Un nombre prestado, una identidad en disputa que divide a los hinchas.
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| Universidad de Chile. |
Hay algo profundamente extraño en ser hincha de Universidad de Chile. Uno puede llevar el chuncho tatuado en el brazo, cantar el himno con miles de personas, llenar una camiseta con la letra U y sentir que pertenece a una historia que comenzó hace más de un siglo. Puede recordar a Leonel Sánchez, Carlos Campos, Marcelo Salas, Johnny Herrera o tantos otros que construyeron la identidad azul. Puede emocionarse entrando al Estadio Nacional y sentir que ese escudo representa una parte de su propia vida. Pero existe una pregunta incómoda detrás de todo eso: ¿De quién es realmente aquello que llevamos en la camiseta?
La respuesta jurídica es mucho menos romántica que la respuesta emocional. El nombre Universidad de Chile, la característica letra U y la figura del búho o chuncho pertenecen a la Universidad de Chile. Azul Azul los utiliza porque la Casa de Bello se los autorizó mediante un convenio. El club no compró originalmente esa identidad. La recibió en concesión. Y ahí aparece una paradoja que se vuelve cada vez más difícil de explicar: el hincha siente que pertenece a la U, pero la U institucionalmente no pertenece al club que representa ese sentimiento.
LA PROFUNDA DIFERENCIA CON EL CASO DE PUMAS Y LA UNAM
Para entender el problema basta mirar hacia México. El equipo mexicano Pumas UNAM y Universidad de Chile comparten una característica evidente: ambos llevan el nombre de una universidad, utilizan sus símbolos y se identifican históricamente con una institución universitaria.
Pero cuando uno mira hacia arriba, hacia las tribunas y el cemento, la diferencia es gigantesca. En Ciudad de México está el Estadio Olímpico Universitario. Cerca de 69 mil personas pueden reunirse allí para ver a Pumas. Es parte de Ciudad Universitaria, un conjunto arquitectónico y cultural reconocido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. Sus muros tienen historia, sus murales tienen historia y el estadio forma parte física del territorio de la universidad. La UNAM es propietaria del estadio y Pumas juega allí. Es decir, la universidad no solamente le presta un nombre al club. Le presta una casa.
En Santiago ocurre exactamente lo contrario. La Universidad de Chile no tiene estadio propio, y nunca ha tenido la intención de construir uno. Azul Azul tampoco. La U juega donde puede: en el Estadio Nacional, propiedad del Estado; en Santa Laura; en La Florida o en cualquier otro recinto que pueda albergar sus partidos cuando las circunstancias lo permiten.
La Casa de Bello no le entrega a su equipo ni un metro cuadrado donde construir su identidad deportiva. De hecho, cuando tuvo desocupado por más de tres décadas el Campus Antumapu (en La Granja), tenía más de 300 hectáreas disponibles para construir ahí un estadio, y jamás estuvo ni siquiera dentro de uno de sus proyectos más remotos. Levantar un estadio jamás ha sido una de las prioridades de la casa de estudios criolla. Lo que le entrega (y de mala gana) es algo mucho más intangible: el derecho a utilizar su nombre y sus símbolos... pero a cambio de un arriendo anual de más de 300 millones de pesos. Esa diferencia explica buena parte del problema.
¿DE QUIÉN ES EL CHUNCHO?
El convenio chileno es particularmente claro respecto de la propiedad. La Universidad de Chile (la casa de estudios) se reconoce como la única y exclusiva propietaria de su nombre o denominación y de sus símbolos distintivos, entre ellos el diseño de la letra U y la figura del búho o chuncho. Azul Azul tiene autorización para utilizarlos, al menos por ahora. No es lo mismo ser dueño que tener permiso. Y esa diferencia puede parecer una cuestión jurídica menor hasta que aparecen los intereses comerciales.
