domingo, 12 de abril de 2026

¿"Error político"?: La siniestra moral utilitaria del comunismo chileno

 Cuando la violencia importa… solo si afecta la estrategia


Lautaro Carmona.
En política, las palabras importan, pero también —y sobre todo— las motivaciones que las sostienen. Las recientes declaraciones de Lautaro Carmona (presidente del Partido Comunista) tras la agresión sufrida por la ministra Ximena Lincolao no solo revelan una postura, sino una lógica profunda: la del cálculo frío y perverso, donde la condena a la violencia no nace de principios, sino de conveniencia y de la fría estrategia ideológica. Y ahí radica el verdadero problema.

Carmona calificó el ataque como un “error político”. No como un acto cobarde. No como una agresión inaceptable. No como una amenaza a la convivencia democrática. Para él fue solo un “error político”.

La diferencia no es menor. Porque al reducir la violencia a un problema táctico —a algo que “cambió el eje de la agenda”— lo que se está diciendo, en el fondo, es que el problema no es la agresión en sí, sino su efecto comunicacional.

Esta es la perversa lógica del fin que justifica los medios, pero con una salvedad: los medios solo se condenan cuando perjudican la causa. Si hubiesen servido para presionar, tensionar o avanzar en el relato, probablemente el juicio habría sido distinto o, al menos, mucho más tibio por parte de este personaje.

No es casualidad el cruento análisis de Carmona. El discurso de Partido Comunista de Chile ha convivido históricamente con una ambigüedad peligrosa frente a la violencia política.

Se la condena cuando incomoda, pero se la relativiza cuando se alinea con sus objetivos. Se le pone matices, contexto, explicaciones sociológicas. Nunca una condena clara, sin apellidos, sin excusas.

Lo de Lautaro Carmona encaja perfectamente en ese patrón: el problema no es el ataque, es el momento del ataque. No es la víctima, es la oportunidad perdida. No es la ética, es la estrategia.


La instrumentalización del debate público

El propio dirigente comunista lo dice sin pudor: la agresión “cambió el eje” y "dejó de hablarse de los errores del actual Gobierno". Esa frase es reveladora.

Porque deja en evidencia que, para el comunismo chileno, el debate público no es un espacio de principios, sino un tablero de ajedrez. Y en ese tablero, incluso hechos graves como una agresión física son evaluados según su utilidad narrativa.

La víctima desaparece. La gravedad del acto se diluye. Todo queda subordinado al relato.

Más preocupante aún es el mensaje implícito: si la violencia no hubiese tenido ese efecto contraproducente, ¿habría sido igualmente condenada con la misma claridad?

Cuando la defensa de la democracia depende de si conviene o no conviene, deja de ser defensa. Se transforma en oportunismo. Y ese oportunismo erosiona las bases mismas de la convivencia democrática, porque instala la idea de que hay violencias más tolerables que otras.


El verdadero “error político”

Carmona habla de error. Pero no el que realmente importa.

El verdadero error político no es que la agresión haya cambiado la agenda. El verdadero error político es que en Chile siga teniendo influencia como lo es el Partido Comunista, una colectividad que relativiza la violencia según su conveniencia... una agrupación ideológica que, en vez de defender principios universales, los administra según sus propios cálculos.

Porque, al final del día, lo ocurrido no deja dudas: aquí no hubo una condena por convicción ni por empatía hacia Ximena Lincolao. Hubo una reacción táctica, una evaluación de daños, un ajuste discursivo.

Y por lo mismo, conviene decirlo sin rodeos: el único error político de fondo es que en Chile exista y tenga poder el nefasto Partido Comunista de Chile.

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