada a una concesionaria específica. La identidad tiene que sobrevivir a Azul Azul. Esta es, probablemente, la distinción más importante de toda esta discusión. Azul Azul no es la U.
Azul Azul es una estructura empresarial que administra el fútbol profesional bajo determinadas condiciones. La U es muchísimo más grande. La U existía antes de Azul Azul. Existía antes de la concesión. Existía antes de la sociedad anónima. Existía antes de los actuales accionistas. Y seguirá existiendo después de todos ellos.
Por eso los símbolos no deberían formar parte del patrimonio de una administración determinada. Deben pertenecer a una estructura institucional que represente la continuidad histórica del club.
Los antecedentes aportados llegan incluso a proponer que la propiedad pueda radicarse en una entidad institucional independiente de Azul Azul y de la Casa de Bello, precisamente para impedir que los símbolos vuelvan a convertirse en moneda de cambio en el futuro. Esa es una idea que merece ser tomada en serio.
La operación debe hacerse con rigor jurídico
Comprar los símbolos no significa simplemente firmar un papel y entregar un cheque. Una operación de esta naturaleza tendría que realizarse con un nivel de rigurosidad extraordinario. Primero habría que hacer un inventario jurídico completo de los activos involucrados.
- ¿Qué marcas están registradas?
- ¿A nombre de quién?
- ¿En qué clases?
- ¿Qué denominaciones están protegidas?
- ¿Qué versiones del escudo están comprendidas?
- ¿Qué ocurre con la letra U?
- ¿Qué ocurre con el chuncho?
- ¿Qué derechos están actualmente licenciados?
- ¿Qué derechos están sujetos al convenio vigente?
- ¿Qué elementos pueden ser transferidos y cuáles deben permanecer necesariamente en poder de la universidad?
Esa última pregunta es fundamental.
No todo lo que forma parte de la identidad histórica necesariamente constituye un derecho transferible en los mismos términos.
Por eso la operación debería separar cuidadosamente los derechos patrimoniales sobre signos registrables de otros elementos cuya protección jurídica pueda responder a reglas distintas. Después tendría que venir una tasación independiente. No corresponde inventar una cifra. Tampoco corresponde que una de las partes simplemente imponga un precio.
Debe existir una valoración técnica que considere, entre otros elementos, el valor económico de las marcas, su reconocimiento, los ingresos asociados a su explotación, las clases registrales, la duración y alcance de los derechos, los contratos existentes y el valor económico que representan para el fútbol profesional.
Los antecedentes aportados sostienen justamente que, si existe un pago anual por el uso de estos activos, existe un valor económico susceptible de ser evaluado. Después debe venir la negociación. Y finalmente, la formalización y las inscripciones que correspondan.
Nada improvisado. Nada informal. Nada ambiguo. La U estaría realizando una de las operaciones patrimoniales más importantes de su historia moderna. El precio debe ser justo
Hay quienes podrían decir: "La universidad no debería vender sus símbolos". Es una posición perfectamente legítima. Pero si se decide abrir la discusión, tampoco sería razonable pretender que la Universidad de Chile entregue gratuitamente derechos que jurídicamente le pertenecen. Además, la universidad ya está lucrando por los símbolos del club, porque actualmente no los está prestando a la U, sino que se los arrienda a Azul Azul por más de 300 millones de pesos al año.
La propuesta que aquí planteo no es confiscatoria. Es exactamente lo contrario. La U debe pagar. Debe pagar un precio justo. Debe reconocer el valor económico de aquello que adquiere. Y la Universidad de Chile debe recibir una compensación acorde con el valor de los derechos patrimoniales efectivamente transferidos.