Esto es una lástima, porque el chuncho no es solamente un dibujo. La U tampoco es solamente una letra. El nombre Universidad de Chile representa una historia institucional que antecede largamente a cualquier sociedad anónima. Es la historia de una universidad pública, de una institución vinculada a la educación, la investigación, la cultura y el servicio al país. Por eso el problema nunca ha sido simplemente cuánto dinero paga Azul Azul por utilizar el escudo. El problema es qué ocurre cuando una identidad institucional se transforma en un activo comercial administrado por una empresa privada con fines de lucro.
El convenio permite la utilización comercial de los símbolos. Eso significa que la U puede aparecer en camisetas, productos, publicidad, campañas comerciales, etiquetas y una enorme variedad de bienes. Y ahí aparece la pregunta inevitable: ¿Hasta dónde puede comercializarse un símbolo universitario sin vaciarlo de su significado original?
El chuncho nació como símbolo de una institución y terminó convertido en un extraordinario activo comercial. Eso no es necesariamente ilegítimo. El problema aparece cuando el símbolo comienza a funcionar exclusivamente como mercancía.
EL MODELO QUE SIGUEN OTROS GRANDES CLUBES EXTRANJEROS
Aquí conviene hacer una distinción. No existe nada extraño en que una institución sea propietaria de un club de fútbol o utilice el deporte como una forma de identidad y promoción. El mejor ejemplo está en algunos de los grandes clubes europeos nacidos al alero de empresas.
- El PSV Eindhoven nació en 1913 como Philips Sport Vereniging, la asociación deportiva de Philips para sus trabajadores.
- El Bayer Leverkusen fue creado por empleados de Bayer y durante décadas formó parte de la estructura deportiva de la compañía.
- Lokomotiv Moscú tiene sus raíces en el mundo ferroviario soviético y mantiene hasta hoy mantiene un vínculo profundo con Russian Railways.
En esos casos existe una lógica perfectamente comprensible: la institución creó el club, le entregó su identidad y lo utilizó como parte de su propia estructura.
- La empresa puso el nombre.
- La empresa puso los recursos.
- La empresa construyó el vínculo.
El club, por lo tanto, pertenece a la historia de quien lo creó.
Si Philips quiere utilizar al PSV como vitrina de su marca, existe una relación de origen evidente. Si Bayer considera al Leverkusen parte de su patrimonio corporativo, existe una explicación histórica. Si los ferrocarriles están detrás de Lokomotiv, el nombre y los colores tienen una razón de ser. El hincha sabe perfectamente cuál es el origen.
Pumas es mucho más interesante para nosotros porque demuestra que la relación entre universidad y fútbol puede mantenerse sin que necesariamente exista una sociedad anónima abierta buscando maximizar utilidades. El Club Universidad Nacional es una asociación civil sin fines de lucro y mantiene una relación institucional estrecha con la UNAM. La universidad es propietaria del Estadio Olímpico Universitario. El rectorado mantiene presencia institucional. Y los símbolos continúan bajo control universitario. Incluso el escudo del puma es una marca registrada de la UNAM y el club paga por utilizarlo. Puede parecer extraño pagar por algo que uno siente propio. Pero existe una diferencia fundamental: Pumas mantiene un cordón umbilical institucional que la U chilena perdió hace veinte años. El club mexicano tiene una casa fija. Tiene territorio. Tiene una universidad que lo respalda, y que no lo amenaza con quitarle los símbolos. Tiene un estadio que siente como propio. Tiene una relación orgánica con la institución que le dio origen. La U, en cambio, perdió prácticamente todo eso.
LA U, UN CLUB QUE CAMINA ENTRE DOS MUNDOS OPUESTOS
La herida fundamental está en 2006. La desastrosa quiebra de la CORFUCH terminó con la estructura histórica del fútbol profesional de Universidad de Chile y abrió la puerta a su transformación en una concesión privada. Azul Azul tomó el control de la administración del fútbol profesional, principalmente para poder sacar a la U de la quiebra. Y ahí fue cuando el modelo cambió completamente.
La U dejó de ser administrada como una institución deportiva tradicional y pasó a funcionar bajo una lógica empresarial. Eso no significa que Azul Azul no haya tenido logros deportivos, ni que todo lo ocurrido durante estos años pueda reducirse a una caricatura, o peor aún: que esto pueda ser usado como una consigna política de ciertos grupos de hinchas izquierdistas y anarquistas.
