Universidad de Chile (el centro de educación superior) y el club de fútbol (Club Universidad de Chile) comparten una historia que nadie puede borrar, pero hace décadas dejaron de ser la misma institución. La U administra su fútbol, construyó su propia identidad y representa a millones de hinchas, mientras la casa de estudios conserva los derechos sobre símbolos fundamentales y recibe más de $300 millones anuales por su utilización. Si existe un pago por esos emblemas, entonces también existe una posibilidad mucho más razonable: que el club los compre definitivamente y que ambas instituciones cierren, de manera amistosa, una relación que ya cumplió su ciclo.
| Universidad de Chile. |
Para un hincha de Universidad de Chile hay cosas que no necesitan explicación. El azul, el chuncho, el escudo, el himno, el nombre. Son elementos que no se sienten como una marca comercial, sino como parte de una memoria familiar. Están en las fotografías antiguas, en las camisetas guardadas durante décadas, en las historias de los abuelos y en los abrazos de generaciones enteras.
Por eso resulta extraño recordar que, jurídicamente, buena parte de esa identidad no pertenece al club que juega cada semana, sino a la Universidad de Chile.
La paradoja es enorme. La U lleva casi un siglo construyendo su historia deportiva y cultural, tiene millones de seguidores y es una de las instituciones más populares del país, pero debe pagar para utilizar símbolos que sus hinchas consideran inseparables de su propia existencia. Y quizás ha llegado el momento de hacer algo tan sencillo como definitivo: comprarlos. No para romper con la Universidad de Chile. No para renegar de sus raíces. No para borrar la historia. Simplemente para que el club deje de arrendar eternamente su propia identidad.
El problema está en una relación que dejó de ser simétrica
La Universidad de Chile fue la cuna del club. Eso nadie lo discute. Pero la relación actual entre ambas instituciones es completamente distinta de aquella que existía cuando el fútbol estaba directamente ligado a la estructura universitaria.
Hoy el fútbol profesional funciona bajo una administración propia. La sociedad que gestiona el equipo debe asumir los costos de un plantel profesional, contratar entrenadores, financiar operaciones, negociar contratos, enfrentar competencias nacionales e internacionales y responder ante sus hinchas.
La universidad, en cambio, no le proporciona al fútbol profesional un estadio propio, no financia regularmente su funcionamiento, no sostiene el plantel ni aporta la infraestructura deportiva que permitiría al club desarrollarse. Y, sin embargo, conserva la titularidad de símbolos fundamentales de la identidad azul.
Aquí aparece la pregunta inevitable: ¿Tiene sentido que una institución que no administra el fútbol profesional siga teniendo para siempre el control económico sobre los símbolos con los que ese fútbol se identifica? Puede ser legal. Pero eso no significa que sea necesariamente el modelo más conveniente para ambas partes.
Más de $300 millones al año derriban el argumento del “no lucro”
Hay otro aspecto que resulta imposible ignorar. Durante años se ha planteado la idea de que la Universidad de Chile no tendría un interés lucrativo en sus símbolos, sino que simplemente buscaría proteger su identidad institucional.
Pero ese argumento pierde fuerza cuando se observa la realidad económica del acuerdo. El club paga más de $300 millones anuales por utilizar esos símbolos. Y si existe un pago anual de esa magnitud, entonces resulta evidente que estamos frente a un activo que tiene un valor económico. No hay nada malo en reconocerlo.
La universidad es titular de determinados derechos y puede obtener legítimamente una contraprestación por su utilización. El problema aparece cuando se pretende presentar esa relación económica como si fuera completamente ajena a cualquier interés financiero.
Si la U paga cientos de millones de pesos cada año por utilizar su nombre, sus emblemas y sus símbolos, entonces la propia existencia de ese pago demuestra que esos activos tienen valor. Y si tienen valor, pueden ser tasados. Y si pueden ser tasados, pueden ser vendidos. Ahí aparece una solución que podría terminar siendo beneficiosa para todos.
¿Por qué seguir pagando eternamente si se pueden comprar?
Imaginemos una negociación seria entre ambas instituciones. La Universidad de Chile (casa de estudios) encarga una tasación independiente de los derechos que puede transferir. El club hace lo mismo. Ambas partes se sientan a conversar. Se determina un precio justo. Y la U compra definitivamente aquellos derechos que hoy utiliza mediante autorización. El resultado sería extraordinariamente sencillo.
La universidad recibiría una suma importante de dinero de una sola vez. El club dejaría de pagar anualmente cientos de millones de pesos. Y ambas instituciones quedarían liberadas de una relación contractual que, cada cierto tiempo, vuelve a convertirse en fuente de tensión. Además se podría mantener la representación de la casa de estudios en el directorio de la U, como un gesto histórico por un origen común.
Todos ganarían. La casa de estudios recibiría el valor económico de un activo que hoy monetiza periódicamente. El club transformaría un gasto permanente en una inversión patrimonial. Y los hinchas tendrían la tranquilidad de saber que el nombre y los símbolos del equipo no estarán sujetos indefinidamente a las condiciones de un contrato.