Los antecedentes aportados apuntan precisamente a esa lógica: una tasación independiente, una negociación entre las partes y una compensación económica por un activo que actualmente genera ingresos para la casa de estudios.Así se elimina cualquier argumento serio de que el club pretende apropiarse de un patrimonio ajeno. No. La U no quiere quedarse con el chuncho a la universidad a cambio de nada. Quiere comprárselo. Y aquí aparece una contradicción que la Casa de Bello debería enfrentar
La Universidad de Chile tiene todo el derecho a proteger su nombre, su reputación y sus signos institucionales. Eso nadie debería discutirlo. Una institución pública puede y debe impedir que terceros utilicen sus signos de manera fraudulenta, abusiva o perjudicial para su reputación.
Pero hay una diferencia entre proteger una marca y mantener indefinidamente una relación de dependencia con el club que históricamente lleva ese nombre. Porque la situación actual produce una paradoja extraordinaria.
- La Casa de Bello no administra el fútbol profesional.
- No sostiene económicamente el plantel.
- Nunca construyó un estadio para el club.
- No financia su funcionamiento cotidiano.
- No asume los costos deportivos de la competencia profesional.
Y, sin embargo, conserva una posición contractual determinante respecto de símbolos esenciales de la identidad futbolística.
Los antecedentes aportados describen precisamente esa asimetría: el fútbol profesional asume su estructura operacional, mientras la universidad mantiene derechos sobre símbolos fundamentales y recibe una contraprestación por su utilización. Puede ser jurídicamente válido. Pero la pregunta es otra ¿Es institucionalmente conveniente mantenerlo para siempre? Yo creo que no.
La amenaza permanente debe terminar
Aquí es donde la discusión deja de ser puramente jurídica y adquiere una dimensión política e institucional. No corresponde acusar a la Universidad de Chile de cometer un delito simplemente porque ejerza derechos contractuales o marcarios. Sería jurídicamente irresponsable hacerlo sin antecedentes específicos.
Pero sí es perfectamente legítimo cuestionar una relación en la cual el club puede quedar expuesto a la amenaza de perder aquello que identifica su existencia deportiva.
Porque cuando un club sabe que una diferencia contractual puede poner en cuestión su nombre, sus símbolos o su identidad comercial, existe una relación de poder que necesariamente genera incertidumbre. Y esa incertidumbre debe terminar.
- La U no puede vivir con una espada de Damocles sobre su camiseta.
- No puede existir permanentemente un "mientras haya acuerdo".
- No puede depender eternamente de la voluntad de una autoridad universitaria determinada.
- No puede ocurrir que cada conflicto entre ambas instituciones termine transformándose en una discusión sobre si el equipo podrá continuar llamándose Universidad de Chile.
Eso no es estabilidad institucional. Y un club de la magnitud de la U merece estabilidad.
La universidad no es dueña del sentimiento
Hay además un punto que ningún abogado puede desconocer completamente porque pertenece a otra dimensión. La Universidad de Chile (la casa de estudios) puede ser titular jurídica de determinados signos. Pero no es dueña del sentimiento que esos signos generaron.
- No es propietaria de los recuerdos de Leonel Sánchez.
- No es propietaria de los goles de Carlos Campos.
- No es propietaria de las inolvidables tardes en el Estadio Nacional.
- No es propietaria de los viajes de miles de hinchas.
- No es propietaria de las camisetas guardadas por los abuelos.
- No es propietaria de los cánticos de la hinchada.
- No es propietaria de las lágrimas.
- No es propietaria de los abrazos.
- No es propietaria de la memoria de generaciones enteras.
La Casa de Bello fue fundamental en el origen. Eso nadie lo puede borrar. Pero la historia deportiva de la U fue construida durante décadas por futbolistas, entrenadores, dirigentes, trabajadores y, sobre todo, por sus hinchas.
Los antecedentes aportados expresan justamente esta diferencia entre la titularidad jurídica de una marca y la dimensión histórica, cultural y emocional que adquirió la identidad azul con el paso del tiempo. Una inscripción registral puede determinar quién es titular de un derecho.
- No puede determinar quién lloró por un descenso.