Lo que es evidente es que en 2006 se produjo una separación que todavía pesa: la camiseta siguió siendo la misma, el sentimiento siguió siendo el mismo, el escudo siguió siendo el mismo, pero el propietario y administrador del fútbol profesional dejó de ser la estructura histórica del club. Y el hincha quedó en medio.
EL TREMENDO NEGOCIO PARA LA CASA DE ESTUDIOS
Azul Azul es una sociedad anónima abierta. La Universidad de Chile, en cambio, es una institución estatal. Esa diferencia importa. Porque los objetivos son distintos. Una empresa busca generar valor económico para sus accionistas. Una universidad pública tiene una misión mucho más amplia: educación, investigación, cultura y servicio al país.
El convenio entre ambas partes intenta resolver esa contradicción mediante una fórmula económica. Azul Azul obtiene autorización para utilizar los símbolos. La universidad recibe un porcentaje de los ingresos brutos y mantiene representación en el directorio.
Pero eso significa que la Casa de Bello no participa realmente de la propiedad económica del club. Recibe un royalty por aquello que es suyo. Y esa es, quizás, la frase que mejor resume la paradoja. La Universidad de Chile cobra (más de 300 millones de pesos anuales) por permitir que un tercero utilice el nombre Universidad de Chile.
LA U TIENE QUE COMPRAR SU IDENTIDAD: BASTA DE VIVIR BAJO AMENAZA
La Universidad de Chile tiene derecho a ser dueña de sus símbolos. Pero también ha llegado el momento de preguntarse si es razonable que una institución universitaria pueda utilizar el nombre, el escudo y el chuncho como mecanismo permanente de presión sobre el club que representa esa identidad ante millones de hinchas. La solución no pasa por que Azul Azul siga negociando eternamente con la Casa de Bello. Pasa por algo mucho más definitivo: que la U adquiera, pagando un precio justo y mediante una operación jurídicamente impecable, los derechos patrimoniales sobre los símbolos del club y deje de depender de la voluntad de la universidad para existir como institución futbolística.
Hay una escena que resume demasiado bien la paradoja que vive Universidad de Chile. Miles de hinchas entran a un estadio vestidos de azul. Llevan la U en el pecho, el chuncho en la bandera y la historia del club en la memoria. Cantan por una institución que sienten propia. Para ellos, no existe una diferencia entre el nombre, el escudo y el club. Pero jurídicamente sí existe. Y esa diferencia ha terminado convirtiéndose en una de las grandes anomalías de la historia reciente de la U.
Porque el club que todos conocemos como Universidad de Chile no es dueño de los principales signos que identifican comercialmente a Universidad de Chile.
- Los utiliza.
- Los explota.
- Los protege.
- Los comercializa.
- Los convierte en parte esencial de su actividad deportiva.
Pero, en último término, debe pedir autorización para hacerlo. Eso tiene que terminar. No porque la Universidad de Chile carezca de derechos. Los tiene. No porque Azul Azul tenga derecho a apropiarse de lo que no le pertenece. No lo tiene. Sino porque la solución razonable para el futuro de la U es que el propio club sea propietario de los derechos patrimoniales de su identidad deportiva. Lo ideal sería que existiera una figura administrativa dentro del club, que fuera indenpediente de Azul Azul y externa a la casa de estudios, y que esa entidad fuese la dueña de los símbolos de la U.
La U debe comprar sus símbolos. Y debe hacerlo independientemente de quién esté administrando Azul Azul, de quién sea su controlador, de qué ocurra con la concesionaria o de quién llegue mañana a dirigir el fútbol profesional. La discusión por los símbolos de la U es mucho más grande que Azul Azul.
EL PROBLEMA NO ES AZUL AZUL. EL PROBLEMA ES LA DEPENDENCIA
Durante años hemos discutido sobre Azul Azul como si allí estuviera el origen de todos los problemas de Universidad de Chile. No es así. Azul Azul podrá gustarnos o no. Podremos cuestionar sus decisiones deportivas, sus administraciones, sus políticas comerciales, la honestidad de sus dirigentes, o su relación con los hinchas. Pero existe un problema anterior y más profundo: el club profesional no controla jurídicamente una parte esencial de aquello que lo identifica. Ese problema sobrevivirá a Azul Azul.