Además, hay un detalle que hace todavía más razonable la propuesta: la operación no le exigiría a la Universidad realizar ningún gasto extraordinario. No tendría que construir un estadio. No tendría que financiar un plantel. No tendría que mantener instalaciones deportivas. No tendría que asumir costos operacionales del fútbol. Simplemente tendría que negociar la transferencia de un activo intangible que actualmente genera ingresos. Es difícil imaginar una salida más limpia.
Coopeuch ya mostró que independizarse no significa olvidar el origen
Y aquí aparece uno de los ejemplos más interesantes. Coopeuch nació en 1967 como la Cooperativa de Ahorro y Crédito de los Profesores de la Universidad de Chile. Su origen fue profundamente universitario y hasta su nombre quedó ligado a la Casa de Bello. Pero creció. Se profesionalizó. Se expandió. Y terminó construyendo una identidad institucional propia con más de un millón de afiliados en todo el país. No necesitó borrar su origen para ser independiente. No tuvo que negar que nació dentro de la Universidad de Chile. Simplemente siguió su camino.
La comparación con el club resulta inevitable. La U también nació en ese entorno universitario, pero con el paso de las décadas construyó algo que superó ampliamente las fronteras de la institución que le dio origen. Hoy no hablamos de un equipo universitario que juega ocasionalmente al fútbol. Hablamos de una de las instituciones deportivas más importantes de Chile.
La identidad de la U ya trascendió las aulas
La historia de Universidad de Chile pertenece también a quienes llenaron los estadios. A los jugadores que vistieron la camiseta. A los entrenadores. A los dirigentes. A los hinchas que acompañaron al equipo en las buenas y en las malas. A quienes viajaron cientos de kilómetros para ver un partido. A quienes guardaron durante décadas una camiseta vieja. A quienes heredaron el amor por la U de sus padres. A quienes se hicieron hinchas sin que nadie se los pidiera.
La universidad dio el origen. Pero la hinchada convirtió ese origen en una identidad nacional. Y eso es algo que ninguna inscripción registral puede explicar completamente. La marca puede tener un titular jurídico. Pero la identidad tiene una dimensión histórica, cultural y emocional que se construye durante generaciones.
Otros casos parecidos en el mundo
Y la U no sería un caso extraño en el fútbol mundial. El PSV Eindhoven (Philips Sport Vereniging, es decir, Asociación Deportiva Philips), por ejemplo, nació en 1913 como la asociación deportiva de los trabajadores de Philips y durante sus primeros años estuvo reservado exclusivamente a los empleados de la compañía. Con el tiempo, sin embargo, aquel club nacido dentro de una empresa se transformó en una institución futbolística de alcance internacional, con una identidad propia que hoy trasciende ampliamente a su origen industrial. Algo parecido puede observarse en Bayer Leverkusen, cuyo nacimiento también estuvo directamente relacionado con los trabajadores de Bayer. La enseñanza para Universidad de Chile es evidente: haber nacido al alero de una institución no significa que el club tenga que permanecer eternamente subordinado a ella. La historia puede reconocer a Philips como parte fundamental del nacimiento del PSV, del mismo modo que nadie puede borrar a la Universidad de Chile de la historia fundacional de la U; pero una cosa es la gratitud hacia el origen y otra muy distinta es la dependencia permanente. La U puede reconocer para siempre a la Casa de Bello como su madre institucional y, al mismo tiempo, convertirse en dueña de los símbolos con los que construyó su propia historia.
Precisamente por eso la alternativa no tiene que ser una guerra entre la universidad y el club: puede ser una compraventa. Si hoy existe un convenio que permite a Azul Azul usar y gozar del nombre, los símbolos y las marcas de Universidad de Chile, y ese acuerdo contempla una contraprestación económica, entonces resulta perfectamente razonable explorar una salida definitiva: que el club (independiente de quien lo administre a futuro) compre esos derechos, que la universidad reciba el valor monetario justo de un activo que actualmente genera ingresos y que, desde ese momento, ambas instituciones puedan continuar su historia sin que una tenga que pagarle a la otra para utilizar una identidad que el fútbol azul lleva casi un siglo haciendo propia. La documentación disponible ante la CMF confirma que existe un convenio de autorización de uso de nombre y símbolos distintivos entre la Universidad de Chile y Azul Azul, vigente dentro del régimen de concesión.
Pumas y la UNAM: otra manera de entender el vínculo
El caso de Pumas y la UNAM también demuestra que universidad y fútbol pueden mantener una relación profunda sin que eso necesariamente signifique que todas las decisiones del club tengan que estar subordinadas a una estructura universitaria.