- No puede determinar quién celebró una copa.
- No puede determinar quién heredó la camiseta de su padre.
- No puede determinar quién se hizo hincha a los ocho años.
- La propiedad jurídica y la propiedad emocional son dimensiones diferentes.
La U hace mucho que ya dejó de ser solamente "el equipo de la universidad"
Esta es otra realidad que debe ser reconocida. La U nació vinculada a la Universidad de Chile. Pero después de casi un siglo, se convirtió en algo muchísimo más grande.
- Hoy existen hinchas que nunca estudiaron en la Casa de Bello.
- Hay familias enteras de hinchas que jamás tuvieron una relación académica con la universidad.
- Hay personas que conocieron la U exclusivamente a través del fútbol.
Y, sin embargo, para todas ellas el nombre Universidad de Chile significa algo profundamente concreto. Significa un club. Una camiseta. Una historia. Una manera de entender el fútbol. Una identidad.
La Universidad fue la cuna. Pero el fútbol construyó una institución cultural que trascendió las aulas. Por eso la compra de los símbolos no debería interpretarse como una negación del origen universitario. Precisamente lo contrario: sería reconocer que aquella criatura nacida al alero de la Casa de Bello creció hasta convertirse en una institución deportiva con personalidad propia.
Coopeuch y la Universidad de Chile: un precedente que la U debería mirar
Hay un ejemplo chileno que resulta especialmente ilustrativo: Coopeuch. La cooperativa nació en 1967 al interior de la Universidad de Chile como una organización destinada originalmente al personal de la propia institución; su existencia legal fue autorizada en 1968 bajo la denominación de “Cooperativa de Ahorro y Crédito del Personal de la Universidad de Chile Limitada”. Con el paso de las décadas, sin embargo, Coopeuch creció, se expandió territorialmente y construyó una identidad institucional propia, hasta convertirse en una cooperativa de alcance nacional. A fines de 2024, por ejemplo, registraba más de 1,2 millones de socios y presencia en todas las regiones del país.
La lección para la U es evidente: reconocer el origen no significa quedar condenado a la dependencia. Coopeuch no necesita negar que nació vinculada a la Universidad de Chile para ser hoy una institución con personalidad y desarrollo propios. Del mismo modo, el club puede reconocer eternamente a la Casa de Bello como su cuna histórica y, al mismo tiempo, avanzar hacia una autonomía patrimonial en materia de sus símbolos.
La historia se honra; la dependencia se supera
La comparación no pretende afirmar que Coopeuch y el Club Universidad de Chile tengan la misma naturaleza jurídica —no la tienen—, sino mostrar algo mucho más sencillo: las instituciones evolucionan y pueden trascender las circunstancias que rodearon su nacimiento. La propia documentación histórica y jurídica de Coopeuch muestra cómo aquella organización surgida entre funcionarios de la Universidad de Chile fue adquiriendo una dimensión propia. La U debería poder hacer algo parecido, pero en el terreno deportivo: no renegar de la Universidad de Chile, no borrar su origen y mucho menos desconocer sus derechos, sino transformar una relación de dependencia en una relación adulta entre instituciones.
La Casa de Bello fue la cuna de la U; pero una cuna no tiene por qué convertirse en una cadena. La Universidad puede conservar para siempre el mérito histórico de haber dado origen al club, mientras la U adquiere legítimamente los derechos patrimoniales transferibles sobre los símbolos que hoy necesita para desarrollar su actividad. Esa sería, precisamente, la diferencia entre olvidar el origen y alcanzar la independencia.
Pumas demuestra que existen otros caminos
El caso de Pumas de México y la UNAM resulta particularmente interesante porque muestra que una relación universidad-fútbol puede mantenerse durante décadas mediante mecanismos institucionales diferentes. El vínculo histórico entre ambas instituciones continúa siendo evidente, pero existe también una infraestructura deportiva y territorial que conecta al club con la universidad.