Si mañana desapareciera Azul Azul, si otra sociedad administrara el fútbol profesional, si volviera una corporación, si se modificara completamente el modelo societario o si surgiera una nueva estructura institucional, seguiríamos teniendo exactamente la misma pregunta:
- ¿Quién es dueño del nombre Universidad de Chile?
- ¿Quién es dueño del chuncho?
- ¿Quién es dueño de la U?
Mientras la respuesta siga siendo "la universidad" (la casa de estudios), el club continuará dependiendo de un tercero. Y esa dependencia es precisamente lo que hay que terminar.
LA CASA DE BELLO TIENE DERECHOS. PERO NO DEBERÍA TENER UN BOTÓN DE APAGADO
Hay que ser jurídicamente rigurosos. La Universidad de Chile es la titular de los derechos sobre sus signos distintivos en los términos reconocidos por los instrumentos correspondientes. El texto base recuerda expresamente que el convenio identifica a la universidad como propietaria exclusiva del nombre y de símbolos como la letra U y el chuncho. Eso debe respetarse.
Pero una cosa es ser titular de un derecho y otra muy diferente es utilizar ese derecho como una suerte de botón de apagado de la identidad futbolística. Una universidad no debería poder amenazar periódicamente con quitarle a un club el derecho a llamarse como se ha llamado durante generaciones. No debería existir una espada de Damocles sobre la camiseta.
No debería depender de una negociación contractual que el equipo pueda seguir llamándose Universidad de Chile. Y mucho menos debería utilizarse esa amenaza como herramienta para imponer condiciones que excedan aquello que razonablemente corresponde a la protección de los intereses jurídicos y patrimoniales de la universidad. Porque aquí aparece una cuestión de fondo: la Universidad de Chile es propietaria de una marca, pero la U es un club de fútbol es depositario de una tradición histórica que pertenece también a sus hinchas.
La Casa de Bello no creó a los hinchas. No creó sus recuerdos. No creó las tardes en el Nacional. No creó los cánticos. No creó la historia deportiva. No creó el vínculo emocional entre generaciones. Esos elementos no están en un registro de marcas. Y tampoco pueden convertirse en propiedad exclusiva de una institución simplemente porque determinados signos gráficos sí lo sean jurídicamente.
EL CHANTAJE SIMBÓLICO DE LA CASA DE ESTUDIOS
Por eso resulta particularmente preocupante que cada cierto tiempo la relación entre universidad y club vuelva a convertirse en una amenaza sobre los símbolos. El mensaje implícito termina siendo brutal: "Si no aceptas nuestras condiciones, puedes dejar de llamarte Universidad de Chile."
¿Es esa realmente la relación que debería existir entre una universidad pública y el club que históricamente representa a su comunidad deportiva y también es la pasión de millones de chilenos? Yo creo que no. Y aquí conviene utilizar una palabra que puede incomodar, pero que describe perfectamente el problema desde la perspectiva del hincha: chantaje.
No en el sentido de atribuir necesariamente una conducta delictiva —eso sería una afirmación jurídica que requeriría antecedentes concretos—, sino en el sentido político y emocional de mantener permanentemente al otro bajo una amenaza: si no aceptas, te quito aquello que te identifica. Eso es una relación profundamente desequilibrada. Y una relación desequilibrada no puede ser la base del futuro de la U.
Existe además una contradicción que merece ser discutida. La Universidad de Chile es una institución pública con una misión académica, cultural y social. Su prestigio no debería depender de cuánto dinero puede extraer de la camiseta de fútbol. No debería comportarse como una empresa facturable que licencia una marca deportiva a un tercero.