El vínculo histórico entre ambas instituciones es evidente. Pumas lleva en su identidad la universidad que representa. Pero la experiencia mexicana demuestra que una relación entre universidad y club puede construirse desde la colaboración, el reconocimiento y el beneficio mutuo. Ese debería ser también el horizonte para Universidad de Chile. No una guerra. No una ruptura traumática. No una pelea interminable. Una separación ordenada, adulta y amistosa.
La Católica demuestra que no existe una sola fórmula
Universidad Católica también ofrece un contraste interesante, y digno de considerar. Existe una universidad, existe un club deportivo con personalidad propia y existe una sociedad que administra el fútbol profesional.
Aunque las estructuras jurídicas y económicas son diferentes, el caso demuestra que las instituciones universitarias pueden evolucionar y desarrollar modelos distintos para relacionarse con sus ramas deportivas. Por eso tampoco existe ninguna razón para asumir que la estructura actual de la U debe permanecer intacta para siempre.
Las instituciones cambian. Los contratos cambian. Las necesidades cambian. Y las relaciones que fueron razonables hace décadas pueden dejar de serlo con el paso del tiempo.
La compra de los símbolos no sería una ruptura: sería un acuerdo amistoso
Aquí está quizás el punto más importante. Comprar los símbolos no debería plantearse como un acto de hostilidad contra la Universidad de Chile. Todo lo contrario. Podría ser el acuerdo más amistoso posible. La casa de estudios recibiría dinero. El club obtendría autonomía patrimonial. Los hinchas tendrían certeza sobre el futuro. Y ambas instituciones podrían conservar una relación histórica sin mantener una dependencia contractual.
- No habría que cambiar el nombre.
- No habría que modificar el escudo.
- No habría que abandonar el chuncho.
- No habría que inventar una nueva identidad.
Una inversión que podría terminar ahorrándole dinero al club
Desde la perspectiva económica del fútbol profesional, además, la operación podría tener una lógica evidente. Si el club desembolsa actualmente más de $300 millones cada año por el uso de sus símbolos, una compra definitiva transformaría ese flujo permanente de dinero en una inversión patrimonial.
La cifra de una eventual compraventa tendría que surgir de una negociación seria, transparente y técnicamente sustentada. No corresponde inventar un precio. Corresponde tasar. Y luego negociar.
Pero incluso una operación importante podría tener sentido si permite eliminar para siempre un costo anual que se repite indefinidamente. Es la diferencia entre pagar por utilizar algo y ser dueño de aquello que utilizas.
La Universidad también podría ganar
A veces esta discusión se plantea como si para que el club gane la universidad necesariamente tuviera que perder. No tiene por qué ser así.
La universidad podría recibir de una sola vez un monto significativo. Podría cerrar una relación económica que exige administración contractual. Podría evitar futuras controversias sobre el uso de los símbolos.
Y podría conservar intacto algo mucho más importante que cualquier contrato: su condición de institución que dio origen a uno de los clubes más importantes de Chile. Nadie podría quitarle ese lugar en la historia. La U nació allí. Eso nunca cambiará.
El día en que el Chuncho sea realmente del Chuncho
Hay algo profundamente emotivo en imaginar ese momento. El día en que el club firme el documento definitivo. El día en que se cierre la puerta de una oficina y quede establecido que el nombre, el escudo y los símbolos que identifican al equipo ya no dependen de una autorización anual. El día en que la U deje de arrendar su identidad.
Quizás el hincha común ni siquiera note una diferencia en la camiseta. Seguirá viendo el mismo azul. El mismo escudo. El mismo chuncho. Pero detrás de esos símbolos habrá ocurrido algo enorme. Por primera vez, la U será jurídicamente tan independiente como emocionalmente lo ha sido durante generaciones. Y quizás ese sea el verdadero significado de la palabra libertad. No cambiar quién eres. Dejar de depender de otro para seguir siendo tú.
La universidad de Chile merece todo el reconocimiento por haber sido la cuna. Pero una cuna no es una cadena. La U creció. La U se hizo grande. La U construyó una historia que pertenece a millones de personas. Y después de casi cien años, quizás sea hora de que ambas instituciones hagan algo que las engrandezca a las dos: sentarse a conversar, tasar los símbolos, alcanzar un acuerdo justo y cerrar definitivamente el vínculo económico que las mantiene atadas. No para que alguien pierda. Sino para que todos ganen. La casa de estudios recibe una compensación justa por un activo que hoy genera ingresos. El club obtiene una propiedad que le entrega seguridad para las próximas décadas.
Los hinchas dejan de vivir con la incertidumbre de que una discusión contractual pueda afectar aquello que más aman. Y la historia queda intacta. Porque nadie pretende cambiar el pasado. Solo se trata de ordenar el futuro. La Universidad de Chile seguirá siendo la universidad que vio nacer al Chuncho. Y la U, finalmente, podrá ser dueña del nombre con el que sus hinchas llevan casi un siglo gritando una misma palabra: ¡U! ... Ese día no será el día en que la U reniegue de su origen. Será el día en que, después de casi cien años, el equipo del chuncho deje de arrendar su identidad.
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