lunes, 21 de septiembre de 2026

Desastre humanitario en Palestina y Ucrania: El dolor de un civil inocente no tiene ideología

  • Ninguna ideología puede decidir qué civiles inocentes merecen nuestra compasión.
  • Una definición de principios frente a Gaza y Ucrania.


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Soy de derecha y no tengo ningún problema en decirlo. Creo en la libertad individual, la propiedad privada, la economía de mercado, el Estado de derecho, la seguridad, la democracia representativa y la defensa de Occidente. Pero precisamente porque creo en esos principios, considero que hay algo que no puedo aceptar: que la defensa de nuestros valores dependa de quién sea la víctima o de quién empuñe las armas.

Por eso mi posición frente a Gaza y Ucrania es clara. Condeno enérgicamente la violencia ejercida contra civiles inocentes en ambos conflictos. Condeno la devastación y las muertes de civiles inocentes en Gaza y condeno con la misma firmeza la invasión rusa de Ucrania y los ataques que han provocado la muerte y el sufrimiento de civiles inocentes en ciudades ucranianas.

Esto no significa desconocer que en una guerra existen combatientes y personas que participan directamente en las hostilidades. Un integrante de Hamás que participa en un ataque terrorista no puede ser presentado simplemente como un civil inocente, del mismo modo que un combatiente ruso o ucraniano no debe ser confundido automáticamente con la población civil. La protección que defiendo es la de quienes no participan directamente en las hostilidades.

Esa distinción es fundamental. Condenar la muerte de civiles palestinos no significa defender a los terroristas de Hamás. Condenar la invasión rusa no significa considerar inocente a todo ciudadano ruso ni aprobar cada decisión del Gobierno ucraniano. La defensa de los civiles inocentes no requiere convertirlos en símbolos políticos.


Gaza: condenar a Hamás no significa cerrar los ojos ante el sufrimiento civil

Hamás cometió ataques brutales y despiadados contra civiles israelíes y tomó rehenes el 7 de octubre de 2023. La propia documentación presentada ante la Corte Internacional de Justicia registra la condena al ataque contra civiles y la toma de rehenes por parte de los terroristas de Hamás y otros grupos armados palestinos. La Corte, además, manifestó su grave preocupación por los rehenes y exigió su liberación inmediata e incondicional. Nada de eso, sin embargo, me obliga a cerrar los ojos ante el sufrimiento de los palestinos que no participan en las hostilidades.

Las Naciones Unidas han documentado que Gaza continúa enfrentando una situación humanitaria crítica, con víctimas civiles, desplazamientos y una enorme destrucción de viviendas e infraestructura. Una evaluación satelital de UNOSAT citada por OCHA (Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios) estableció que, hasta junio de 2026, unas 201.290 estructuras —el 82% de todas las estructuras de Gaza— habían sufrido daños, incluyendo más de 134.000 destruidas. También se estimaron daños en aproximadamente 328.627 viviendas.

Es imposible observar esas cifras y responder que todo eso carece de importancia porque Hamás existe. No acepto esa lógica.

Hamás es responsable de sus propios crímenes y debe responder por ellos. Pero un niño palestino que no participa en las hostilidades no es Hamás. Una madre palestina que intenta proteger a sus hijos no es Hamás. Un anciano que pierde su vivienda no es Hamás.

La existencia de una organización terrorista no convierte automáticamente a toda la población que vive bajo su control en combatientes. Por eso condeno la violencia contra civiles inocentes en Gaza y exijo que el derecho internacional humanitario sea respetado.

La Corte Internacional de Justicia, por su parte, ha dictado medidas provisionales en el proceso iniciado por Sudáfrica contra Israel. Es importante ser preciso: esas medidas no constituyen una sentencia definitiva que haya establecido que Israel cometió genocidio. El proceso sobre el fondo es distinto. Pero la Corte sí determinó que existían derechos invocados bajo la Convención sobre Genocidio que eran plausibles y ordenó medidas provisionales destinadas a protegerlos. Para mí, eso basta para entender que el sufrimiento de la población civil palestina no puede ser ignorado.