La universidad tiene legítimo interés en proteger su nombre. Tiene legítimo interés en evitar usos que dañen su reputación. Tiene legítimo interés en exigir que determinados usos comerciales sean compatibles con sus principios. Todo eso es razonable. Pero otra cosa es transformar la relación con la U en una permanente negociación comercial, donde la dirigencia tiene que pagar más de 300 millones anuales por el uso de los símbolos del club. En esta caso la Casa de Bello termina actuando como dueña de una franquicia, no como la institución universitaria que alguna vez dio origen a una de las identidades deportivas más grandes de Chile. Y eso también empobrece a la universidad.
EL CHUNCHO NO ES UNA MERCANCÍA CUALQUIERA
El chuncho tiene un valor comercial. Eso es evidente. Pero tiene algo mucho más importante: tiene valor histórico y emotivo. Y justamente por eso la discusión sobre su propiedad no puede reducirse al dinero. El chuncho ha pasado por generaciones.
- Ha estado en camisetas, banderas, fotografías, revistas, entradas, murales y tatuajes.
- Ha acompañado triunfos y derrotas.
- Ha sido llevado por niños que todavía no saben leer y por ancianos que llevan décadas siguiendo a la U.
Por eso, cuando la universidad amenaza con restringir su utilización, el afectado no es solamente Azul Azul. El afectado simbólicamente es el hincha. Porque el hincha no entiende el chuncho como una licencia por la cual se deben cancelar 300 millones de pesos anuales. Lo entiende como parte de su identidad.
LA SOLUCIÓN JURÍDICA: COMPRAR, NO SEGUIR ARRENDANDO
Y aquí está la propuesta.
- No hay que usurpar.
- No hay que apropiarse unilateralmente.
- No hay que desconocer los derechos de la universidad.
Hay que hacer exactamente lo contrario: hay que comprarlos, pero una sola y vez y de forma definitiva, no como ha sido hasta ahora, que los símbolos del club funcionan como una verdadera pyme bastante lucrativa para la casa de estudios.
La operación debe ser jurídicamente limpia. Un peritaje independiente debería determinar el valor económico de los derechos patrimoniales transferibles. Las partes deberían negociar un precio. Los órganos competentes de la Universidad de Chile deberían aprobar la operación conforme a las normas que le sean aplicables. Y el club debería financiar la adquisición de manera transparente.
Una vez perfeccionada la transferencia, los derechos adquiridos deberían quedar debidamente inscritos y protegidos ante las autoridades competentes. La clave jurídica está en distinguir entre la historia y los derechos patrimoniales sobre determinados signos.
- La historia no se vende.
- La memoria no se vende.
- Los títulos no se venden.
- Los ídolos no se venden.
- El sentimiento del hincha no se vende.
Pero determinados derechos económicos sobre marcas, denominaciones, logotipos y elementos gráficos sí pueden ser objeto de operaciones jurídicas, en la medida en que la legislación aplicable permita su transferencia, que justamente sea única, permanente y definitiva. Eso es lo que debe hacer la U.
Y HAY ALGO TODAVÍA MÁS IMPORTANTE: QUE LOS DERECHOS SEAN DEL CLUB, NO DE AZUL AZUL
Aquí está la verdadera profundidad de la propuesta. No estoy planteando que Azul Azul se convierta en el dueño eterna de la identidad de Universidad de Chile. Estoy planteando exactamente lo contrario. La identidad debe pertenecer al club.
- No a la universidad.
- No a una sociedad anónima determinada.
- No a un accionista o a un grupo de accionistas.
- No a un controlador.
- No a una administración de turno.
Al club. Si mañana Azul Azul deja de existir, los símbolos deberían seguir siendo de Universidad de Chile. Si cambia el controlador, deberían seguir siendo de Universidad de Chile. Si cambia la estructura societaria, deberían seguir siendo de Universidad de Chile. Si algún día los hinchas recuperan un mayor control institucional a través de un club de socios, deberían seguir siendo de Universidad de Chile. La propiedad de los símbolos debe estar diseñada para sobrevivir a cualquier administración. Ese es el verdadero objetivo.
UNA ESTRUCTURA DE PROPIEDAD QUE PROTEJA A LA U PARA SIEMPRE
Incluso podría irse más lejos. La U debería establecer estatutariamente que determinados símbolos fundamentales tengan una protección especial.