La situación chilena es distinta. La U no dispone de un equivalente institucional y territorial al Estadio Olímpico Universitario. No tiene una casa deportiva universitaria propia. No tiene un estadio universitario donde desarrollar permanentemente su actividad profesional. Los propios antecedentes aportados utilizan esta diferencia como uno de los elementos para cuestionar la estructura actual. Y ahí aparece una paradoja difícil de ignorar: la Casa de Bello no quiere asumir la administración del fútbol profesional, pero mantiene una posición decisiva sobre algunos de los símbolos que ese fútbol necesita para existir comercialmente. Quizás sea hora de construir un modelo diferente.
Comprar los símbolos sería una inversión, no un gasto
Desde el punto de vista empresarial, además, la operación puede tener sentido. Si el club paga anualmente por utilizar los símbolos, ese desembolso constituye un costo recurrente. Una adquisición definitiva transforma ese costo en patrimonio.
Los antecedentes aportados señalan que el club paga más de $300 millones anuales por la utilización de esos derechos, cifra que debería ser auditada y contrastada con los contratos vigentes antes de utilizarla como base de cualquier negociación. Pero la lógica económica es sencilla. Una cosa es pagar indefinidamente por usar un activo. Otra es comprarlo y convertirlo en patrimonio. Es exactamente la diferencia entre arrendar y adquirir. Y hay un segundo beneficio: desaparece una fuente permanente de incertidumbre contractual.
La Universidad también podría ganar. Esta propuesta no tiene por qué ser un juego de suma cero. La casa de estudios puede recibir una cantidad significativa por la transferencia de los derechos patrimoniales que sean jurídicamente transferibles.
La U obtiene autonomía. Los hinchas obtienen certeza. Y la Casa de Bello puede terminar con una relación económica que periódicamente vuelve a generar tensiones. Los antecedentes aportados destacan precisamente esa posibilidad: que la universidad reciba una compensación de una sola vez, mientras el club convierte un gasto permanente en una inversión patrimonial. Pero existe un beneficio adicional. La Universidad podría recuperar algo que también ha perdido en esta relación: la tranquilidad institucional.
- Podría dejar de negociar permanentemente con el fútbol profesional.
- Podría concentrarse en aquello para lo cual existe: educación, investigación, ciencia, cultura y servicio al país.
Y podría mantener una relación histórica con la U sin necesidad de convertir el nombre y el chuncho en instrumentos de negociación.
La relación con la Universidad no tiene por qué terminar
Comprar los símbolos no significaría divorciarse de la Universidad de Chile.
- No significa borrar el origen.
- No significa cambiar los colores.
- No significa abandonar el chuncho.
- No significa cambiar el nombre.
- No significa renegar de la historia.
Y tampoco significa impedir que ambas instituciones colaboren. Al contrario. Después de la compraventa podría existir una relación mucho más sana:
- Convenios deportivos.
- Programas de formación.
- Becas.
- Investigación aplicada al deporte.
- Medicina deportiva.
- Preparación física.
- Psicología deportiva.
- Proyectos académicos.
- Actividades culturales.
- Museos y archivos.
- Reconocimiento histórico.
La Universidad podría seguir siendo la institución que dio origen al club. Y la U podría ser propietaria de su identidad deportiva. No hay contradicción alguna entre ambas cosas.
La protección debe ser para siempre
Y aquí propongo ir todavía más lejos. Una vez adquiridos los derechos, la U debería blindarlos. No basta con comprar. Hay que proteger.
Los estatutos y la estructura patrimonial que corresponda deberían establecer mecanismos reforzados para impedir que los símbolos fundamentales puedan ser vendidos nuevamente como si fueran cualquier activo empresarial.
- Nombre.
- Escudo.
- Chuncho.
- Elementos esenciales de la identidad.
Y aquellos otros signos cuya titularidad pueda adquirirse y protegerse jurídicamente.