Ucrania: Putin no tiene una justificación moral

Mi condena es igualmente categórica cuando miro hacia lo que ocurre en el Este de Europa. Rusia invadió Ucrania, violó el Memorandum de Budapest, y esa agresión ha provocado una enorme destrucción y un sufrimiento humano que continúa hasta hoy. No necesito convertir a Ucrania en un país perfecto ni considerar acertada cada decisión de sus gobiernos para defender algo elemental: Ucrania tiene derecho a existir como Estado soberano y sus civiles inocentes tienen derecho a vivir sin ser bombardeados.

Las cifras actuales de Naciones Unidas son estremecedoras. Durante agosto de 2026, la Misión de Derechos Humanos de la ONU verificó 372 civiles muertos y 2.349 heridos en Ucrania. Entre enero y agosto de 2026, contabilizó al menos 2.222 civiles muertos y 13.058 heridos. La ONU señaló además que los misiles y drones de largo alcance fueron la principal causa de víctimas civiles durante agosto y que muchas de esas víctimas se produjeron en centros urbanos alejados del frente. 

No son estadísticas abstractas. Detrás de cada número existe una persona que tenía una familia, una casa, un trabajo, una historia y proyectos para el futuro. Mariúpol, Járkiv, Jersón, Kyiv y tantas otras ciudades ucranianas han conocido el rostro concreto de una guerra que no debería existir. Por eso rechazo categóricamente la invasión rusa y rechazo también cualquier explicación geopolítica que pretenda convertir la agresión contra Ucrania en algo moralmente aceptable.


Millones de ucranianos obligados a abandonar sus hogares

Pero la tragedia ucraniana no se mide solamente en muertos y heridos. Millones de civiles inocentes han tenido que abandonar sus hogares y, en muchos casos, cruzar las fronteras de su propio país para salvar sus vidas.

Según ACNUR, al finalizar 2025 aproximadamente 5,9 millones de ucranianos se encontraban como refugiados fuera de Ucrania, mientras que otros 3,7 millones permanecían desplazados internamente. Son millones de personas que tuvieron que dejar atrás sus casas, sus trabajos, sus escuelas, sus barrios y, en muchos casos, a familiares y seres queridos.

Además, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), más de 14 millones de personas han sido obligadas a abandonar sus hogares desde el comienzo de la invasión rusa a gran escala de Ucrania, ya sea buscando seguridad dentro del propio país o cruzando sus fronteras. La cifra incluye a refugiados, desplazados internos y personas que posteriormente han regresado. Detrás de ese número hay millones de civiles que perdieron sus viviendas, comunidades y formas de vida como consecuencia de la guerra.

El desplazamiento forzado de población civil no es una consecuencia menor de una guerra. El derecho internacional humanitario protege a la población civil frente al desplazamiento arbitrario y otras formas de traslado forzoso. Cuando las personas son expulsadas de sus hogares por la violencia, las amenazas o las condiciones creadas deliberadamente por un conflicto armado, también estamos ante una grave afectación de sus derechos fundamentales.

Por eso, cuando hablo de los civiles inocentes de Ucrania, no me refiero solamente a quienes han muerto bajo un bombardeo. También hablo de la mujer que cruzó la frontera con sus hijos y una pequeña maleta; del anciano que tuvo que abandonar la casa donde vivió toda su vida; del niño huérfano que dejó atrás su escuela y su barrio; del trabajador que lo perdió todo y de los millones de personas que tuvieron que convertirse en refugiados o desplazados internos. Ellos también son víctimas de la guerra. Y cuando una persona inocente se ve obligada a abandonar su país porque una invasión destruye las condiciones básicas de seguridad de su comunidad, su tragedia no puede desaparecer de nuestro debate simplemente porque haya sobrevivido. Sobrevivir a una guerra también puede significar haberlo perdido casi todo.


No todos los muertos son combatientes y no todos los civiles son combatientes

Esta distinción debería ser elemental, pero muchas veces desaparece en las discusiones políticas. Un terrorista de Hamás que participa en un ataque contra civiles no es equivalente a un niño palestino que vive en Gaza.

  • Un soldado ruso que combate en Ucrania no es equivalente a una familia ucraniana que duerme en un departamento que es bombardeado.
  • Un civil israelí asesinado por Hamás no es equivalente a un integrante de Hamás que participa en un ataque.
  • Un civil ruso que muere durante un ataque de respuesta ucraniana tampoco puede ser considerado automáticamente un combatiente por su nacionalidad.