- El nombre.
- La letra U.
- El chuncho.
- Los colores históricos.
- Los elementos esenciales del escudo.
El himno y otros activos que jurídicamente puedan ser protegidos. No deberían poder venderse nuevamente como si fueran un activo cualquiera de una sociedad. No deberían poder darse en garantía irresponsablemente. No deberían poder transferirse a un tercero sin controles extraordinarios. La identidad de la U debería quedar blindada. Y esa protección no tendría por qué significar inmovilidad comercial.
El club podría licenciar productos. Podría firmar contratos. Podría explotar merchandising. Podría buscar patrocinadores. Podría desarrollar nuevas líneas comerciales. La diferencia sería fundamental: el club explotaría sus propios símbolos, en lugar de pagar para poder utilizarlos.
LA UNIVERSIDAD TAMBIÉN DEBE ENTENDER QUE LA HISTORIA DEPORTIVA NO ES SU PROPIEDAD EXCLUSIVA
Aquí es donde la Casa de Bello debe asumir una autocrítica. La Universidad de Chile tiene todo el derecho a defender sus activos institucionales. Pero debería reconocer que la identidad futbolística que lleva su nombre adquirió hace décadas una dimensión que trasciende a la universidad.
La U es una institución deportiva y cultural en sí misma. Tiene hinchas que jamás pisaron una sala de clases de la Universidad de Chile. Tiene generaciones que siguieron al equipo sin haber tenido ninguna relación académica con la Casa de Bello. Tiene una cultura futbolística propia. Tiene héroes propios. Tiene tragedias propias. Tiene rituales propios. Tiene una memoria colectiva propia. Por eso resulta difícil aceptar que una institución universitaria pueda comportarse como si toda esa identidad fuera simplemente una extensión comercial de su propiedad intelectual.
La Universidad puede ser dueña del signo. Pero no puede pretender ser dueña del sentimiento que ese signo generó. Eso pertenece a la historia. Y la historia pertenece a todos.
En este tema, y reitero, el caso de Pumas es digno de ser visto en detalle: es interesante precisamente porque muestra que la relación universidad-club puede estructurarse de una manera diferente. Existe una casa. Existe un estadio. Existe un vínculo territorial. Existe una relación institucional. Y existe una estructura que mantiene conectado al club con la universidad.
La U chilena no tiene nada equivalente. No tiene estadio universitario. No tiene un territorio deportivo propio dentro del campus universitario. No tiene una infraestructura que permita decir que el fútbol profesional es físicamente parte de la universidad. Y, sin embargo, conserva una dependencia absoluta y brutal sobre los símbolos. Es una situación difícil de justificar indefinidamente.
Si la Universidad de Chile no está dispuesta a aportar (con terrenos o dineros) para construir un estadio para la U, si no administra el fútbol profesional, si no financia su estructura y si el club desarrolla su actividad deportiva de manera autónoma, entonces resulta razonable abrir una conversación mucho más profunda sobre la propiedad definitiva de la identidad deportiva.
COMPRAR LOS SÍMBOLOS SERÍA UNA FORMA DE INDEPENDENCIA
La U lleva veinte años intentando funcionar bajo un modelo de concesión. Quizás ya es hora de pensar en una etapa diferente. La independencia no consiste solamente en tener dinero. No consiste solamente en tener buenos jugadores. No consiste solamente en construir un estadio. También consiste en controlar los elementos jurídicos fundamentales que permiten existir.
Un club verdaderamente independiente debe controlar su nombre.
- Debe controlar su escudo.
- Debe controlar sus marcas.
- Debe controlar su patrimonio.
- Debe controlar su infraestructura.
- Debe controlar su historia.
- Debe tener mecanismos para impedir que cualquiera pueda amenazarlo con quitarle su identidad.
Por eso comprar los símbolos sería mucho más que una operación comercial. Sería un acto de emancipación institucional.
