Con José Antonio Kast en La Moneda, Chile se asoma a una etapa donde la economía, el empleo y la seguridad pública volverán a ser prioridades. El desafío no es menor: gobernar con firmeza sin que el país sea nuevamente rehén de la violencia disfrazada de protesta.
| José Antonio Kast. |
Chile llega a este nuevo ciclo político con cicatrices visibles. Años de incertidumbre, inflación, desempleo encubierto y calles tomadas por el delito han dejado una sensación amarga: la de un país que se acostumbró al desorden como si fuera parte del paisaje. La llegada de José Antonio Kast a la Presidencia de la República abre una expectativa distinta, casi contracultural en estos tiempos: volver a creer en la autoridad, en el crecimiento económico y en el valor del trabajo honesto.
No es un programa de consignas; es un programa de urgencias. La economía necesita oxígeno, el empleo necesita reglas claras y la seguridad pública necesita respaldo político real. Todo lo demás es literatura.
Economía: volver a producir sin pedir perdón
El futuro gobierno hereda una economía fatigada, con inversión retraída y un empresariado que aprendió a moverse con miedo. Kast promete un giro considerable, con menos ideología y más pragmatismo. La señal es clara: Chile debe volver a ser un país confiable para invertir, donde el ahorro no sea sospechoso y el emprendimiento no sea castigado.
El crecimiento no es una cifra fría; es el único motor capaz de financiar políticas sociales sin hipotecar el mañana. Reducir la inflación, ordenar el gasto público y recuperar la confianza internacional no será un acto heroico, sino un trabajo silencioso y técnico. Y eso, en estos tiempos de gritos, ya es una forma de valentía.
Empleo: dignidad antes que subsidios eternos
El empleo será la prueba moral del nuevo gobierno. No se trata solo de crear puestos de trabajo, sino de restaurar la idea de que trabajar es el primer acto de ciudadanía. Kast ha insistido en fortalecer a las pymes, desburocratizar el mercado laboral y estimular la contratación formal.
Durante años se instaló la noción de que el Estado podía reemplazar al salario. El resultado fue dependencia y frustración. El desafío ahora es revertir esa lógica: menos bonos transitorios y más oportunidades estables. El empleo no es caridad; es libertad con horario.
Seguridad pública: sin orden no hay justicia social
La seguridad no es un tema policial, es un tema civilizatorio. El próximo gobierno sabe que sin control territorial no existe economía que prospere ni escuela que funcione. El respaldo a Carabineros, la persecución real del narcotráfico y el fin de la impunidad serán ejes inevitables.
Chile aprendió, a golpes, que la tolerancia con la violencia termina siendo crueldad con el ciudadano común. El comerciante asaltado, el trabajador que vuelve tarde a su casa, la dueña de almacén que baja la cortina para siempre: ellos son la estadística que no aparece en los discursos.
La sombra del “estallido”: una advertencia necesaria
Sería ingenuo no decirlo: existe el temor de que sectores de la ultraizquierda intenten repetir el libreto del mal llamado “estallido social”, tal como ocurrió durante el gobierno de Sebastián Piñera. No fue protesta; fue vandalismo organizado. No fue justicia social; fue saqueo, terrorismo y miedo.
El país no soportaría otra temporada de incendios morales y urbanos. Chile necesita paz para trabajar, no barricadas para tuitear. Ojalá esta vez prime la responsabilidad política y no la tentación del caos como herramienta de presión.
El futuro gobierno de Kast no será fácil. Tendrá oposición dura, prensa crítica y una calle inquieta. Pero también tendrá una oportunidad histórica: demostrar que el orden no es autoritarismo, que el crecimiento no es egoísmo y que la seguridad pública no es represión, sino la condición mínima para vivir en libertad.
Chile no necesita épica revolucionaria. Necesita normalidad. Necesita volver a abrir los negocios, a caminar sin miedo y a creer que el esfuerzo vale la pena. Si este gobierno logra eso, habrá hecho más que cualquier consigna: habrá devuelto al país la costumbre de la esperanza tranquila.
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