Más allá de las diferencias históricas y personales, la caída de Nicolás Maduro reactiva una comparación incómoda para la izquierda: la del experimento socialista que, en Chile y Venezuela, terminó en crisis, polarización y colapso institucional.
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| Allende y Maduro. |
La erosión del Estado de Derecho: cuando la ley se vuelve un obstáculo
Uno de los puntos de contacto más evidentes entre el Chile de 1973 y la Venezuela del chavismo ultrón es la relación conflictiva con la institucionalidad. En ambos casos, la Constitución dejó de ser un marco a respetar y pasó a convertirse en un estorbo para la “revolución”. El acuerdo de la Cámara de Diputados chilena de agosto de 1973 fue explícito al denunciar el quebrantamiento del orden constitucional durante el gobierno de Allende. Décadas después, la Asamblea Nacional venezolana describía un escenario inquietantemente similar bajo Maduro: poderes cooptados, derechos fundamentales vulnerados y un Estado de Derecho reducido a una formalidad vacía.
La lógica fue idéntica: concentrar poder en nombre del pueblo, aun cuando eso implicara vaciar de contenido la democracia misma.
Cuba como faro ideológico y operador político
Otro paralelo ineludible es la relación con la dictadura cubana. Allende admiró abiertamente a Fidel Castro y permitió una injerencia política y simbólica inédita para un país con tradición republicana como Chile. Maduro llevó ese vínculo aún más lejos. En Venezuela, la influencia cubana no fue sólo ideológica, sino operativa: seguridad, inteligencia y estructuras clave del Estado quedaron bajo asesoría directa de La Habana.
En ambos casos, Cuba actuó como matriz revolucionaria y como sostén de proyectos que, sin ese respaldo, difícilmente habrían resistido el desgaste interno.
El enemigo externo como coartada permanente
Allende y Maduro compartieron también un recurso discursivo clásico: la demonización de Estados Unidos. El “imperialismo” fue el culpable perfecto para explicar el fracaso económico, la escasez y el descontento social. Esta narrativa no sólo justificó errores, sino que sirvió para cohesionar a las bases más radicalizadas y deslegitimar cualquier crítica interna, tratándola como traición o sabotaje.
La consecuencia fue predecible: sociedades cada vez más polarizadas y gobiernos incapaces de corregir el rumbo, atrapados en su propio relato épico.
Del caos acelerado al colapso prolongado
Si existe una diferencia clave entre Allende y Maduro, es el tiempo. El experimento chileno duró poco más de mil días; el venezolano se extendió por más de dos décadas. Pero el resultado fue sorprendentemente parecido: desabastecimiento, inflación descontrolada, persecución política, crisis económica absoluta y fractura social. Venezuela vivió una catástrofe en cámara lenta; Chile, un derrumbe vertiginoso. Ambos demostraron que cuando la ideología izquierdista se impone sobre la economía y la realidad, el final puede variar en forma, pero no en fondo.
Una advertencia que trasciende fronteras
La estrepitosa caída de Nicolás Maduro no debería ser leída como un simple ajuste de cuentas personal de Donald Trump en contra del dictador caribeño, sino como el cierre de un ciclo ideológico profundamente dañino. Su autoproclamado parentesco político con Salvador Allende no engrandece al chileno ni redime al venezolano; más bien desnuda la persistencia de una izquierda que se niega a aprender de sus propios fracasos.
La historia, cuando se repite, no lo hace como homenaje, sino como advertencia. Y la lección es clara: no hay justicia social posible sin libertad, sin instituciones fuertes y sin respeto por la economía real. Todo lo demás es relato. Y los relatos, tarde o temprano, se derrumban.

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