LA CASA DE BELLO PODRÍA GANAR MÁS DE LO QUE PIERDE
La Universidad también debe mirar esta posibilidad sin prejuicios. Vender los derechos patrimoniales transferibles no significa abandonar al club.
- No significa negar su historia.
- No significa romper los vínculos.
- No significa dejar de sentirse orgullosa de la U.
Significa dejar de administrar una relación contractual que genera conflictos recurrentes.
La universidad podría recibir una compensación económica importante. Podría terminar con disputas sobre royalties. Podría evitar renegociaciones periódicas. Podría concentrarse en su misión académica. Podría mantener su representación dentro de la mesa directiva del club. Y podría construir una relación con la U basada en cooperación y no en dependencia.
La universidad podría seguir siendo la institución de origen. La U podría seguir reconociendo públicamente ese origen. Podrían existir convenios culturales, académicos y deportivos. Podrían financiarse proyectos conjuntos. Podrían existir becas para exdeportistas. Podrían desarrollarse investigaciones. Podrían existir programas de formación. Pero ninguna de esas relaciones necesitaría estar condicionada por una amenaza: "Si no hay acuerdo, no usas el nombre." Eso debería desaparecer.
LA U NO TIENE POR QUÉ RENUNCIAR A SU UNIVERSIDAD
Y aquí quiero ser todavía más claro. Comprar los símbolos no significa que la U deje de ser Universidad de Chile.
- No significa cambiarle el nombre.
- No significa abandonar la tradición universitaria.
- No significa borrar el origen.
- No significa negar que el club nació ligado a la Casa de Bello.
Al contrario. Precisamente porque la U tiene una historia universitaria tan poderosa, merece ser jurídicamente independiente. El hijo puede reconocer a su padre sin tener que vivir eternamente bajo su tutela. La U puede honrar a la Universidad de Chile sin tener que pedirle permiso para existir. Ese debería ser el nuevo pacto.
UNA U CON ESTADIO, PATRIMONIO Y SÍMBOLOS PROPIOS
La compra de los símbolos tampoco puede analizarse aisladamente. Debe formar parte de un proyecto mayor. La U necesita algún día tener un estadio propio.
- Necesita infraestructura propia.
- Necesita un centro deportivo de primer nivel.
- Necesita museo.
- Necesita archivo histórico.
- Necesita preservar sus trofeos y documentos.
- Necesita profesionalizar la gestión de su patrimonio.
- Necesita construir una estructura que permita que las futuras generaciones reciban una institución mucho más sólida que la que recibimos nosotros.
Y, sobre todo, necesita dejar de ser nómade. Porque resulta casi absurdo que un club que tenga una de las hinchadas más grandes del país no tenga una casa propia.
Muchos clubes tienen su estadio propio. La U necesita el suyo. Pero antes de levantar cemento hay que levantar una concepción distinta del club: la U debe ser propietaria de sí misma, debe ser el único dueño de su nombre, de su insignia y de su himno.
EL HINCHA TAMBIÉN TIENE ALGO QUE DECIR
Durante demasiado tiempo las discusiones sobre la U han quedado reducidas a abogados, administradores, concesionarios, universidades, sociedades anónimas y directorios. Pero existe un actor fundamental: el hincha.
- El hincha que compra la camiseta.
- El hincha que paga la entrada.
- El hincha que viaja.
- El hincha que llena el estadio.
- El hincha que ve los partidos por televisión.
- El hincha que transmite la historia a sus hijos.
- El hincha que conserva una camiseta durante cuarenta años.
- El hincha que lleva el chuncho tatuado en lo más profundo de su corazón.
Ese hincha debería poder mirar el escudo y saber que no existe una amenaza contractual detrás de él. Que nadie puede quitarlo. Que nadie puede condicionarlo. Que nadie puede utilizarlo como arma de negociación.
NO MÁS NOMBRE ARRENDADO
La U no puede continuar eternamente en esta situación absurda de seguir arrendando en forma indefinida su nombre, su himno y su insignia.
- No puede ser un club profesional que administra su fútbol pero debe pedir permiso para utilizar su propia identidad.