La idea es sencilla: los símbolos deben sobrevivir a las personas, a los directorios, a los presidentes, a los accionistas y a las administraciones. Porque los dirigentes pasan. Los entrenadores pasan. Los jugadores pasan. Los controladores pasan. Las sociedades pueden transformarse. La U queda. No se trata de comprar la historia Aquí hay que poner una frontera muy clara. La U no puede comprar la historia. Nadie puede comprar la historia. No se pueden comprar los títulos. No se pueden comprar los recuerdos. No se pueden comprar los ídolos. No se puede comprar el sentimiento.
Lo que puede adquirirse —si jurídicamente corresponde y las partes así lo acuerdan— son determinados derechos patrimoniales sobre signos y activos de propiedad intelectual. Eso es todo. Y es suficiente. Porque no necesitamos comprar nuestro pasado. Necesitamos asegurar nuestro futuro.
La verdadera independencia de la U
Durante veinte años hemos discutido sobre la concesión, Azul Azul, los controladores, los directorios y los modelos de administración. Pero existe una discusión más profunda.
¿Qué significa realmente que la U sea independiente?
- No basta con tener un plantel.
- No basta con tener dinero.
- No basta con competir internacionalmente.
- No basta con construir un centro deportivo.
Y ni siquiera basta con tener algún día un estadio propio.
Un club necesita controlar jurídicamente los elementos esenciales de su identidad.
- Debe controlar sus marcas.
- Debe controlar sus símbolos.
- Debe proteger su patrimonio.
- Debe tener mecanismos de continuidad institucional.
Y debe impedir que su identidad pueda convertirse nuevamente en moneda de cambio.
Por eso la adquisición de los símbolos sería mucho más que una transacción comercial. Sería un acto de emancipación institucional. Y la compra debe ser independiente de Azul Azul. Esta es la condición fundamental. Si se negocia esta operación, la compradora no debería ser simplemente Azul Azul en cuanto concesionaria o sociedad administradora de turno. Debe construirse una solución que garantice que los derechos adquiridos permanezcan vinculados al club.
Porque el objetivo no puede ser que mañana un accionista compre la sociedad y, junto con ella, adquiera indirectamente el control absoluto sobre la identidad histórica de Universidad de Chile. La identidad debe quedar protegida.
La U debe ser dueña de la U. Ese principio debe estar por encima de cualquier nombre empresarial. Una operación jurídicamente seria requiere varias etapas La ruta podría ser perfectamente ordenada.
- Primero: auditoría jurídica de todos los signos y derechos involucrados.
- Segundo: revisión completa del convenio vigente y de sus efectos.
- Tercero: determinación de cuáles derechos son efectivamente transferibles.
- Cuarto: tasación independiente por expertos en propiedad intelectual, valoración de activos intangibles y mercado deportivo.
- Quinto: negociación formal entre ambas instituciones.
- Sexto: aprobación de la operación por los órganos competentes de cada parte, particularmente considerando la naturaleza jurídica de la Universidad de Chile.
- Séptimo: celebración de los instrumentos jurídicos correspondientes, con cláusulas claras sobre alcance, territorio, duración, modalidades de explotación y ausencia de ambigüedades futuras.
- Octavo: inscripción o registro de las transferencias ante las autoridades competentes cuando corresponda.
- Noveno: establecimiento de una estructura de protección patrimonial para impedir una futura enajenación irresponsable.
- Décimo: creación de un protocolo permanente de relación entre la universidad y el club.
Así se hace una operación seria.
- No con consignas.
- No con amenazas.
- No con declaraciones de prensa.
Con abogados, tasadores, contratos, auditorías y voluntad política.
La Casa de Bello debe dejar de ser el acreedor permanente de la identidad azul
Hay algo profundamente incómodo en la situación actual. La Universidad de Chile puede cobrar legítimamente por derechos que son suyos. Pero la pregunta que deberíamos hacernos como hinchas es si queremos que eso continúe durante las próximas décadas.
