viernes, 6 de febrero de 2026

Diplomacia sin ingenuidad: el precio político del apoyo a Bachelet

Si el gobierno de José Antonio Kast decide respaldar la postulación de Michelle Bachelet a la ONU, no puede hacerlo como un gesto sentimental ni como una concesión gratuita. En política exterior, cada apoyo es una ficha de negociación. Y esta, precisamente, es una de alto valor estratégico.


El eventual respaldo del Presidente José Antonio Kast a la candidatura de Michelle Bachelet a un cargo relevante en Naciones Unidas ha sido presentado por algunos sectores de la izquierda como una oportunidad para demostrar “altura de miras” y “espíritu republicano”, cualidades de las que ellos mismos (la izquierda) adolecen. Esa lectura que ellos hacen es, cuando menos, incompleta.

Kast y Bachelet.
En política —y especialmente en política internacional— no existen los gestos neutros. Todo apoyo tiene un costo y todo respaldo implica una ganancia para alguien. La pregunta no es si Kast debe apoyar a Bachelet, sino qué está dispuesta a conceder la izquierda para merecer ese apoyo.

Respaldar sin condiciones a una figura que simboliza el proyecto político del socialismo chileno e internacional sería regalar una carta fuerte sin recibir nada a cambio. La diplomacia no se basa en "buena onda" ni en simpatías personales, sino en intereses nacionales.


El error de confundir cortesía con estrategia

Michelle Bachelet no es una candidata técnica ni neutral. Representa una visión ideológica sesgada y muy clara, una red política global y un legado que la izquierda chilena considera propio. Su llegada a la ONU sería una victoria simbólica y práctica para ese sector.

Pretender que un gobierno de derecha avale esa postulación sin exigir contrapartidas equivale a pedirle que renuncie a toda lógica de negociación. No se trata de revanchismo ni de bloqueo institucional, sino de realismo político.

Si la izquierda quiere el apoyo del gobierno de Kast, debe ofrecer algo concreto, verificable y políticamente relevante para Chile. De lo contrario, el apoyo se transforma en una concesión gratuita que debilita al Ejecutivo frente a su propio electorado.

Durante décadas, la izquierda ha entendido muy bien que los organismos internacionales son espacios de poder. Por eso ha defendido con uñas y dientes las candidaturas de sus figuras emblemáticas. Hoy le corresponde a la derecha actuar con la misma inteligencia estratégica.

Condicionar el apoyo a acuerdos mínimos permitiría transformar una situación incómoda en una oportunidad política. La candidatura de Bachelet puede ser la moneda de cambio para cerrar debates estructurales que la izquierda jamás ha querido resolver.


Las concesiones que deberían estar sobre la mesa

Si existe voluntad real de diálogo, la negociación no puede girar en torno a gestos simbólicos ni promesas vagas. Debe expresarse en decisiones legislativas concretas. Algunas de ellas, difíciles de aceptar para la izquierda, pero necesarias para la estabilidad del país:

  • Cerrar definitivamente el capítulo militar: Una ley de amnistía total para los militares presos en Punta Peuco, acompañada de una ley de punto final, permitiría terminar con una judicialización eterna del pasado. No se trata de borrar la historia, sino de cerrarla institucionalmente para avanzar como nación.
  • Eliminar las contribuciones mediante ley: Poner fin al impuesto territorial sería una señal potente en favor de la clase media y de los adultos mayores, terminando para siempre con un cobro que para muchos chilenos es un robo descarado por parte del Estado. Esta es una bandera histórica de la derecha que la izquierda siempre ha bloqueado y ridiculizado. Aquí existe una oportunidad concreta de transacción política.
  • Blindar la Constitución con quórums más altos: Aumentar el quórum para modificar la Constitución permitiría otorgar estabilidad jurídica y política al país. Chile necesita reglas duraderas, no textos que cambien con cada mayoría circunstancial.


La responsabilidad política cambia de manos

Plantear estas condiciones no es un acto de confrontación, sino una estrategia que traslada la responsabilidad política a la izquierda. Serán ellos quienes deberán decidir si están dispuestos a aceptar las propuestas del equipo de Kast para viabilizar el respaldo a Bachelet.

Si la negociación fracasa, no será por falta de voluntad del futuro gobierno de derecha, sino por la intransigencia de un sector que exige apoyo a Bachelet sin ofrecer nada a cambio. De este modo, cualquier eventual “bajada” de la candidatura de Michelle Bachelet por parte del futuro gobierno no recaerá sobre Kast, sino sobre una izquierda intolerante e incapaz de asumir el costo político de su propia postulación.


No es un favor, es un contrato político

Apoyar a Bachelet sin condiciones sería una señal de debilidad, no de grandeza. Sería aceptar que la derecha gobierna, pero la izquierda define las victorias simbólicas. En cambio, exigir contrapartidas claras convertiría este episodio en un acto de madurez política bilateral.

La pregunta correcta no es si Kast debe ser “generoso”, sino si la izquierda está dispuesta a pagar el precio político de su propia candidata. Si no lo está, entonces queda claro que lo que busca no es diálogo, sino sumisión diplomática.

La diplomacia, como la política, no se construye sobre afectos personales ni sobre nostalgias ideológicas. Se construye sobre intereses nacionales. Si Michelle Bachelet quiere volver a la ONU con el respaldo de un gobierno de derecha, ese respaldo debe estar anclado en beneficios concretos para Chile: estabilidad institucional, reformas estructurales y acuerdos verificables. Todo lo demás es retórica barata. Y en política, la retórica sin resultados es solo una forma elegante de perder poder.

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