- No puede ser una institución que moviliza a cientos de miles de personas y que, jurídicamente, vive bajo la autorización de otra entidad.
- No puede depender de la buena voluntad de una administración universitaria determinada.
Y tampoco puede depender de Azul Azul. Ese es el punto. La solución no es cambiar un dueño por otro. La solución es que los símbolos sean del club.
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| U. de Chile. |
Por supuesto que una operación de esta naturaleza tendría que hacerse con extremo cuidado. Primero, habría que determinar exactamente qué derechos son transferibles. Segundo, habría que realizar una valorización independiente. Tercero, habría que establecer un precio justo. Cuarto, deberían cumplirse todas las exigencias legales, societarias, administrativas y patrimoniales que correspondan. Quinto, debería quedar perfectamente delimitado qué elementos permanecen en poder de la Universidad de Chile y cuáles pasan al patrimonio del club. Y sexto, debería establecerse una protección reforzada para impedir que esos activos vuelvan a quedar expuestos a una venta futura irresponsable. No se trata de improvisar. Se trata de hacer la operación jurídica más importante de la historia moderna de la U.
LA UNIVERSIDAD TIENE DERECHO A COBRAR. LA U TIENE DERECHO A SER LIBRE
Ambas afirmaciones pueden ser verdaderas simultáneamente.
- La Universidad de Chile tiene derecho a cobrar por derechos que legalmente le pertenecen. Y la U tiene derecho a buscar adquirirlos.
- La universidad tiene derecho a proteger sus marcas. Y el club tiene derecho a querer ser propietario de las marcas que necesita para desarrollar su actividad.
- La universidad tiene derecho a defender su prestigio. Y el club tiene derecho a no vivir eternamente amenazado con perder su identidad.
No existe ninguna contradicción jurídica en ello. Al contrario. La compraventa de los derechos puede transformar una relación de dependencia en una relación de igualdad. Y eso es precisamente lo que hace falta.
EL DÍA EN QUE EL CHUNCHO SEA DEFINITIVAMENTE DE LA U
Imagino ese día.
- No importa quién esté sentado en el directorio.
- No importa quién sea el entrenador.
- No importa quién sea el presidente.
- No importa quién sea el accionista mayoritario.
- No importa cuál sea el estadio.
La U entra a la cancha. En la camiseta está el chuncho. En las tribunas, miles de banderas. En el pecho de cada hincha, la misma letra. Y detrás de ese símbolo ya no existe un contrato de autorización. No existe una amenaza. No existe una renovación anual permanente. No existe una negociación. No existe un "siempre que". Existe solamente la propiedad. La U habrá pagado por ella. La habrá adquirido legalmente. La habrá protegido. Y nadie podrá volver a utilizarla como herramienta de presión.
Ese día no habrá cambiado la historia. La historia seguirá siendo exactamente la misma. Leonel seguirá siendo Leonel. La camiseta de 1962 seguirá siendo la camiseta de 1962. La Copa Sudamericana seguirá siendo la Copa Sudamericana. Los títulos seguirán perteneciendo a quienes los conquistaron. Los exjugadores seguirán siendo parte de nuestra memoria. Los hinchas seguirán cantando las mismas canciones. Pero habrá cambiado algo fundamental. La U habrá dejado de vivir de prestado. Y quizás esa sea la verdadera reparación que necesita el club después de dos décadas de incertidumbre. No quitarle nada a nadie. No arrebatarle nada a la Universidad. No entregarle nada a Azul Azul. Simplemente hacer algo que parece increíblemente obvio: comprar la identidad que representa al club y ponerla definitivamente en manos de la propia Universidad de Chile deportiva.
Porque la Casa de Bello podrá ser la madre histórica. Pero el fútbol profesional ya es un hijo adulto. Y los hijos adultos pueden honrar a sus padres sin vivir bajo amenaza de que algún día les quiten el apellido. La U tiene que conservar su apellido. Tiene que conservar su escudo. Tiene que conservar su chuncho. Y tiene que ser dueña de ellos. No más nombre arrendado. No más chantaje simbólico. No más amenazas. La U tiene que ser dueña de la U.


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