- ¿Queremos que nuestros hijos y nuestros nietos sigan viviendo bajo el mismo esquema?
- ¿Queremos que cada renovación contractual pueda abrir nuevamente una discusión sobre el nombre?
- ¿Queremos que el chuncho siga dependiendo de un acuerdo entre instituciones?
- ¿Queremos que la identidad deportiva de la U siga siendo un activo que otra institución administra y monetiza?
Yo creo que no. Y decirlo no significa odiar a la Universidad de Chile. Significa querer a la U lo suficiente como para pensar en su futuro.
La U debe dejar de arrendar su apellido
La Casa de Bello fue la madre institucional. Pero una institución que lleva casi un siglo de historia deportiva ya no puede comportarse como un hijo permanentemente dependiente.
- La U creció.
- La U construyó su propia cultura.
- La U conquistó sus propios títulos.
- La U produjo sus propios ídolos.
- La U reunió una hinchada gigantesca.
- La U construyó una identidad que trascendió las fronteras universitarias.
La universidad puede conservar para siempre el mérito de haber sido su origen. Pero el origen no tiene por qué convertirse en dependencia perpetua. Una cuna no es una cadena. Y eso es precisamente lo que debería entender la Casa de Bello.
El día en que el chuncho sea realmente de la U
Imagino ese día. El contrato está firmado. La operación está perfeccionada. Las inscripciones correspondientes están realizadas. Los derechos transferidos están incorporados al patrimonio de la estructura institucional que representa a la U. No importa quién esté en el directorio. No importa quién sea el controlador de Azul Azul. No importa quién sea el entrenador. No importa quién sea el presidente. No importa dónde juegue el equipo.
- La camiseta seguirá siendo azul.
- El escudo seguirá siendo el mismo.
- El chuncho seguirá mirando hacia adelante.
Y en las tribunas seguirá escuchándose la misma palabra: ¡U! ... Pero detrás de ese símbolo habrá ocurrido algo fundamental.
- Ya no existirá una autorización.
- Ya no existirá una dependencia.
- Ya no existirá un contrato que pueda convertirse periódicamente en una amenaza.
Existirá propiedad.
- Una propiedad adquirida legalmente.
- Una propiedad pagada justamente.
- Una propiedad protegida institucionalmente.
Y, sobre todo, una propiedad que no pertenecerá a un dirigente determinado ni a una concesionaria determinada.
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| Universidad de Chile. |
- Seguirá vistiendo de azul.
- Seguirá llevando el chuncho.
- Seguirá honrando a quienes construyeron su historia.
Pero habrá dejado de pagar para poder ser quien es. Y ese es el punto fundamental. La Universidad de Chile tiene derecho a cobrar por aquello que jurídicamente le pertenece. La U tiene derecho a intentar comprarlo. Y una vez comprado, tiene derecho a no volver a depender de nadie para utilizar su propia identidad deportiva.
- No se trata de arrebatarle nada a la universidad.
- No se trata de entregarle los símbolos a Azul Azul.
- No se trata de romper con el pasado ni con la historia del club.
Se trata de construir una relación adulta entre dos instituciones que comparten un origen, pero que hace mucho tiempo dejaron de ser exactamente la misma cosa.
La Universidad de Chile fue la cuna. El fútbol construyó al club. Los jugadores construyeron la gloria. Los hinchas construyeron la identidad. Y ahora corresponde construir el patrimonio.
La U debe comprar sus símbolos. Debe protegerlos. Y debe hacer que, de una vez por todas, el nombre, el escudo y el chuncho dejen de ser una concesión y pasen a ser patrimonio permanente de la Universidad de Chile deportiva. Porque la U puede honrar eternamente a su madre. Pero después de casi cien años, ya es hora de que deje de arrendarle el apellido.


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