La condición de víctima civil no se determina por la bandera, la religión o la nacionalidad. Y precisamente por eso considero indispensable hablar de civiles inocentes, porque la palabra "civil" por sí sola no siempre describe la conducta concreta de una persona dentro de un conflicto armado.

Mi principio es defender a quienes no participan directamente en las hostilidades y exigir que quienes sí participan respondan por sus actos conforme al derecho.


No acepto una moral de bloques

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Lo que más me preocupa de la discusión política internacional es que demasiadas personas parecen necesitar escoger un bando antes de decidir qué tragedia merece su indignación.

  • Si Israel está involucrado, algunos parecen sentirse obligados a justificar cualquier acción israelí.
  • Si Rusia está involucrada, otros parecen buscar inmediatamente una explicación que termine relativizando la responsabilidad de Moscú.

No comparto ninguna de esas posiciones.

Puedo considerar a Israel un Estado legítimo y condenar la muerte de civiles palestinos inocentes. Puedo defender el derecho de Ucrania a resistir una invasión y, al mismo tiempo, sostener que los civiles rusos no deben ser objetivos deliberados. Puedo condenar a los terroristas de Hamás por sus ataques contra civiles y por la toma de rehenes y, al mismo tiempo, condenar la destrucción y muerte de civiles palestinos que no participan en las hostilidades. No necesito escoger una tragedia para reconocer la otra.


La derecha debe ser coherente

Si pretendo defender la libertad y la dignidad humana, no puedo hacerlo solamente cuando las víctimas pertenecen a un pueblo que simpatiza con mis posiciones políticas.

Una derecha democrática no debería necesitar negar el sufrimiento de los palestinos para defender a Israel. Tampoco debería necesitar relativizar la invasión rusa para cuestionar determinadas políticas de Estados Unidos o de la OTAN.

La defensa de Occidente no consiste en justificar cualquier cosa que haga un gobierno occidental o aliado. Y la crítica al poder estadounidense tampoco obliga a convertirse en apologista de Vladimir Putin.

No soy neutral entre la víctima civil inocente y quien deliberadamente la ataca. Pero tampoco voy a convertir a todos los habitantes de un territorio en culpables por los crímenes de una organización o de un gobierno. Ese es el límite moral que considero indispensable.


El mismo principio para Gaza y Ucrania

Gaza y Ucrania no son conflictos idénticos. Tienen historias, actores, causas y contextos completamente diferentes. No pretendo borrar esas diferencias ni fabricar una falsa equivalencia histórica. La equivalencia que defiendo es mucho más sencilla.

  • Un civil inocente muerto en Gaza merece la misma consideración humana que un civil inocente muerto en Ucrania.
  • Una familia palestina que pierde su hogar merece nuestra compasión.
  • Una familia ucraniana que pierde su hogar también.
  • Un niño palestino muerto por la guerra no vale menos que un niño ucraniano muerto por un misil.
  • Una madre que llora en Gaza no sufre menos que una madre que llora en Kyiv.
  • Un padre ucraniano que cruza una frontera con sus hijos para salvarlos no merece menos solidaridad que cualquier otra persona expulsada de su hogar por una guerra.

Ninguna ideología, ninguna bandera, ninguna religión y ninguna teoría geopolítica debería tener el poder de cambiar ese principio.

Mi posición, por tanto, no nace de una simpatía automática por un gobierno ni de una enemistad automática hacia otro. Nace de una convicción mucho más sencilla: la vida y los derechos de un civil inocente no pueden convertirse en una moneda de cambio ideológica.

  • Condeno a Hamás por sus ataques contra civiles.
  • Condeno la invasión rusa de Ucrania.
  • Condeno la violencia contra civiles inocentes en Gaza.
  • Condeno los ataques contra civiles inocentes en Ucrania.
  • Condeno también el desplazamiento forzado de civiles inocentes y la destrucción de las condiciones que les permiten permanecer en sus hogares.

Y condenaría exactamente lo mismo si mañana el nombre del agresor, la bandera o la geografía fueran diferentes. Porque si mis principios cambian dependiendo de quién dispara, entonces no son principios. Son simplemente preferencias políticas.

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