miércoles, 16 de septiembre de 2026

La amenaza silenciosa para Chile: el adoctrinamiento político de ultraizquierda en los colegios y universidades

Cuando las aulas dejan de enseñar y comienzan a adoctrinar.


Imagen creada con IA.
Hay una batalla política que rara vez aparece en las encuestas y que tampoco depende directamente de quién ocupa La Moneda. Se libra mucho más silenciosamente, generación tras generación, en colegios y universidades. Es la batalla por las ideas, por la interpretación de la historia y, finalmente, por la capacidad de las nuevas generaciones de formarse un juicio propio.

El problema no es que existan profesores de izquierda, académicos marxistas, estudiantes comunistas o universidades donde determinadas corrientes ideológicas tengan una presencia importante. En una sociedad libre, todo eso forma parte del pluralismo. El problema comienza cuando una determinada visión política deja de ser una corriente que puede discutirse y pasa a convertirse en la única interpretación legítima que un estudiante puede expresar sin exponerse a descalificaciones, presiones o sanciones.

La diferencia entre educación y adoctrinamiento está precisamente ahí. Educar significa entregar herramientas para comprender, preguntar, contrastar fuentes y elaborar conclusiones. Adoctrinar significa entregar conclusiones previamente elaboradas y utilizar la autoridad del profesor o de la institución para conducir al alumno hacia ellas. Y ese riesgo no termina cuando el estudiante abandona el colegio. En muchos casos, simplemente cambia de escenario.


La historia de Chile no pertenece a una ideología

Uno de los terrenos donde esta discusión adquiere mayor importancia es la enseñanza de la historia reciente de Chile.

El período comprendido entre 1970 y 1990 no puede reducirse a una narración en la que existan buenos absolutos y malos absolutos. Allí están el gobierno de Salvador Allende, la crisis económica y política de la Unidad Popular, la polarización social, los conflictos institucionales, el contexto de la Guerra Fría, el golpe de Estado de 1973, la instauración del régimen militar, las violaciones de los derechos humanos, la persecución política, la actividad de organizaciones terroristas armadas de extrema izquierda, las transformaciones económicas, la crisis de 1982, las protestas violentas de los años ochenta, el plebiscito de 1988 y la transición democrática. Nada de aquello debería ser eliminado de una sala de clases para proteger una determinada interpretación política.

Las violaciones de los derechos humanos cometidas durante el régimen militar deben ser estudiadas con seriedad. Pero estudiar esos crímenes no obliga a transformar la totalidad de la historia chilena en una explicación política determinada. Del mismo modo, analizar la crisis y el fracaso rotundo de la Unidad Popular no significa justificar las violaciones posteriores a 1973.

Un estudiante puede condenar los crímenes de una dictadura y, simultáneamente, estudiar críticamente las causas que condujeron a la crisis institucional de 1973. Puede rechazar el marxismo y estudiar las ideas de Marx. Puede simpatizar con la izquierda y reconocer los errores y horrores políticos y económicos de la Unidad Popular. Puede ser de derecha y reconocer las responsabilidades y abusos cometidos durante el régimen militar. Eso es pensamiento crítico.


El problema universitario

En las universidades el problema adquiere una dimensión diferente. Ya no estamos hablando solamente de adolescentes que comienzan a formarse intelectualmente, sino de instituciones cuyo propósito fundamental debería ser precisamente la búsqueda del conocimiento, la investigación, el debate y la confrontación de ideas.

Una universidad verdaderamente pluralista no debería tener miedo de que existan profesores conservadores, liberales, socialdemócratas, socialistas, marxistas o libertarios. La diversidad intelectual no debilita una universidad. La fortalece.

El problema aparece cuando una determinada corriente ideológica adquiere tal predominio cultural que sus postulados comienzan a funcionar como una especie de frontera intelectual. Algunas posiciones pueden ser discutidas dentro de determinados márgenes, mientras otras son descartadas antes incluso de ser examinadas.

Eso puede ocurrir en una clase, en una investigación, en un seminario, en una organización estudiantil o incluso en el lenguaje utilizado para presentar determinados problemas sociales. Y no necesariamente requiere una conspiración organizada. Basta con que exista un ambiente intelectual donde determinados conceptos sean considerados incuestionables y otros sean recibidos automáticamente con sospecha.

El marxismo, el socialismo revolucionario y las distintas expresiones contemporáneas de la izquierda radical tienen todo el derecho a ser estudiados y defendidos en una universidad. Precisamente por eso deben poder ser también criticados.

Una universidad no puede convertirse en un espacio donde determinadas teorías sean examinadas como conocimiento y otras sean tratadas como desviaciones ideológicas.


Del aula al activismo político

Existe además una frontera que merece especial atención: aquella que separa la discusión académica de la movilización política. Una universidad puede enseñar teoría marxista. Puede estudiar la historia del comunismo. Puede analizar a Gramsci, Lenin, Rosa Luxemburgo o cualquier otro autor. Eso pertenece legítimamente al mundo académico.

Otra cosa es que un profesor utilice sistemáticamente su autoridad para transformar una asignatura en una plataforma de propaganda partidista, o que un estudiante sea presionado para adherir a una determinada causa política como condición informal para ser considerado intelectualmente aceptable. 

