Un final cruel, un arbitraje que encendió la rabia y una U que se quedó sin respuesta
| Lucas Barrera. |
Hay derrotas que duelen por el resultado, y otras que se clavan más profundo por la forma. La de hoy en Chillán entra en esa categoría amarga, difícil de digerir. Universidad de Chile cayó en el último suspiro ante Ñublense, en un partido que dejó más preguntas que certezas, y donde la sensación de injusticia se mezcló con la autocrítica.
El equipo de Fernando Gago salió con decisión, con ese sello ofensivo que había ilusionado en las fechas anteriores. La U tomó el control, presionó alto, movió la pelota con dinamismo y se instaló en campo rival.
El triángulo por derecha funcionaba, el ritmo era intenso y la intención clara: someter. Pero el fútbol no se trata solo de intenciones. La gran deuda azul fue evidente desde temprano: no pateó al arco. Dominó sin profundidad, manejó sin herir. Y eso, en este deporte, se paga caro.
El arbitraje que desató la indignación
El partido tuvo un punto de quiebre que aún arde. La brutal infracción de Campusano sobre Javier Altamirano era, a todas luces, para revisión y posible expulsión. Sin embargo, el árbitro Cristián Galaz decidió seguir como si nada.
No fue solo esa jugada. El juez perdió el control del encuentro, permitió el roce excesivo y generó un clima de tensión constante. La sensación desde la tribuna y la televisión era la misma: a la U no le estaban midiendo con la misma vara.
Pero incluso en medio de la polémica, hay una verdad incómoda: el arbitraje puede condicionar, pero no explica todo.
En el complemento, el equipo se diluyó. Perdió la pelota, el ritmo y la claridad. Los cambios buscaron reactivar a un equipo que comenzaba a extraviarse, pero el impulso fue breve, casi ilusorio.
La lesión de Eduardo Vargas terminó por desordenar aún más el esquema, y el ingreso de Juan Martín Lucero pasó inadvertido. La U intentó, sí, pero sin convicción ni profundidad. Fue un equipo zigzagueante, sin la chispa necesaria para romper el partido. Mientras tanto, Ñublense, con menos, hacía más: llegaba, inquietaba y avisaba.
El mazazo final: un gol para el recuerdo, una herida abierta
| Lucas Assadi. |
Es fácil quedarse con la rabia por el arbitraje, y razones hay. Pero este equipo remató una sola vez al arco en más de 90 minutos. Ese dato es lapidario.
La U de Fernando Gago mostró intención, pero careció de eficacia, de profundidad y de peso ofensivo real. El envión inicial se frenó de golpe, y la ilusión incipiente vuelve a quedar en pausa.
Perder así duele. Pero también obliga a mirar hacia adentro. Porque si este equipo quiere pelear arriba, no puede depender solo de las formas: necesita gol, carácter y respuestas cuando el partido se ensucia.
Hoy, en Chillán, faltó todo eso. Y el golpe fue tan duro como merecido.
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