La libertad académica protege al profesor. Pero también protege al alumno. Un estudiante no debería tener que adoptar una posición política para aprobar una asignatura, integrarse socialmente o ser considerado moralmente superior por sus compañeros. Tampoco debería ocurrir lo contrario. Un alumno de izquierda no puede ser discriminado por pensar de izquierda, del mismo modo que uno de derecha no debería ser tratado como una anomalía que necesita justificar permanentemente sus convicciones.


La izquierda no es un bloque y la derecha tampoco

También sería un error convertir esta discusión en una acusación general contra todos los profesores o académicos de izquierda.

Hay académicos izquierdistas que realizan investigaciones rigurosas, profesores marxistas que enseñan honestamente las distintas corrientes del pensamiento político y docentes progresistas que respetan profundamente la libertad intelectual de sus estudiantes.

El problema tampoco es exclusivo de una ideología. Un profesor de derecha que utilice su posición para convertir a sus alumnos en militantes estaría haciendo exactamente lo mismo que un profesor de extrema izquierda que utilizara la sala de clases con ese propósito. La diferencia fundamental está entre enseñar una idea y exigir adhesión a ella.

La derecha debería ser especialmente cuidadosa en este punto. Si denuncia el adoctrinamiento de izquierda, no puede pretender sustituirlo por un adoctrinamiento de derecha. El objetivo no debe ser conquistar las aulas para una nueva hegemonía ideológica, sino impedir que cualquier hegemonía política se apropie de ellas.


El desafío de la derecha

Aquí existe, sin embargo, una tarea que la derecha chilena no puede seguir postergando. No basta con indignarse cuando aparece un contenido que se considera ideologizado. Tampoco basta con denunciar que las universidades están dominadas culturalmente por la izquierda. Si la derecha considera que existe un desequilibrio intelectual, debe responder con argumentos, investigación, universidades de excelencia, profesores preparados, publicaciones serias y capacidad para disputar las ideas.

La batalla cultural no se gana convirtiendo al profesor en propagandista de derecha. Se gana formando estudiantes capaces de leer a Marx y a Hayek, a Gramsci y a Popper, a Lenin y a Tocqueville; capaces de estudiar la Unidad Popular y el régimen militar sin recibir una conclusión política prefabricada; capaces de comprender el capitalismo y también sus críticas.

Una persona que conoce solamente los argumentos de su propio sector no posee una gran formación intelectual. Posee una formación incompleta.

La derecha debería aspirar a algo mucho más ambicioso: que sus ideas puedan competir en igualdad de condiciones porque son capaces de resistir el debate.


Hay que formar ciudadanos con sentido crítico

Existe una contradicción que debemos evitar. Si denunciamos que la izquierda pretende formar políticamente a los jóvenes y nuestra respuesta consiste en intentar fabricar jóvenes de derecha desde los colegios, habremos reproducido exactamente el problema que denunciamos.

El propósito de la educación no debe ser fabricar comunistas, socialistas, liberales, conservadores ni anticomunistas. Debe formar ciudadanos con sentido crítico.

Ciudadanos que conozcan los crímenes de los regímenes totalitarios, independientemente de su signo político. Ciudadanos que comprendan el valor de la democracia y de las libertades individuales. Ciudadanos capaces de reconocer tanto los errores de sus adversarios como los de su propio sector. Ciudadanos que puedan leer una fuente histórica y preguntarse quién la escribió, qué evidencia presenta y qué elementos podrían estar ausentes. Eso exige una educación intelectualmente incómoda.

Porque un verdadero pensamiento crítico no consiste en enseñar al alumno qué conclusión debe alcanzar. Consiste en entregarle suficientes herramientas para que pueda alcanzar una conclusión propia.


Una universidad verdaderamente libre

Chile necesita colegios y universidades donde un estudiante pueda decir "no estoy de acuerdo" sin miedo. 

  • Necesita profesores capaces de escuchar una opinión contraria sin convertirla inmediatamente en una falta moral.
  • Necesita universidades donde un alumno de izquierda pueda defender el socialismo y uno de derecha pueda defender el capitalismo, siempre que ambos sean capaces de argumentar y respetar las reglas del debate.
  • Necesita historiadores que puedan investigar el régimen militar sin negar las violaciones de los derechos humanos y, al mismo tiempo, estudiar seriamente la crisis que precedió al 11 de septiembre.
  • Necesita economistas que puedan defender el libre mercado y otros que puedan cuestionarlo.
  • Necesita filósofos capaces de discutir sobre liberalismo, conservadurismo, socialismo, marxismo, democracia, religión y Estado sin que la universidad se transforme en una extensión de una asamblea partidista.

Ese debería ser el estándar. Porque la amenaza verdaderamente peligrosa no consiste en que un joven termine pensando de izquierda, de derecha o de ninguna de las dos. La amenaza aparece cuando deja de atreverse a pensar distinto. Y una democracia que entrega a sus jóvenes respuestas políticas prefabricadas, en lugar de enseñarles a formular preguntas, termina debilitando precisamente aquello que pretende defender. La educación no debería producir militantes. Debería producir personas libres.

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